EN VIDEO / Velada de homenaje
La proyección de dos cortometrajes, la composición de un versificador, los comentarios de tres escritores locales, una intervención institucional a cargo del Secretario de Cultura y la lectura en formato de teatro en atril de la dramaturgia Orquídeas a la luz de la luna, inscrita dentro del programa federal Leo… luego existo, conformaron una velada de homenaje a la figura y la obra del escritor Carlos Fuentes, quien falleció el pasado mes de mayo. En total, ocho espejos humeantes, veteados de colores y alcances precisos, para reflejar otros tantos catetos de uno de los mayores escritores mexicanos del siglo XX.
El acto, organizado por la Secretaría de Cultura de Michoacán, tuvo como sede el teatro Melchor Ocampo, el martes 24 de julio, e incluyó dos pequeños stands en los que se estuvieron vendiendo títulos del autor nacido en Panamá en 1928.

Las dos Aura: Fuentes desde
la mirada del corto universitario

¿La cámara, María? ¿La cámara es nuestra salvación? ¿En la cámara se reúnen nuestras oraciones? ¿La cámara es nuestro altar común?
Carlos Fuentes / Orquídeas a la luz de la luna

La velada comenzó con la proyección de dos cortometrajes de factura universitaria inspirados en Aura (Carlos Fuentes, 1962), el relato más popular del autor. Se trató de Aura (Orfi Aguayo, Edgardo Arredondo, Sheyla Carrasco, José Luis Alanís y Daniel Peraza, 2010) y del filme animado Los ojos del Deseo (Humberto Isaías Garrido y Yazmin Sánchez Martínez, 2011).
Todos, supongo, conocen la historia y su tema: conducido por un anuncio clasificado, el joven historiador Felipe Montero acepta trabajar para la muy anciana señora Consuelo, ordenando los manuscritos de su difunto esposo, el general Llorente, en una antiquísima casona de la calle Donceles, en el centro histórico del DF. Allí, Felipe queda flechado por la belleza de Aura, sobrina de Consuelo, y desde ese primer momento la atención de nuestro investigador crece paralela entre el deseo de acercarse a la muchacha y la necesidad de desentrañar los acertijos que le van anunciando los viejos diarios y carpetas que revisa, en los que halla pistas de la estrecha relación que guardan las dos mujeres y el autor de los documentos. Cartas antiguas, correspondientes a “las fechas de un siglo en agonía”, así como añejas fotos de 1876 y 1894, revelan finalmente las claves que conducen a un desenlace (muy similar, por cierto, al del filme El resplandor, de Kubrick), que se ocupa del tema del Eterno Retorno tal como lo plantea Nietzche en su Zaratustra y en Gaya ciencia, y que pone en tensión los conceptos antagónicos de determinismo y libre albedrío en un escenario de reminiscencias góticas a la mexicana y de relatos de brujas y vampiros.
De todo lo anterior, el filme Aura, ópera prima de la firma PerroNoble Films, conformada por egresados de la Universidad Anáhuac Mayab y ganador del primer lugar en el concurso yucateco de cortometraje inter-universitario Alternoflexia, en 2011, logra un guión respetuoso y austero, pero una puesta en escena que sufre a causa de una iluminación muy mal resuelta y de un ritmo con un timming pobre.
La cinta fue filmada en el invierno de 2010, en Mérida y sólo cabe esperar a conocer nuevos trabajos de este grupo porque, a pesar de sus carencias, también hay en este corto valores germinales de interés, particularmente en la dirección de arte.
En cuanto a Los ojos del deseo, su mayor valor radica en el tratamiento anime que ha recibido. Tratándose de un material concebido por una generación joven, la fusión oriente-occidente es pertinente como una influencia viva. No sólo en lo formal, sino en lo temático. Recordemos solamente que en la tradición japonesa del relato fantástico la mujer es el personaje que lleva sobre sí las más altas responsabilidades espirituales para manifestar a las potencia del bien y del mal. Este rasgo se integra muy bien a una de las facetas del relato de Carlos Fuentes. Una moderada incursión en el terreno de la animación erótica también es coherente, tanto con los contenidos del relato original como con ciertas vertientes del anime y de los OVA japoneses (aunque no es ecchi [falta lo cómico] ni mucho menos hentai).
El resultado es parco, aunque revela audacias que, de madurar, serán fecundas. Bien, por lo pronto, aunque sea “bien a secas”, para los chicos de la facultad de teatro de la Universidad Veracruzana.

Que el pueblo conduzca al
país hacia el nuevo milenio

Lo interesante es ver qué pasa cuando entramos en contacto con alguien que nos pone en duda y que, sin embargo, sabemos que nos hace falta. Y que nos hace falta porque nos niega.
Carlos Fuentes / Las dos Helenas

En la primera de tres intervenciones, el escritor, teatrista y promotor cultural José Luis Rodríguez Ávalos señaló que México es un país de muchas preguntas y pocas respuestas. “Quienes se aprontan a dar respuestas no solicitadas son los políticos; con ellas aportan numerosas pistas acerca del por qué del hundimiento de México por parte de los mismos políticos”.
Continuó: Carlos Fuentes propone en Los cinco soles de México, ese trabajo ensayístico del año 2000, una serie de cuestiones interesantes. Sobre todo porque en aquel momento está por inaugurarse el nuevo siglo y el nuevo milenio. Allí se hace una serie de cuestionamientos, muchas preguntas que todos nos hemos hecho alguna vez desde que México es México y lleva ese nombre. Se pregunta qué es México, qué somos nosotros. De dónde venimos y hacia dónde vamos.
Y en vez de respuestas, formula propuestas. Propone que sea la gente, no los políticos, la que conduzca a este país hacia el nuevo siglo. Con esto no quiero decir que los políticos no sean gente sino que, al tener un cargo, al tomar las riendas de un gobierno, los políticos adquieren otra connotación. Dejan de ser pueblo o, más bien, el pueblo espera que ellos ayuden a resolver nuestros problemas.
Quizás Carlos Fuentes, planteando algunas de esas antiguas y hoy casi ignoradas propuestas del marxismo, dijera que si el pueblo, junto con sus gobernantes, conducen al país, este llegará a buen puerto.
Esto es en Los cinco soles. Quienes no escatiman esfuerzos sociales, políticos e intelectuales para denunciar las traiciones de los políticos, son los artistas, los escritores atentos a la historia, el devenir y la actualidad del país en el mundo.
Hoy nos reúne la Secretaría de Cultura como representantes de tres generaciones y, claro, yo soy el que represento a la más antigua: por eso me ponen primero. Vamos a reflexionar en torno a la obra de Carlos Fuentes, uno de esos escritores que llegó a erigirse en faro de la crítica mexicana, vanguardia de las letras latinoamericanas, representante de México como diplomático y escritor.
Personaje cosmopolita, le tocó descollar entre muchos otros escritores que dio el México contemporáneo. Ningún país tiene escritores o artistas prescindibles, pero sí hay algunos cuyas letras son imprescindibles. Allí está Carlos Fuentes con una literatura que es monumental de muchas maneras. Desde Los días enmascarados, su temprana publicación de 1954, revela su interés por el México de ayer y hoy, al que vuelve de manera diversa en cada uno de sus libros. Desde 1958, con La región más transparente, habrá de producir casi un libro por año. Entre la investigación, lo historiado, la actualidad, la verdad y la ficción, ingresa a su obra, con retazos autobiográficos, su propia manera de ver la existencia.
En esto creo, se llama esta mesa, para recordar su trabajo ensayístico de 2002 que dedica a su hijo Carlos, fallecido en 1999 y antes de la muerte de su hija Natasha, ocurrida en el 2005.
En esto creo me sirve también para referirme a Silvia Lemus, su esposa durante más de treinta años, después de Rita Macedo, con la que vivió 14 años y con la que procreó a su hija, Cecilia.
Hoy tendremos oportunidad de escuchar a Felipe Nájera con parte de esa comedia de 1982, Orquídeas a la luz de la luna, que es un ejemplo de su poca dramaturgia, de la cual dos son obras: Todos los gatos son pardos junto con El tuerto es rey, ambas escritas y publicadas en 1970, y que fueron escenificadas en Morelia a fines de esa década. Antes de que Todos los gatos… se convirtiera en Ceremonias del alba, en 1991, su dramaturgia se enriqueció con los siete guiones cinematográficos que produjo, dos de ellos en colaboración con Gabriel García Márquez, así como el libreto para la ópera Santa Ana.
Carlos Fuentes no avanza solitario en las sendas de la literatura mexicana. De hecho, es una cara de la moneda, que contiene a Octavio Paz del otro lado. No en balde se mencionó a Fuentes muchas veces para el premio Nobel.
Pero Fuentes viene de muchos escritores. Compartió tiempo, espacio, anhelos y esperanzas con quienes fueron sus contemporáneos y muchos otros le siguen en lo que llamamos el porvenir de las letras contemporáneas latinoamericanas.
Ante la dificultad de elaborar una nómina de quienes ejercieron la literatura con Fuentes, y ni siquiera poder aproximarme al panteón de autores contemporáneos, expongo aquí solamente la perplejidad que le despertó a Fuentes la muerte de dos escritores fundamentales en 2010, ambos mexicanos: Carlos Montemayor el 23 de febrero y Carlos Monsiváis el 19 de junio, sin saber que a él le tocaría coronar la trilogía de los Carlos el 15 de mayo de este año.
Para mayor perplejidad, a nosotros nos toca asistir a la muerte de estos tres Carlos fundamentales y preguntarnos por qué ellos, y no el Carlos que tanto daño le ha hecho a este país.
Han sido tres Carlos que se tocan en todo momento. Carlos Montemayor, con su trabajo entre los grupos étnicos, es de los menos conocidos, pero Fuentes abrevó de allí porque le interesaba ese México, todavía desconocido el día de hoy. Con Carlos Monsiváis compartió una obra destinada a lo contemporáneo, al México de hoy, al México diverso, así como la tarea de presionar al Poder y llegar a mostrar las posibilidades de un México nuevo, de un México diferente.
Pero aunque la obra de los tres sea prolífica, está orientada en un solo sentido, el de advertirnos que nuestro México tiene más posibilidades de las que le estamos dando. Fuentes nos exige que reflexionemos sobre el papel que a cada quien le toca en el proceso de reelaborar a un México que está en una situación angustiosa, pero que, aun así, sí puede llegar a ser el país con el que todos soñamos. Creo que la literatura tiene principalmente esa función.

Omar Arriaga: Fuentes y la
búsqueda de los orígenes

Y todo en México es eso: hay que matar a los hombres para poder creer en ellos.
Carlos Fuentes / Chac Mool

En su turno, el escritor Omar Arriaga ponderó los siguientes asuntos (la transcripción no es textual en algunos párrafos, pero en todos los casos respeto el contexto y el sentido de las frases originales):
Una amiga me preguntaba si existe alguna influencia de la literatura de Carlos Fuentes en las letras michoacanas y si esa influencia es visible. Yo le contesté que me parece que no, por lo menos no entre los autores jóvenes o pertenecientes a mi generación, ni más allá de lo meramente temático.
Carlos Fuentes abre un ciclo en México: el del escritor profesional que puede vivir de esa práctica. Antes de Fuentes, todos los escritores, incluidos Rulfo y Octavio Paz, que ya eran figuras consagradas en ese momento, no podían vivir de su trabajo como escritores. Tenían que ser funcionarios, burócratas, profesores... Pero, con Fuentes, ese profesionalismo que llega a la literatura abre nuevas posibilidades para que sean los jóvenes los que tomen ahora la batuta para continuar la búsqueda que Fuentes emprendió desde Los días enmascarados, que es su primer libro de cuentos y en el que ya están contenidas las semillas de todo cuanto desarrollará más adelante.
Una vez, hace varios años, platicando en el café de Las Rosas con Sergio J. Monreal, hablábamos del cuento Chac mool, que por un lado es una batalla entre lo prehispánico, con la aparición de esa estatua del dios maya de la lluvia y, por el otro, la herencia española, que no es meramente la herencia de un país, sino de toda la región del Mediterráneo.
Me parece que Carlos Fuentes siempre oscila entre estas dos búsquedas: por una parte la del pasado indígena que siempre ha visto a España desde la leyenda negra, pero también desde el origen español con Terra nostra y otras obras, como El espejo enterrado. En Chac Mool el protagonista está en cierto sentido luchando por su vida, y al final escapa a Acapulco, pero muere en el océano, porque parece que el dios de piedra que, en un sótano, está convirtiéndose en un ser humano, al final así lo decide.
La de Fuentes es una obra totalizante, que toca a menudo, con sus reinvenciones de la historia, un tópico de los años sesenta en México: el de que los novelistas mexicanos eran mejores historiadores que los historiadores mismos, al abordar temas que la historia no se atrevía a contar. Sin embargo, la literatura, como el cine y otras artes, no es historia, aunque se inspire en hechos reales. Es ficción. Y aún las novelas históricas en las que Fuentes trata de desentrañar el pasado deben verse con esa lupa. No puede darse por sentado que la realidad sea de esa forma.
El espejo enterrado es un ensayo clave en su momento, que se refiere a la búsqueda de nuestro pasado español. En ese libro figura un ensayo dedicado a la fiesta brava, en donde Fuentes alude a la corrida de toros como un rito en el que los españoles se encontraban a sí mismos. Ese es otro tema que causa escozor en nuestros días, cuando se ha estado prohibiendo la lidia en diversas partes. En su ensayo, Fuentes hace ver que parte de esa fiesta tenía un significado que nos pertenece y nos pone, como ocurría con las tragedias griegas, ante un personaje que se enfrenta a un Destino irrevocable en el que va a ser destruido. El choque tan fuerte entre la sensación de piedad por el inminente desenlace del personaje, junto con el sentimiento de repulsión por el propio proceder del personaje, llevaba al espectador del teatro griego a la catarsis, una purificación con la que ellos se limpiaban de cierta manera. No iban al teatro solamente en pos de una experiencia estética, sino de algo mucho más fuerte. Y parece que Carlos Fuentes está de acuerdo en que el hecho de acudir a la fiesta brava tiene que ver con una experiencia similar a la del teatro griego porque vamos a la plaza de toros, vemos el duelo entre el hombre y el animal y eso nos hace ver que todos estamos condenados a matar y a comer para poder sobrevivir.
Pero la parte que más me interesa de la obra de Fuentes son sus primeros libros. En ellos lo más importante es esa búsqueda de los orígenes. Ese cómo ir en pos de cómo forjar una identidad nacional. Parece que en este momento es necesario reinventar cuanto Fuentes plantó. Su influencia es decisiva, dejó mucho. En este México en el que vivimos sigue siendo vigente su legado pero, al mismo tiempo, parece que necesita ser completado porque hay cosas que se están quedando sin decir.

EN VIDEO / Participación de Sergio Monreal

Sejumov: Carlos Fuentes y la
revolución institucionalizada

(…) Elegirás. Para sobrevivir, elegirás; elegirás entre los espejos infinitos uno solo, uno solo que te reflejará irrevocablemente y llenará de una sombra negra los demás espejos; los matarás antes de ofrecerte, una vez más, esos caminos infinitos para la elección.
Carlos Fuentes / La muerte de Artemio Cruz

Sergio J. Monreal Vázquez (Sejumov, de acuerdo al primero y, hasta donde sé, único seudónimo que el escritor ha empleado alguna vez, de forma regular, como columnista en medios impresos), comenzaría confesando que tiene algunos años peleándose de manera más o menos subterránea con Carlos Fuentes. “Por un lado es un autor que, personalmente, me toca. Aquellos puntos en los que la travesía de Carlos Fuentes coincide con la mía como lector, como mexicano y como ser humano, han sido altamente significativos. Entonces, puedo decir que es un autor al que aprecio y quiero”.
Pero al mismo tiempo –continuaría– es un escritor hacia el que tengo cierta incomodidad. Y, como suele pasar ante las gentes a las que queremos, durante muchos años pospuse el momento de cuestionarme qué es lo que me incomoda de Fuentes. A raíz del ochenta aniversario del maestro, ese tema pendiente volvió. Primero con sus pronunciamientos relacionados con el proceso electoral que acaba de entrar… en… no sé qué fase… y, después, obviamente, con el fallecimiento del propio escritor.

Ante todo quiero decir que eventos como el que nos reúne esta noche nos exigen ser lo suficientemente responsables y lo suficientemente generosos para que no se conviertan en ritos huecos, en formas de cortesía banales que terminan por dejar tan intacto al hipotético homenajeado como a los que estamos aquí: vamos en masa a una serie de eventos por todo el país e, incluso, a veces allende las fronteras, a repetir un montón de lugares comunes, a repetir un montón de rituales idénticos de los que uno sale con la sensación de que habría dado lo mismo hacerlos o no hacerlos, asistir o no asistir. Me parece que, en principio, los homenajeados –si algún valor tienen– no se merecen eso.
Y, por supuesto, nosotros mismos no nos merecemos esa falta de respeto para con nosotros mismos.
En ese sentido, apenas recibí la invitación del departamento de Literatura para participar en este acto de homenaje, me puse a pensar, a tomar apuntes y a tratar de clarificar mi relación con Carlos Fuentes, procurando que esa relación estrictamente personal pudiera, de alguna manera, generar algún eco entre los asistentes al evento de esta noche.

La primera cosa que voy a decir a lo mejor suena muy fuerte pero, bueno: es mi conclusión fundamental.
Considero que Carlos Fuentes, junto con otros escritores (en principio, sobre todo, Octavio Paz), es a la literatura mexicana lo mismo que el PRI: es, ni más ni menos, la revolución institucionalizada.
Yo sé que decir una cosa como esta puede sonar, simple y sencillamente, como un insulto para Fuentes. Pero me parece que, justamente en aras de dimensionar nuestra condición histórica y nuestra perspectiva como nación y como ciudadanos, es necesario que nos apartemos tanto de los prejuicios afirmativos como negativos. Yo sé que es difícil, sí, pero olvidémonos de que la revolución institucionalizada está relacionada con un partido político específico, porque la institucionalización de la revolución es un momento en la historia de este país y es un momento del que todos los mexicanos formaron parte, de una u otra manera.
En este sentido, pienso que necesitamos acabar con la idea de que hay una serie de Fuerzas del Mal, llámense Lex Luthor o el Duende Verde, que están atentando contra los buenitos e indefensos mexicanos, quienes estamos condenados a decirles: “¡ay!, yo soy bien bueno. Y te vencería…, pero nunca te puedo vencer”. No. La configuración de la historia humana, y en particular la configuración de la historia nacional, es el resultado de lo que los mexicanos somos capaces e incapaces de constituir.
De modo que, finalmente, debemos decir que la Revolución Mexicana es sin lugar a dudas el gran evento histórico para México en el siglo XX. Pero lo es a luz y a sombra. No podemos pretender que todo sea solamente luz o que todo sea sombra. En realidad es mucho más. Hasta antes de la Revolución Cubana (1959), nuestra Revolución era identificada como el gran evento histórico del siglo para todo el continente hispanoamericano.
Y realmente fue un gran momento. Fue un momento de reconstitución de la nación mexicana, pues una revolución hace justamente eso, revolucionar: derriba un orden antiguo, imagina una multiplicidad de posibles órdenes o desórdenes nuevos y trata de implementarlos.
La Revolución aportó intuiciones para una nueva idea de nación que de ninguna manera son unívocas, porque la idea de que todos los protagonistas de la Revolución Mexicana perseguían el mismo ideal es falsa; la Revolución fue Villa, fue Madero, fue Zapata, fue Carranza, y cada uno tenía sus propias ideas acerca del país que necesitábamos. Y, finalmente, el país resultante es la mezcla de todo eso: de transar, de acordar, de discutir, de ir a reunirse en Querétaro en el Congreso Constituyente a debatir las múltiples intuiciones de país que había.
Y el gran resultado de la Revolución Mexicana es la contradictoria, importantísima, fundamental, pero de ninguna manera impoluta ni perfecta Constitución Mexicana. Así que el paso de este movimiento armado, de esta lucha intensa para regenerar y reinventar una nación, termina por consolidar un orden institucional, con todo lo que eso tiene de positivo y de negativo.
A nosotros nos ha tocado vivir el momento de la euforia neoliberal, que sostiene que las instituciones son la peor cosa que tiene este país y que hay que tirarlas para que todo sea propiedad de la Iniciativa Privada. Y ese es un discurso intencionado que nosotros nos tragamos completo. Es evidente que en la infraestructura institucional generada por la Revolución Mexicana y que comenzó a ser desmantelada a partir de 1982, hay mucho de negativo y que nos tiene verdaderamente nefasteados como mexicanos. Pero parte de nuestra obligación es reconocer al mismo tiempo los valores fundacionales depositados en ese andamiaje institucional. Este país no sería el mismo sin una Secretaría de Educación Pública, sin una Universidad Nacional y sin un Instituto Nacional de Bellas Artes, sólo por poner tres ejemplos.

Y es en este sentido en el que me ocupo de este aspecto: hicimos la Revolución y luego la revolución se institucionalizó. Yo tengo la impresión de que eso es exactamente lo que hacen Octavio Paz con la poesía y Carlos Fuentes con la novela. Es decir, generan una revolución y es una revolución poca madre: están reinventando la manera de soñar el mundo desde México y de rearticularlo a través de la palabra a partir de las reglas específicas de la lírica (con Paz) y de la novela (en Fuentes). Pero en la misma medida en que les correspondió la invención de ese sueño posible, también les correspondió –¡y ojo!: les correspondió porque ellos así lo decidieron– la institucionalización de esas intuiciones revolucionarias.
Y seríamos absolutamente irresponsables si pasáramos esto por alto.
Hay que decir que Carlos Fuentes es uno de los más grandes novelistas que ha habido en la historia de este país, de la misma manera en que Octavio Paz es uno de los más grandes poetas que ha dado la historia de este país. Pero también hay que decir, junto con eso, que también han sido dos de los más grandes caciques culturales que ha habido en la historia de este país.
Y se podría aducir: “bueno, pero esa es su vida, no es algo que se refleje en su obra”. Por supuesto, eso no es cierto. En el caso específico de Carlos Fuentes, que es quien nos ocupa esta noche, eso es completamente transparente.
Coincido con varias de las cosas que ha dicho Omar Arriga en su intervención, pero particularmente en el asunto de que hay una diferencia cualitativa entre las primeras travesías creadoras de Carlos Fuentes y las últimas. Y no porque el Carlos Fuentes de las primeras obras sea mejor escritor que el de las últimas (al contrario, probablemente el escritor de las últimas décadas sea infinitamente superior a aquel joven que se destapó de manera deslumbrante en los años cincuenta).
La diferencia es que el joven escritor de los años cincuenta fue más que un escritor: fue el agente de una revolución de la conciencia espiritual de lo mexicano. Y eso, que Carlos Fuentes fue capaz de hacer en títulos como La región más transparente, Aura o La muerte de Artemio Cruz, no fue capaz de volver a hacerlo. Y uno se preguntaría por qué Carlos Fuentes ya no fue capaz de escribir otra obra de la magnitud, la pertinencia y el alcance de La región más transparente, a pesar de que él fuera cada vez más lúcido en términos intelectuales y ensayísticos. El novelista da la impresión de que sufrió una suerte de estancamiento. No literario, sino espiritual. Y esto es lo que me parece clave para comprender la figura de Carlos Fuentes.
Porque Fuentes formó parte de un momento de la historia de México en la que había cosas que estaba permitido decir y otras que no. Y Fuentes eligió jugar en esa parte de la cancha en la cual, si querías figurar, si querías escribir, si querías destacar, tenías qué asumir como un acto de voluntad el callarte ciertas cosas.
Del otro lado ¿quiénes están? O bien los perseguidos, como José Revueltas, o los ninguneados, como Francisco Tario o –una generación después– Jesús Gardel. Y son este tipo de cosas las que me han estado dando vueltas en la cabeza porque son temas de pertinencia nacional… no en el sentido de “agenda política” o de alguna agenda literaria, sino en los términos de quiénes queremos ser en las próximas décadas y quiénes hemos sido hasta hoy.
Carlos Fuentes es nuestro gran cronista de los orígenes. La novela de la Revolución, de la cual me parece que Fuentes es el punto culminante, está autorizada para hacer eso: puede contarnos cómo se construyó la Revolución Mexicana y nos lo narra en términos de espesísimas sombras. No hay literatura más sombría que la de Mariano Azuela, Martín Luis Guzmán o Nelly Campobello, porque a esa literatura le ha estado permitido el decirnos “¡mira! la Revolución Mexicana consintió la traición, consintió la usura y la tranza”.
Pero después… ¿Qué faltó? ¿Qué falta en este país, desde esa perspectiva literaria totalizadora, de la cual participó Carlos Fuentes, así como otros escritores de su generación? Falta la gran novela del priísmo. ¡Jamás se escribió!
Es decir: se escribió la novela de cómo se institucionalizó la Revolución Mexicana. Pero ya no hubo espacio, ni tiempo, ni permiso para que se contara el cómo y el por qué del corporativismo de órganos como la CTM o las centrales campesinas, así como la persecución de la disidencia política. Todas esas fueron temáticas que se comenzaron a dirimir en la periferia de la crónica, del periodismo y de la literatura.
Es en este punto donde las disidencias literarias de ese momento cumplen un papel similar al de las disidencias que, en el terreno de las artes plásticas, se dieron a partir del movimiento muralista de comienzos del Siglo XX y más allá de los muralistas. En este sentido coincido plenamente con el juicio de Carlos Monsiváis cuando propone que Carlos Fuentes es a la novela el equivalente de lo que fueron al muralismo Orozco, Siqueiros y Rivera. Y es que, como todos sabemos, las grandes disidencias, las grandes preguntas y las grandes intuiciones de la plástica nacional tuvieron que ser formuladas no sólo fuera del muralismo, que ya se había institucionalizado, sino a contracorriente del muralismo.
Todas estas consideraciones no pretenden ser una conclusión, sino más bien lo que tendríamos qué perseguir en eventos como este. Son nudos de problematización que no nos corresponde responder a los que nos dedicamos profesionalmente a la literatura sino que, finalmente, si la obra homenajeada realmente tiene la pertinencia que intuimos, nos atañen íntima y personalmente a todos y a cada uno como mexicanos, como seres humanos y como individuos.

Marco Antonio Aguilar Cortés: Carlos
Fuentes y la mirada internacionalista

“[En Latinoamérica] se puede hablar de una cultura continua desde los descubridores hasta nuestros días […] La tradición política es más frágil, se ha interrumpido demasiadas veces”.
Carlos Fuentes / El siglo que despierta

Al término de la mesa de comentaristas, el Secretario de Cultura de Michoacán, Marco Antonio Aguilar Cortés, protagonizó una breve intervención para agradecer a los ponentes y aportar algunas visiones propias al tema. Dijo:
Lo que ha hecho la Secretaría de Cultura esta noche ha sido convocar a un público sensible. Gracias por la asistencia de todos ustedes. Y, por otra parte, lo que ha hecho la Secretaría de Cultura al invitar a Omar, a José Luis y a Sergio, es reunir a autores valiosos, de talento, de imaginación y de estudio; no sólo en el campo de la literatura, sino dentro de los fenómenos sociales que vive México.
Cada uno de ustedes, con su modo, con su objetivismo, con su sistema, revelan también esa sensibilidad de carácter social.
Para una de las generaciones del Siglo XX, de la cual formo parte, hubo en nuestra educación secundaria, preparatoria y de facultad tres grandes escritores de nuestro país: Octavio Paz, Carlos Fuentes y Fernando Benítez. Eran Los Tres Grandes, y de una u otra manera tuvimos contacto con sus obras. Pero nuevas generaciones, como las de ustedes, encuentran nuevas perspectivas y distintas interpretaciones sobre ellos.
Fueron, sin duda, gente que fue autoridad en el campo de la literatura. Y eso –dice alguno de ustedes– los hizo caciques. Tendríamos que plantearnos si hay caciques buenos y caciques malos. Pero esa no deja de ser sino una metáfora. Lo cierto es que dominaron la escena cultural del país, pero la dominaron a partir de la calidad.
Y en el caso de Carlos Fuentes, desde mi perspectiva, a diferencia de Octavio Paz y de Fernando Benítez, es un autor que contó con una visión más internacionalista, en lo que tuvo que ver seguramente su nacimiento en Panamá y el formar parte de una familia de diplomáticos que pasaban de un país a otro, mientras el niño que los acompaña iba viendo lo que es Montevideo, Buenos Aires o Quito. Incluso lo que es Europa.
Y parece que no, pero el temperamento de una gente que sabe que el mundo no termina entre el Punhuato y el Quinceo da una visión distinta, tanto de la Revolución Mexicana como de sus personajes. Eso es lo que hace Fuentes: da una visión diferente; los otros autores la tuvieron después, pero Fuentes, desde niño, gracias a su formación, adquiere este elemento especial que es el que me parece que distingue su obra.
A Octavio Paz y a Fernando Benítez tuve el honor de conocerlos y tratarlos. A Carlos Fuentes solamente por teléfono, una vez, para invitarlo, en 2002, a que aceptara dar el discurso oficial del 8 de mayo en el Colegio de San Nicolás. Me dijo: “no se imagina, pero tengo que salir en dos horas de aquí porque cumpliré una estadía en Londres”. Recuerdo su voz. Pero lo importante es que su obra dejó impacto en nosotros desde Las buenas conciencias. Con una estructura muy universalista de lo que era la vida. O el tratamiento de Aura para esa misma mujer en dos cuerpos distintos.
En fin. Lo hicieron muy bien. Los felicitamos y les agradecemos. También los invitamos a que en fechas posteriores también podamos traer a otros autores, como hemos hecho esta noche con Carlos Fuentes, para colaborar a difundir el quehacer de los artistas y pensadores sobresalientes.

Fuentes desde la
lectura dramatizada

A la luz de la luna / he de suspirar, / me sentiré feliz, / reviviré tu amor, / me acordaré de ti. / Y al abrir las orquideas, / me inundaran de luz (…)
Vincent Youmans / Orchids in the Moonlight, 1933

La noche concluyó con la lectura dramatizada que el actor Felipe Nájera hizo de un fragmento de Orquídeas a la luz de la luna, la tercera dramaturgia escrita por Carlos Fuentes.
Lo interesante con este texto (que recién descubrí completo hace unos tres años, buscando cierta información específica del actor y director norteamericano Orson Welles), es que por debajo de su gracejo humorístico y de su aparente tono menor es un drama de alcances trágicos.
La obra nos presenta a Dolores y María: dos ancianas, probablemente chicanas, que se marchitan en un departamentito de Venice, California, mientras sueñan y se convencen a sí mismas de que en realidad son las divas a las que admiran: Dolores del Río y María Félix, en cuyas personalidades se desdoblan continuamente.
Este tratamiento parateatral le permite a Fuentes no sólo jugar con los guiños surreales y metafísicos que participan de buena parte de su obra literaria, sino reflexionar sobre los grandes temas de la relación entre los mitos y el sentimiento de pertenencia, así como en la manera en que medios como el cine sirven de canal a esa relación.
Desde otro plano, la obra sirve también para explorar pasajes diversos en la vida de esas actrices que se constituyeron en verdaderas estrellas nacionales, cuando nuestro cine aún era una industria, y para poner en perspectiva los temas de la fama, el olvido y la intemporalidad del fenómeno cinemático.
La interpretación de la primera parte del texto corrió a cargo de un muy correcto Felipe Nájera, actor y director que ya tiene un camino muy recorrido en este asunto de interpretar a La Doña y de participar en ejercicios unipersonales o de stand up comedy a la mexicana. Nada menos, en 2009 estrenaba la puesta de Palabras de Mujer, en la cual ya daba vida a María Félix (mientras que Alejandra Barros lo acompañaba interpretando a Dolores del Río).
Por lo pronto, para concluir, vale la pena recordar que el título de este trabajo teatral fuentesiano es ya, por sí solo, un homenaje a Dolores del Río. Es el título de un tango escrito por el popular compositor Vincent Youmans como tema musical del filme Volando hacia Río, uno de los primeros títulos del cine sonoro norteamericano, rodado en 1933. El estelar femenino de esa película lo llevó, precisamente, nuestra Dolores del Río, quien tuvo el privilegio de bailar el tango con el inmortal bailarín Fred Astaire (aunque el protagónico masculino no fue para Astaire, sino para el actor Gene Raymond).
EN VIDEO / Talleristas en Porumbo 
Desde el pasado 16 de julio y hasta el próximo día 27, un grupo de realizadores visuales se concentra en la ex hacienda Porumbo, en la zona lacustre de Michoacán. Allí participan en un taller intensivo de Desarrollo de Proyectos Visuales, que es coordinado por el fotógrafo estadunidense Paul Owen, de la Universidad de Nueva York. La actividad ha sido gestionada por la asociación Red Lab (Gabriela Anguiano y Luis Gabino Alzati) con el objetivo de promover actividades similares en el futuro.
Los talleristas, cuyas entrevistas y ejemplos de su obra figuran en el video que abre este post, son artistas cuya edad oscila entre los 17 y los 39 años. Ellos son Edgardo Leija, Francisco Méndez, Patricia Fuentes Lara, Jesús Roalandini, Melba Natalia Pérez Gómez, Héctor Cisneros, Belsay Maza, Andrea Rodríguez Villalón, y Arturo Betancourt, cuyas propuestas van desde exploraciones a la fotografía abstracta hasta el collage y el videoarte.
El proceso de selección (informó en su momento Red Lab en un comunicado) estuvo a cargo de un jurado integrado por Paul Owen, Tom Drysdale (co-fundador con Owen de la Escuela de Fotografía e Imagen de la Universidad de Nueva York, hace 40 años), Dan Sandford, director de Admisiones de la Escuela de Artes del mismo plantel, y el realizador michoacano Jesús Pimentel Melo, quien pasa la mayor parte de su tiempo en la Gran Manzana y tiene una maestría en cine por la Universidad de Columbia.
Tras una rueda de prensa celebrada en Morelia, algunos medios de comunicación respondimos a la invitación de visitar la sede del taller en su jornada inaugural, hace una semana, para interactuar con tutores y facilitadores y compartir una comida. De ese encuentro dan cuenta los tres videos que acompañan este post.
Mientras, los integrantes de Red Lab hicieron públicos los patrocinios que han permitido emprender este taller en el que dialogan autores de distintas regiones y prosapias. En los agradecimientos figuran Conaculta, la Coordinación General de Comunicación Social del gobierno de Michoacán; la Secretaría de Educación en el Estado; los ayuntamientos de Erongarícuaro, Pátzcuaro, Uruapan, y Quiroga, así como las firmas privadas Hotel Virrey de Mendoza, cerveza La Mytika, mezcal Don Mateo, Realidad Creativa, y el C.P.Salvador Juárez Álvarez.

EN VIDEO / Fotografía y nuevos medios


Esta no es la primera vez que se imparte un taller de este perfil en la zona lacustre de la entidad. Hace ya un par de años, a la otra orilla del lago, Jesús Pimentel puso en marcha la experiencia de Cine Qua Non en la comunidad de Tarerio. Aquella experiencia ha tenido continuidad y también reúne a realizadores variopintos bajo la tutela de catedráticos estadunidenses de alto perfil. En rigor, las experiencias de Cine Qua Non y de este taller de Desarrollo de Proyectos resultan tan cercanas como un par de primos. Cada una es valiosa dentro de su perfil y ambas ameritan continuidad.
Cuando se organizan encerronas de este tipo, los mayores valores residen no solamente en la posibilidad de aprender de las experiencias y de los consejos y opiniones de un experto, en este caso, del maestro Owen, sino del hecho de que los propios talleristas pueden convivir y compartir sus propios conocimientos, problemas y soluciones en el terreno de los hechos. Porque cada participante llega a tallerear un proyecto personal. Hay un trabajo concreto.
Como se puede ver en el primer video del post, hay una buena dosis de diversidad entre los participantes. Con todo, el perfil del facilitador es esencial.
En este sentido, Paul Owen combina lo mejor de dos mundos. Por un lado, es amante de la fotografía tradicional, analógica, y la mayor parte de su obra tiene fuertes influencias que provienen del mundo de la pintura. Por el otro, comprende los medios digitales y comparte el entusiasmo de las generaciones jóvenes ante las posibilidades que otorgan los nuevos medios en la construcción de lenguajes inéditos, aún por articular.
Buena parte de esto se deja traslucir en la primera de las dos entrevistas en video que completan esta entrega. En el primer video el maestro Owen habla ante todo de la fotografía y sus retos ante los nuevos medios de registro, impresión y reproducción. En el segundo se ocupa de su experiencia como soldado durante un par de años en Vietnam.
En las dos entrevistas vertidas aquí en video participó también el periodista Milton Rodríguez. Por otro lado, de manera muy fresca, amable y generosa, Dan Sandford ha cumplido las veces de intérprete, sazonando las traducciones con la deliciosa química que comparte con el maestro Owen.

EN VIDEO / Owen: la experiencia en Vietam
 
Después de más de dos años en el olvido, la escultura Mujer, de Alfredo Zalce, ha sido puesta nuevamente en pie en los jardines del museo de Arte Contemporáneo Alfredo Zalce.
Como se recordará, las lluvias y los fuertes vientos que surcaron la ciudad hace dos años, ocasionaron que un pino se precipitara sobre el ala norte del Museo de Arte Contemporáneo Alfredo Zalce, en Morelia, causando daños al torreón, que es el elemento arquitectónico más bello del inmueble. Si ya de por sí ese incidente era grave, durante las labores para retirar el árbol, la caída de un segmento del tronco alcanzó a lesionar la escultura Mujer, realizada por el artista patzcuarense, la cual se localiza en el jardín del museo.
El incidente ocurrió al filo de las dos de la tarde del jueves 14 de enero, cuando uno de los pinos que flanquean los jardines del MACAZ cedió a los embates del viento. Al accidente contribuyeron dos hechos: que el terreno se había reblandecido a causa de las lluvias de la última semana y que las raíces del pino no eran muy profundas.
Trabajadores de Parques y Jardines del ayuntamiento de Morelia acudieron al museo al filo de las tres de la tarde para retirar el árbol luego de que el departamento de Bomberos de la ciudad se declaró incapaz de emprender esa tarea. Los trabajadores municipales se vieron obligados a talar el tronco del árbol en por lo menos siete ocasiones, ya que el peso del tronco impedía cualquier maniobra.
Luego del acontecimiento, la maestra María Eugenia Fuentes Lanning, a la sazón directora del MACAZ, tramitó con toda oportunidad las gestiones ante el INBA para que peritos especialistas vinieran a evaluar los daños y formular las recomendaciones pertinentes. Sin embargo, el trámite nunca se concretó, entre otras razones porque el Secretario de Cultura, Jaime Hernández, nunca demostró en los hechos la voluntad política de restaurar la pieza, ya que el trámite era bastante costoso.
Ha sido apenas hasta ahora, con la nueva administración de la Secum, que se ha acudido a recursos domésticos para intervenir y poner en pie a la escultura, como detalla en el video de este post el director del MACAZ, Mizraím Cárdenas.
Mientras, aquellos que deseen recordar o conocer los hechos ocurridos el jueves 14 de enero de 2010 (apenas dos días después de conmemorarse la fecha onomástica de Zalce), hagan click aquí para ir a la información que publiqué en este mismo blog, video incluido del momento exacto en que acaeció el percance sobre la obra de arte zalceana.
EN VIDEO / Entrevista y aspectos del evento

“Estamos ante el dominio del imperialismo mundial. Este es nuestro escenario, desde el cual controla todas las políticas económicas que dictaminan la vida de las mayorías y de los medios de comunicación que las justifican. Ante este inquietante horizonte están México y Michoacán: en medio de una guerra de poder y su afán de dominación. Pero es un poder desvirtuado y, por lo mismo, impotente. A esta guerra se agrega la guerra contra el narcotráfico y el crimen organizado, ya de dimensiones planetarias”.
Con estas palabras, la doctora Rosario Herrera Guido daba comienzo al mensaje político del discurso que profirió durante la ceremonia en la que recibió la presea Amalia Solórzano Bravo, hace una semana, por parte del gobierno municipal de Morelia.
“Es una guerra de la cúpula –precisó–, que destina a los de abajo a la muerte, el éxodo y la extorsión, no dejándoles, realmente, salida. Es una guerra que desgarra el tejido social, que rompe el lazo social y fractura la convivencia en las ciudades y los pueblos, poniendo en peligro la vida espiritual, ética política, estética y cultural de los niños, las mujeres y los hombres.
Consideró, en ese sentido, que desde la perspectiva humanista de un René Descartes democrático, el pensador iluminista “seguramente compartiría ahora la necesidad de que nuestra democracia representativa dé paso realmente a una democracia participativa. Voto, luego existo”.
Rosario Herrera, la tercera mujer que recibe el galardón desde su institución en 2010, posee una verticalidad intelectual a prueba de casi todas las acechanzas. Así lo ha demostrado a lo largo de su trayectoria profesional y social. Desde esa posición y ya en entrevista con este blog y con otros dos medios, al término de la ceremonia, la catedrática puso en perspectiva fenómenos como el de la miseria en México y el uso que hace de ella nuestro sistema de partidos en tiempos electorales.
“Mientras haya pobreza en el país –sostuvo–, se seguirán usando las mismas tácticas políticas de prebendas, de sometimiento, de enajenación. Y es muy grave que a nadie le interese realmente erradicar la pobreza en México, porque es el stock político que les permite seguir el rejuego de los partidos”.
Lo más interesante vendría cuando le inquirí por la debacle del PRD: un partido que en sus 23 años de vida se ha ocupado de destruir sistemática y eficazmente lo más valioso que ha tenido: la enorme base social que lo hizo nacer a fines de los años ochenta (desafortunadamente, la pila de mi cámara se agotó en ese momento, de modo que en el video que abre este post aparece solamente la primera parte de su respuesta). La homenajeada señaló:
“Yo he estado viajando por todo el país. Voy todos los años a Baja California Sur. Ahí estuvo Cota Montaño en el gobierno y lo que hizo fue vender los oasis del desierto a franceses, a norteamericanos y a canadienses. Vendió el estado. Quedó muy mal y durante décadas en Baja California no van a querer saber nada del PRD. Lo mismo pasa en Zacatecas, donde voy todos los años a la Universidad. Y en Michoacán, con tanta corrupción y falta de empleo, es decir: con tantas carencias en el desarrollo social como se dejaron ver en los últimos años ¿cómo podía ganar el candidato del PRD? Pero, en general así es en todo el país, desde el norte hasta Chiapas (…)”.
– Parecería que sólo en el DF han funcionado los gobiernos perredistas –sugiero.
– Sí. Pero la capital del país no es el país entero. Lo que el PRD necesita con urgencia es emprender una evaluación autocrítica muy rigurosa y, luego de eso, pasar a la acción en función de las conclusiones que alcance en ese análisis.
Otra pregunta ocupó el tema del regreso del PRI, asunto que tiene sus bemoles. Le compartí mi impresión de que en Michoacán Fausto Vallejo ganó legítimamente la elección, aunque, por el contrario, poca gente metería la mano al fuego para defender el triunfo federal de Enrique Peña en la contienda presidencial. La académica consideró:
“Regresa a la presidencia de la República sin legitimidad, pero esta vez me parece que además adolece de legalidad, porque la legalidad debe estar fincada en la transparencia. Debe quedar a la luz meridiana que efectivamente ganó, pero eso no va a ser posible. Lo más grave, ahora, es que tenemos dos partidos en alianza de intereses… Por más que Calderón se quiera curar en salud y diga ‘¡Ay, no estoy de acuerdo con estos billetazos!’, él estuvo alimentando todo eso y haciéndose de la vista gorda para que siguieran avanzando las irregularidades. Recordemos que en una de sus ediciones, la revista El Chamuco tenía en su cuarta de forros una caricatura de Calderón detrás de una puerta y diciendo ‘voten por Peña Nieto’. Todo mundo se enteró de eso. Y dejaron sola a Josefina Vázquez Mota.
Finalmente, la filósofa respondería una pregunta acerca de las necesidades más apremiantes para elevar la calidad de la Universidad Michoacana, actualmente bajo el rectorado del físico-matemático Salvador Jara Guerrero.
“Principalmente la democratización, que prevalezca la legalidad en todo lo que tiene que ver con desvíos de fines, recursos y sobre todo en que la Universidad tenga todas las instancias de manera efectiva para los derechos humanos y la equidad de género. Seguimos viviendo atropellos, seguimos viviendo violencia de género las universitarias en relación con los universitarios varones. Hay un departemento de derechos humanos que es un performance nada más y un departamento de Equidad de Género que es otro performance solamente”.
EN VIDEO / Sesión de conclusiones I
En estos dos videos conclusivos figuran los primeros puntos de acuerdo alcanzados, a partir de cada uno de los cuales comienzan trabajos con miras a un segundo encuentro. Como cada personaje habla por sí mismo y aparece en el registro de video, sobran, por el momento, los comentarios.

EN VIDEO / Sesión de conclusiones II
En Video / Gabriel Ramírez - Parte uno  
Les comparto en este post los contenidos de la tercera jornada del foro Teatro y profesión, celebrada en La Bodega el pasado miércoles 11 de julio. No formulo comentarios, por ahora, para que tengan ustedes la oportunidad de ver a los protagonistas y escucharlos, a cada uno, con sus propias palabras e intenciones. Buen provecho.
En el video sobre estas líneas y en el siguiente, abajo, el técnico Gabriel Ramírez habla de su filosofía laboral y de temas concretos en la relación entre los grupos escénicos y el personal que labora en los distintos foros teatrales.

En Video / Gabriel Ramírez - Parte dos


En los siguientes dos videos, Hilda Martínez, de la agrupación Viajabundo Teatro, comparte las experiencias del grupo en el café El rincón de los Sentidos, en Morelia, donde han logrado abrir uno de los foros alternativos y no institucionales que actualmente comienzan a operar en la ciudad de Morelia. En el segundo video figuran además algunos aspectos de la sesión de diálogo posterior a la participación de la directora y productora.

En Video / Hilda Martínez / Viajabundo teatro - 1


En Video / Hilda Martínez / Viajabundo teatro - 2

Para concluir esta entrega, figura la participación de Sandra Rangel, del proyecto La Fortaleza A.C. En un post posterior publicaré aspectos de la sesión de conclusiones.
Va también una disculpa: no tuve oportunidad de cubrir la sesión del martes, de modo que quedo a deber participaciones, ponencias y/o intervenciones de José Luis Pineda, Fernando Ortiz, Alfredo Durán, Diego Montero, Gunnary Prado y José Estrada.

En Video / Sandra Rangel / La Fortaleza
Aunque artes como la danza, la música y el teatro son experiencias colectivas (a diferencia de la poesía, las artes visuales y la literatura, que son experiencias mucho más individuales, un asunto entre el autor y la página, el lienzo o la partitura en blanco), es raro que los bailarines, los músicos o los teatristas se congreguen para compartir o discutir sus problemas, ya sean de índole creativo o laboral.
De allí el interés del Primer Foro Teatro y Profesión, coorganizado por Sandra Rangel, Víctor Sandín y Manuel Barragán. Las actividades comenzaron el domingo pasado en el teatro Melchor Ocampo y concluirán este miércoles con mesas de trabajo que se emprenden en el foro La Bodega, dependiente de la Secretaría de Cultura.
Les comparto, a continuación las dos charlas de la noche, a cargo de Arnulfo Martínez y de Roberto Briceño Figueras, así como un video final dedicado a las intervenciones después de la mesa inaugural.

EN VIDEO Arnulfo Mtz. / parte 1  


EN VIDEO Arnulfo Mtz. / parte 2


EN VIDEO Roberto Briceño Figueras 


EN VIDEO Intervenciones
Con el apocalipsis como tema (a tono con el imaginario pop del calendario maya y cuanta profecía catastrofista se acumule de aquí a diciembre), la comunidad de Tlalpujahua, pueblo mágico, organiza la primera edición del Festival Internacional de Cine Fantástico, Terror y Ciencia Ficción Feratum, que se realizará del 18 al 21 de octubre. 
El festival abre un nuevo ciclo, tras concluir las relaciones que hicieron posible el festival de cine de género Mórbido. Bastaron apenas cuatro años (de 2008 a 2011) para que se consumara el desencuentro entre la empresa chilanga Spiderland, dirigida por Pablo Guisa Koestinger y los prestadores de servicios de Tlalpujahua encabezados por Miguel Ángel Marín Colín.
Recuerdo muy bien, todavía, la apertura del primer Mórbido, en octubre de 2008 y dos hechos significativos, de esos que revelan mucho. Aquella noche en el teatro Obrero, Pablo Guisa hizo su aparición en el escenario precedido por un “zombi faldero”, símbolo de cierta subcultura “for export” de mucho éxito entre las generaciones jóvenes aficionadas al género del gore. En cambio, Miguel Marín Colín, director fundador del festival, apareció con una tradicional máscara de Semana Santa, a la usanza local y habló de sus recuerdos de infancia relativos al teatro sede del encuentro, foro al que Marín disfrutó como sala de cine.
Hace un mes, Mórbido anunció su traslado a una nueva sede: Pátzcuaro, aduciendo que la infraestructura turística tlalpujahuense no satisface las demandas del creciente público del festival. Pero la médula del asunto es que el leit motiv de Mórbido era precisamente fortalecer a Tlalpujahua como destino turístico, objetivo que debería haber sido defendido “a capa y espada”. En fin: una manchita más en la piel de un tigre neoliberal que obstaculiza proyectos en los que todos los participantes sean realmente solidarios.
Ahora que el nuevo festival queda en manos de los promotores locales, cabe esperar que la empresa cumpla mejor con su objetivo de promoción.

A 75 años de la inundación
El festival de cine Feratum llega cuando se cumplen 75 años de la tragedia que quebró la bonanza minera de Tlalpujahua, cuando una inundación sepultó a buena parte del pueblo bajo los escombros de los jales de una mina. El episodio, acaecido en los años treinta, marcó el comienzo de la debacle de la minería en la zona y el paulatino nacimiento de otras formas de ganarse el sustento, entre ellas el vistoso negocio de las esferas navideñas.
Ahora, luego de un importante pero fugaz intento de reactivar la economía de la localidad con un festival cultural, a fines de los años noventa, y de la parcialmente fallida experiencia con Mórbido, en el último lustro, Feratum reemprende la tarea de posicionar a Tlalpujahua como destino de turismo cultural en México y en el resto del mundo.

Un festival más sano
Durante la conferencia de prensa para anunciar Feratum, Miguel Ángel Marín, director del festival; Alfredo Muñoz Ruiz, presidente municipal de Tlalpujahua, y Nancy Cárdenas, representante del gobierno de Michoacán, dieron a conocer los detalles de la nueva plataforma fílmica que llega al poblado.
Marín destacó que lo que se pretende es crear una plataforma en la que los géneros de terror, de ciencia ficción y del cine fantástico tengan un espacio digno y de una naturaleza menos sombría y enfermiza que con Mórbido. Diría en algún momento (se puede ver esa parte en el video, al comienzo de este post): “Ya tenemos suficientes noticias de asesinatos y de gente torturada en el país como para seguir insistiendo en eso desde el terreno del cine. Queremos un espacio más imaginativo, más sano y, en cierto sentido, más familiar”.
La programación para esta primera edición de Feratum ofrecerá algunas películas del maestro Alfred Hitchcock, así como el estreno de la más reciente versión de Resident Evil y, de manera inédita, el estreno de un filme mexicano de ciencia ficción de reciente factura, Crionósfera, al lado de otros títulos nacionales de los que no hubo detalles, pues la programación se dará a conocer días antes de que inicie el evento. 
Además, se tendrá como invitado oficial al festival Macabro, que ya tiene sus horas de vuelo en la ciudad de México y se anunció la presencia de la ya decana actriz Lorena Velázquez, icono del cine mexicano que es bien recordada por sus intervenciones en varios filmes de El Santo.

Convocatorias para Feratum
En su primera edición, Feratum Film Fest, abre las siguientes cuatro convocatorias:
Competencia oficial internacional de corto y largometraje de ficción o documental en los géneros; terror, fantástico y ciencia ficción. Los ganadores serán acreedores a la estatuilla oficial del festival, diseñada por el artista plástico michoacano Juan Torres.
Competencia de guión para cortometraje de ficción o documental en los géneros de terror, fantástico y ciencia ficción. Habrá un solo ganador que será acreedor a un paquete de filmación para la realización del guión, equipo que será patrocinado por efd equipment & film design.
Competencia de Cineminuto, dirigido principalmente a jóvenes universitarios que en un máximo de tres minutos puedan proponer algo intenso en torno al terror, a lo fantástico y/o a la ciencia ficción. Los ganadores serán seleccionados para realizar uno de los trailers de Feratum Film Fest en el 2013.
Por lo demás, Expreso Film Festival y Feratum Film Fest convocan al 4to. Desafío Express, en el que cinco guiones serán seleccionados para que, en el marco del festival, realicen sus cortometrajes. El reto consiste en grabar y editar sus cortos en sólo 24 horas y empleando como herramienta un celular que será otorgado por el patrocinador. Las bases de esta convocatoria ya figuran en la página www.desafioexpres.com.
Las convocatorias y otros detalles del festival de este año se encuentran en la página www.feratumfilmfest.com y para mayores informes los interesados pueden escribir a los correos:
info@feratumfilmfest.com
y
convocatoria@feratumfilmfest.com

Infraestructura suficiente
A su vez, Roberto Molina, presidente de la asociación de hoteleros en Michoacán, sostuvo que Tlalpujahua sí posee con infraestructura suficiente para atender la demanda de los visitantes que acudan a este Pueblo Mágico. Afirmó que en el pueblo se cuenta con un aproximado de 300 habitaciones distribuidas entre 25 hoteles y 10 casas habilitadas que brindan servicios de hospedaje. Indicó que la oferta gastronómica de la localidad cuenta con 25 restaurantes que ofrecen “distintos tipos de comida, desde la típica, las comerciales hamburgesas, antojitos mexicanos y la variedad del mercado municipal donde se encuentra la famosa Cabeza de Res, los panes, atoles, café y tamales desde muy temprana hora”.
“Somos –dijo– un pueblo ubicado muy cerca de otros, los cuales nos fortalecen la oferta turística con sus servicios, pudiendo ir y venir fácilmente cuando así se requiere. Estamos a 15 kilómetros de Contepec, el cual cuenta con 10 hoteles dando un aproximado de 80 habitaciones y 10 restaurantes. A 7 kilómetros se encuentra el pueblo mágico de El Oro con 10 hoteles que dan un aproximado de 80 habitaciones y 13 restaurantes. Maravatío, lo tenemos a 32 kilómetros y su infraestructura de servicios turísticos es de 10 hoteles con un aproximado de 100 habitaciones y 20 restaurantes”.
El también pueblo mágico de Angangueo se ubica a 31 kilómetros; cuenta con 10 hoteles que hacen un aproximado de 60 habitaciones y 10 restaurantes, mientras que Atlacomulco, a 32 kilómetros, cuenta con 15 hoteles dando un total de 180 habitaciones y 30 restaurantes.
Un total de 190 obras recorren 68 años de trayectoria artística de Luis Palomares Frías en la retrospectiva Esencia de la realidad, con la que el gobierno de Michoacán rinde homenaje al autor oriundo de Huaniqueo. Palomares está celebrando ochenta años de vida –los cumplió el día de la inauguración–, de los cuales ha dedicado casi setenta a la pintura, la estampa y el grabado.
La muestra se inauguró el viernes 22 de junio y, oficialmente, conmemora 65 años de carrera del realizador visual, contando a partir del momento en que ingresó a la Escuela Popular de Bellas Artes, en Morelia, en 1947.
Los trabajos ocupan dos salas en la planta alta del Centro Cultural Clavijero y los más antiguos se remontan a 1944; pertenecen a una serie de dibujos a lápiz sobre papel y cartulina donde se advierte, de primera intención, una línea austera en la que el autor, aun adolescente, ya intuía el valor ordenador de trazos geométricamente sintéticos. A la sazón, tenía doce años de edad.
Mientras, la obra más reciente habría estado fresca en la tarde inaugural si hubiera sido óleo; fue concluida en mayo pasado, exprofeso para esta muestra. Se titula Sueño volátil y es un acrílico donde Palomares alegoriza acerca del evento. La composición tiene como motivo central el patio principal de Palacio Clavijero y la fuente del arquitecto Manuel González Galván. A los lados, los ojos del autor cifrados en espacios de azul y rojo dinamizados por planos tonales sirven de base para sugerir el número 65, que alude al motivo de la retrospectiva.
Un arte moderno nativo
Rara avis en el arte moderno mexicano y referencia michoacana importante por la manera en que ha ido articulando un lenguaje propio (es decir, inconfundible), dedicado al paisaje y a alegorías diversas, Luis Palomares (Huaniqueo, Michoacán, 1932) es un ejemplo de cómo se generó en nuestro país el modernismo visual a la mexicana, es decir, cómo surgió una pintura completamente nativa, dueña de sí, a partir de la influencia de las vanguardias europeas, a lo largo del siglo pasado.
Esto me parece lo esencial y lo recapitularé brevemente porque el hecho es que muchos autores de la generación de Palomares han sido modernos… pero a la europea, es decir: epígonos entusiastas de estilos y autores que los cautivaron, pero sin comprenderlos a profundidad, por lo que han cultivado imitaciones más o menos audaces, revisitaciones más o menos afortunadas, pero sin hacer de la pintura lo que debe ser: energía pura, erupción de símbolos y lenguaje nuevo. El propio maestro Palomares ha participado de tales requiebros, como es natural en todo proceso de búsqueda, pero sus hallazgos son los que valen la pena.
El modernismo en AL
Recordemos ante todo que el modernismo visual llega a América Latina cuando los pintores regionales, instalados en la academia, reciben el impacto del impresionismo francés en los albores del siglo XX y, en una primera reacción, concentran sus esfuerzos en nuevos tratamientos para el paisaje, tocados vivamente por la nueva actitud ante la naturaleza y por la técnica inédita de autores como Monet.
Muy aprisa, apenas en el transcurso de una década o poco más, entre 1910 y 1921, va llegando al continente la poderosa oleada de las vanguardias postimpresionistas, gracias a autores que, habiendo acudido a París y a otros polos de irradiación cultural en Europa, volvieron al terruño y propagaron las nuevas tendencias.
Así fue como arribaron las propuestas estéticas de fauves, cubistas y expresionistas.
No es fácil determinar el momento y el lugar exactos en que el modernismo visual entra así en la región, aunque el crítico Jorge Romero Brest sitúa el antecedente documentado más remoto en Brasil, en 1913, con una exposición de Lassar Segall: un ruso que se nacionalizó carioca. El crítico Juan Acha ubica a Ricardo Grau en Perú y Marta Traba cita la eclosión de autores en Colombia, a fines de los años veinte, muy influidos por la experiencia mexicana previa. Otros focos son Venezuela, Uruguay y Argentina, en tanto que Cuba despierta tarde con las obras de Amelia Peláez y Wilfredo Lam, quienes regresan a la isla apenas en 1934 y 1937, pero a partir de entonces los artistas caribeños avanzan con pasos de gigante.

La experiencia mexicana
En este contexto, el de México es un caso especial. Es el único país donde se generó un verdadero movimiento local: la Escuela Mexicana de Pintura, a partir de las influencias europeas.
Diego Rivera introdujo el cubismo en 1921, al regresar de Francia, e impulsó una renovación visual en la cual también participaron Revueltas, Atl, Charlot, Siqueiros, Montenegro, Leal, Tamayo, Chávez Morado y nuestro Zalce, entre tantos otros.
Hay otro referente: la revuelta armada con que despertamos al siglo XX, pues para cuando Rivera y otros vuelven, México salía de diez años de guerra civil (1910–1920). La Revolución generó un fuerte espíritu nacionalista en una sociedad que ansiaba construir su nuevo rostro. El incipiente Estado mexicano comprendió esa necesidad y alentó cuanto pudiera satisfacerla.
Pero lo importante no fue tanto que “el patrón diera muros” (como me dijo, con una ironía amable, Alfredo Zalce, alguna vez) para la causa del muralismo. Lo importante es que el movimiento armado de 1910 le dio a esa briosa generación de pintores una ideología en la que pudo creer lo bastante como para concebir, a partir de ella, obras modernas nativas, propias, preñadas de tratamientos exclusivísimos que respondían a temas y temperamentos nuestros. En esas obras estuvo muy presente la influencia de las vanguardias del Viejo Mundo, pero sin dictar las reglas de tal renovación visual.
Dos retratos
Si, como se dice, cada persona recrea en su historia individual las estaciones de la historia colectiva a la que pertenece, Luis Palomares es un cumplido ejemplo de este paso de lo académico a lo moderno en la pintura mexicana del siglo XX. Y uno de los grandes aciertos de la curaduría emprendida para esta retrospectiva de homenaje es que, con una valiosa vocación didáctica, dedica una de sus salas a mostrar las estaciones evolutivas en el quehacer de Palomares.
Por cierto, la labor curatorial ha sido emprendida por un equipo encabezado por Raúl Calderón Gordillo y la museografía se la debemos al siempre impecable Pedro Cervantes.
En medio de diplomas, premios y otros documentos diversos que ponen en contexto al homenajeado, el recorrido nos presenta a un autor que, alentado por su madre y aun adolescente, comienza haciendo buenos retratos domésticos donde predomina la necesidad de representar un “buen parecido”, aunque ya hay una organización del trazo que anuncia la garra del futuro artista. Retrato de mi tía Lucy Palomares (lápiz/cartulina, 1945), que aparece en la primera foto de este post, revela con claridad esas virtudes, aún seminales.
Más adelante, dos autorretratos al óleo (EPBA, 1948 y San Carlos, 1952), ya con muchas más herramientas, muestran al aplicado autor que se forma en la academia pero que, por encima de esa influencia, ensaya soluciones que la remonten.
En el autorretrato de 1952, aquí arriba, hay un gran momento. Es una pintura fuerte y segura que, más allá del “buen parecido”, capta la psicología del personaje, cuyo rostro no reposa en la máscara neutra que define al retrato previo de Bellas Artes (debajo de este párrafo), sino que exhibe una actitud precisa: la mirada intensa y de soslayo, la tensión en los arcos ciliares y los labios torcidos en un gesto desafiante. Es un trabajo muy introyectivo. Aparte de lo anterior, en un juego que ya no es en absoluto académico, Palomares incluye en la composición el caballete y el lienzo que sirve de soporte al retrato. Es la pintura dentro de la pintura: un alarde que hoy no nos significa gran cosa, ya que es moneda corriente en el bagaje metafórico visual actual, pero que hace sesenta años era una audacia.
Desnudos y actitud: de la
academia a la vanguardia
Aparecen después varios ejercicios de desnudo pertenecientes al periodo en el que Palomares estudió en San Carlos: apuntes dedicados a mujeres generosamente entradas en carnes (lo cual es excelente porque demanda al dibujante aprovechar la riqueza de texturas y pliegues, al amparo de las condiciones de iluminación y de las posturas que adopta la modelo). En medio de los bocetos elaborados rápidamente, como exige toda sesión de modelaje, hay en la muestra varios estudios más detenidos y meditados, entre los que figura Desnudo horizontal.
Tomo este trabajo como ejemplo y aprovecho la veta didáctica de la exposición para apuntar la importancia de estos ejercicios en la formación de un dibujante o de un pintor. Comparen el ejercicio escolar en carboncillo con una obra posterior, de la etapa ya madura del artista: el óleo sobre tela Éxtasis, que aparece aquí abajo.
En los tres lustros que median entre el dibujo de 1953 y el óleo de 1969 hay un radical salto cualitativo. Éxtasis es una experiencia abstracta muy en deuda con el cubismo (que, de hecho, sentó las bases de la abstracción). Y es una obra mucho más cercana al cubismo de Georges Braque que al de Picasso, cita musical incluida.
Sin embargo, quiero resaltar aquí que para alcanzar esta radical deconstrucción de la figura, primero se necesita ser capaz de construirla. Quiero decir que los años previos de disciplina en la academia, entregados al estudio de modelo, son el cimiento que le da firmeza y libertad a un trabajo como este. Es una experiencia que las generaciones jóvenes suelen soslayar, azuzadas por el apremio de darle rienda suelta a su mundo interior, lo cual es comprensible.
No obstante, el dilema es de hierro: para romper las reglas primero hay que ser capaz de someterse a ellas, pues de otro modo no se las puede conocer y sin ese conocimiento no pueden ser remontadas ni puestas a prueba de una manera fecunda.
Lo que Palomares ha hecho en Éxtasis es emplear la luz para definir y dotar de energía propia a una sucesión de planos sutiles de color, de los que no sólo echa mano para mediar el espacio, sino para fundir a la figura protagónica con el fondo. La figura, por cierto, ya no procura la representación naturalista, aunque no deje de referir a un personaje. Y el resto de la obra alude a objetos muy reconocibles: la viola, su arco, los zapatos, varias páginas de partituras, un biombo, el diván… pero todo ha sido cifrado rigurosamente a partir de paradigmas geométricos.
Éxtasis articula un abigarrado conjunto de zonas de color limitadas, no por líneas, sino por contornos tonales que las aluden. Pocas, muy pocas de las líneas imaginarias sugeridas por tales contornos llegan a reunirse y unificarse como plano uniforme a causa de las variaciones cromáticas y por la manera en que los trazos así dispuestos dialogan o se confrontan. La impresión que todo esto despierta es la de que la profundidad espacial convencional ha desaparecido, resuelta en la noción de profundidad dinámica. Es, verdaderamente, un gran cuadro. Su triunfo, en términos puramente plásticos, es el modo en que consigue esa unidad de vibración fondo–figura.

Intelecto y emoción
Por increíble que parezca, aún en nuestros días le es difícil al espectador promedio disfrutar y comprender un trabajo como Éxtasis. Muchos son los que dicen, medio en broma y medio en serio, que no le encuentran el chiste a “un monigote que hasta un niño podría dibujar”. Haciendo a un lado el tácito elogio al niño, vale la pena refutar un juicio tan estrecho.
El tránsito que conduce del academicismo naturalista al cubismo no es una mera cuestión de estilo o manera. Lo subyace una comprensión esencial: la de que el mundo natural ya no basta para revelar a un hombre cada vez más sutil, más espiritual, y que es preciso ir más allá de las formas concretas habituales, a fin de ingresar a un mundo de mayor pureza expresiva: el de la geometría y la abstracción.
Como es evidente, tal afinación de la mirada exige un ascetismo plástico que pasa por el tamiz del intelecto. Pocos movimientos visuales han sido tan cerebrales como el cubismo y sus valores esenciales: la estereometría y la poli–perspectividad. Pero, naturalmente, esto no quiere decir que carezca de emociones. Al contrario, son tan intensas como cualquier emoción, aunque de un orden distinto al del mero sentimiento.
Esto puede parecer extraño, pero el hecho es que el intelecto tiene sus propias emociones. Cualquier matemático (a condición de que sea bueno y se haya observado a sí mismo), puede confirmarlo… aunque tampoco es preciso abandonar el ámbito de lo artístico. Quizás nadie lo haya dicho mejor que nuestro Ángel Zárraga (a pesar de su ideología extremadamente conservadora), cuando escribió así de su experiencia y la de sus colegas en el cubismo: “Para los pintores de mi generación la intersección de dos planos produce un placer de otro orden, pero de la misma calidad que la modulación de un verde o de un lila para la generación impresionista”.
La frase, maravillosa, no es ninguna tomadura de pelo; es, simplemente, la revelación de una verdad que se les había hecho carne.
Otro notable ejemplo de esto en la exposición Esencia de la realidad es el óleo Máquina humana (1976), arriba de estas líneas. Noten que el plano alcanza su mayor expresividad cuando se libera del yugo representativo y se despersonaliza en el ritmo (que, en términos visuales, es sucesión en un espacio). Al seguir esta vía y al disociar la línea del color en composiciones de estructuras y planos sobrepuestos, el autor abre una luminosa posibilidad: la de la ensoñación poética de los signos.

De la representación a la
síntesis: apuntes al paisaje
El camino que conduce al maestro Palomares del paisaje naturalista a su reinterpretación sigue un trayecto semejante.
Como el propio autor comentó durante la inauguración y como consignan Rosalía Ruiz y Juan García Chávez en una cédula de sala, el primer ideal al que aspiró el autor fue la pintura de José María Velasco. De esa aspiración dan cuenta trabajos como Iztaccíhuatl (1956) o el acrílico Panorámica de Huaniqueo (1965), en los que el naturalismo procura participar de la grandiosidad telúrica de los escenarios naturales de Michoacán y del país.
Muy pronto, sin embargo, el realizador comienza a ensayar en sus paisajes soluciones sintéticas que develen lo esencial: planos y líneas, así como las relaciones tonales del color. Es así como consigue obras tan puras como en el acrílico Paisaje (1969).
Como se ve, Palomares aprovecha las lecciones del cubismo para aumentar el valor de las imágenes a partir de tratamientos de síntesis abstracta. Aquí, el temperamento del autor es como el de un Cézanne hiper-geometrizado. Y lo que representa, más que el paisaje en sí, es un estado de ánimo filtrado por una poderosa vehemencia intelectual. Gracias a la atención que le presta a la línea, a la vez como acento y como deconstrucción de planos, enfatiza con precisión los objetos del mundo visible, a los que dota de una gran potencia lírica.
Sin embargo, Palomares se desmarca pronto de este camino, que lo conducía a una dimensión demasiado etérea para su temperamento, y opta por el retorno a una pintura fuerte, telúrica, donde el colorido (que en sus mejores momentos tiene la virtud del canto), establece como sello personal el permanente contraste entre rojos y azules de tonalidad diversa, así como el juego con los malvas, violetas y morados intermedios. Un temprano ejemplo de esta trayectoria es el acrílico Minas (1974).
Cálido, matérico y más decididamente realista, Palomares es aquí más cercano al doctor Atl que al Cézanne previo. Digamos que deja aflorar al romántico del tono y la línea que lleva dentro y se transforma en una suerte de neo impresionista, cuya singularidad consiste en que trabaja con planos en lugar de puntos.
Obras más recientes, como el acrílico Ojo de agua (2001) muestran cómo se depura esta trayectoria hasta alcanzar fuerza y limpieza, tanto en la composición como en el juego con los tonos y las tensiones.
En lo personal, sin embargo, yo me quedo con los trabajos más abstractos de la década de los sesenta y el embeleso metafísico que se desprende de óleos como En el estudio (1968), que despide una poderosa aura de vibrante concentración.
Contraparte al virtuosismo
Finalmente, por ahora, también hay que hablar de la contraparte al virtuosismo.
En aquellos casos donde las obras no alcanzan “sus mejores momentos”, Palomares se agota en ensayos para monumentalizar pequeñas sensaciones. La pericia técnica, innegable, está presente, pero no logra ser revestida por las ideas y sugestiones prominentes de otros lienzos
Caballo apocalíptico, por ejemplo, es un trabajo en el cual, a pesar de su pulcritud, el autor no logra penetrar el alma de su tema. El obstáculo no es ninguna carencia de virtuosismo técnico, sino un asunto de actitud. No cree lo suficiente. De allí –infiero– la incapacidad para remontar la simple alegoría a fin de llegar hasta el símbolo, o el impedimento de resolver la distorsión figurativa más allá del rasgo caricaturizado. Una defensa bienintencionada de este lienzo podría aducir, razonablemente, que el lúgubre tema ha sido arropado con la actitud cómplice y festiva con que el talante mexicano suele “codearse con la muerte”, pero el argumento no me convence. Es un cuadro pseudo cubista, con ciertos guiños al Guernica picassiano, pero al que le cuesta remontar la mera ilustración o que, en el mejor de los casos, no concilia con éxito la dimensión épica propia del tema con el tratamiento extrañamente amable, decorativo, de la resolución.
Algo parecido ocurría hace unos años con la participación del maestro Palomares en el mural colectivo para el Supremo Tribunal de Justicia de Michoacán (2009), donde le correspondió el segmento dedicado a la Revolución Mexicana.
Afortunadamente, más allá de esos momentos de flaqueza, Luis Palomares es un autor reflexivo y metódico que razona activamente sobre los modos de componer los contenidos de sus lienzos. El procedimiento es generalmente exitoso y a través de él mantiene frescos los impulsos, a la vez que los depura hasta lograr una idea que reviste su intuición sensible.
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