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Pastorelas en el Rincón de los Sentidos

Miradas a la tradición

Una imagen tomada del Facebook de Odisea teatro, con los personajes de Odisea en Nochebuena.

El año teatral moreliano concluyó con un maratón de pastorelas emprendido en la sucursal Madero poniente del café El rincón de los sentidos, organizado por el colectivo Viajabundo Teatro, que congrega a estudiantes y egresados de Bellas Artes y a teatristas procedentes de otros ámbitos y procedentes de inquietudes distintas.
Las últimas dos funciones del programa fueron emprendidas el miércoles 22 de diciembre, a cargo de Viajabundo teatro y de Odisea teatro, dos de las cuatro agrupaciones convidadas al encuentro de fin de año. Es de esas funciones de las que da cuenta este post.

Neopicarezca en escena
El denominador de Pastorela hecha en México (Viajabundo teatro) Y de Odisea en Nochebuena (Odisea teatro) es la intención de poner al día la tradicional estructura de la pastorela, un género que llegó a México de la mano de los jesuitas y que tuvo su primer antecedente en el Siglo XIX con La Noche más venturosa, de José Joaquín Fernández de Lizardi.
En este sentido de la actualización, en Pastorela hecha en México encontramos un ejercicio en el que los pastores han sido canjeado por íconos de la cultura pop del siglo XX (Frida Khalo con su pata de palo, María Félix en sempiterna búsqueda de su indito Tizoc y un profe universitario de filosofía, alucinado con los temas del devenir, los hongos y las canonjías propias del sindicalismo en la instrucción superior). A su vez, el duelo entre las potencias del Cielo y del Infierno ya no serán dirimidas con espadas o invocaciones, sino en talk shows y concursos de canto, respondiendo a los mediatizados modismos de este México post-Foxilandia y plenamente instalado en el feudo panista-calderonista que también amerita distintas miradas y guiños críticos a lo largo de la puesta.
Actoralmente sobresale notablemente el papel de Alejandro Aviña en el papel de la Félix, aunque en general todo el elenco cumple, excepción hecha de José Manuel Ramírez (arcángel Gabriel), quien a cambio de cierto duende nato que merece ser cultivado, muestra muy pronto que no tiene una formación teatral, pues sus intervenciones sólo cumplen, imparcialmente hablando, con la tarea de romperle el ritmo a lo que están levantando todos los demás.
Vale. Esta es una observación benévola, pero que debe ser formulada. Habla, además, de un asunto que se puede remediar perfectamente con trabajo formativo. Ramírez tiene madera, indudablemente, pero ese diamente se tiene que tallar.
Mientras, desde un elenco mucho más homogéneo en sus buenas aptitudes actorales, los integrantes de Odisea teatro tienen muy firme lo que le ha faltado a Viajabundo: presencia escénica irreprochable. Desde esa imprescindible factor, su mirada satírica a la pastorela tradicional incluye a un delicioso Satanás (personificado por Brenda Olivia Pérez, entre otros papeles), aunque es probable que la anécdota que han elegido como dramaturgia esté un punto menos problematizada que la emprendida por Manuel Barragán en el caso de Pastorela hecha en México.

Independientemente de lo anterior, lo más importante de la experiencia decembrina en El Rincón de los Sentidos consiste en que una agrupación de jóvenes teatristas, los de Viajabundo Teatro, han abierto una nueva trinchera para la escena local y, desde esa posición, han decidido compartir el espacio e invitar a otras agrupaciones teatrales. Una actitud que dice mucho de la generación a la que pertenecen los involucrados y que augura buenos momentos para el futuro teatral en la ciudad.
Quedan aquí abajo, como de costumbre, los videos de cada una de las dos puestas presenciadas.

EN VIDEO / Odisea en Nochebuena / Odisea Teatro



EN VIDEO / Hecha en México / Viajabundo Teatro

Puesta en escena de Odisea Teatro

Los niños sin-ceros



El día en que, durante una clase de rutina, tanto el profesor como dos de sus alumnos determinan que los ceros son una absoluta inutilidad matemática, una cifra sin valor cuyo único fin parece ser confundir a los estudiantes, estos subestimados pero indispensables guarismos desaparecen de todo el territorio nacional. En un parpadeo, de la noche a la mañana, todos los ceros de México hacen mutis y desquician la vida del país.
Las anécdotas (muchas jocosas, algunas trágicas) relativas a la ausencia de los ceros de los calendarios, los billetes y de todo tipo de operaciones matemáticas, así como a su búsqueda por parte de la gente, dan pie a la tragicomedia Los niños sin-ceros, con la que Brenda O. Pérez y David Hurtado adaptan libremente El país de los sin-ceros (2003), del dramaturgo argentino Gastón Quiroga.
La obra fue estrenada en Morelia a comienzos del segundo semestre de 2010 en el auditorio Silvestre Revueltas de la Escuela Popular de Bellas Artes, plantel centro histórico, bajo la dirección de Brenda O. Pérez y con las actuaciones de Ruth Merchán, Sergio Chávez y David Hurtado.


La aplicada adaptación
El país de los sin-ceros es una de esas obras de enorme duende que, de cuando en cuando, aparecen en el hemisferio teatral. Desde su estreno en Argentina, hace siete años, este trabajo se ha ido presentando en diferentes países, ya en su versión original o en distintas adaptaciones que responden, no sólo al potencial interpretativo que posee el texto mismo, sino a las prosapias e identidades de cada lugar.
En el caso de esta versión moreliana, sobresale un concienzudo trabajo de transcripción en el que las situaciones originales de la obra (protagonizadas por un gobernador, sus más allegados consejeros y representantes de los medios electrónicos de información), han sido trasladados a los personajes de un profesor de matemáticas en la secundaria y a sus dos alumnos, quienes alternan sus situaciones con los cortes informativos de una conductora de TV (Tempranito con Pamela).



El hecho de trasladar uno de los núcleos de la acción, del gabinete gubernamental original al aula escolar, tiene el acierto de enfocar mucho mejor el sector de público estudiantil al que se dirige este trabajo. Por otro lado, la interacción de los periodistas de TV con otros personajes de la vida nacional (el sacerdote José de Dios Aguilar; la lideresa sindical de los maestros, Elbanatti Billetatti; la Agenda Oficial del presidente, etcétera), permite abrir el panorama y jugar con los absurdos y aún con las denuncias vestidas de humor que surcan el trabajo.


En pos de lo indispensable
Protagonizada por egresados de la EPBA, Los niños sin-ceros es otra experiencia de teatro universitario local contemporáneo, de las que vienen abundando en la capital michoacana de manera especial desde 2008. Echando mano de las herramientas escénicas que han adquirido durante su formación, los integrantes de Odisea Teatro acuden a una puesta que no es minimalista de manera propiamente dicha, pero que sí procura prescindir de todo lo accesorio para quedarse con lo indispensable: un juego de móviles, algunas telas, un par de bancas y muy poco más.
Con estos elementos, el peso de la puesta recae en el trabajo actoral, en el que sobresalen Ruth Merchán y David Hurtado. Cada uno de los actores es responsable de por lo menos tres personajes distintos, casi todos de temperamento fársico, lo cual simplifica su construcción en beneficio de la credibilidad escénica.
Durante la función de estreno, celebrada hacia el mes de agosto, el ritmo de la puesta ocupaba todavía más seguridad, pero exhibía como su mejor atributo la frescura en el desempeño. El video que sigue a este texto da una buena idea del nivel de eficacia del trabajo.

EN VIDEO / Los niños sin-ceros
Abre la Muestra Estatal

Fernando Ortiz durante el anuncio de los contenidos de la Muestra Estatal de Teatro de Michoacán 2010.

Con quince obras michoacanas (doce de Morelia, dos de Uruapan y una de Tacàmbaro), a las que se añaden dos obras invitadas procedentes de Guadalajara y del DF, este jueves18 de noviembre inicia la Muestra Estatal de Teatro 2010, que originalmente debió celebrarse en junio pasado, pero que fue pospuesta por las tareas de intervención en el teatro Melchor Ocampo.
Las dos obras invitadas son Adiós, querido Cuco (Susana Romo. Jalisco, 2010), y Más pequeños que el Guggenheim (Alejandro Ricaño. Veracruz, 2009), la primera de ellas inscrita dentro del homenaje a la dramaturga y directora Perla Szuchmacher, y con la cual se abren las actividades a las 20:30 horas en el foro La Bodega.
Mientras, el programa michoacano incluye el siguiente calendario:

VIERNES 19
Psicosis (alumnos de 4º año de la licenciatura de Teatro, turno matutino, EPBA)
Facultad de Medicina de la UMSNH, 17:30 y 20:30 horas

El secreto de Gorco (Teatro Movedizo, Uruapan)
Foro La Bodega, 19:00 horas

SÁBADO 20
La zorra y las uvas (Sociedad Escènica Uruapan)
Teatro Ocampo, 19:00 horas.

Viejitos en fuga (Grupo Seminis Artis, Morelia)
Foro La Bodega, 20:30 horas.

DOMINGO 21
Todos los héroes del bicentenario (Compañía teatral Cacofonía, Morelia)
Teatro Ocampo, 12:00 horas

¡Vieja el último! (Compañía Expresión teatral, Morelia)
Teatro Ocampo, 16:30 horas

Aquí no paga nadie (Compañía de Teatro Libre Sor Juana, Tacámbaro)
Foro La Capilla, 18:00 horas

Despidiendo a una soltera (Charani Kèri, Morelia)
Foro La Bodega, 20:30 horas

LUNES 22
Un libro muy especial (Compañía Universitaria de Teatro, Morelia)
Teatro Ocampo, 18:00 horas

La mirada oculta (El Chequelete Teatro, Morelia)
Foro La Bodega, 20:00 horas

MARTES 23
Carmelita, la niña del mechón (Santa Herejía Producciones, Morelia)
Foro La Capilla, 10:30 horas

El motel de los destinos cruzados (AnimarT Teatro y EPBA, Morelia)
Foro La Bodega, 18:00 horas

Edy Walls (Pentagrama Teatro, Morelia)
Teatro Ocampo, 20:30 horas

MIÉRCOLES 24
Mañana (Pantomima-Teatro Arlequín, Morelia)
Foro La Capilla, 19:00 horas

El despertar de un pueblo (Grupo ConFiltro, Morelia)
Foro La Bodega, 21:00 horas

JUEVES 25
Más pequeños que el Guggenheim (agrupaciones La Talacha Teatro, Los Tristes Tigres y Embalaje Teatral, Veracruz)
Foro La Bodega, 20:30 horas.

La obra de apertura, este jueves, Adiós, querido Cuco, está dirigida a un público infantil y se ocupa del tema de cómo afrontar la pérdida de un ser querido o de una mascota. Durante el proceso de puesta en escena, dentro del programa Argonautas, operas primas, impulsado por Fausto Ramírez, la debutante directora Romo contó con la asesoría de diferentes profesionales, en especial de la dramaturga y docente de teatro para niños y jóvenes Perla Szuchmacher.


Las obras morelianas Lágrimas de agua dulce y La luna vista por los muertos, participan en la Muestra Nacional que inicia en la Perla Tapatía


Una escena de la pieza La luna vista por los muertos, que bajo la dirección de Sheyla A. Rodríguez, también representa a Michoacán en las jornadas escénicas tapatías que comienzan este miércoles.

Y aunque comparten como denominador su formación nicolaita y su paso por el taller de la asociación teatral Contrapeso, de Roberto Briceño, tanto Ana como Sheyla también conservan rasgos exclusivísimos, formativos y generacionales.
Las dos se encuentran en Guadalajara desde este miércoles, para participar con la representación de Michoacán en la Muestra Nacional de Teatro. A continuación, en sendos videos, las entrevistas realizadas con cada una de ellas, en las que hablan de los procesos que emprendieron para llevar a escena Lágrimas de agua dulce (dirigido por la recientemente fallecida Perla Szuchmacher) y La luna vista por los muertos.

EN VIDEO / Ana Zavala en entrevista


Aspectos de la entrevista con la protagonista de Lágrimas de agua dulce.

EN VIDEO / Sheyla A. Rodríguez en entrevista

La entrevista con la debutante directora de La luna vista por los muertos.

La actriz moreliana Ana Zavala en el monólogo para actriz y títeres Lágrimas de agua dulce (dramaturgia de Jaime Chabaud Magnus y dirección de Perla Szuchmacher). El trabajo se va a la XXXI Muestra Nacional de Teatro de noviembre, en Guadalajara.

El monólogo Lágrimas de agua dulce y la pieza La luna vista por los muertos son las dos obras morelianas que representarán a Michoacán en la XXXI Muestra Nacional de Teatro que se celebrará en Guadalajara del 5 al 13 de noviembre entrante.
Así lo dio a conocer este jueves 8 de septiembre, a las 18:00 horas, la Dirección Artística de la MNT, al publicar un post con el acta correspondiente en el
blog de la Muestra Nacional de Teatro.
El facsimilar digital del acta del jurado donde constan los resultados se puede consultar en dos enlaces (uno por cada cuartilla del acta): este y este.

Del monólogo de Ana Zavala
Nacida como proyecto gracias a una beca del Sistema Estatal de Creadores (Secrea) de Michoacán en 2007, Lágrimas de agua dulce es uno de esos casos en los que la ciega sabiduría del “azar” o del “destino” congrega en un proyecto a las personas adecuadas. La dramaturgia de Jaime Chabaud (Perder la cabeza, Oc ye Nechca, Rashid 9/11, Tempranito y en ayunas, Lluna y el cuadro El pirómano en Me cago en Freud, entre muchas otras) cumple con singular oficio una de las máximas de la construcción de caracteres (“como autor, tienes que ser despiadado con tu personaje”), al darle a Sofía un conflicto exacto y a la medida de sus atributos. Con la colaboración de Perla Szuchmacher, Chabaud también redimensionó su dramaturgia original para trasladarla al campo del monólogo y los títeres. Mientras, Edyta Rzewuska, Haydeé Boetto y Ben Hadad Gómez conciben una escenografía y unos títeres que contribuyen, con sus cualidades, a modular la intensidad conceptual y emotiva de lo que se nos está contando, pues acuden al estambre, que es un material cálido y generoso, a partir del cual atenúan sin maquillarlas las dolorosas situaciones de la tragedia que estamos viendo. La música de Félix Bailón Guarro y Alejandro Barrera Cateto es la discreta cereza de un pastel cuya almendra es la actriz Ana Zavala que convence y conmueve en cada uno de los ocho o diez personajes a los que da vida (ya como títeres de mesa o como simples objetos animados), con una gran dosis de ludismo.
Un espectáculo que mereció el primer lugar en la Muestra Estatal de Teatro de Michoacán 2008 y que desde entonces ha recorrido con mucha fortuna (la que se merece, después de todo) diversas regiones del país.


Los actores Yazman del Toro y Verónica Villicaña en una escena de La luna vista por los muertos (dramaturgia de Daniel Rodríguez Barrón y dirección de Sheyla A. Rodríguez). El trabajo también representa a la entidad en la MNT de noviembre en la capital tapatía.

De La luna vista por los muertos
Distribuida en diez cuadros, de los que la versión moreliana conserva unos ocho, la pieza La luna vista por los muertos (Daniel Rodríguez Barrón, 2001) fue ganadora en su momento del Premio Nacional de Dramaturgia Joven Gerardo Mancebo del Castillo.
La versión del grupo Aleatorio Teatro, de Morelia, fue montada a comienzos de este 2010 como un ejercicio de dirección escénica por alumnos del cuarto año de la licenciatura de Teatro de la Escuela Popular de Bellas Artes.
Dirigida por Sheyla A. Rodríguez y producida por Paulina Cuiríz Ríos, lo más inquietante de la pieza es que la situación que plasma es, desde una perspectiva extra-teatral, espeluznantemente real. La Luna vista por los muertos registra el anémico pulso de una generación de jóvenes y adolescentes que, despojados de ideales, inspiración, objetivos o siquiera disciplina, dejan que la vida se derrame y pase de lado sin tocarlos siquiera. Ya no se trata de desafiar ni de arriesgarse, sino simplemente de llamar la atención lo menos posible, de moverse lo menos posible, de sufrir lo menos posible mientras llega… ¿qué? Acaso la carroza alada del tiempo. Acaso las “buenas noches” de la loca Ofelia.
Uno de los diálogos más depresivos del trabajo, en labios del personaje de Julia (Verónica Villicaña), expone claramente el tema de esta pieza: “¿Sabes? –le dice a Leotario–, la esclavitud no consiste en ir a trabajar de ocho a seis para que te den libre el viernes por la tarde; la esclavitud consiste en que para el viernes por la tarde ya no tienes ganas de nada, excepto de drogarte, de tomar la pastilla y de coger con quien me sienta más segura sin correr el riesgo ni de ligar”.
El texto de Daniel Rodríguez Barrón no idealiza ni escarnece a sus personajes, nos los muestra tal cual son: un “estremecimiento entre dos Nadas” (Nietzche), mientras lidian sus diminutas batallas, cada uno de su lado de la cama; ese espacio decisivo que no abandonan ni para un “mano a mano”, masturbándose cada uno por su lado.
En medio de apuntes crudos a un nihilismo extremo, en el que todo ha perdido su sentido, la dirección de Sheyla A. Rodríguez propone una puesta en escena muy limpia, que hace eco de las ascépticas (o mejor, esterilizadas) emociones de sus personajes. Ha suprimido incluso el desorden de revistas y periódicos propuesto por la dramarturgia original para quedarse con una habitación de inmaculado blanco que a momentos deviene perfecta cripta sepulcral y en la que sólo rompe el pequeño televisor de color oscuro, mientras el escenario permanece bañado por enfermizas luces lechosas que viran ocasionalmente al malva, al rojo o al azul.
El tono de la puesta no parece responder al intenso desencanto de la dramaturgia. Le faltan matices, particularmente, al personaje de Leotario, así como un sentido general más acentuado de orfandad, de sinsentido, a ese limbo inútil de una espera que revela el taedium vitae que devora a cada instante unas vidas jóvenes (y que por lo mismo resulta mucho más cruel que si estuviéramos ante personajes instalados ya en el ocaso natural de sus existencias). El tono de la obra necesita, me parece, ser bien enfocado. Por lo demás, técnicamente, lo que se ofrece está muy limpio.

La lista completa
Lágrimas de agua dulce y La luna vista por los muertos compartirán escenarios con un total de 28 títulos, que son los que forman parte de la selección oficial de la XXXI Muestra Nacional de Teatro. A esta lista deben añadirse tres obras más que son “invitadas institucionales”, lo que da un total de 31.
Once de las veintiocho obras seleccionadas pertenecen a la capital del país y las demás representan a solamente once de los 30 estados restantes de la República Mexicana. A continuación, el texto del acta de la dirección artística y los títulos que entre el 5 y el 13 de noviembre se presentan en Guadalajara:

Del treinta y uno de agosto al dos de septiembre de dos mil diez, se reunió la Dirección Artística de la XXXI Muestra Nacional de Teatro, integrada por los maestros Raquel Araujo, Édgar Chías, José Ramón Enríquez, Enrique Mijares y Alejandra Tello, en la ciudad de Guadalajara, Jalisco, para deliberar y conformar la programación de la Muestra. El resultado es el siguiente: Obras seleccionada por la Dirección Artística:

Baja California
El hombre sin adjetivos, de Mario Cantú Toscano. Dirige Daniel Serrano

Distrito Federal
Cabaret Noir, de Gustavo Proal. Dirigen Paola Izquierdo y Roam León
Descomposición, texto y dirección de Alfonso Cárcamo
El gallo, de Paul Barker, dirige Claudio Valdéz Kuri
El pájaro Dziú, de Marcela Castillo, dirige Anick Pérez y Marcela Castillo
La impro lucha, de José Luis Saldaña y Omar Medina, dirige José Luis Saldaña
Incendios, de Wadji Mouawad, dirige Hugo Arrevillaga
Los sueños de Paco, texto y dirección de Carlos Corona
Migrantes errantes, de Noé Morales. Dirige Alicia Sánchez
Nezahualcóyotl, texto y dirección de Juliana Faesler
Oleanna, de David Mamet. Dirige Enrique Singer
Riñón de cerdo para el desconsuelo, de Alejandro Ricaño. Dirige Angélica Rogel

Michoacán
Lágrimas de agua dulce, de Jaime chabaud. Dirección de Perla Szuchmacher
La luna vista por los muertos, de Daniel Rodríguez Barrón. Dirige Sheyla A. Rodríguez

Nuevo León
El concreto y la sed, creación colectiva. Dirige Thierry Thurmel
Papá está en la Atlántida, de Javier Malpica. Dirige Alberto Ontiveros

Puebla
La creación del mundo y la primera culpa del hombre, de Félix Lope de Vega. Dirige Martín Acosta

Querétaro
Querido Diego, te abraza Quiela, de Elena Poniatowska. Dirige Mauricio Jiménez

San Luis Potosí
La muerte de Büchner, texto y dirección de Edén Coronado

Sinaloa
Cananeas, texto y dirección de Sergio Galindo

Tamaulipas
¿Quién es Macbeth?, adapta y dirige Medardo Treviño
Meda y Jasón, adaptación de Gerardo castillo. Dirige Marcial Salinas

Veracruz
Idiotas contemplando la nieve, de Alejandro Ricaño. Dirige Alberto Lomnis

Yucatán
Nuestra señora de las nubes, de Arístides Vargas. Dirige Nelson Cepeda
Horacio o la implosión, adapta y dirige Ulises Vargas

Jalisco (seleccionadas a través de la Muestra Estatal)
Adiós, querido Cuco, de Berta Hiriart, dirige Susana Romo
Perros hinchados a la orilla de la carretera, de Luis Enrique Gutiérrez Ortiz-Monasterio. Dirige manuel Parra
Ubú rey, de Alfred Jarry. Dirige Ihonatan Ruíz

OBRAS INSTITUCIONALES
El gesticulador, de Rodolfo Usigli. Dirige Beto Ruiz (Compañía Estatal de Teatro de Jalisco)
Cristóbal Colón, de Vivian Blumenthal. Dirige Rafael Sandoval (Compañía Metropolitana de Teatro de Jalisco)
El jardín de los cerezos, de Anton Chéjov. Dirige Luis de Tavira (Compañía Nacional de Teatro / DF)




A sus veintitantos años, los jóvenes Julia (Verónica Villicaña) y Leotario (Yazman del Toro) llevan una existencia inútil. Viven anestesiados por permanentes dosis de ansiolíticos (“yo voy a tomarme mi pastilla, pero te advierto que si gritas por la noche voy a estar tan dormido que no podré despertarte”); ambos se diluyen, aturdidos, en el consumo de películas hard porno (“Siguen en lo mismo, nunca sé si lo que filman es una cirugía o una cogida”) y videojuegos perfectamente intercambiables (“estoy cansada de rentar películas para no verlas”); se arrullan en inertes paraísos artificiales de cocaína o mariguana, alternados por la alelada práctica de un sexo de ocasión: distante, inocuo e impersonal (“¿Me ayudas?”“¿Otra vez?” “Por favor”. “Estás activo, ¿eh?” “Tengo ganas”. “Está bien, pero vente rápido”).
Así pues, nada sacude la vida de esta pareja de veinteañeros encerrados en su nívea habitación de paredes blancas. Nada, excepto breves intercambios de reproches por el dinero necesario para seguir subsistiendo (“Vas a ir mañana a casa de tus papás, ¿no?” “No sé. Me pone de malas pensar en eso”); algunas confidencias sórdidas (las historias acerca de sus anteriores parejas, Leotario con Patricia y Julia con Felipe); ciertos fugaces estallidos de violencia experimental con una navaja espolvoreada con cocaína (“¿Te gustó a ti?” “Arde, pero al menos es algo. Se siente”), e insípidas discusiones por unos hábitos de higiene convertidos en epidérmico culto a una belleza de plástico (“¿Te hago un toquecito?” “Ay, ya fumamos hace rato ¡se nos van a poner los dientes negros!”).
Todo lo anterior es apenas estremecido por el asalto ocasional de una luz de luna que se filtra por la ventana y cuya pureza vital los llena de pavor (“Para verla debes fingir estar muerta. ¡No te muevas! Aunque te duela no te muevas”).
Así se desarrollan los casi diez cuadros de la pieza La luna vista por los muertos (Daniel Rodríguez Barrón, 2001), ganadora del Premio Nacional de Dramaturgia Joven Gerardo Mancebo del Castillo, la cual fue montada a comienzos de este 2010 como un ejercicio de dirección escénica por alumnos del cuarto año de la licenciatura de Teatro de la Escuela Popular de Bellas Artes.
Dirigida por Sheyla A. Rodríguez y producida por Paulina Cuiríz Ríos, el trabajo cerró el ciclo de seis audiciones de títulos michoacanos en competencia para acudir a la Muestra Nacional de Teatro de noviembre próximo.

Lo más inquietante de una pieza como esta es que la situación que plasma es, desde una perspectiva extra-teatral, espeluznantemente real. La Luna vista por los muertos registra el anémico pulso de una generación de jóvenes y adolescentes que, despojados de ideales, inspiración, objetivos o siquiera disciplina, dejan que la vida se derrame y pase de lado sin tocarlos siquiera. Ya no se trata de desafiar ni de arriesgarse, sino simplemente de llamar la atención lo menos posible, de moverse lo menos posible, de sufrir lo menos posible mientras llega… ¿qué? Acaso la carroza alada del tiempo. Acaso las “buenas noches” de la loca Ofelia.
Uno de los diálogos más depresivos del trabajo, puesto en labios de Julia, expone claramente el tema de esta pieza: “¿Sabes? –le dice a Leotario–, la esclavitud no consiste en ir a trabajar de ocho a seis para que te den libre el viernes por la tarde; la esclavitud consiste en que para el viernes por la tarde ya no tienes ganas de nada, excepto de drogarte, de tomar la pastilla y de coger con quien me sienta más segura sin correr el riesgo ni de ligar”.
Así las cosas, lo interesante del texto de Daniel Rodríguez Barrón consiste en que ni idealiza ni escarnece a sus personajes, nos los muestra tal cual son: un “estremecimiento entre dos Nadas” (Nietzche), mientras lidian sus diminutas batallas, cada uno de su lado de la cama; ese espacio decisivo que no abandonan ni para un “mano a mano”, masturbándose cada uno por su lado.
En medio de estos apuntes durísimos a un nihilismo extremo, en el que todo ha perdido su sentido, la dirección de Sheyla A. Rodríguez propone una puesta en escena muy limpia, que hace eco de las ascépticas (o mejor, esterilizadas) emociones de sus personajes. Ha suprimido incluso el desorden de revistas y periódicos propuesto por la dramarturgia original para quedarse con una habitación de inmaculado blanco que a momentos deviene perfecta cripta sepulcral y en la que sólo rompe el pequeño televisor de color oscuro, con todo el escenario bañado permanentemente por enfermizas luces lechosas que viran ocasionalmente al malva, al rojo o al azul.
Pero si los trazos de dirección son correctos, la dirección de actores no termina de ayudar a que los personajes alcancen las intensidades propuestas por el texto y, en especial, el tono del trabajo.
Independientemente de la edición de ciertos diálogos y de por lo menos dos cuadros, el asunto al que valdría la pena prestar atención es el tono de la puesta, que no parece responder al intenso desencanto de la dramaturgia. Le faltan matices, particularmente, al personaje de Leotario, así como un sentido general más acentuado de orfandad, de sinsentido, a ese limbo inútil de una espera que revela el taedium vitae que devora a cada instante unas vidas jóvenes y que por lo mismo resulta mucho más cruel que si estuviéramos ante personajes instalados ya en el ocaso natural de sus existencias. El tono preciso de la obra necesita, me parece, ser bien enfocado. Por lo demás, técnicamente, lo que se ofrece está muy limpio.





La actriz Daniela Fuentes Marín en el papel de Boris.

¡Atención! Una amistad ha sido olvidada. Que las estrellas detengan su curso y escudriñen cuanto ocurre entre los resquicios de la noche. Las sombras se han apoderado del arrabal donde vive el benévolo gato Boris (Daniela Fuentes, excelente) porque su mejor amigo, Federico Fetuccini (José Juan Villanueva, también perfecto) ha renegado de sus orígenes y de sus lealtades, cegado por la ambición.
Convertido en una celebridad, Fetuccini ha escalado la fama como cantante de ópera debido a un insólito privilegio: es “la única voz en el mundo que es bajo, barítono y tenor al mismo tiempo”. Lo que nadie sabe, ni siquiera su criado, Igor (Jaime Noguerón delicioso en plan fársico), es que ese don es una virtud prestada, algo que no le pertenece. Fue una noche, hace muchos años, cuando, en nombre de su amistad, Boris convocó al Espíritu de la Luna y obtuvo el Elíxir del Canto para dárselo a Fetuccini, quien desde entonces abandonó el callejón y se fue a conquistar el mundo, olvidándolo todo y a todos, incluido su mejor amigo.
Así comienza la historia de Fetuccini y de Boris: hablando de un olvido. Pero tal ingratitud no hará sino empeorar conforme se desarrolla la anécdota.
¡Atención! Una amistad está a punto de ser traicionada. Que la luna tutelar de los felinos disuelva su sonrisa de guadaña y tome nota de las decisiones que hilvanan suertes y destinos en el mundo de los gatos. Han pasado siete años desde que Fetuccini se fue. Siete, en los que el solitario Boris deambula por un mundo que ha perdido su sentido, mientras sobrelleva los acosos gandallas de la pandilla que liderea el minusválido gato Zaripón (José Suanate).
Cumplidos esos siete años, Fetuccini va a su ciudad natal para dar un concierto y Boris lo busca, loco de contento, porque piensa que el tiempo no importa y que los corazones son siempre los mismos. Sin embargo, Fetuccini sí que ha cambiado. Y mucho. Detesta a otros gatos, sólo vive para disfrutar del éxito y lo que más teme es perder la fama. Precisamente por ese miedo, cuando ve a Boris, Fetuccini decide matarlo para que nadie revele la fuente de su prodigiosa voz o recuerde sus humildes orígenes.
Así es: el egoísmo convertirá a Fetuccini en asesino. A pesar de todo, una vez consumado el crimen, Boris echará mano de la última vida que le queda y emprenderá el asunto que da título a la bella tragicomedia La verdadera venganza del gato Boris (Maribel Carrasco, 1996), que fue estrenada en Morelia en 2009 por egresados de la Escuela Popular de Bellas Artes congregados en el grupo Sonaja Roja, que dirige José Suárez Nateras (Suanate).
La puesta en escena se presentó ante la dirección artística de la XXXI Muestra Nacional de Teatro en la penúltima audición celebrada en Morelia, con miras a participar en el encuentro escénico. Los resultados se darán a conocer el próximo jueves 9 de septiembre.

José Juan Villanueva interpreta a Federico Fetuccini.

Con una gran inventiva que incluye el acudir a títeres, al juego con mucho humor de comedia física, a rupturas dramáticas y a recursos multimedia, el grupo Sonaja Roja le da vida a un libreto que, de entrada, comprende y pone al día con extraordinaria eficacia los mecanismos del relato fantástico. El mundo de las pasiones humanas ha sido trasladado a un crepuscular universo gatuno en La verdadera venganza del gato Boris, donde el felino protagonista emprende una gesta a la vez inquietante y divertida para recobrar la amistad perdida y, de hecho, salvar a Fetuccini de sí mismo.
Así, por ejemplo, la crónica de cómo Boris obtuvo el Elíxir del Canto es narrada con una proyección de video en blanco y negro que se apropia de las estructuras de representación del cine silente de hace cien años (lo cual le añade al episodio, además, un sentido mágico, a la vez mítico y onírico, delicioso). Tanto Boris como Fetuccini se convertirán en algún momento en diminutos títeres, al fin reconciliados y sentados codo a codo en lo alto de un tejado para ser iluminados por la luna. Los personajes de comparsa reciben a su vez una cuidadosa construcción en la que sobresalen Carmen la Tejedora del Destino (Brenda López y Cintia Bejarano dando vida a una esquizoide pero encantadora siamesa de dotes videntes), así como Igor, criado de Fetuccini, que en varios momentos está a punto de robarse la obra porque Jaime Noguerón, buen actor en general, tiene una clara y espontánea vis fársica que en esta puesta deja desenvolver como pez en el agua.
Estrenada a fines de 2008 o comienzos de 2009, La verdadera venganza del gato Boris fue la gran ausente de la Muestra Estatal de Teatro del año pasado, en Morelia, a la que no pudo inscribirse por cuestiones por completo transparentes: una parte de su elenco tenía compromisos que impedían presentarla en las fechas del foro escénico michoacano.
Por lo que respecta a este año, todavía no hay fecha para la Muestra Estatal de Teatro 2010 (la Secretaría de Cultura de Michoacán aún señala que la muestra local sólo está pospuesta), pero este título sí forma parte del programa que (ojalá) mostrará las propuestas escénicas del terruño.

Jaime Noguerón en el papel de Igor, el criado de Fetuccini.

Mientras tanto, e independientemente de que figure o no en una muestra, La verdadera venganza del gato Boris es uno de los trabajos más sólidos que han dado por estas fechas los creadores universitarios egresados de la Escuela Popular de Bellas Artes.
Quién sabe por qué, pero en la audición para la Muestra Nacional, el pasado domingo 29 de agosto en el foro La Bodega, la función de Sonaja Roja no fue la mejor del grupo. Sin embargo, aquí doy fe de lo siguiente: durante las tres o cuatro funciones del trabajo que pude ver entre 2009 y 2010 atestigüé una experiencia teatral privilegiada: la de ver a cada actor con la energía en su sitio (ni abajo ni rebasada) y a cada personaje dueño de sí mismo. Con estos dos aciertos, que son rarísimos en el teatro michoacano, las funciones que vi fluyeron con un ritmo perfecto y el resultado encarnó en un teatro absolutamente vivo.
En este sentido, aunque es muy evidente que el teatro en video no es teatro (se pierde el sentido de lo aurático), lo que propongo se puede constatar en el insert que acompaña a este post y en aquellos a los que dejo enlaces a mi página de videos en Youtube.
Hay algo más que es prudente decir: una de las cosas curiosas de esta versión de La verdadera venganza del gato Boris es que el grupo Sonaja Roja y su director José Suanate han conseguido una mixtura de lo más extraña, que instala el tono del trabajo entre los trazos ligeros propios de una caricatura y las densidades existenciales y los escenarios miserabilistas propios de, digamos, una pieza beckettiana.
En efecto, a medio camino entre Tim Burton (Beetlejuice, el superfantasma, 1987, de la cual el grupo toma, en algún momento, fragmentos de la BSO compuesta por Danny Elfman) y Samuel Beckett (Esperando a Godot, 1953, de donde vienen los vestuarios astrosos, una parte de la gestualidad, así como el ámbito taciturno y escenográficamente despojado del trabajo), La verdadera venganza del gato Boris es un ejercicio absolutamente lúdico (de ahí su vitalidad), pero también absolutamente consecuente con las crueldades de su tema (y de allí su honestidad). Un ejemplo de ese teatro “para niños” que es completamente adulto o, mejor aún, completamente consciente de sí mismo, y del cual –valga la cita–, en Michoacán tuvimos como pioneros, durante los años noventa, a títulos como La flor de los misterios (Antonio Jairo) y Los ojos perdidos de Mirmidón (Sergio J. Monreal).

EN VIDEO / La verdadera venganza del gato Boris




“Esta es la historia triste de una niña hermosa”, advierte la anciana abuela Felícitas (Ana Zavala, irreprochable) al comienzo del monólogo para actriz y títeres Lágrimas de agua dulce (Jaime Chabaud Magnus y Perla Szuchmacher, 2007, sobre dramaturgia previa original del propio Chabaud).
Vendedora trashumante de bordados, doña Felícitas recorre pueblos y ciudades. En cada lugar se detiene no sólo para la vendimia, sino para narrarle a quien quiera escucharla la historia de su nieta, Sofía, cuya extraña cualidad de derramar un copioso llanto, hecho no de lágrimas saladas, sino de agua dulce, la convirtió en un objeto de ambición para los adultos de su pueblito natal y marcó su destino trágicamente.
Esta es la anécdota de uno de los mayores trabajos que ha dado en el último lustro el teatro para niños en México, resultado de un equipo creativo que incluye (aparte de Chabaud y Szuchmacher), a Ana Zavala, Ben Hadad Gómez, Haydeé Boetto, Edyta Rzewuska, Félix Bailon Guarro y Alejandro Barrera Cateto.
La audacia (prácticamente insólita en la escena nacional) de llevar una tragedia al territorio del teatro para niños, sin que tal conjugación traicione o desdibuje la esencia de cada uno de esos dos ámbitos, es el mayor triunfo estético de una puesta en escena que es al mismo tiempo cálida y amarga, triste y jocosa, inquietante y encantadora.
Porque, finalmente, el tema de Lágrimas de agua dulce es el de la explotación infantil. Un tema duro, difícil, pero cuyas crueles aristas (el abuso laboral, sexual, psicológico, afectivo… junto con todas las infinitas distorsiones que pueden desprenderse del acoso a la niñez) encuentran su más perfecto canal de manifestación, no en un ejercicio de naturalismo social –que habría sido la solución más fácil e inmediata–, sino en las metáforas posibles desde la dimensión más profunda y universal del pensamiento y del relato fantásticos.
Lágrimas de agua dulce se presentó en Morelia el pasado domingo, como parte de las seis obras michoacanas que audicionaron ante la dirección artística de la XXXI Muestra Nacional de Teatro, en pos de representar a Michoacán en ese escaparate escénico.

Uno
Así pues, he aquí lo que la anciana Felícitas narra a través de sus bordados: la historia de una pequeña Sofía que comienza a llorar lágrimas de agua dulce el día en que fallece su madre. Será Felipe, su único amigo, el primero en descubrir la extraña cualidad de la niña. Y cuando los adultos también la noten, Sofìa se convertirá en la esperanza de todos los habitantes del pueblito de Icuiricui, que agoniza amenazado por una prolongada sequía.
Y he aquí que el pueblo será salvado, pero el milagro se convertirá muy pronto es maldición cuando la codicia reemplace a la necesidad y desate una ambición prohibida: la de enriquecerse a costa de las lágrimas de la niña.
La eficiencia del pensamiento neoliberal que domina nuestro tiempo inventará muy pronto una antinatural “máquina nalgueadora”, destinada ya no sólo a Sofía, sino a todos los niños del pueblo, cuyas lágrimas serán acopiadas y desalinizadas para obtener ganancias adicionales del cloruro de sodio conseguido como derivado del proceso.
Y mientras la mentalidad fría e impersonal del “qué vendes” y del “cuánto vendes” establece sus reglas del juego, corrompiendo a las autoridades civiles del pueblito, al clero y al propio padre de la niña, la abuela Felícitas y Felipe serán los únicos personajes realmente preocupados por Sofía, a la que infructuosamente intentarán ayudar hasta el momento del desenlace trágico: el de una persecución a campo traviesa que termina con la captura de la niña, que se marchita y se extingue delante de sus captores, derrotado su espíritu y vencido su cuerpo por las crueles demandas de la avariciosa comunidad.


Dos
Nacida como proyecto gracias a una beca del Sistema Estatal de Creadores (Secrea) de Michoacán en 2007, Lágrimas de agua dulce es uno de esos casos en los que la ciega sabiduría del “azar” o del “destino” congrega en un proyecto a las personas adecuadas. La dramaturgia de Jaime Chabaud (Perder la cabeza, Oc ye Nechca, Rashid 9/11, Tempranito y en ayunas, Lluna y el cuadro El pirómano en Me cago en Freud, entre muchas otras) cumple con singular oficio una de las máximas de la construcción de caracteres (“como autor, tienes que ser despiadado con tu personaje”), dándole a Sofía un conflicto exacto y a la medida de sus atributos. Con Perla Szuchmacher, Chabaud también redimensiona la dramaturgia original para trasladarla al campo del monólogo y los títeres. Mientras, Edyta Rzewuska, Haydeé Boetto y Ben Hadad Gómez conciben una escenografía y unos títeres que contribuyen, con sus cualidades, a modular la intensidad conceptual y emotiva de lo que se nos está contando, pues acuden al estambre, que es un material cálido y generoso, a partir del cual atenúan sin maquillarlas las dolorosas situaciones de la tragedia que estamos viendo. La música de Félix Bailon Guarro y Alejandro Barrera Cateto es la discreta cereza de un pastel cuya almendra es la actriz Ana Zavala que convence y conmueve en cada uno de los ocho o diez personajes a los que da vida (ya como títeres de mesa o como simples objetos animados) con una gran dosis de ludismo.
Un espectáculo que mereció el primer lugar en la Muestra Estatal de Teatro de Michoacán 2008 y que desde entonces ha recorrido con mucha fortuna (la que se merece, después de todo) diversas regiones del país.

Tres
Lágrimas de agua dulce permanece con nosotros, pero Perla Szuchmacher ya no. A propósito de esto, en la página de Rubén Szuchmacher, hermano de la autora, aparece este post con las siguientes palabras de Jaime Chabaud Magnus, escritas tras el deceso de la realizadora, acaecido el 10 de mayo pasado:

Me causa un inmenso dolor la muerte de Perla Szuchmacher, dramaturga y directora dedicada al teatro para niños y jóvenes. Además de la amistad que nos unía, me aterra (en el sentido originario de esta “mala” palabra) porque pocas son las gentes de teatro que nacieron para servir. Los demás sólo saben servirse, avorazarse, agandallarse y –en el mejor de los casos- mirarse el ombligo y dar codazos si alguien estorba. Perla fue de una generosidad proverbial y tocó el corazón de muchos colegas y –por supuesto- de su público. Argentina de nacimiento, la recuerdo dando brincos de felicidad porque un día, después de muchos trámites, se había vuelto mexicana. Estaba feliz como niña con juguete nuevo, orgullosa de su nueva nacionalidad, muy pero muy contenta, con la mirada limpia. Me acuerdo del día que me enseñó su casa nueva, la primera de propiedad de Alberto (su marido) y suya, me llevó de la mano por todos los rincones contándome atropelladamente las mejoras que quería hacerle, hace no más de tres años, a esa su casa, donde quería pasar el resto de su vida, con la paz de un techo suyo. Y no saldrá de mi memoria el día que me pidió disculpas (no había ninguna ofensa) por el cambio al final infeliz que yo proponía en mi obra Lágrimas de agua dulce (que ahora el DIF del DF censuró en otro montaje hecho con niños, curioso) que ella dirigía con Ana Zavala actuando. “Tenías razón –me dijo– la explotación infantil no puede tener un final feliz. Vamos a regresar al que es”.
Si el teatro mexicano para jóvenes audiencias está hoy a la vanguardia en todo Latinoamérica se debe –entre otras gentes- a Perla Szuchmacher. Ella nos enseñó que no tiene temas vedados y que con los niños se puede hablar de todo: de la muerte, del divorcio, del abuso e incluso de la diversidad sexual. Ahí radica el poderío de este Nuevo Teatro para Niños del que Perla era una de sus mejores exponentes, como directora y como dramaturga. Malas palabras, El rey que no oía pero escuchaba y, entre otras, Príncipe y Príncipe son ejemplo de ello. No hay con qué pagarte, Perluchis, todos los regalos que nos diste y, como diría Miguel Hernández: “no perdono a la muerte enamorada / no perdono a la vida desatenta…

EN VIDEO

Algunos momentos de Lágrimas de agua dulce.

Caleidoscopio del desamor


Los actores Alberto García y Lucía Díaz en una de las escenas de Intimidad (Hugo Hiriart, 1984) en versión de Hasam Díaz y la agrupación moreliana Pólux Teatro.

Nunca es fácil aceptar al desamor cuando llega a nuestra vida: ese momento en el que agonizan la complicidad, el deseo y el entusiasmo que definen una relación de pareja. El desamor es el tema de Intimidad (Hugo Hiriart, 1984), la cual fue estrenada por el director Hasam Díaz y la agrupación Pólux Teatro a comienzos de este año en Morelia.
Pero si el desamor es el asunto muy particular del que se ocupa esta puesta en escena, su desencanto es caleidoscópicamente multiplicado a través de su paso por dos parejas que se desdoblan en cuatro, potenciado a partir de las situaciones patéticas o ridículas que protagonizan y resignificado por las distanciadas reflexiones que, en determinados momentos, emite cada personaje, insólitamente situado como observador frío e imparcial de la tragedia o el absurdo de los otros.
Intimidad fue la tercera de las seis obras morelianas que el pasado fin de semana audicionaron en Morelia ante dos jurados de la XXXI Muestra Nacional de Teatro, con miras a figurar en el escaparate de diciembre próximo en Guadalajara.

Uno
Acompañada por los lánguidos compases de un piano (música original de Heriberto Díaz), de la oscuridad surge una pareja que atraviesa el escenario, encaramada la una encima del otro, que la lleva a cuestas como entre ciertos insectos cuando cumplen sus ritos de apareamiento. Ese tránsito fugaz preside la primera escena de Intimidad, que nos lleva al espacio más íntimo de nuestros mundos domésticos: la alcoba en la que Martha (Cuauhtli Hernández) y Julio (Jaime Noguerón) despiertan y comienzan su día discutiendo por algo tan nimio como una extraviada aguja de coser.
Sin embargo, lo que parecería anunciarse de esta manera como una probable comedia de enredos, deja de serlo tan pronto como Martha y Julio se congelan en plena escena e ingresa una Pipa (Lucía Díaz) que estudia críticamente a los personajes e invita al público a escudriñar con más cuidado la circunstancia que protagonizan. En efecto, en el subtexto de la situación pulsa un intenso duelo de poder a través de reproches mutuos que son desmenuzados y analizados a detalle por la narradora.
Similares mecanismos de ruptura y distanciamiento serán permanentes a lo largo de la puesta en escena, enriquecidos por un juego de reiteraciones en el que una misma situación se repite en cuatro distintas conjugaciones entre los personajes (primero son las parejas de Martha y Julio y de Pipa y Pedro, luego las de Julio y Pedro y de Martha y Pipa), tan sólo para mostrar que en el desamor, como en ciertas operaciones matemáticas, el orden de los factores no altera el producto, que en este caso es una experiencia amorosa que se mantiene, agridulce, a medio camino entre el cielo y el infierno.

Dos
Lo anecdótico es, probablemente, lo de menos en una dramaturgia como la de Intimidad, ya se trate de la disputa por irresponsabilidades e incomprensiones mutuas (“¿En vez de emborracharte no crees que sería mejor que buscaras empleo? Sí, los sábados, domingos y fiestas de guardar. Porque no sé si habrás notado que no nos alcanza. En vez de andar pensando genialidades deberías darnos para comer. Porque no sé si has notado que hay que comer todos los días”) o por alardes varoniles de open mind que, a la hora de la hora, cuando viene la confesión pedida de parte de la pareja, no saben aguantar vara y dejan salir al “macho ilustrado” que al parecer todos llevamos dentro (“¡¿Perdiste tu virginidad arriba de un coche?!” “No. Adentro”. “¡¿Cómo es posible?!” “Era un coche muy grande”).
En cambio, lo que realmente importa es la estructura del trabajo, con esa sucesión de rupturas que nos permiten, como espectadores, ir poniendo en perspectiva experiencias bien conocidas, prácticamente universales, y que se transforman en una suma de situaciones muy exigentes porque obligan al público a confrontarse consigo mismo, a revisar sus propias actitudes ante el amor que agoniza.
De todos los cuadros escénicos dedicados a estas rupturas y distanciamientos (muy brechtianos, por cierto), recupero sólo el siguiente, que es uno de los más significativos y en el cual Julio propone el leit motiv de lo que es toda la obra:
“Permítaseme un símil: todos podemos diferenciar entre un color rojo y un color azul; pero hay ciertos tonos de color de los que no sabríamos decir si se trata de un rojo o un azul. Y es precisamente ese tono vacilante y ambiguo el que colorea la existencia de esta pareja indecisa entre el sufrimiento o el placer, entre la dicha o la pena. Álzanse uno frente a la otra como obstáculos, como el aire de la paloma de Kant, que se siente como un freno, pero sin el cual no se puede volar” (la metáfora aparece en la introducción de Crítica de la Razón Pura, Emmanuel Kant, 1781). “Y es aquí donde aparece la flor de las contradicciones: no puedo vivir contigo, no puedo vivir sin ti. La vida de la pareja es un callejón estrecho pero de doble sentido. Las cosas van y vienen. Vamos a ver”.
De manera que, desde esta estructura y desde las premisas que operan a través de ella, Intimidad se convierte, adicionalmente, en un interesante replanteamiento del viejo conflicto decimonónico entre las posiciones encontradas del empirismo y el racionalismo que hasta hoy juegan un papel tan grande en nuestra vida cotidiana.
Por lo demás, una última ruptura, que en gran medida nos convoca a poner a prueba la mecanicidad (algo bergsoniana en su sentido) de las matrices del amor, se convierte en una insólita especie de cuadro musical en el que las parejas bailan y representan, estilizadamente, los ritos del encuentro sexual, mientras la música es acompañada por una voz mecánica, autómata, que exhibe al amor como una mera fisiología de la pasión.

Tres
No es manda, desde luego; sin embargo, para disfrutar plenamente de Intimidad vale mucho la pena acercarse a un libro imprescindible de Hugo Hiriart: Los dientes eran el piano (Tusquets Editores, 1999), que reúne ensayos donde el autor reflexiona sobre el arte y la imaginación. Dos textos de ese libro, en particular, brindan claves decisivas para comprender la manera en que acomete sus procesos creativos este dramaturgo, poeta y escritor. Se trata de La oropéndola de plata y Más sobre las irregularidades.
Hiriart afirma que, generalmente, la imaginación trabaja articulando conjuntos de regularidades y que lo importante, creativamente, es alterar esas regularidades. ¿Qué pasa, por ejemplo, si en vez de proponer una imagen regular, como la de un perro que duerme sobre un tapete, ante la chimenea de una sala, la imagen que se propone es la de un caballo? Hiriart sostiene que mecanismos de este tipo conducen de inmediato al territorio de la fábula.
Y es esto, precisamente, lo que hace Hiriart en Intimidad. Todo el texto le apuesta a bordear ese aspecto de la imaginación: la alteración de las regularidades. De ahí la importancia de las rupturas y de los juegos de transiciones que ponen en tensión la lógica habitual de la simple comedia y desarrollan (estilística y genéricamente) configuraciones inéditas.
Evidentemente, tal propuesta dramatúrgica exige de la dirección un trabajo de problematización particularmente elaborado (aunque su resultado, en la puesta, sea de una muy decantada simplicidad). En este sentido, Hasam Díaz sale adelante con el compromiso: va a lo esencial indispensable, emprende una escenografía ligera, define su espacio como el de un teatro-arena y se respalda con un grupo de actores que asumen y saben responder al desafío, empezando por Lucía Díaz y un Jaime Noguerón que, por cierto, es el único actor que está participando en las audiciones por partida doble (en los elencos de Intimidad y de La verdadera venganza del gato Boris)... aunque también hay que decir que, durante la función sabatina, ante la dirección artística de la Muestra Nacional, la energía no siempre estuvo en su sitio y hubo ciertas premuras en el ritmo.

EN VIDEO

Algunos momentos de Intimidad en la función de la agrupación moreliana Pólux Teatro para el jurado de la MNT.


Los actores David Hurtado y Aidet Fuentes Mapourmé en una imagen de Round de sombras, correspondiente a la primera temporada de esta pieza, estrenada a comienzos del año pasado en Morelia.

Recién separados, el bioquímico Andrés Belaunzarán (David Hurtado) y la ejecutiva bursátil Julia (Aidet Fuentes Mapourmé) se reúnen una noche en la casa que compartieron. Él la ha invitado a cenar y durante el encuentro se muestra obsequioso, parece buscar una reconciliación. Ella, en cambio, se resguarda detrás de una calculada armadura de frialdad y sarcasmo por la que resbala cada intento de Andrés en pos de empatía.
La cena se desarrolla entre diálogos que transitan activamente de las confidencias al enfrentamiento y al reproche mutuo. Tal situación nos permite reconstruir la historia de los personajes y la naturaleza del momento que comparten: una vez perdido el amor y con las heridas vivas y abiertas, no queda más que revolcarse entre los escombros de un afecto que ya sólo será alevosía o no será.
Así: agria, irónica y con un doloroso twist final, la pieza Round de sombras (Carmina Narro, 1996) hace de sus protagonistas ejemplares perfectos para vivisectar al amor como duelo de poder. Un duelo en el que cada uno de los enamorados, en nombre de su amor perdido, buscará y conseguirá la cruel destrucción del otro.

Uno
Este trabajo, que forma parte de la trilogía Químicos para el amor, fue emprendido por Ramsés Figueroa el año pasado para la materia de Dirección II, en el octavo semestre de la licenciatura de Teatro de la Escuela Popular de Bellas Artes. La obra, de unos veinticinco minutos de duración en su formato original, hizo una corta temporada estudiantil, intramuros. Más tarde, durante un taller de dirección escénica impartido en Morelia por Fausto Ramírez y a modo de experimento, Ramsés Figueroa resolvió extenderla para poder inscribirla a la Muestra Estatal de Teatro de 2009 (una de cuyas cláusulas demandaba que las obras aspirantes tuvieran una duración mínima de 45 minutos). Este “extenderla” implicó proponer una segunda vuelta para la pieza, pero con los roles de los personajes invertidos.
Precisamente esta versión doble es la que el pasado fin de semana, en la segunda de las seis audiciones de obras morelianas aspirantes a la XXXI Muestra Nacional de Teatro, fue presentada por los integrantes del grupo Silencio Teatro en el foro La Bodega.

Dos
¿Sólo podemos poseer lo bello cuando lo destruimos? Esto es lo que propone la sinaloense Carmina Narro en Round de sombras. Hay ocasiones en las que aventurarse significa desventurarse más. A los personajes de esta pieza les ocurre precisamente eso. Una vez asumido el amor como duelo de poder, sólo conduce al abismo. Deberían detenerse, pero no pueden.
La pieza es también un cumplido breviario del maquiavelismo de la simulación, ya que el personaje que parece ser el más vulnerable es el que termina sometiendo al otro, derrotándolo en el último momento al destruir la belleza sobre la que fundaba su supremacía.
Y el hecho de que este personaje sea el varón en la primera vuelta de la obra y la mujer en la segunda vuelta, establece una tensión de género a la que el público resulta muy sensible. Desde este punto de vista, el experimento de Ramsés resulta muy provocador.
Por lo que atañe a los valores teatrales, la puesta del grupo Silencio Teatro es una pieza redonda en sus aspiraciones naturalistas, de una gran veracidad escénica, incluso en escenas tan difíciles como la del bofetón.
También importa tener en cuenta que se trata de un trabajo muy atento a su realidad, que toma una dramaturgia nacional y que aborda un tema que no es en absoluto ajeno o extraño, sino común, muy asequible al público: el de esas relaciones enfermas, destructivas, que se transforman en un asunto de sometimiento y dependencia.
Lo escribía aquí, en este mismo blog, el año pasado (los interesados en el texto y, sobre todo, en el video que registra más aspectos de esa puesta en escena, favor de dar un clic
aquí): En términos de actuación el aplauso sigue siendo para Aidet Fuentes Mapourmé, quien logra una potente caracterización. David Hurtado aparece correcto. Pero hay suficiente simetría y equilibrio entre los dos personajes para convencer y conmover. Además, los protagonistas afrontan una experiencia particularmente difícil porque tanto la dramaturgia como el concepto de la puesta en sí (como teatro arena, muy cerca del público) están pensados para que todo el trabajo recaiga en los personajes. Es un teatro de actores.
Como director, Ramsés Figueroa resuelve con limpieza y sencillez, dos atributos que nunca serán lo suficientemente festejados. Escenográficamente establece la mesa de la cena como centro de gravedad del espacio, con una taciturna lámpara pendiendo sobre ella y nada más.
Una experiencia de teatro estudiantil muy profesional: apasionada, responsable, inteligente y veraz.

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