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La campana de Dolores:

símbolo en perspectiva

Morelia posee un nuevo objeto de culto cívico: una réplica del esquilón de San José, donado por el municipio de Dolores Hidalgo, Guanajuato. La pieza se aloja en el museo de sitio Casa Natal de Morelos. Desde 1896, cuando Porfirio Díaz instituyó la ceremonia del Grito y del tañido de la campana, la versión gubernamental afirma que con este esquilón el cura Hidalgo convocó a misa el domingo 16 de septiembre de 1810, pero la historia no oficial afirma que la reliquia ya no existe: fue fundida en 1830

Aspecto de la réplica del esquilón de San José en el patio principal del museo de sitio Casa Natal de Morelos

Este agrisado mes de septiembre ha encontrado a Morelia con un nuevo objeto de culto cívico: una réplica del esquilón de San José, que de acuerdo a la versión oficial, es la misma campana que fue tañida la madrugada del domingo 16 de septiembre de 1810 en la parroquia del pueblito de Dolores, en Guanajuato, cuando Miguel Hidalgo y Costilla convocó a misa a sus feligreses y profirió una arenga pública que se convirtió en el comienzo de la lucha de independencia.
La pieza, donada por autoridades municipales de Dolores Hidalgo, en Guanajuato, puede ser visitada en el jardín de la Casa Natal de Morelos, justo frente al busto de nuestro héroe epónimo.
El acto de protocolo para develar la pieza se realizó el domingo 30 de agosto.

Versión de boletín
En un boletín del departamento de Comunicación de la Secretaría de Cultura, emitido el lunes 31 de agosto (pero fechado el viernes 28, como suele ocurrir con las constantes erratas que sufre ese departamento en sus envíos), se registraba la presencia en aquel acto del secretario de cultura, Jaime Hernández Díaz, representante del gobernador de Michoacán; de la doctora en historia Silvia Figueroa Zamudio, rectora de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo; de Rogelio Díaz Ortiz, secretario técnico del Consejo de la Ciudad, y de Fausto Vallejo Figueroa, presidente municipal de Morelia, así como de Raymundo Arreola Ortega, representante del Congreso estatal; del magistrado Gilberto Bribiesca Vázquez, del Supremo Tribunal de Justicia del estado; de María de Jesús Salgado Ortega por la Secretaría de Educación estatal y de Luis Gerardo Rubio Valdez, presidente municipal de Dolores Hidalgo, Guanajuato.
De acuerdo al comunicado, en la ceremonia “Rogelio Díaz expresó que esta es una fecha especial al contar con los representantes de los gobiernos municipales de las cunas ideológica y material de la independencia de México, con el fin de entregar una réplica de la campana con la que el Padre de la Patria llamó al pueblo a levantarse en armas contra el yugo español, iniciando con ello el movimiento libertario secundado por Morelos, Allende, Aldama, Abasolo, Matamoros, Galeana y Guerrero y muchos mexicanos más, para dejarnos identidad, pertenencia, patria y libertad.
“Por su parte Jaime Hernández Díaz consideró como importante que ambas ciudades hayan logrado dicho hermanamiento, pues siempre se ha considerado a Dolores como la cuna de la independencia, gesta encabezada por Miguel Hidalgo, el padre de la patria, lo cual no choca con la idea de Valladolid como cuna ideológica de dicho movimiento, ya que aquí se forjaron las ideas que hicieron concreción y realidad en la propia población de Dolores, hoy estado de Guanajuato.
“Recordó que será en el 10210 cuando se celebren los doscientos años del inicio de la Independencia, por lo que este es un buen momento para reconocer nuestro legado histórico.
“A su vez, Luis Gerardo Rubio Valdez, presidente municipal de Dolores Hidalgo, Guanajuato, refirió que con el obsequio de la réplica de la campana, la Cuna de la Independencia y capital del Bicentenario se hace presente en Morelia para estrechar los lazos de hermandad”.
Hasta aquí el informe institucional, oficiosamente reproducido por todos los medios, a ninguno de los cuales le ha interesado, por lo visto, ir más allá.
Pero hay mucho qué decir, tanto de las campanas en general, como de la de Dolores en particular. Desde que supe del asunto me pareció que el tema debía sernos particularmente significativo en la capital michoacana, porque si algo distingue al paisaje sonoro del centro histórico de Morelia es precisamente el sonido de sus campanas.

Inspiración y policromía
Las campanas son instrumentos fascinantes. La pureza de su sonido tiene peculiaridades acústicas que no posee ningún otro instrumento. Por ejemplo, las cuerdas de un piano, de una guitarra o de un violín (por tomar tres de los instrumentos musicales más populares y versátiles), siempre dan una nota fundamental que corresponde a la vibración total de la cuerda, y a esa nota-clave se le imponen distintas armónicas, siguiendo la división geométrica de la cuerda. Las campanas carecen de armónicas, ya que las vibraciones que emiten no siguen trayectorias transversales, sino tangenciales; pero a cambio poseen un conjunto de tonos que resuenan simultáneamente con su nota principal (la llamada “nota de timbre”).
Cualquiera que escuche con atención el repicar de una campana lo notará en seguida. Dependiendo de la campana –pues no hay dos iguales–, el sonido de su nota principal va acompañado de por lo menos otros cuatro tonos perceptibles al oído humano: el “hum” (que es esa especie de zumbido denso, que vibra en la octava inferior a la de la nota principal) y tres tonos más que, cuando la aleación del metal es la precisa y la campana ha sido correctamente forjada, suelen dar sus notas al mismo tiempo en la tercera superior a la principal, en la quinta superior y en la octava superior.
El efecto de esta policromía acústica (que con el uso de oscilógrafos y otros instrumentos permite distinguir unas veinte resonancias simultáneas) es el que ha hecho que en todas las edades se asocie el sonido de la campana con la divinidad. Todas las culturas que la han conocido le han atribuido un papel de mediadora o de puente con lo sobrehumano: con el mundo de lo sagrado, del espíritu o de los dioses. El tañido de una campana es, ante todo, un llamado, un “¡despierta!”, un reclamo para mantenerse alerta.

Nombre y evolución
Las campanas más antiguas se remontan a la China del siglo XII antes de Cristo, es decir, mil doscientos años antes de nuestra era, y hasta hoy perduran sus dos tipos esenciales: las Chung (sin badajo) y las Ling (con badajo). También aparecen muy temprano en el Egipto de los faraones, de donde pasan a los hebreos. Pero en la tradición occidental, que es a la que pertenecemos, su uso comenzó a popularizarse en Roma hacia el siglo III antes de Cristo. Aún así, no sería sino hasta comienzos de la Edad Media cuando se les dio el nombre definitivo por el que ahora las conocemos.
En Roma hubo varias voces latinas para hablar de ellas: una fue tintinnabulum (un vocablo claramente onomatopéyico, que imita el sonido del instrumento). A otras se les llamaba aesthermarum; a otras, petasius y a unas más, esquillas. Se empleó, sobre todo, la palabra signum (señal) para referirse a las campanas en lo alto de torres, precursoras de los campanarios propiamente dichos.
Más tarde se difundieron las voces clocca y nola.
La voz campana comenzó a popularizarse hacia el siglo VI de nuestra era y la teoría más difundida acerca del su origen dice que se les llamó campanas en honor a la provincia de Campania, en Italia, donde a la sazón las campanas se fabricaban en gran escala y con notable perfección, echando mano en sus talleres de una aleación especial llamada “aes campanum”.
Como haya sido, el primer documento histórico que registra el uso de la palabra campana es una carta escrita por un tal diácono Fernando, en Italia, hacia el año 515, es decir casi doscientos años después de que la campana se incorporó a las iglesias católicas, en el siglo IV de nuestra era (la tradición afirma que fue San Paulino, obispo de la ciudad de Nola, quien las introdujo hacia el año de 353 y su uso se fue difundiendo hasta que en el siglo VIII el instrumento ya aparecía en todos los templos de Europa).
Mientras, los campanarios más antiguos se levantaron en Roma, entre ellos el erigido por el papa Zacarías junto a la basílica del Laterano, en el año 742, y otro construido por órdenes de Esteban II en San Pedro, hacia el año 757. Ninguno de ellos existe hoy. Fueron destruidos en el siglo XVII, en 1610.

Táctica y tañido
Desde tales orígenes, las campanas han tenido usos muy diversos a lo largo del tiempo.
Como bien sabemos, han sido el instrumento favorito en los templos católicos (pero también en el Islam, entre los budistas y en el taoísmo). Y aunque el uso religioso es muy significativo e incluye su empleo en diferentes modalidades de exorcismo, su papel también ha sido clave en la vida civil, donde se han usado para convocar a consejos ciudadanos –como en las antiquísimas provincias de Roma y, mucho más tarde, en las villas del siglo XII–, para anunciar el comienzo o el final de turnos laborales, para congregar a la población en las plazas, para anunciar el arribo o la salida de diversos transportes o para proferir señales y alertas de muy distinta clase. También se les ha empleado como señales bélicas. En el caso de la Europa occidental, desde el siglo XII se les llevó a la guerra.
Este uso táctico fue, precisamente, el que Miguel Hidalgo le dio al esquilón de la parroquia de Dolores el 16 de septiembre de 1810. Nadie puede decir que el Padre de la Patria le haya faltado al respeto al instrumento, ya que lo usó “como Dios manda”: para convocar a la misa de aquel domingo (pues de acuerdo a la tradición católica, las campanas que han sido bendecidas no deben emplearse sino para el culto). Pero una vez reunidos sus feligreses, el cura de Dolores lanzó ante ellos su famosa arenga.
El episodio no es un caso aislado. La historia está llena de momentos en los que las campanas y específicamente las campanas de los templos, han jugado roles similares. Baste recordar solamente tres acontecimientos significativos:
Por ejemplo, el tañido de las campanas de la iglesia del Espíritu Santo, en Palermo, llamando al oficio de Vísperas durante las fiestas de Pascua del año de 1282, en Sicilia, fue la señal que desató un alzamiento popular que concluyó con la masacre de unos tres mil franceses invasores que, bajo el mando de Carlos de Angjou, habían ocupado el territorio siciliano durante casi veinte años.
Tres siglos después, uno de los episodios más sangrientos de la historia universal: la matanza de hugonotes (calvinistas franceses) durante las guerras de religión entre católicos y protestantes en Europa, la noche del Día de San Bartolomé, en 1571, fue desatada por la señal de las campanas de la iglesia de San Germán-Auxerrois llamando al oficio de Maitines. Sólo en París hubo unos diez mil muertos; en toda Francia se llegaron a contabilizar setenta mil.
En nuestro continente, vale la pena recordar que durante la segunda campaña por la conquista de Yucatán, a cargo del adelantado Francisco de Montejo, es célebre la anécdota de cómo, hacia 1530, los mayas cercaron la guarnición de los españoles en Chichén Itzá. Para poder escapar, los hombres de De Montejo ataron un perro a la cuerda de una campana de iglesia. El animal hizo sonar la campana toda la noche, haciendo creer a los mayas que los españoles permanecían en la ciudad y sólo por eso las fuerzas de De Montejo pudieron escabullirse hacia la comunidad de Dzilam. Sin embargo, no fue una huída con saldo blanco, ya que al descubrir la estratagema los mayas se enfurecieron y persiguieron a los españoles. Alcanzaron a matar a unos 150 hombres.

Esquilón, conspiración y festejos
El llamado “grito de Dolores”, como se ve, participó de una lógica que no ha sido excepcional. En este caso, el sonido de la campana marcó el inicio de un alzamiento popular cuyo objetivo era expulsar a los peninsulares del poder en la Nueva España y decomisar su riqueza.
Pero antes de ir tan lejos importa recordar que la campana de Dolores es un esquilón y no una campana propiamente dicha.
La diferencia entre ambos instrumentos es simple. Una campana es aquella que se hace sonar moviendo su badajo, para que esa pieza de percusión golpee la superficie interna de la campana. En cambio, se denomina “esquilones” a aquellas campanas que han sido dotadas de una pieza de madera, a modo de corona y generalmente muy voluminosa, que les sirve de contrapeso y facilita un movimiento pendular de la propia campana, que hace que el badajo golpee al instrumento. Toda campana con esta corona es un esquilón y al movimiento pendular con que se le hace sonar se le llama comúnmente “echar al vuelo” las campanas.
El cura Miguel Hidalgo y Costilla Gallaga tenía 57 años de edad el día que conmemoramos, cuando llamó al levantamiento popular contra la influencia de la invasión napoleónica en España, acontecida en 1808. Lo que hizo Hidalgo fue convocar a independizarnos, sí, pero no de España, sino de la visión imperial de Napoleón, en espera de la libertad de Fernando VII El Deseado y de la restitución de la corona española, puesta por Napoleón en la cabeza de su hermano José.
Para los conspiradores de Querétaro, como antes para los de Valladolid en 1809 y los de la ciudad de México en 1808, un alzamiento popular era en ese entonces el único camino viable para asegurar la autonomía de la legítima corona española contra los usurpadores franceses, así como para salvaguardar la lealtad que la Nueva España le debía a su rey.
Y es que, en lo esencial, la conspiración planeaba difundir en las principales ciudades la inconformidad contra los españoles y contra Carlos IV, por entregarle la corona a Fernando VII, quien a su vez, rehén de Napoleón, se la entregó a los franceses, e impedir que los galos se apoderaran de la Nueva España.
Así las cosas, lo que hoy conocemos como “La Conspiración de Querétaro”, comenzó formalmente en el mes de febrero de 1810, que fue el momento en que los principales impulsores del movimiento alcanzaron acuerdos indispensables y se pusieron a diseñar una estrategia de acción.
Generalmente se piensa que los cabecillas de la conspiración eran Ignacio Allende (a la sazón capitán del Regimiento de Dragones de la Reina) y el sacerdote Miguel Hidalgo, a quienes secundaban el teniente Mariano Abasolo, el corregidor de Querétaro, Miguel Domínguez, y su esposa, Josefa Ortiz. Pero valdría mucho la pena, quizá en otro momento, recuperar a un personaje tan olvidado y tan indispensable como el doctor Manuel Iturriaga,
Como sea, también es bueno recordar que si las cosas hubieran ocurrido tal como las planeaban los conspiradores de Querétaro, no estaríamos conmemorando el comienzo de la independencia el 16 de septiembre, sino el 1 de diciembre, ya que tal fue la fecha acordada originalmente para convocar a unos cien mil fieles en San Juan de los Lagos, en el actual estado de Jalisco, donde se celebrarían las populares fiestas a la Virgen. Sin embargo, el lunes 10 de septiembre de 1810, en Querétaro, la conspiración fue delatada. El apremio habría exigido actuar de inmediato, pero Hidalgo decidió esperar toda una semana, hasta el 16 de septiembre, porque ese día era domingo y tenía posibilidades de convocar a un mayor número de feligreses a la insurrección contra el gobierno virreinal.
Esa es, lisa y llanamente, la historia.
En cuanto al esquilón de San José, al que el gobierno mexicano reconoce oficialmente como la “campana de Dolores”, se trata de un instrumento que tiene grabada la fecha 28 de julio de 1768, que es el día en el que fue consagrado (como se hace con muchas campanas eclesiásticas). La pieza mide 1.60 metros del borde de la boca hasta la parte superior del contrapeso de madera de encino; tiene un diámetro de 1.05 metros, su espesor es de 9 centímetros en la parte más gruesa y pesa 785 kilogramos.
Luego del célebre “grito”, el instrumento permaneció en Dolores por más de 80 años, hasta que en 1896 Porfirio Díaz, convencido por el fotógrafo Guillermo Valleto (a la sazón regidor de festividades del ayuntamiento de la ciudad de México) y del periodista Gabriel Villanueva, entre otros, decidió trasladarlo a Palacio Nacional, donde ha permanecido desde entonces, encima del balcón central.
Este último dato es importante. Si la conmemoración de la independencia de México es un rito que comenzó a festejarse oficialmente con la presencia de mandatarios el 16 de septiembre de 1864 (y por partida doble, ya que en esa ocasión lo encabezaron tanto Maximiliano de Habsburgo como Benito Juárez, uno en la ciudad de México y el otro en Durango), la celebración del Grito y del tañido de la campana la noche de la víspera se remonta al gobierno de don Porfirio.
Es bien sabido que durante el régimen de Díaz se festejaba, como ya era costumbre, la fecha del 16 de septiembre. Sin embargo, como el mandatario cumplía años el 15 de septiembre, a partir de 1887 se determinó darle más formalidad al onomástico presidencial, enlazándolo a las conmemoraciones independentistas. De allí la ocurrencia de adelantar el “grito” a la noche del 15 de septiembre (idea precedida por antecedentes de fiesta popular nocturna que se remontan a 1825). Esa acción fue secundada más adelante por el traslado a la ciudad de México, desde Guanajuato, de la histórica campana, en el año de 1896.

Una autenticidad polémica
Como ocurre con la mayor parte de los actos de conveniencia, la idea de llevar a la capital del país la campana de la independencia fue objeto de fuertes debates. El más importante de todos tuvo que ver con la certeza de que el instrumento fuera realmente el que convocó a misa el domingo 16 de septiembre de 1810.
A estas alturas, la anécdota es bien conocida por los historiadores, para muchos de los cuales, además, el asunto está definitivamente zanjado a favor de la versión oficial. Pero ha sido muy poco difundida a nivel popular y vale la pena recuperarla; sobre todo por el trabajo que le han dedicado dos historiadoras.
En septiembre de 2003, las investigadoras Carmen Nava (de la Universidad Autónoma Metropolitana-Xochimilco) e Isabel Fernández (de la Universidad de Nottingham), publicaban en el boletín del Archivo General de la Nación (AGN) el artículo La campana de Dolores en el imaginario patriótico, que es uno de esos documentos de colección por el acucioso proceso de documentación que lo sustenta.
En breve, el artículo se ocupa del siguiente asunto: si los testimonios, la historiografía y los registros establecen claramente que el llamado Grito de Dolores ocurrió la mañana del 16 de septiembre de 1810, ¿por qué y desde cuándo se acostumbra en México “dar el Grito” en la noche del 15 de septiembre? El documento se ocupa, pues, de dilucidar quiénes inventaron la tradición y, sobre todo, cuáles fueron las referencias simbólicas para dejar plasmada la impronta de la campana en el imaginario patriótico y la memoria colectiva de los mexicanos.
A la luz de este tema, acudiendo a la prensa de la época (entre ellos los diarios El Noticioso, El Globo y El Monitor Republicano) y otras fuentes documentales, las autoras vuelven a poner sobre la mesa el tema de la legítima identidad del esquilón de San José como la campana de Dolores. El texto no tiene desperdicio y se reproduce aquí, íntegro, el fragmento más significativo. Al final de esta entrega, como de costumbre, hay un vínculo que conduce al documento completo, cuya lectura se recomienda ampliamente. Las autoras escriben:

Los dolorenses repudian la suplantación del símbolo
“En paralelo a las gestiones oficiales para trasladar el esquilón San Joseph de su lugar de origen, los periódicos El Noticioso, El Globo y El Monitor Republicano se enzarzaron en una polémica acerca de los inexactitudes históricas y el trasfondo zalamero que se advertía en la promoción de la imagen de la Campana de la Independencia. Andrés Suárez, un lector del Noticioso, colocó a la propaganda oficial en torno a la famosa campana al mismo nivel que las fabulaciones de “patrioteros ignorantes” que ubicaban a Hidalgo dando el Grito a media misa el 16 de septiembre, lanzando tiros, y tocando personalmente la campana.
“El grupo oficialista respondió a los ataques aduciendo el peso de la historiografía ‘seria’ (pasajes de Lucas Alamán, El Diccionario de Historia y Geografia y los episodios de México a través de los siglos) que, según él, con ciertas discrepancias, aseguraba que Hidalgo había ordenado se llamara a misa.
“La controversia subió de tono con los días, pero no tiene mucho sentido reproducirla para los fines de este artículo, pues lo que nos interesa es llamar la atención al hecho de que el debate indica la importancia de que los inventores de las tradiciones, de un lado, y los cuestionadores de la falsificación de los hechos que sustentan las invenciones, por el otro, indagan en su pasado para rastrear asideros legitimadores de sus percepción de la historia.
“La polémica permitió también revelar un aspecto poco atendido, en su momento: el profundo malestar de la población de Dolores por la elección de la campana San Joseph como el bronce que llamó a misa esa mañana. La inconformidad se advierte nítidamente en la entrevista realizada por un reportero de El Globo al ex notario de la parroquia de Dolores. Éste, afirmó contundentemente que el esquilón San Joseph había permanecido mudo el domingo 16 de septiembre de 1810 (1). Para fundar su dicho, el entrevistado adujo la lógica del sistema de comunicación tradicional subyacente al lenguaje de las campanas, que trasmite en los repiques de las campanas un mensaje reconocible y descifrable por los parroquianos. De tal modo que, el conocimiento y la experiencia sonora comunitarias distinguen diferencias, tanto en la forma del repique como en el sonido que proviene de cada una de las campanas. El ex notario explica que la campana mayor, que se usaba en caso de alarma, incendio o desastre, fue refundida en 1830, y prosigue: ‘En la parroquia de Dolores teníamos una campana que ahora esta pintada de verde, que siempre ha servido para llamar a misa’(2). El 16 de septiembre, deduce el ex notario, el campanero, que no estaba enterado de lo que estaba ocurriendo en las inmediaciones de la casa de Hidalgo, llamó a la misa dominical, como siempre, con la campana verde o la campana mayor (3). De acuerdo a las explicaciones del ex notario, la memoria auditiva de la campana que llama a misa no corresponde al sonido del esquilón San Joseph (4).
“El testimonio razonado del ex notario, desmiente las ‘investigaciones’ vertidas por el cronista local, Pedro González en su libro Apuntes históricos de la ciudad de Dolores Hidalgo (1891), según las cuales, el esquilón era la ‘auténtica’ Campana de la Independencia (5). Pedro González argüía a favor de su tesis, que el esquilón San Joseph fungía de campana mayor (6) alrededor de 1810 y siempre había tenido el badajo atado “con una cuerda que cae hasta el suelo”(7). El detalle de la cuerda, es obvio, responde más a la fantasía y al intento del cronista por acreditar la ‘autenticidad’ del esquilón, como la histórica campana, que a un conocimiento profundo del lenguaje de las campanas y de la memoria que los dolorenses guardaban del paisaje sonoro.
“En suma, los dolorenses se rebelan porque consideran que la campana elegida es una suplantación, dado que se le ha atribuido una función y un sonido que perturba la memoria auditiva de la localidad que la albergó durante ciento treinta años. Por ello, los dolorenses desautorizaron la falsificación histórica perpetrada por Pedro González y se explicaron su elección del esquilón San Joseph, como la ‘auténtica’ campana de la libertad, porque tenía un timbre muy sonoro (8).
“Tres años después del despojo de su preciada reliquia sufrido por los dolorenses, el gobierno federal resarció la pérdida con el envió una réplica del esquilón, consagrada con el nombre de San Juan Crisóstomo”.

(1) El Globo, 27 de agosto de 1896, el ex notario de la parroquia de Dolores funda sus reflexiones en la información proporcionada por don José María Soria, sargento 1º, nombrado en la noche de la insurrección, hombre instruido que tenía una alfarería en el pueblo de Dolores. El señor Soria no acudió a la invitación del presidente Juárez para acompañarlo a la visita a la casa de Hidalgo, durante su estancia en Dolores, por ser de ideas conservadoras; y contestó, en cambio, el brindis durante el banquete ofrecido por Maximiliano de Habsburgo a los insurgentes supervivientes.
(2) En un tratado de campanología se afirma que las campanas mayores eran empleadas por el cura para dar avisos públicos y anunciar solemnidades como misas. La campana verde mencionada por el ex notario pudo servir para llamar a misa no dominical.
(3) El Globo, 27 de agosto de 1896.
(4) El esquilón es un tipo de campana de hombro estrecho y forma alargada y esbelta, lo que explica su sonoridad de tonos agudos.
(5) Alfonso Alcocer. La campana de Dolores. México, Departamento del Distrito Federal, 1985, pp. 32-35.
(6) Las campanas mayores y menores que son tañidas para llamar a misa y otros fines tienen un hombro ancho y cuerpo amplio y corto, su sonido es de tono grave.
(7) Alfonso Alcocer. Op. cit., pp. 35-40 apud Pedro González, Apuntes históricos de la ciudad de Dolores Hidalgo, Celaya, Imprenta Económica, 1891.
(8) El Globo, 27 de agosto de 1896.

La campana de Dolores en el imaginario patriótico
Un ensayo de Carmen Nava e Isabel Fernández acerca del origen de la conmemoración de la Independencia la noche de cada 15 de septiembre y una exploración sobre la autenticidad del esquilón oficialmente reconocido como la campana tañida en 1810.

Los contextos de la fallida

Conspiración de Valladolid

Apuntes a dos mesas del II Seminario Independencia y Revolución, procesos políticos en la prensa y la opinión pública, realizado en Morelia

Fragmento del mural dedicado a Morelos por el maestro Agustín Cárdenas.

Para reflexionar sobre el modo en que diversos medios de comunicación han documentado los procesos políticos y sociales que han marcado la historia de México desde fines del periodo colonial hasta nuestros días, los días jueves 27 y viernes 28 de agosto se emprendió en Morelia el II Seminario Independencia y Revolución, procesos políticos en la prensa y la opinión pública, organizado por integrantes del Cuerpo Académico de Estudios Mexicanos del Instituto de Investigaciones Históricas de la Universidad Michoacana, el INAH en Michoacán, la Secretaría de Cultura del Estado y la Junta de Coordinación de los Bicentenarios de la Conspiración de Valladolid, de la Independencia y Centenario de las Revolución del ayuntamiento de Morelia.
La actividad tuvo como sede el auditorio del Museo Regional Michoacano y congregó a una treintena de investigadores distribuidos en cuatro mesas temáticas que abarcaron desde los últimos años del Siglo XVIII hasta mediados del Siglo XX.
Los contenidos no han sido sólo una recapitulación de periodos clave en la constitución del Estado Mexicano actual (Independencia, las intervenciones, el Segundo Imperio, la Reforma, la Revolución Mexicana y la consolidación del Partido de Estado), sino una mirada crítica al papel de la prensa en cada uno de esos momentos.
Precisamente a causa de lo amplio del material y del hecho de que este año se conmemora el bicentenario de la fallida Conspiración de Valladolid, en 1809, este trabajo se dedica exclusivamente a las dos primeras mesas emprendidas el jueves, en las que diez participantes hablaron de diversos temas que pusieron en un contexto amplio el panorama socio político y cultural de los últimos años de la Nueva España, del estallido de la guerra de insurgencia y del papel de la (en ese entonces incipiente) prensa escrita mexicana.

Conventos de monjas calzadas y el caso
de Juana María de la Purísima Concepción
En la primera intervención, a cargo de la maestra en historia Cristina Fonseca, la investigadora, que se ha especializado en el estudio de los conventos de “monjas calzadas” (es decir, pudientes, ricas, a diferencia de las órdenes “descalzas”, con voto de pobreza) ofreció un panorama general de la historia de las religiosas Dominicas en esta ciudad, a partir de su primera fundación en la antigua Valladolid en 1595, a instancias del Obispo Fr. Alonso de Guerra.
Lo más significativo de esta participación fue la manera de mostrar cómo las monjas de órdenes calzadas, como la de las Dominicas, “eran hijas de españoles que aportaban importantes dotes a la Orden”. Con tales recursos, en esos conventos se formaba un fondo de fomento para el impulso de la economía regional. Este esquema administrativo, muy eficiente, no sólo colaboraba a mantener activa la economía, sino que también proporcionaba rentas suficientes para la manutención de las propias religiosas, quienes, además, dada su procedencia, solían construir sus propias celdas y llevar con ellas a sus esclavas, sirvientas, ajuar y menaje propios.
En el periodo vallisoletano, el hecho más importante de la Orden, y uno de los más significativos en la vida de la ciudad, tuvo lugar en 1738, con su traslado desde su original ubicación en el templo que es actualmente el Conservatorio de las Rosas hasta su nuevo emplazamiento en lo que ahora son el templo de Las Monjas, el Palacio Federal, el Monte de Piedad y otras fincas adyacentes. El enorme lienzo que describe esa ceremonia (y que hoy es considerado una rica fuente de estudio de antropología social por los detalles que brinda sobre la vida religiosa y civil de la época) se localiza en la planta alta del Museo Regional Michoacano.
La autora también puntualizó cómo las favorables condiciones para lograr su ideal de ser “vírgenes consagradas a Dios viviendo el ideal dominicano, en oración y sacrificio por la salvación de todas las almas”, que tuvieron durante la Colonia, empezaron a deteriorarse a partir de las reformas borbónicas, que impusieron la llamada “consolidación de vales reales”, a partir de lo cual se vio severamente mermada la economía de las Dominicas.
Finalmente, en vísperas de la guerra de Independencia, Cristina Fonseca recuperó el episodio en que la monja consagrada Juana María de la Purísima Concepción, hermana del insurgente José Mariano Michelena, fue condenada a muerte por el ejército realista al descubrirse que ella era la intermediaria a través de la cual, por medio de cartas, los conspiradores de Valladolid se ponían en contacto entre sí.
De acuerdo a una de las fuentes más importantes para el estudio de esta orden, la Crónica escrita por Sor María de Cristo Santos Morales, y que de alguna manera representa la “historia oficial” de los hechos, la monja consagrada ignoraba por completo su papel en el complot independentista, pero en este punto la investigadora acotó que, de momento, la ausencia de datos fehacientes impide aceptar o rechazar tal versión de forma categórica.
También es difícil precisar si, como dice la tradición, la religiosa consiguió escapar a su destino frente al pelotón de fusilamiento (en la Crónica se afirma que la monja rogó a Dios para que le evitara esa humillación y se dice que, en respuesta a sus oraciones, ella murió en su celda la víspera de la sentencia). Recientemente, reveló la académica, el también historiador Carlos Juárez Nieto localizó un documento en el Archivo General de la Nación en la que el general Torcuato Trujillo, encargado de ejecutar a la monja por el cargo de traición, informa a sus superiores que Sor Juana María de la Purísima Concepción sí fue pasada por las armas, lo cual “causó disgustos y protestas” de la sociedad vallisoletana.
A pesar de lo anterior, y siempre en aras de la verticalidad intelectual, Fonseca adujo que mientras no sea encontrada información documental adicional, tampoco puede afirmarse que la versión del general Trujillo sea la verídica.
En la actualidad, la Orden de las Dominicas en Morelia conserva el archivo y la biblioteca del Monasterio, considerados como el acervo de mayor importancia entre las Dominicas del país.

Plazas, patios, mesones: espacios para
la difusión de las ideas en Valladolid
En el segundo turno de la mañana, el maestro Eugenio Mejía, del IIH, se ocupó del tema Espacios de sociabilidad en Valladolid, la proliferación de las nuevas ideas en el antiguo régimen.
El ponente recordó que a fines del siglo XVIII y comienzos del XIX perduraba las maneras de ser del régimen colonial, monárquicas y feudales, donde nociones como la “opinión pública” simplemente no existían. En el caso de la Nueva España, además, “se publicaba sólo lo necesario: bandos o reales cédulas. Imprimir era un privilegio otorgado por el rey y muy vigilado”.
Así, el investigador se ocupó de describir aquellos espacios que posibilitaban el conocimiento de las noticias, el intercambio de las ideas y aún la difusión de saberes prohibidos por la autoridad (como las ideas de los ilustrados europeos). Tales espacios fueron aquellos previstos en la ciudad para la reunión y la socialización.
Apoyado en fotografías que a menudo remitieron al aspecto actual de tales espacios, Mejía habló acerca de las plazas y de las fuentes a donde el pueblo acudía a dialogar mientras paseaba o se agenciaba el agua indispensable para sus necesidades domésticas; los patios centrales característicos de las casas vallisoletanas, donde las clases mejor acomodadas se reunían para dialogar de diferentes tópicos; los mesones a donde se alojaban viajeros que transmitían noticias de sitios lejanos, así como de los espacios de socialización institucional como la Sala Capitular en las oficinas canónicas de la catedral de Morelia, también conocida como la “sala chocolatera” porque era la usanza, en aquel entonces, que los canónigos se reunieran allí para consumir chocolate mientras trataban asuntos diversos.


Patio principal del Museo Regional Michoacano en el primer receso.

Entre otros espacios a los que se refirió de manera específica figuraron la casa del capitán García Obeso, que actualmente aloja las oficinas de BBV Bancomer en la esquina de las avenidas Madero y Morelos, en el centro histórico de Morelia, y la casa de Mariano Michelena, donde tuvo lugar la última reunión de los conspiradores de Valladolid, tras la aprehensión de Vicente Santa María, y en la cual residen hoy las oficinas de la Notaría Pública No. 15. En salones de casas como esas se hablaba entonces de la preocupación por lo que ocurría en España, con la invasión napoleónica, la abdicación de Fernando VII y el gobierno de José Bonaparte.
Acerca de los mesones, el ponente haría énfasis en el que se localizaba precisamente a un costado de la casa de Mariano Michelena, así como del Mesón de San Juan de Dios y del de Nuestra Señora de la Soledad (que es un hotel hasta la fecha).
En el caso de plazas y fuentes, aparte de los espacios propiamente públicos recordó el caso de la pila “La Escondida”, llamada así porque se localizaba, no en la calle, sino en el patio de la casa de Mariano Michelena. “En lugares así la gente oía noticias y compartía rumores”. Fue de esta manera, concluiría, como ideas de todo tipo, entre ellas las que alentaban la independencia, fueron transmitiéndose de las élites al pueblo.

Arquitectura y contexto
durante la insurgencia

Conciente de que la arquitectura es una de las manifestaciones que mejor habla de las identidades, el temperamento y las influencias de una sociedad en un momento determinado, la maestra Carmen Alicia Dávila ofreció un breve pero pertinente estudio sobre tres inmuebles pertenecientes a conspiradores de Valladolid: la casa de Mariano Michelena, la de García Obeso y la de Mariano Escandón, canónigo y conde de Sierra Gorda. Dos hechos resaltaron de su exposición:
El primero, la forma en que las herencias arquitectónicas de esos tres inmuebles hablan de tres momentos significativos para pensar y poner en contexto el movimiento de independencia: las influencias del siglo XVI (plasmadas en la casa de Mariano Michelena), el auge y la riqueza del Obispado hasta poco antes del estallido de la revuelta (de lo que da cuenta la arquitectura de la casa de García Obeso) y las transiciones estilísticas del neoclásico (en la casa de Mariano Escandón).
El segundo: que en su gran mayoría, si no es que en su totalidad, los conspiradores vallisoletanos pertenecían, no al pueblo, esto es, a las clases populares, sino a la élite pudiente de la época.
En el inter, la investigadora recordó que el papel secundario dado a los criollos con respecto a los peninsulares fue una razón clave de la revuelta insurgente. También acentuó la importancia de la iglesia católica de la época y sus ligas con la gente pudiente, lo cual explica por qué tantos criollos canónigos o clérigos fueron los principales promotores de los hechos que llevaron a luchar contra “el mal gobierno”.
Del licenciado y general José Mariano Michelena, recordó que provenía de una noble familia que llego a Valladolid a mediados del siglo XVIII. Fue el menor de cinco hijos de uno de los más ricos hacendados de ese momento.
Michelena se identificó con el padre Vicente de Santa María y con García Obeso y colaboró en la conspiración de 1809. Su casa (actualmente el número 237 del portal Allende, a espaldas de la plaza de los Mártires), construida en el siglo XVI, fue dividida en dos a fines de 1830 y en 1850 se le construye una segunda planta. Mientras, en 1761 la había adquirido el regidor Juan Manuel Michelena, quien la habitó durante doce años.
La casa hoy tiene dos niveles. De antecedentes romanos, se desarrolla en torno a un patio central, con arquería de medio punto y habitaciones en torno al patio. Al frente cuenta con espacios comerciales y atrás con aposentos para los servicios, como la cocina. La fachada conserva balcón y ventanas con aleros, que son un elemento común en la arquitectura vallisoletana colonial. Hoy la casa es un comercio y su interior ha sido alterado. Sólo una placa colocada por el ayuntamiento recuerda que fue el hogar de Michelena. Su hermano José Nicolás, también licenciado, fue otro colaborador en la independencia. La casa de este último se localiza hoy en la esquina de Aquiles Serdán y Pino Suárez
Del capitán José María García Obeso, Carmen Alicia Dávila recordó que se dedicó a la agricultura y el comercio. También fue capitán del regimiento de infantería de Valladolid.
Su casa, hoy en la esquina de Madero y Morelos, sede del banco BBV Bancomer, fue el principal enclave de los conspiradores. Fue adquirida en 1781 por el padre del insurgente, don Gabriel García Obeso, quien la reconstruyó. El inmueble era una casa típica de la ciudad, de grandes proporciones, amplios corredores de referencia sevillana y arcos de medio punto, pero con arcos sobre pilastras toscanas, siguiendo la nueva tendencia estilística del barroco moreliano, con la presencia de la guardamalleta. El inmueble conservó sus rasgos hasta fines del siglo XIX, cuando fue remodelado para las nuevas corrientes impuestas en la ciudad con su actual fachada, ecléctica, y su interior que perdura barroco.
Finalmente, de Mariano Escandón, canónigo y conde de Sierra Gorda, de noble alcurnia, descendiente del linaje del legendario Cid Campeador, señaló que fue caballero de Santiago y prebendado de la Catedral Vallisoletana. “Años antes de la guerra, manifestó su inconformidad cuando le negaron la jubilación, tras 40 años de servicio; también protestó abiertamente contra los privilegios dados a los peninsulares”.
La conferencista evocó que, aunque nunca fue aprehendido por los realistas, fue él quien le abrió las puertas de catedral al cura Hidalgo, una vez iniciado el movimiento insurgente; también fue él quien invalidó la excomunión del Padre de la Patria.
Su casa vallisoletana la adquirió en 1775, al llegar procedente de Querétaro. El inmueble era todo un palacio, a 300 metros de distancia de la plaza principal, a contra esquina del actual templo de la Cruz. Hoy, el inmueble aloja oficinas de la Secretaría de Educación. Es una casa con patio central y un patio secundario donde fueron alojados plantas y animales exóticos, entre ellos un elefante. Destaca en la sobriedad de su construcción el marco de una puerta, al oriente del patio, y la escalera principal, que inicia en dos rampas y desemboca en una, bajo tres arcos de columnas jónicas. La ponente señaló que su fachada principal (la que mira al sur, sobre la avenida Madero) fue remodelada en un estilo ecléctico propio del siglo XIX, pero que las dos restantes (que miran a Álvaro Obregón y a Aquiles Serdán) conservan sus vanos arqueados y las jambas de las ventanas que se elevan hasta las cornisas, entre otros rasgos.

Caballeros Nacionales, Masones y
Guadalupes: las sociedades secretas

Estatua a Fray Servando Teresa de Mier en la ciudad de México

El cuarto turno de la jornada sería para el doctor Salvador Méndez Reyes, catedrático de la UNAM, especialista en estudios Latinoamericanos, con amplia obra sobre Lucas Alamán y proyectos pro-hispanoamericanistas.
El académico se ocupó de uno de los temas más fascinantes y poco divulgados de la independencia: el de las sociedades secretas durante la insurgencia hispanoamericana.
Su intervención se concentraría en la llamada Logia americana, también conocida como la Sociedad de los Caballeros Nacionales o como la Sociedad Lautaro (en homenaje al gran líder de los indios Mapuche en lo que hoy es Chile): una logia fundada en Inglaterra hacia 1797 por latinoamericanos residentes en Europa y encabezada por el venezolano Francisco de Miranda, quien más adelante sería el impulsor de gestas independentistas sudamericanas.
A esa logia (ya en su sede londinense o en filiales como la de Cádiz) pertenecieron personajes como Simón Bolívar, Fray Servando Teresa de Mier, Bernardo O’Higgins y Andrés Bello, entre muchos otros.
El ponente detalló que, aunque esta sociedad adoptó formulismos masones, parece que en realidad no estaba afiliada a la masonería. Sin embargo, en este punto y a falta de datos documentales suficientes, todavía perdura mucha polémica y nada es definitivo.
Entre los mexicanos que se sabe con cierta certeza que participaron de la orden figura Francisco Manuel Cayetano de Fagoaga y Arozqueta, mejor conocido como el Marqués del Apartado, Miguel Santa María (gran antagonista de Iturbide) y, sobre todo, el jarocho Vicente Vázquez Acuña, alias El Tacones, que en Xalapa, Veracruz, funda una filial de los Caballeros Nacionales que es la única en México de la que se tienen datos fehacientes.
Como sea, el catedrático llamó la atención al hecho de que esta Logia Americana fue la que le dio cohesión continental al movimiento emancipador que surcó todo el hemisferio. En este contexto, adujo que es difícil pensar que el movimiento independentista mexicano pueda comprenderse como un hecho aislado, inspirado solamente en ideas más o menos nacionalistas o en simples proclamas contra “el mal gobierno”. En realidad, nuestra insurgencia estaba fuertemente entretejida a las demás gestas emancipadoras.

El doctor alvador Méndez Reyes durante su participación.

Recordó que el mismísimo obispo Abad y Queipo le dio a la Logia Americana un papel decisivo en la lucha por la libertad y que en una carta a Fernando VII le advertía al rey contra ella escribiendo: “Existe una poderosa coalición de enemigos del Estado” que promueve la revuelta “con mano oculta”.
“En esa carta –dijo Méndez Reyes– Abad y Queipo afirmaba que eran francmasones y que la estancia de la logia databa de ocho a diez años antes pues en 1810 ya tenia filiales en Filadelfia Caracas, Cádiz y Londres”. En la misma misiva Abad y Queipo sostuvo que en la Nueva España “manejó desde el principio a la gran masa del pueblo” pues en menos de 15 días fue capaz de poner en revuelta a millones de habitantes.
El ponente apuntó que, en otra carta más, Abad y Queipo advertía que la Sociedad de los Caballeros Nacionales “trabaja sin cesar en la independencia de America” y hablaba de logias en Veracruz y en la ciudad de México, “pero nosotros sólo sabemos con certeza de la de Xalapa”.
En tanto, para apoyar su tesis de que la Sociedad Lautaro no era masona, el conferencista tomó el testimonio de Lucas Alamán, quien informa que los masones del momento en Nueva España eran todos españoles, ni siquiera peninsulares, mucho menos criollos. Virreyes como O’Donojú pertenecieron a la masonería (específicamente a la escocesa, no a la yorkina); más adelante, sin embargo, el criterio se relajaría, ya que entre los más destacados masones encontramos después a Manuel Sánchez de Tagle y a nuestro Mariano Michelena, quien fue adoptado por la orden, seguramente, durante su estancia como diputado suplente en las cortes de Cádiz.
En cuanto a Fray Servando Teresa de Mier, de quien se sabe sin duda que fue Caballero Nacional, el sacerdote e intelectual cuestionaba muy críticamente tanto a los masones yorkinos como a los escoceses del momento. En 1826 escribe, por ejemplo: “estamos en una crisis tremenda, con guardias permanentes en Palacio. Las logias escocesas nos apoyaron ampliamente a establecer la república pero no se hacen sentir para nada”. Fray Servando tendría juicios mucho más duros para los masones yorkinos. Pero a este respecto el conferencista recordó que la masonería escocesa se instala en México con la propuesta de traer al país a un monarca europeo (aún pensaban en términos de reyes y monarcas), pero con un gobierno de abierta tendencia liberal. A la luz de esto, y releyendo la historia, no es difícil comprender quiénes fueron los grandes ganadores de la partida durante el siglo XIX.
Al margen de esto, el académico concluiría que la Sociedad de los Caballeros Nacionales fue importante en América Latina, especialmente en Sudamérica, pero que también hubo mexicanos a su servicio. Falta en todo caso ahondar en las investigaciones para determinar qué tan decisiva fue su participación en un escenario donde compartía trincheras con otros movimientos herméticos, distintos entre sí, como el masón y el de los Guadalupes.

El Diario de México, primer
matutino editado en el país

Fuera de programa pero con una aportación significativa, la catedrática michoacana Adriana Pineda, recién desempacada desde Alemania, se ocupó del tema 1805-1812: el Diario de México y la presencia alemana.
El enfoque de su participación fue más amplio, pero aquí me detendré exclusivamente en sus observaciones dedicadas al papel del citado periódico, el primero de aparición diaria en nuestro país, pues varios de sus perfiles pioneros sentarían las bases de lo que llegaría a ser la prensa a lo largo de todo el México decimonónico y aún, en ciertos aspectos, hasta nuestros días.

La doctora en historia Adriana Pineda.

Ante todo, Adriana Pineda estableció el contexto en que surgió este periódico recordando que, en aquellos tiempos, a fines del periodo colonial, la iglesia operaba como contrapeso a la modernización del Estado y de manera muy particular contra el avance de la Ilustración. El aparato coercitivo del clero, que era la inquisición, se ocupó de articular distintos cercos culturales para impedir las discusiones sobre temas que comprometían el “status quo” del virreinato.
Los vínculos entre ambas instancias eran estrechos, ya que a la sazón la iglesia era la institución que más recursos le prestaba a la corona, en una relación de poderes de beneficio mutuo. “Por eso –dijo la ponente– se hizo más inquisidora la inquisición”.
En este escenario, el Diario de México fue fundado por dos abogados: Carlos María de Bustamante y Jacobo de Villaurrutia, quienes también ocupaban cargos en la administración del virreinato. Su pericia en la “cosa pública” y su conocimiento y dominio de las leyes fueron dos factores que les permitieron sacar avante su empresa editorial en una época que no favorecía la circulación de las ideas.
El medio alcanzaría una vida de 14 años, desde 1805 hasta 1817, aunque para este estudio la autora sólo se ocupó de su primer periodo, que llega hasta 1812.
Pineda enfatizaría el perfil de los fundadores. Insistió: “los fundadores del Diario de México eran, los dos, abogados que cuidaban los modos y formas jurídicas para poder publicar su diario, que fue el tercero en América tras dos antecedentes en La Habana y Lima. Se habían conocido en la ciudad de México apenas un año antes de lanzar el diario, en 1804. Ambos formaban parte del aparato de gobierno y del aparato administrativo virreinal. El periódico, pues, fue un medio que no nacía para satisfacer las necesidades del público en un sentido amplio, como suele pensarlo la gente, sino que surgió dentro de la administración gubernamental, para responder a sus necesidades”.
A este respecto, evocaría que tal patrón responde bien a las tesis del filósofo alemán Jürgen Habermas (“aunque es una lástima que lo hayamos leído treinta años tarde”). Desde trabajos tempranos como sus volúmenes acerca de la Teoría de la acción comunicativa, Habermas describe dos procesos comunicativos antitéticos que se dan cuando los medios actúan en la esfera pública: por un lado, la generación comunicativa de poder legítimo, que implica un proceso comunicativo autorregulado, entrelazado horizontalmente, inclusivo y más o menos articulador de discursos y, por otro, el uso manipulador del poder mediático, que se emplea para movilizar poder adquisitivo, lealtades o un comportamiento social conformista.
Explicó que la coyuntura de los contactos sociales que poseían los editores fue lo que los condujo a publicar el periódico, Entre tales contactos figuraron Primo de Verdad y Melchor de Talamantes, que eran ilustrados.
Así pues, el Diario de México es el primer periódico diario que aparece en lo que hoy es la República Mexicana. Surge en vísperas del movimiento de independencia, responde esencialmente a los intereses del sistema, pero (y esto es lo significativo) también es el primer periódico que da cabida en sus páginas a temas literarios y políticos que venían de los lectores.
“Es una experiencia interesante, porque muestra cómo la prensa pudo convertirse en una vía para promover la ilustración, ya que la comunicación es el cordón umbilical de los intelectuales ¿y qué es lo que leen los intelectuales mexicanos de fines del Siglo XVIII y comienzos del XIX? A los autores europeos. Así, la lectura se vuelve ese ‘ombligo’ que genera comunicación”.
La ponente recordaría que, al comenzar el siglo XIX, en la Nueva España había fuertes fricciones entre criollos y peninsulares por el monopolio administrativo en los territorios coloniales. Luego vino la crisis de gobernabilidad española de 1808 con la invasión napoleónica. Y todos estos hechos se ven editados en el Diario de México.
“En su tomo VIII, los ejemplares hacen continuas reseñas de documentos aparecidos en España. Y, ante la situación, entre los meses de junio y agosto, los intelectuales mexicanos trabajan intensamente en el proyecto de la Audiencia. Fue un verano muy apasionado para los habitantes de la ciudad de México”.
Desde esta perspectiva, las páginas del diario muestran noticias de lo que ocurre tanto en América como en Europa y estas informaciones llevan a considerar al océano Atlántico como un espacio sociopolítico, tal como ocurría con el Mediterráneo en Europa: una zona que contribuye al mutuo conocimiento. Este conocimiento hace que los mexicanos no se sientan ajenos, sino parte del circuito cultural Atlántico.
“Las páginas del Diario de México nos dan testimonio de la circulación de las ideas de la ilustración. Se habla del pensamiento de la élite y de cómo ésta entró en contacto con las ideas europeas y cómo las compartió”.
“Por ejemplo, la invasión de Napoleón en esos años es uno de los factores que en la Nueva España nos lleva al movimiento de Independencia, pero en Europa el mismo detonador lleva a pueblos como el germano a la creación de la Confederación Alemana”.
Un hecho importante es la manera en que el Diario de México se ocupó de los serios conflictos por los que atravesaba el virreinato. Impedido, a causa de la censura, de cuestionar directamente el comportamiento administrativo de las autoridades en la América Española, el medio comienza a reflexionar en la conducta de un personaje histórico: el rey Federico II de Prusia (1712-1786).
El personaje es significativo porque es el mayor exponente del denominado “Despotismo Ilustrado”. Sigue siendo rey y ejerce un poder absoluto, pero introduce en su gobierno reformas inspiradas en la Ilustración francesa: impulsa la codificación del derecho prusiano a partir del principio de que la ley debe proteger a los más débiles, prohíbe la tortura, impulsa la independencia judicial y el proteccionismo aduanero para su industria. Es además un notable estratega militar que extiende y protege las fronteras de su reino, aún ante el mismísimo Napoleón Bonaparte.
Es a partir de enero de 1809 cuando las páginas del Diario de México comienzan a hablar de Federico II y la estrategia no deja de ser admirable: ante la prohibición de hablar de temas administrativos virreinales, el periódico acude a la historia para cuestionar la situación que se vive.
Mientras, desde sus páginas también comienzan a traducirse al español textos del barón Von Humboldt y de dramaturgos alemanes como Kotz-Bue. También se publican o se habla de las partituras de distintos compositores. “A pesar del protestantismo, se advierte una relación cultural muy dinámica con Alemania que, no lo olvidemos, en ese momento es un nuevo epicentro cultural y educativo”.

Castigos y pena capital en el
México pre-independentista

En la última participación que se registra aquí el doctor en Historia Germán Andrade mostró los resultados más significativos de un estudio acerca de los castigos y la aplicación de la pena capital (la condena a muerte) en la Nueva España a fines del Siglo XVII y comienzos del XVIII. El ponente explicó que la línea de investigación que lo condujo a este tema provino de un trabajo anterior, relacionado con el estudio de las estructuras militares de la Colonia, como la marina, en el cual indagaba sobre el papel del sistema de justicia virreinal como proveedor de mano de obra barata o gratuita para el sistema defensivo español en América.
De ahí surgió la cuestión de analizar cómo se veían las penas y castigos que se aplicaban a delincuentes diversos por distintos medios. Las fuentes del estudio han sido las publicaciones La Gaceta y el Diario de México.
El ponente señaló que el tratamiento mediático que se le dio a los castigos y a la pena capital a fines del siglo XVII y comienzos del XVIII fue “una forma de publicidad representativa que daba una opinión cuyas pretensiones eran conservar el status social existente”. En este contexto, La Gaceta y el Diario de México fueron los primeros medios escritos usados por el gobierno virreinal para anunciar “lo conveniente”. Acentuó (como previamente lo había hecho la doctora Pineda) que el de esos medios no era un periodismo independiente, pero tampoco totalmente gubernamental.

El doctor en historia Germán Andrade al comienzo de su exposición.

“Esas publicaciones tenían una cantidad importante de inserciones, publicadas como una forma de conjuntar noticias. Entre esas inserciones figuran, para el periodo estudiado, 62 avisos de ejecución de entre 250 reos juzgados. Las penas que se les aplicaban iban desde la muerte por garrote o la horca, hasta los azotes o la humillación publica llevando el Sambenito”.
Apoyado con gráficas estadísticas y con ilustraciones (grabados de la época), detalló que se anunciaban todas las ejecuciones realizadas en sedes como Puebla, Guadalajara, Monterrey y Zacatecas.
“En la ciudad de México, que es lo que más he trabajado, las instituciones cuyos juzgados enviaban mas ejecutados eran el Tribunal de la Inquisición, el tribunal de la Acordada y la Real Audiencia (a través de la Sala del Crimen, que era un tribunal ordinario). Los principales sitios de ejecución en la capital del país eran el Zócalo, la actual plaza de Santo Domingo y emplazamientos a inmediaciones de La Merced y del extinto Ejido de Velázquez (más o menos donde hoy se ubican las oficinas del rotativo Novedades, en el D.F.).
En el siglo XVIII la mayor cantidad de ejecuciones fueron emprendidas por la Acordada (77%), mientras que la Sala del Crimen se ocupó de un 9%, la Inquisición de un 5% y el ejército de un 1%, quedando en calidad de “desconocido” un 8% adicional.
De entre muchos otros datos ofrecidos, por el expositor, importa aquí destacar uno: entre 1736 y 1810, los delitos más castigados, ya con la pena de muerte o con distintos tormentos y humillaciones, fueron los delitos contra la propiedad y los asesinatos. Más o menos en el mismo periodo, no importa la identidad del delincuente, ya que jamás se le cita por nombre, sino el o los delitos que ha cometido y siempre se emprende, en cambio, una minuciosa descripción del castigo al que se les somete.
Los principales, en el lapso citado, son: Pena de muerte 65%. Azotes 22%. Cuerda (es decir, trabajos forzados) 17%. Vergüenza pública 7.3%. Presencia del cómplice en el suplicio de un compañero: 2%, más otro 12% cuyo carácter no se menciona en los diarios y sus anuncios
La situación anterior cambia radicalmente hacia 1811, ya con la guerra de Independencia en movimiento. “En ese entonces ya comienza a emprenderse un estudio más detallado de quién es el delincuente y de cómo es”. También se transforman visiblemente las prioridades en cuanto a los delitos merecedores de sanción: se castiga mucho la infidencia, a los desertores, sus reincidencias y su incorporación a las filas de los rebeldes.