Un total de setentaiuna obras que dan testimonio de la vocación pictórica en Michoacán y de su contexto sociopolítico durante el virreinato (del siglo XVI a los albores del XIX) constituyen el contenido del primer volumen de Pintura Virreinal en Michoacán. El libro es fruto de las investigaciones coordinadas por la doctora Nelly Sigaut desde el año de 2007 al seno del Seminario Permanente de Estudios de Pintura en el Occidente de México.
La obra, que debió aparecer el año pasado, fue una de las víctimas del desastre económico que le ha heredado al estado el gobierno de Leonel Godoy Rangel, ya que su edición se pospuso por falta de fondos de parte de la pasada administración en la Secretaría de Cultura.
Las obras que documenta este trabajo, muchas de ellas anónimas, están organizadas en cinco apartados temáticos. Las primeras doce se ocupan de temas marianos. Otras siete corresponden a lienzos que aluden al personaje de Cristo. Cuarentaidós más se dedican a las imágenes de santos canonizados. Otras cuatro son retratos y, finalmente, las seis restantes tratan de temas alegóricos.
Para presentar la edición, que es apenas la primera parte de un proyecto de largo alcance que procurará documentar las expresiones de arte virreinal en todo el territorio del actual estado de Michoacán, se organizó una velada en el Museo de Arte Colonial, en Morelia, el viernes 20 de julio.
Los comentaristas de la noche fueron, todos ellos, expertos en el arte novohispano durante la Colonia: el doctor Oscar Mazin, titulado por la Escuela de Altos Estudios y Ciencias Sociales, en Francia; especialista en el estudio de la iglesia y la sociedad novohispana y el imperio español en los siglos XVI y XVII. El doctor en historia Manuel Ramos Medina, director del Centro de Estudios de Historia de México, en Chimalistac, y Tomás de Híjar Ornelas, maestro del Seminario de Guadalajara, titular de la parroquia de Santa Teresa, en el centro histórico tapatío, e investigador de los mártires de la Cristiada.

Doctor Mazin: obra y contexto
El doctor Mazin recordó que este catálogo procede del Seminario de Estudios de Pintura en el Occidente de México, que estuvo precedido por un levantamiento que ella misma efectuó desde 1993 en el convento de San Agustín, para repertoriar la pintura que en él existe.
Entre los rasgos importantes de la obra, señaló que los estudios incluyen un breve análisis de los modelos iconográficos de los que proceden las imágenes, así como una descripción formal de cada cuadro. “También se destacan las circunstancias o procesos propiamente históricos del Michoacán de los siglos XVI al XIX, mediante los cuales los autores se esfuerzan por dar cuenta de la factura, el arraigo local, la procedencia, la circulación y el destino de las pinturas”.
Celebró el hecho de que “nos encontramos con que este catálogo es impensable sin el concepto de ciudad episcopal, como lo fueron Valladolid de Michoacán, Puebla de Los Ángeles o Oaxaca. Y es que la ciudad episcopal fue la entidad que vertebró el orden social en Hispanoamérica. La monarquía indiana, es decir, el imperio español en América, fue un imperio hecho de ciudades y sin la ciudad no se entiende ese imperio”.
Al interior de ese orden, evocó que fue en torno de las iglesias catedrales que “se dieron una serie de condiciones más o menos regulares y duraderas que permitieron la organización de numerosas gentes, grupos y corporaciones”.
También destacó el papel del material en la comprensión de las fundaciones de obras pías que permitieron el florecimiento de templos y colegios, así como de la práctica de las artes ñpara embellecerlos.
“En Valladolid de Michoacán, el Colegio de Santa Rosa María tuvo su origen en la fundación de obras piadosas por parte de obispos y de canónigos. La iglesia de San José nació como una simple ayuda de parroquia de la catedral. El Colegio de Infantes de la catedral arrancó de las fundaciones de becas para muchachos por parte de algunos canónigos, mismas que coronó la liberalidad del obispo Sánchez de Tagle. En fin. La iglesia de Nuestra Señora de Cosamaloapan, otra ayuda de parroquia surgida en el antiguo barrio de San Francisco, resultó de las fundaciones piadosas de un grupo de canónigos originarios de la diócesis de Puebla. Y así podríamos seguir enumerando los orígenes en términos de obras pías o de fundaciones por parte del clero catedral que tuvieron las distintas corporaciones”.
Desde esa perspectiva destacó, como motivo privilegiado de estudio, la importancia de la diócesis como unidad geopolítica. “Desde tiempos del imperio romano, que se apoyó de manera original sobre una trama de poderes locales organizados en torno a la ciudad, en las Indias, es decir en la actual Hispanoamérica, la unidad básica en la que dichas ciudades florecieron, fue la diócesis”.
“Esta demarcación no es exclusiva de las fuentes de origen eclesiástico, y no lo es porque en el centro de la Nueva España la diócesis llenó el vacío suscitado por la estrechez del territorio comprendido por las Alcaldías Mayores y la jurisdicción sumamente vasta de las reales audiencias de México y de Guadalajara”.

Manuel Ramos: apuntes al proyecto
El segundo presentador de la velada, Manuel Ramos Medina indicó que con este volumen se inicia una serie editorial que apoyará generosamente a los investigadores del arte novohispano, además de ofrecer una herramienta para un público amplio interesado en los recintos religiosos y conventuales del territorio michoacano.
Consideró que tanto el seminario como el libro editado por el Colmich y el Centro de Investigación y Documentación de las Artes de la Secum. “son, sin duda, un ejemplo que envidiarían otros estados carentes de este tipo de apoyos culturales y pienso concretamente en el estado de Hidalgo, que tanto necesita investigaciones de esta clase para preservar su patrimonio”.
Indicó que la distribución metodológica de los contenidos,en cinco temas, fue planteada por la doctora Sigaut en un trabajo que originalmente iba a estar dedicado sólo al estudio de las pinturas del templo y convento de San Agustín, en Morelia. “Previamente –evocó–, la doctora había catalogado el conjunto restaurado por Adopte una obra de arte A.C. para la dirección de Sitios y Monumentos de Conaculta, en 1993. Así se estudiaron 93 pinturas correspondientes a los siglos del XVII al XIX y este fue el antecedente para que el Seminario Permanente de Estudios de la Pintura del Occidente de México tomara bajo su responsabilidad el estudio del conjunto”.
“Felizmente –dijo– la tarea se salió completamente de los márgenes y se siguió con el estudio y catalogación del acervo que se conserva en Michoacán en sitios alejados y poco difundidos. Y con esta primera publicación se forjan los cimientos de un ambicioso proyecto que pretende reconstruir la historia de la pintura del periodo de la administración española desde el siglo XVI hasta principios del siglo XIX”.

Entre otros puntos de interés, el ponente llamó la atención hacia el hecho de que en este volumen resalta la imagen de María, la madre de Jesús.
“Casi todas las catedrales de las diócesis de la Nueva España y del Perú llevan la advocación de la Purísima Concepción. ¿Por qué tan presente esta imagen? Este tema nos lleva a los tiempos remotos de los pueblos mediterráneos, donde la figura de la Diosa Madre fue venerada. Desde el siglo XIV el rey Juan de Aragón tomó la iniciativa de apoyar la Inmaculada Concepción como emblema de su corona y, posteriormente, lo asumieron los reinos peninsulares. Fue el rey quien decretó, antes de morir, la celebración de la fiesta solemne en todas sus posesiones, así como la pena de destierro a los opositores del misterio de la purísima concepción, incomprensible por la razón”.

Un crisol imbatible: Tomás de Híjar
Finalmente, Tomás de Híjar Ornelas recordó que, a raíz de la consumación de la Independencia, a fines de septiembre de 1821, a los mexicanos les dio por construir su casa, comenzando por la bóveda. De modo que a un malogrado imperio sobrevinieron otras fórmulas que deambularon de la república federal a la centralista, restauraron el imperio, retomaron el camino republicano que hasta la fecha conservamos. “Después fue necesario echar los muros, abrir los vanos, hacer el trazo y, por último, sustentar el edificio en sólidos cimientos, tarea que permitió, al calor del nacionalismo de los años treinta del siglo pasado, reconocer con humildad que éstos ya existían. Que eran milenarios. Y que a ellos se añadieron de manera compleja y singular, Europa, África, Asia y Oceanía, en un crisol tan rico que ni siquiera el embate brutal del consumismo global de nuestros días ha podido desdibujar”.
“La contribución a ese proceso no podría entenderse sin la participación activa y fecunda de dos matrices: la religiosidad amerindia anterior a la agregación de los territorios de la América continental a España y la peculiarísima raigambre de la cultura hispana del siglo XVI, modelada por raíces judeocristiano-musulmanas, de suerte que la Evangelización en estos territorios terminó siendo un crisol cuya amalgama resultó diversa, plural, heterogénea e inagotable”.
“¿Cómo prescindir entonces, para alcanzar una comprensión sumaria de estos capítulos primigenios de una cultura, de una civilización nueva y distinta a las que hasta entonces componían el mosaico etnográfico de la faz de la tierra, de estos testimonios icónicos que nos transmiten de forma inmediata ideas y sensaciones valiosas en su tiempo para comunicar lo que aquí estaba pasando?”
“En esto radica la importancia de cobrar conciencia de la tarea que este volumen abre hacia un perímetro superior al que tuvo inicialmente. Lo que en su momento fue una negativa rotunda para secundar un proyecto estético laudable, ha terminado siendo el inicio de un largo derrotero donde podrán incorporarse de manera gradual e interdisciplinaria tanto los estudios de los fenómenos sociales como las más diversas y variadas ciencias interesadas en articular lo que pasó en su tiempo para conformar el presente que hoy protagonizamos y el futuro que les aguarda a quienes tomen de nuestras manos la estafeta”.
“Encontrará el lector y el espectador en los capítulos de esta obra contenidos teóricos y visuales planteados desde una lectura ágil, bien calibrada y armoniosa, tejida en cinco apartados que no siguen un orden jerárquico o eclesial, si bien éste los produjo, sino un orden entrañable y afectivo, el del pueblo para el cual fueron hechos estos cuadros”.
“Mucho hemos de agradecer a los autores su respeto y ecuanimidad éticas al abordar cada una de las 71 obras; su actitud propositiva no sólo supera los criterios esteticistas de una percepción estilizada que redujo a los historiadores y críticos de las Bellas Artes, desde su parcial visión eurocéntrica decimonónica a transformarse en una suerte de jueces implacables, dedicados a confinar con adjetivos peyorativos las más de las veces las producciones que no alcanzaban a pasar el estrecho cuello de una botella ajena a su impronta espacio-temporal”.
“Vemos así cómo el ícono, liberado de prejuicios, se transforma en un documento y en un soporte de información de excepcional valor, recobrando desde la lectura in situ una dignidad superior a la que pudiera tener suspendido a los muros asépticos de una galería, de un museo o de una colección particular. Además, la vista del conjunto suspende por un momento casi milagroso los desperfectos ocasionados por el manoseo y el vandalismo de restauraciones brutales y muy desafortunadas”.
“Convertidas en documentos visuales, estas obras se vuelven una fuente copiosa e integral de capítulos enteros donde venimos a enterarnos de las gestas protagonizadas por los ascendientes de quienes estamos aquí, desatando una energía incontenible, para la cual las etiquetas de arte colonial, religioso, sacro o cristiano, se vuelven insuficientes, inútiles y parciales. Arte, simplemente, en la más lisa y pura de sus acepciones: virtud y disposición para hacer algo. El que en su tiempo estuvo al alcance de autores regionales y locales, anónimos los más, identificados unos pocos: los Becerra, Juan de Sámano, Manuel de Tapia… quienes nos impelen hoy a reconocer las motivaciones humanas y trascendentes de su tiempo, su legítimo derecho a seguir expresando sus anhelos, tan válidos como los nuestros, pero que durante mucho tiempo fueron desdeñados, al grado de sólo quedarnos exiguos despojos de un patrimonio despreciado por incomprendido”.
“Esta noche -concluyó-, cuando el pillaje y el mercantilismo adquieren un renovado furor bajo la modalidad del saqueo y el robo, tan despiadado o más como el de los iconoclastas del pasado, alzan su voz y se hacen oir estos artistas para revelarnos, gracias a los esfuerzos de catálogos como el confeccionado por Nelly Sigaut y su equipo, que sin su léxico el nuestro quedaría mutilado e ininteligible en sus aspectos esenciales”.

Sigaut: apuesta a la continuidad
Al final de la presentación, la doctora Nelly Sigaut tuvo una breve intervención para agradecer el esfuerzo invertido en la edición de este primer volumen de estudios sobre la iconografía colonial en Michoacán. Celebró la colaboración de los fotógrafos que hicieron el levantamiento de imagen y, de manera particular, hizo un público agradecimiento al actual secretario de Cultura, Marco Antonio Aguilar Cortés, quien no solamente reasignó recursos para editar el trabajo, sino que se ha comprometido a garantizar el tiraje de, por lo menos, los próximos dos volúmenes de la serie, saldando de este modo la deuda contraída por la gestión anterior de la Secum y afianzando un proyecto de divulgación que, entre otros valores, tiene el de coadyuvar a conocer y a proteger el patrimonio artístico de la entidad.
EN VIDEO / Yo soy Rachel Corrie

La tarde del domingo 16 de marzo de 2003, en la ciudad de Rafah, hacia el sur de la franja de Gaza, la joven activista de los derechos humanos Rachel Corrie, de apenas 23 años de edad, se dejó caer de rodillas frente a un bulldozer israelí para hacer las veces de un escudo humano e impedir el avance de la máquina, que se ocupaba de demoler viviendas de los refugiados en la zona de conflicto.
El enorme Caterpillar D9 del ejército israelí no se detuvo y arrolló a la muchacha, que se sobrepuso a sus heridas internas por casi una hora, pero que falleció poco después de arribar en ambulancia al hospital de Najar.
Estos son los hechos, ampliamente documentados en redes alternativas de derechos humanos y particularmente de los movimientos a favor de los refugiados palestinos agredidos por el estado de Israel.
Tan sólo unas horas antes de su muerte, Corrie le había escrito el siguiente correo electrónico a sus padres, en Olympia, Washington, Estados Unidos:
Esto tiene que terminar. Hemos de abandonar todo lo demás y dedicar nuestras vidas a conseguir que esto se termine. No creo que haya nada más urgente. Yo quiero poder bailar, tener amigos y enamorados, y dibujar historietas para mis compañeros. Pero también quiero que esto se termine. Lo que siento se llama incredulidad y horror. Decepción. Me deprime pensar que ésta es la realidad básica de nuestro mundo y que, de hecho, todos participamos en lo que ocurre. No fue esto lo que yo quería cuando me trajeron a esta vida. No es esto lo que esperaba la gente que vive aquí cuando vino al mundo. Éste no es el mundo en que tú y papá querían que yo viviera cuando decidieron tenerme”.

De todo esto se ocupa el extraordinario unipersonal Yo soy Rachel Corrie, que adapta La voz de Rachel Corrie (2005, a partir de la correspondencia de la activista, editada por el dramaturgo Alan Rickman y la periodista Katharine Viner).
La obra, ahora en versión de Édgar Álvarez Estrada y con la actuación de María Inés Pintado, protagonizó con enorme dignidad la segunda jornada del festival de monólogos Teatro a una sola voz, ofrecida en Morelia este lunes por la noche.
Dos cosas sobresalen en este trabajo.
Primero, la austeridad emotiva de toda la puesta, que lucha exitosamente contra cualquier tono melodramático para ir en pos de emociones reales, vivas, en las cuales consigue encarnar y despertar procesos de reflexión profundos. Segundo, la excelente interpretación de Pintado, que instalada en un tono realista que el mismísimo Lee Strasberg le aplaudiría, logra inyectarle a su personaje un áura que va de lo cotidiano a lo terrible con la más absoluta naturalidad.
Estos dos factores crean en el escenario una experiencia llena de dignidad porque está henchida de veracidad escénica.
El asunto de evitar el melodrama es, aquí, particularmente importante. El hecho es que, con una gran sabiduría escénica, tanto Álvarez Estrada como Pintado comprenden y comulgan con el espíritu del monólogo original y asumen despojarlo de cualquier sensiblería. Y es que la sensiblería, aunque da muchos bonos en lo inmediato, siempre termina escatimándole dimensiones a la profundidad. Esto es así porque las fuertes emociones que desata el melodrama impiden pensar (de allí, por cierto, que la telenovela sea el género favorito en nuestro país: mantiene al rebaño cómodo y conforme).
Aquí, en cambio, de lo que se trata es de una serie de sentimientos reales que van aflorando y adquiriendo su propia forma (de la candidez inicial a la indignación del final) con un ritmo exquisito, a momentos agónico, a momentos entusiasta.
Por otro lado, la puesta también se ahorra el final tremebundo (de hecho, el desenlace ocurre fuera de lo escénico, en lo parateatral, gracias al recurso del video y la multimedia).
Mientras tanto, tras presentarnos a la joven Raquel desde un cuadro de enorme potencia alegórica (la muchacha que despierta, que abre los ojos al mundo buscando un lápiz), el trabajo se ocupa de presentarnos los antecedentes y las perspectivas de este personaje de clase media que aspira a ser poeta (no en valde admira a Rilke) y que va descubriendo el mundo y encontrando los canales para manifestar ese inconformismo que la acompaña desde temprana edad.
En rigor, tras el episodio en que Rachel nos habla del significado de su nombre como el de un cordero, florece la metáfora fundamental de este bello trabajo, que no es sino el ejercicio de mostrarnos los motivos y las razones de un cordero de holocausto que va cobrando conciencia del mundo en el que le ha tocado vivir y que, más o menos conscientemente (ahí está la escena del sueño) va asumiendo el riesgo supremo de sus prácticas como militante de los derechos humanos en el violento escenario de la franja de Gaza, donde el indefenso pueblo palestino sufre los embates del cuarto ejército más poderoso del mundo: el del Estado de Israel.
Yo soy Rachel Corrie es, pues, un exquisito (aunque doloroso) ejercicio de conciencia política. La manera en que lo emprenden Édgar y María Inés nos muestra lo estremecedor que puede ser un hecho escénico cuando asume ocuparse de un problema de actualidad.
Les comparto, aquí abajo, uno de los numerosos videos que en Youtube se ocupan de Rachel Corrie.
Y a los responsables del trabajo de antenoche: gracias por la experiencia.


 
Hoy andaría rondando los 105 años de edad y habría sobrevivido a todos los artistas de la generación de la Escuela Mexicana de Pintura, a la cual perteneció. Quién sabe si tal longevidad le habría arrebatado, a cambio, el aura de leyenda que la rodea y que la ha convertido a ella y a su obra en epicentros de la Fridomanía: esa fascinación por Frida Khalo que oscila entre el esnobismo, el homenaje y el folclor.
Lo cierto es que, como tantos otros personajes–ícono de la devoción popular, Frida Khalo murió temprano, apenas a los 48 años. Pero a casi seis décadas de su muerte, ocurrida en 1954, su presencia permanece muy viva en el imaginario de aquella clase media de la que formó parte.
Una prueba (por si hiciera falta) es el monólogo ¡Soy Frida! ¡Soy libre!, escrito hace apenas seis años por el prolífico dramaturgo y médico cirujano Tomás Urtusástegui (DF, 1933). La más reciente versión de esta puesta abrió el domingo, en Morelia, en el foro La Bodega, la extensión Michoacán del festival de monólogos Teatro a una sola voz, que cumple en tierras pirindas la última etapa de su circuito nacional.

Contexto y apuntes
Distribuido en siete monólogos y en tres cuadros musicales delicadamente coreografiados al amparo de sentidos temas de Chavela Vargas, el monólogo ¡Soy Frida! ¡Soy libre! congregó a un público muy numeroso. Y es que no había pierde. Para la mayoría, fue la oportunidad de un reencuentro con su amoroso y combativo fetiche. Para los que realmente sabían, fue además el privilegio de comulgar con las intensidades del tándem Aura/Muro, que se reunió en este proyecto luego de cosechar merecidos éxitos con la fuerza y eficacia de Mujer on the border, que vimos aquí en Morelia en octubre de 2008, dentro de la Semana Nacional del Migrante.
Fue una gran noche. Una noche con Martha, una noche con María. Y, gracias a ellas, una cumplida noche con Frida.

EN VIDEO / Aspectos del monólogo inaugural

¡Soy Frida! ¡Soy libre! es un homenaje. Como escribía líneas arriba, fue concebido por Tomás Urtusástegui, con el fin de conmemorar el centenario natal de la artista, celebrado en 2007. El autor, que lleva escritas, al día de hoy, 337 dramaturgias, concluyó la que nos ocupa en 2006 y al año siguiente, hacia octubre, la actriz Martha Aura prestó su voz para una lectura dramatizada de homenaje que se transmitió por Radio Educación a nivel nacional. Desde entonces, el monólogo ha sido montado dos o tres veces, una de ellas en reclusorios de Chihuahua, durante 2008. Pero la versión más significativa es la que pudimos compartir el domingo. Esta versión viene de cumplir una amplia temporada en el foro La Gruta, en el DF, que comenzó en 2011.

Como el homenaje que es, ¡Soy Frida! ¡Soy libre! recapitula sobre la vida de su protagonista. Es un conjunto de breves crónicas y reflexiones acerca de la mujer que nos legó, como testimonio de su paso por este mundo, un centenar de obras, la mayor parte de ellas autorretratos que con ávida vehemencia alegórica se ocupan de registrar las estaciones de permanente deterioro de su fisiología, tras las secuelas de su poliomielitis infantil y del violento accidente de tránsito que en plena juventud (a los 16 años, en 1923) le destrozó la cadera y la lesionó gravemente de un brazo, una pierna y la columna vertebral. Entre otras secuelas, la tragedia la incapacitó para tener hijos.
Lo interesante con Frida es la manera en que afrontó los desafíos de su condición y salió adelante.
Condenada a largas estadías en cama, encontró su vocación en la pintura y tuvo la suficiente presencia de ánimo para ir a buscar a Diego Rivera, ya célebre en ese entonces, para pedirle opinión y consejo sobre su trabajo. Los dos se enamoraron y formaron una de las parejas más extraordinarias del siglo XX en México. Los apodaban “el sapo y la paloma” (Diego tan corpulento, desgarbado y de ojos saltones, Frida tan frágil y tan atenta a sus atuendos y apariencia). Ambos militaron en el Partido Comunista Mexicano y participaron de la vida intelectual y cultural del país en aquellos años laboriosos en los que se definían los rasgos de la identidad nacional que emergió de la Revolución Mexicana.

Siete estaciones
En el principio es el nombre.
Inevitable.
Sin un nombre, no se es.
Y el de Frida toma por sorpresa a la misma Frida. “¡Qué nombre!”, exclama. Y procede a desmenuzar las significativas minucias del suyo: Magdalena Carmen Frida Khalo Calderón, tras preguntarse si es el nombre el que muestra el destino de cada uno o si es el destino el que elige el nombre.
He aquí, pues, en el primero de los siete monólogos, distintas conjugaciones de lo nominal.
Es el nombre-juego de palabras: Frida/Freedom, como vocación de libertad desde el bautismo. “Eso he querido y para eso he luchado: para ser libre de amar, decidir, para escoger mi patria, para luchar contra los imperios… para ser mujer; para pintar a mi estilo, no al de otros”.
Es el nombre-anatema desde la tradición judeocristiana que acota nuestra tradición occidental: “ganó mi madre; me puso Magdalena porque sabía que, como la de la Biblia, iba yo a ser una buena puta…una puta arrepentida, pero una puta, al fin y al cabo. Fue Diego, y no Jesús, quien me redimió de mis pecados”.
Es el nombre/reafirmación trágica: “Carmen, como la de la ópera, fue otra puta. Así que yo sería y fui una doble puta. Puta para los hombres y puta para las mujeres. Y, finalmente, un apellido para desatar el hilo de las asociaciones: “Khalo… me suena a cal. En mi vida ha habido más arena que cal. Y yeso. Mil veces lo he tenido. Yeso que ha envuelto mis piernas, mis brazos… mi cuerpo”.

Tras la afirmación nominativa, viene la reafirmación de género en el Monólogo de la mujer. “Soy mujer, y a toda honra”, profiere, calados los hombros con un hombruno saco. Recuerda el placer de vestir prendas varoniles desde joven, para contrariar a sus padres y desafiar las normas en uso, muy consciente del papel de la mujer en el México de la primera mitad del siglo XX: Ninguneada por la religión, sin derecho a la igualdad, al pago por su trabajo, sin la posibilidad de votar.
En un mundo de y para los hombres, “si mis enfermedades me impidieron hacer muchas cosas, ser mujer me impidió muchas más”.
Lo anterior, junto con el reproche de no haber sido nunca reconocida porque “yo era la mujer de Diego, la querida de Diego, la señora de Diego. El pintor era él; yo me divertía dibujando”.
Las reflexiones concluyen con una atajada revanchista: “Algún día, estoy segura, demostraré que soy tan o más importante que Diego Rivera y todos los demás. De mí se hablará más que de ellos. Quiero probar que, si los hombres tienen güevos, las mujeres tenemos ovarios, y que estos son más valiosos. Sin nuestros ovarios nadie existiría en este mundo”.

En el tercer monólogo, dedicado a los temas del amor y el sexo, afirma desde su diván:
“Confieso que he amado, y no que he vivido, como diría Neruda. Y he amado a un solo hombre: a mi Diego, a mi gordo, a mi sapo, a mi todo (…). En muchos de mis cuadros lo dibujo sobre mi frente para decir que es mi guía, mi ojo mágico, mi tercer ojo. Todo es por él, y así fue desde que lo conocí”.
“Dicen que me engañaba. Nunca lo hizo. Engañar es decir cosas falsas y él no las dijo. Sencillamente me avisaba que ese dia se iba a acostar con fulana o con sutana. Me daba gusto por él; conmigo no siempre podía hacer el amor por mis enfermedades. Entonces era justo que lo hiciera con otras”.
“Viejas no le faltaron, pero de ninguna se enamoró… Bueno, creo que de una sí: de María, María Félix, la Doña. De ella sí tuve celos… pero me vengué. Logré que la mujer deseada por todos me deseara a mí”.
El apartado le permite asimismo una disgresión acerca de su lance amatorio de mayor altura: su encuentro con el artífice del comunismo ruso, el perseguido León Trosky.

Durante el Monólogo político detalla su amistad con Tina Modotti porque era fotógrafa, como el padre de Frida, y por su ideología. Ella la llevó las juntas del Partido Comunista, donde se quedó porque “ellos decían luchare por lo que yo creía: igualdad de la mujer, bienestar del pueblo, salud y educación para todo el mundo, trabajo y seguridad… y si para lograr eso había que quitarle un poco a los ricos, pues qué gusto. Todo para todos. Era lo contrario de lo que pensaban los norteamericanos: todo para nosotros, nada para los demás”.
Cabe en este segmento un apunte a su fascinación por Antonio Mella (el célebre activista cubano acribillado en la calle, al lado de la Modotti, que salió indemne) y al cual no pudo hacer suyo. Por lo demás, recuerda que Diego también pertenecía al partido “y lo mismo todos los que tenían valor en México”.
El Monólogo del arte da paso a una protesta legítima: “¡Yo no quiero pintar luchas ajenas; yo quiero pintar mi lucha personal! Conmigo misma, con mi dolor”, proferida contra el Diego que la azuza a que pinte murales, a que pinte al pueblo y sus sufrimientos “como buena comunista”, mientras (inquietante declaración sobre el alcance de las influencias del muralista) le ofrece el muro que ella quiera: la basílica de Guadalupe o el castillo de Chapultepec.
Los dos monólogos finales, uno dedicado a La libertad y la mexicanidad y el último al dolor, tienen líneas y trazos contundentes:
“Lucho por la libertad siendo una mujer que no puede ser libre. Soy libre para escoger a quien amo. Y eso es a él, a Diego Rivera. Tan libre soy, que me divorcié de él cuando se me antojó y volví a casarme con él un año después. Soy libre… hasta para darme en la madre a mí misma”.
Y:
“¿De qué soy dueña yo en este mundo? De nada, excepto de mi dolor. Quiero morirme. Morirme de a deveras. Porque de a mentiras he estado muriéndome toda la vida”.
El trabajo cuenta con una producción discreta y muy bien problematizada: media docena de atuendos propios de Frida penden en el escenario, acotando los espacios para una mesita con fotos y otros objetos y la indispensable silla de ruedas. La actuación de Martha Aura, instalada por completo en el realismo, brinda matices e intensidades con precisión milimétrica y remonta incluso dos brevísimos lapsus que, de hecho, casi ni se notan porque el personaje sigue vivo, de carne y sangre, a despecho de los mínimos deslices.
Una velada cumplidora.


EN VIDEO / Velada de homenaje
La proyección de dos cortometrajes, la composición de un versificador, los comentarios de tres escritores locales, una intervención institucional a cargo del Secretario de Cultura y la lectura en formato de teatro en atril de la dramaturgia Orquídeas a la luz de la luna, inscrita dentro del programa federal Leo… luego existo, conformaron una velada de homenaje a la figura y la obra del escritor Carlos Fuentes, quien falleció el pasado mes de mayo. En total, ocho espejos humeantes, veteados de colores y alcances precisos, para reflejar otros tantos catetos de uno de los mayores escritores mexicanos del siglo XX.
El acto, organizado por la Secretaría de Cultura de Michoacán, tuvo como sede el teatro Melchor Ocampo, el martes 24 de julio, e incluyó dos pequeños stands en los que se estuvieron vendiendo títulos del autor nacido en Panamá en 1928.

Las dos Aura: Fuentes desde
la mirada del corto universitario

¿La cámara, María? ¿La cámara es nuestra salvación? ¿En la cámara se reúnen nuestras oraciones? ¿La cámara es nuestro altar común?
Carlos Fuentes / Orquídeas a la luz de la luna

La velada comenzó con la proyección de dos cortometrajes de factura universitaria inspirados en Aura (Carlos Fuentes, 1962), el relato más popular del autor. Se trató de Aura (Orfi Aguayo, Edgardo Arredondo, Sheyla Carrasco, José Luis Alanís y Daniel Peraza, 2010) y del filme animado Los ojos del Deseo (Humberto Isaías Garrido y Yazmin Sánchez Martínez, 2011).
Todos, supongo, conocen la historia y su tema: conducido por un anuncio clasificado, el joven historiador Felipe Montero acepta trabajar para la muy anciana señora Consuelo, ordenando los manuscritos de su difunto esposo, el general Llorente, en una antiquísima casona de la calle Donceles, en el centro histórico del DF. Allí, Felipe queda flechado por la belleza de Aura, sobrina de Consuelo, y desde ese primer momento la atención de nuestro investigador crece paralela entre el deseo de acercarse a la muchacha y la necesidad de desentrañar los acertijos que le van anunciando los viejos diarios y carpetas que revisa, en los que halla pistas de la estrecha relación que guardan las dos mujeres y el autor de los documentos. Cartas antiguas, correspondientes a “las fechas de un siglo en agonía”, así como añejas fotos de 1876 y 1894, revelan finalmente las claves que conducen a un desenlace (muy similar, por cierto, al del filme El resplandor, de Kubrick), que se ocupa del tema del Eterno Retorno tal como lo plantea Nietzche en su Zaratustra y en Gaya ciencia, y que pone en tensión los conceptos antagónicos de determinismo y libre albedrío en un escenario de reminiscencias góticas a la mexicana y de relatos de brujas y vampiros.
De todo lo anterior, el filme Aura, ópera prima de la firma PerroNoble Films, conformada por egresados de la Universidad Anáhuac Mayab y ganador del primer lugar en el concurso yucateco de cortometraje inter-universitario Alternoflexia, en 2011, logra un guión respetuoso y austero, pero una puesta en escena que sufre a causa de una iluminación muy mal resuelta y de un ritmo con un timming pobre.
La cinta fue filmada en el invierno de 2010, en Mérida y sólo cabe esperar a conocer nuevos trabajos de este grupo porque, a pesar de sus carencias, también hay en este corto valores germinales de interés, particularmente en la dirección de arte.
En cuanto a Los ojos del deseo, su mayor valor radica en el tratamiento anime que ha recibido. Tratándose de un material concebido por una generación joven, la fusión oriente-occidente es pertinente como una influencia viva. No sólo en lo formal, sino en lo temático. Recordemos solamente que en la tradición japonesa del relato fantástico la mujer es el personaje que lleva sobre sí las más altas responsabilidades espirituales para manifestar a las potencia del bien y del mal. Este rasgo se integra muy bien a una de las facetas del relato de Carlos Fuentes. Una moderada incursión en el terreno de la animación erótica también es coherente, tanto con los contenidos del relato original como con ciertas vertientes del anime y de los OVA japoneses (aunque no es ecchi [falta lo cómico] ni mucho menos hentai).
El resultado es parco, aunque revela audacias que, de madurar, serán fecundas. Bien, por lo pronto, aunque sea “bien a secas”, para los chicos de la facultad de teatro de la Universidad Veracruzana.

Que el pueblo conduzca al
país hacia el nuevo milenio

Lo interesante es ver qué pasa cuando entramos en contacto con alguien que nos pone en duda y que, sin embargo, sabemos que nos hace falta. Y que nos hace falta porque nos niega.
Carlos Fuentes / Las dos Helenas

En la primera de tres intervenciones, el escritor, teatrista y promotor cultural José Luis Rodríguez Ávalos señaló que México es un país de muchas preguntas y pocas respuestas. “Quienes se aprontan a dar respuestas no solicitadas son los políticos; con ellas aportan numerosas pistas acerca del por qué del hundimiento de México por parte de los mismos políticos”.
Continuó: Carlos Fuentes propone en Los cinco soles de México, ese trabajo ensayístico del año 2000, una serie de cuestiones interesantes. Sobre todo porque en aquel momento está por inaugurarse el nuevo siglo y el nuevo milenio. Allí se hace una serie de cuestionamientos, muchas preguntas que todos nos hemos hecho alguna vez desde que México es México y lleva ese nombre. Se pregunta qué es México, qué somos nosotros. De dónde venimos y hacia dónde vamos.
Y en vez de respuestas, formula propuestas. Propone que sea la gente, no los políticos, la que conduzca a este país hacia el nuevo siglo. Con esto no quiero decir que los políticos no sean gente sino que, al tener un cargo, al tomar las riendas de un gobierno, los políticos adquieren otra connotación. Dejan de ser pueblo o, más bien, el pueblo espera que ellos ayuden a resolver nuestros problemas.
Quizás Carlos Fuentes, planteando algunas de esas antiguas y hoy casi ignoradas propuestas del marxismo, dijera que si el pueblo, junto con sus gobernantes, conducen al país, este llegará a buen puerto.
Esto es en Los cinco soles. Quienes no escatiman esfuerzos sociales, políticos e intelectuales para denunciar las traiciones de los políticos, son los artistas, los escritores atentos a la historia, el devenir y la actualidad del país en el mundo.
Hoy nos reúne la Secretaría de Cultura como representantes de tres generaciones y, claro, yo soy el que represento a la más antigua: por eso me ponen primero. Vamos a reflexionar en torno a la obra de Carlos Fuentes, uno de esos escritores que llegó a erigirse en faro de la crítica mexicana, vanguardia de las letras latinoamericanas, representante de México como diplomático y escritor.
Personaje cosmopolita, le tocó descollar entre muchos otros escritores que dio el México contemporáneo. Ningún país tiene escritores o artistas prescindibles, pero sí hay algunos cuyas letras son imprescindibles. Allí está Carlos Fuentes con una literatura que es monumental de muchas maneras. Desde Los días enmascarados, su temprana publicación de 1954, revela su interés por el México de ayer y hoy, al que vuelve de manera diversa en cada uno de sus libros. Desde 1958, con La región más transparente, habrá de producir casi un libro por año. Entre la investigación, lo historiado, la actualidad, la verdad y la ficción, ingresa a su obra, con retazos autobiográficos, su propia manera de ver la existencia.
En esto creo, se llama esta mesa, para recordar su trabajo ensayístico de 2002 que dedica a su hijo Carlos, fallecido en 1999 y antes de la muerte de su hija Natasha, ocurrida en el 2005.
En esto creo me sirve también para referirme a Silvia Lemus, su esposa durante más de treinta años, después de Rita Macedo, con la que vivió 14 años y con la que procreó a su hija, Cecilia.
Hoy tendremos oportunidad de escuchar a Felipe Nájera con parte de esa comedia de 1982, Orquídeas a la luz de la luna, que es un ejemplo de su poca dramaturgia, de la cual dos son obras: Todos los gatos son pardos junto con El tuerto es rey, ambas escritas y publicadas en 1970, y que fueron escenificadas en Morelia a fines de esa década. Antes de que Todos los gatos… se convirtiera en Ceremonias del alba, en 1991, su dramaturgia se enriqueció con los siete guiones cinematográficos que produjo, dos de ellos en colaboración con Gabriel García Márquez, así como el libreto para la ópera Santa Ana.
Carlos Fuentes no avanza solitario en las sendas de la literatura mexicana. De hecho, es una cara de la moneda, que contiene a Octavio Paz del otro lado. No en balde se mencionó a Fuentes muchas veces para el premio Nobel.
Pero Fuentes viene de muchos escritores. Compartió tiempo, espacio, anhelos y esperanzas con quienes fueron sus contemporáneos y muchos otros le siguen en lo que llamamos el porvenir de las letras contemporáneas latinoamericanas.
Ante la dificultad de elaborar una nómina de quienes ejercieron la literatura con Fuentes, y ni siquiera poder aproximarme al panteón de autores contemporáneos, expongo aquí solamente la perplejidad que le despertó a Fuentes la muerte de dos escritores fundamentales en 2010, ambos mexicanos: Carlos Montemayor el 23 de febrero y Carlos Monsiváis el 19 de junio, sin saber que a él le tocaría coronar la trilogía de los Carlos el 15 de mayo de este año.
Para mayor perplejidad, a nosotros nos toca asistir a la muerte de estos tres Carlos fundamentales y preguntarnos por qué ellos, y no el Carlos que tanto daño le ha hecho a este país.
Han sido tres Carlos que se tocan en todo momento. Carlos Montemayor, con su trabajo entre los grupos étnicos, es de los menos conocidos, pero Fuentes abrevó de allí porque le interesaba ese México, todavía desconocido el día de hoy. Con Carlos Monsiváis compartió una obra destinada a lo contemporáneo, al México de hoy, al México diverso, así como la tarea de presionar al Poder y llegar a mostrar las posibilidades de un México nuevo, de un México diferente.
Pero aunque la obra de los tres sea prolífica, está orientada en un solo sentido, el de advertirnos que nuestro México tiene más posibilidades de las que le estamos dando. Fuentes nos exige que reflexionemos sobre el papel que a cada quien le toca en el proceso de reelaborar a un México que está en una situación angustiosa, pero que, aun así, sí puede llegar a ser el país con el que todos soñamos. Creo que la literatura tiene principalmente esa función.

Omar Arriaga: Fuentes y la
búsqueda de los orígenes

Y todo en México es eso: hay que matar a los hombres para poder creer en ellos.
Carlos Fuentes / Chac Mool

En su turno, el escritor Omar Arriaga ponderó los siguientes asuntos (la transcripción no es textual en algunos párrafos, pero en todos los casos respeto el contexto y el sentido de las frases originales):
Una amiga me preguntaba si existe alguna influencia de la literatura de Carlos Fuentes en las letras michoacanas y si esa influencia es visible. Yo le contesté que me parece que no, por lo menos no entre los autores jóvenes o pertenecientes a mi generación, ni más allá de lo meramente temático.
Carlos Fuentes abre un ciclo en México: el del escritor profesional que puede vivir de esa práctica. Antes de Fuentes, todos los escritores, incluidos Rulfo y Octavio Paz, que ya eran figuras consagradas en ese momento, no podían vivir de su trabajo como escritores. Tenían que ser funcionarios, burócratas, profesores... Pero, con Fuentes, ese profesionalismo que llega a la literatura abre nuevas posibilidades para que sean los jóvenes los que tomen ahora la batuta para continuar la búsqueda que Fuentes emprendió desde Los días enmascarados, que es su primer libro de cuentos y en el que ya están contenidas las semillas de todo cuanto desarrollará más adelante.
Una vez, hace varios años, platicando en el café de Las Rosas con Sergio J. Monreal, hablábamos del cuento Chac mool, que por un lado es una batalla entre lo prehispánico, con la aparición de esa estatua del dios maya de la lluvia y, por el otro, la herencia española, que no es meramente la herencia de un país, sino de toda la región del Mediterráneo.
Me parece que Carlos Fuentes siempre oscila entre estas dos búsquedas: por una parte la del pasado indígena que siempre ha visto a España desde la leyenda negra, pero también desde el origen español con Terra nostra y otras obras, como El espejo enterrado. En Chac Mool el protagonista está en cierto sentido luchando por su vida, y al final escapa a Acapulco, pero muere en el océano, porque parece que el dios de piedra que, en un sótano, está convirtiéndose en un ser humano, al final así lo decide.
La de Fuentes es una obra totalizante, que toca a menudo, con sus reinvenciones de la historia, un tópico de los años sesenta en México: el de que los novelistas mexicanos eran mejores historiadores que los historiadores mismos, al abordar temas que la historia no se atrevía a contar. Sin embargo, la literatura, como el cine y otras artes, no es historia, aunque se inspire en hechos reales. Es ficción. Y aún las novelas históricas en las que Fuentes trata de desentrañar el pasado deben verse con esa lupa. No puede darse por sentado que la realidad sea de esa forma.
El espejo enterrado es un ensayo clave en su momento, que se refiere a la búsqueda de nuestro pasado español. En ese libro figura un ensayo dedicado a la fiesta brava, en donde Fuentes alude a la corrida de toros como un rito en el que los españoles se encontraban a sí mismos. Ese es otro tema que causa escozor en nuestros días, cuando se ha estado prohibiendo la lidia en diversas partes. En su ensayo, Fuentes hace ver que parte de esa fiesta tenía un significado que nos pertenece y nos pone, como ocurría con las tragedias griegas, ante un personaje que se enfrenta a un Destino irrevocable en el que va a ser destruido. El choque tan fuerte entre la sensación de piedad por el inminente desenlace del personaje, junto con el sentimiento de repulsión por el propio proceder del personaje, llevaba al espectador del teatro griego a la catarsis, una purificación con la que ellos se limpiaban de cierta manera. No iban al teatro solamente en pos de una experiencia estética, sino de algo mucho más fuerte. Y parece que Carlos Fuentes está de acuerdo en que el hecho de acudir a la fiesta brava tiene que ver con una experiencia similar a la del teatro griego porque vamos a la plaza de toros, vemos el duelo entre el hombre y el animal y eso nos hace ver que todos estamos condenados a matar y a comer para poder sobrevivir.
Pero la parte que más me interesa de la obra de Fuentes son sus primeros libros. En ellos lo más importante es esa búsqueda de los orígenes. Ese cómo ir en pos de cómo forjar una identidad nacional. Parece que en este momento es necesario reinventar cuanto Fuentes plantó. Su influencia es decisiva, dejó mucho. En este México en el que vivimos sigue siendo vigente su legado pero, al mismo tiempo, parece que necesita ser completado porque hay cosas que se están quedando sin decir.

EN VIDEO / Participación de Sergio Monreal

Sejumov: Carlos Fuentes y la
revolución institucionalizada

(…) Elegirás. Para sobrevivir, elegirás; elegirás entre los espejos infinitos uno solo, uno solo que te reflejará irrevocablemente y llenará de una sombra negra los demás espejos; los matarás antes de ofrecerte, una vez más, esos caminos infinitos para la elección.
Carlos Fuentes / La muerte de Artemio Cruz

Sergio J. Monreal Vázquez (Sejumov, de acuerdo al primero y, hasta donde sé, único seudónimo que el escritor ha empleado alguna vez, de forma regular, como columnista en medios impresos), comenzaría confesando que tiene algunos años peleándose de manera más o menos subterránea con Carlos Fuentes. “Por un lado es un autor que, personalmente, me toca. Aquellos puntos en los que la travesía de Carlos Fuentes coincide con la mía como lector, como mexicano y como ser humano, han sido altamente significativos. Entonces, puedo decir que es un autor al que aprecio y quiero”.
Pero al mismo tiempo –continuaría– es un escritor hacia el que tengo cierta incomodidad. Y, como suele pasar ante las gentes a las que queremos, durante muchos años pospuse el momento de cuestionarme qué es lo que me incomoda de Fuentes. A raíz del ochenta aniversario del maestro, ese tema pendiente volvió. Primero con sus pronunciamientos relacionados con el proceso electoral que acaba de entrar… en… no sé qué fase… y, después, obviamente, con el fallecimiento del propio escritor.

Ante todo quiero decir que eventos como el que nos reúne esta noche nos exigen ser lo suficientemente responsables y lo suficientemente generosos para que no se conviertan en ritos huecos, en formas de cortesía banales que terminan por dejar tan intacto al hipotético homenajeado como a los que estamos aquí: vamos en masa a una serie de eventos por todo el país e, incluso, a veces allende las fronteras, a repetir un montón de lugares comunes, a repetir un montón de rituales idénticos de los que uno sale con la sensación de que habría dado lo mismo hacerlos o no hacerlos, asistir o no asistir. Me parece que, en principio, los homenajeados –si algún valor tienen– no se merecen eso.
Y, por supuesto, nosotros mismos no nos merecemos esa falta de respeto para con nosotros mismos.
En ese sentido, apenas recibí la invitación del departamento de Literatura para participar en este acto de homenaje, me puse a pensar, a tomar apuntes y a tratar de clarificar mi relación con Carlos Fuentes, procurando que esa relación estrictamente personal pudiera, de alguna manera, generar algún eco entre los asistentes al evento de esta noche.

La primera cosa que voy a decir a lo mejor suena muy fuerte pero, bueno: es mi conclusión fundamental.
Considero que Carlos Fuentes, junto con otros escritores (en principio, sobre todo, Octavio Paz), es a la literatura mexicana lo mismo que el PRI: es, ni más ni menos, la revolución institucionalizada.
Yo sé que decir una cosa como esta puede sonar, simple y sencillamente, como un insulto para Fuentes. Pero me parece que, justamente en aras de dimensionar nuestra condición histórica y nuestra perspectiva como nación y como ciudadanos, es necesario que nos apartemos tanto de los prejuicios afirmativos como negativos. Yo sé que es difícil, sí, pero olvidémonos de que la revolución institucionalizada está relacionada con un partido político específico, porque la institucionalización de la revolución es un momento en la historia de este país y es un momento del que todos los mexicanos formaron parte, de una u otra manera.
En este sentido, pienso que necesitamos acabar con la idea de que hay una serie de Fuerzas del Mal, llámense Lex Luthor o el Duende Verde, que están atentando contra los buenitos e indefensos mexicanos, quienes estamos condenados a decirles: “¡ay!, yo soy bien bueno. Y te vencería…, pero nunca te puedo vencer”. No. La configuración de la historia humana, y en particular la configuración de la historia nacional, es el resultado de lo que los mexicanos somos capaces e incapaces de constituir.
De modo que, finalmente, debemos decir que la Revolución Mexicana es sin lugar a dudas el gran evento histórico para México en el siglo XX. Pero lo es a luz y a sombra. No podemos pretender que todo sea solamente luz o que todo sea sombra. En realidad es mucho más. Hasta antes de la Revolución Cubana (1959), nuestra Revolución era identificada como el gran evento histórico del siglo para todo el continente hispanoamericano.
Y realmente fue un gran momento. Fue un momento de reconstitución de la nación mexicana, pues una revolución hace justamente eso, revolucionar: derriba un orden antiguo, imagina una multiplicidad de posibles órdenes o desórdenes nuevos y trata de implementarlos.
La Revolución aportó intuiciones para una nueva idea de nación que de ninguna manera son unívocas, porque la idea de que todos los protagonistas de la Revolución Mexicana perseguían el mismo ideal es falsa; la Revolución fue Villa, fue Madero, fue Zapata, fue Carranza, y cada uno tenía sus propias ideas acerca del país que necesitábamos. Y, finalmente, el país resultante es la mezcla de todo eso: de transar, de acordar, de discutir, de ir a reunirse en Querétaro en el Congreso Constituyente a debatir las múltiples intuiciones de país que había.
Y el gran resultado de la Revolución Mexicana es la contradictoria, importantísima, fundamental, pero de ninguna manera impoluta ni perfecta Constitución Mexicana. Así que el paso de este movimiento armado, de esta lucha intensa para regenerar y reinventar una nación, termina por consolidar un orden institucional, con todo lo que eso tiene de positivo y de negativo.
A nosotros nos ha tocado vivir el momento de la euforia neoliberal, que sostiene que las instituciones son la peor cosa que tiene este país y que hay que tirarlas para que todo sea propiedad de la Iniciativa Privada. Y ese es un discurso intencionado que nosotros nos tragamos completo. Es evidente que en la infraestructura institucional generada por la Revolución Mexicana y que comenzó a ser desmantelada a partir de 1982, hay mucho de negativo y que nos tiene verdaderamente nefasteados como mexicanos. Pero parte de nuestra obligación es reconocer al mismo tiempo los valores fundacionales depositados en ese andamiaje institucional. Este país no sería el mismo sin una Secretaría de Educación Pública, sin una Universidad Nacional y sin un Instituto Nacional de Bellas Artes, sólo por poner tres ejemplos.

Y es en este sentido en el que me ocupo de este aspecto: hicimos la Revolución y luego la revolución se institucionalizó. Yo tengo la impresión de que eso es exactamente lo que hacen Octavio Paz con la poesía y Carlos Fuentes con la novela. Es decir, generan una revolución y es una revolución poca madre: están reinventando la manera de soñar el mundo desde México y de rearticularlo a través de la palabra a partir de las reglas específicas de la lírica (con Paz) y de la novela (en Fuentes). Pero en la misma medida en que les correspondió la invención de ese sueño posible, también les correspondió –¡y ojo!: les correspondió porque ellos así lo decidieron– la institucionalización de esas intuiciones revolucionarias.
Y seríamos absolutamente irresponsables si pasáramos esto por alto.
Hay que decir que Carlos Fuentes es uno de los más grandes novelistas que ha habido en la historia de este país, de la misma manera en que Octavio Paz es uno de los más grandes poetas que ha dado la historia de este país. Pero también hay que decir, junto con eso, que también han sido dos de los más grandes caciques culturales que ha habido en la historia de este país.
Y se podría aducir: “bueno, pero esa es su vida, no es algo que se refleje en su obra”. Por supuesto, eso no es cierto. En el caso específico de Carlos Fuentes, que es quien nos ocupa esta noche, eso es completamente transparente.
Coincido con varias de las cosas que ha dicho Omar Arriga en su intervención, pero particularmente en el asunto de que hay una diferencia cualitativa entre las primeras travesías creadoras de Carlos Fuentes y las últimas. Y no porque el Carlos Fuentes de las primeras obras sea mejor escritor que el de las últimas (al contrario, probablemente el escritor de las últimas décadas sea infinitamente superior a aquel joven que se destapó de manera deslumbrante en los años cincuenta).
La diferencia es que el joven escritor de los años cincuenta fue más que un escritor: fue el agente de una revolución de la conciencia espiritual de lo mexicano. Y eso, que Carlos Fuentes fue capaz de hacer en títulos como La región más transparente, Aura o La muerte de Artemio Cruz, no fue capaz de volver a hacerlo. Y uno se preguntaría por qué Carlos Fuentes ya no fue capaz de escribir otra obra de la magnitud, la pertinencia y el alcance de La región más transparente, a pesar de que él fuera cada vez más lúcido en términos intelectuales y ensayísticos. El novelista da la impresión de que sufrió una suerte de estancamiento. No literario, sino espiritual. Y esto es lo que me parece clave para comprender la figura de Carlos Fuentes.
Porque Fuentes formó parte de un momento de la historia de México en la que había cosas que estaba permitido decir y otras que no. Y Fuentes eligió jugar en esa parte de la cancha en la cual, si querías figurar, si querías escribir, si querías destacar, tenías qué asumir como un acto de voluntad el callarte ciertas cosas.
Del otro lado ¿quiénes están? O bien los perseguidos, como José Revueltas, o los ninguneados, como Francisco Tario o –una generación después– Jesús Gardel. Y son este tipo de cosas las que me han estado dando vueltas en la cabeza porque son temas de pertinencia nacional… no en el sentido de “agenda política” o de alguna agenda literaria, sino en los términos de quiénes queremos ser en las próximas décadas y quiénes hemos sido hasta hoy.
Carlos Fuentes es nuestro gran cronista de los orígenes. La novela de la Revolución, de la cual me parece que Fuentes es el punto culminante, está autorizada para hacer eso: puede contarnos cómo se construyó la Revolución Mexicana y nos lo narra en términos de espesísimas sombras. No hay literatura más sombría que la de Mariano Azuela, Martín Luis Guzmán o Nelly Campobello, porque a esa literatura le ha estado permitido el decirnos “¡mira! la Revolución Mexicana consintió la traición, consintió la usura y la tranza”.
Pero después… ¿Qué faltó? ¿Qué falta en este país, desde esa perspectiva literaria totalizadora, de la cual participó Carlos Fuentes, así como otros escritores de su generación? Falta la gran novela del priísmo. ¡Jamás se escribió!
Es decir: se escribió la novela de cómo se institucionalizó la Revolución Mexicana. Pero ya no hubo espacio, ni tiempo, ni permiso para que se contara el cómo y el por qué del corporativismo de órganos como la CTM o las centrales campesinas, así como la persecución de la disidencia política. Todas esas fueron temáticas que se comenzaron a dirimir en la periferia de la crónica, del periodismo y de la literatura.
Es en este punto donde las disidencias literarias de ese momento cumplen un papel similar al de las disidencias que, en el terreno de las artes plásticas, se dieron a partir del movimiento muralista de comienzos del Siglo XX y más allá de los muralistas. En este sentido coincido plenamente con el juicio de Carlos Monsiváis cuando propone que Carlos Fuentes es a la novela el equivalente de lo que fueron al muralismo Orozco, Siqueiros y Rivera. Y es que, como todos sabemos, las grandes disidencias, las grandes preguntas y las grandes intuiciones de la plástica nacional tuvieron que ser formuladas no sólo fuera del muralismo, que ya se había institucionalizado, sino a contracorriente del muralismo.
Todas estas consideraciones no pretenden ser una conclusión, sino más bien lo que tendríamos qué perseguir en eventos como este. Son nudos de problematización que no nos corresponde responder a los que nos dedicamos profesionalmente a la literatura sino que, finalmente, si la obra homenajeada realmente tiene la pertinencia que intuimos, nos atañen íntima y personalmente a todos y a cada uno como mexicanos, como seres humanos y como individuos.

Marco Antonio Aguilar Cortés: Carlos
Fuentes y la mirada internacionalista

“[En Latinoamérica] se puede hablar de una cultura continua desde los descubridores hasta nuestros días […] La tradición política es más frágil, se ha interrumpido demasiadas veces”.
Carlos Fuentes / El siglo que despierta

Al término de la mesa de comentaristas, el Secretario de Cultura de Michoacán, Marco Antonio Aguilar Cortés, protagonizó una breve intervención para agradecer a los ponentes y aportar algunas visiones propias al tema. Dijo:
Lo que ha hecho la Secretaría de Cultura esta noche ha sido convocar a un público sensible. Gracias por la asistencia de todos ustedes. Y, por otra parte, lo que ha hecho la Secretaría de Cultura al invitar a Omar, a José Luis y a Sergio, es reunir a autores valiosos, de talento, de imaginación y de estudio; no sólo en el campo de la literatura, sino dentro de los fenómenos sociales que vive México.
Cada uno de ustedes, con su modo, con su objetivismo, con su sistema, revelan también esa sensibilidad de carácter social.
Para una de las generaciones del Siglo XX, de la cual formo parte, hubo en nuestra educación secundaria, preparatoria y de facultad tres grandes escritores de nuestro país: Octavio Paz, Carlos Fuentes y Fernando Benítez. Eran Los Tres Grandes, y de una u otra manera tuvimos contacto con sus obras. Pero nuevas generaciones, como las de ustedes, encuentran nuevas perspectivas y distintas interpretaciones sobre ellos.
Fueron, sin duda, gente que fue autoridad en el campo de la literatura. Y eso –dice alguno de ustedes– los hizo caciques. Tendríamos que plantearnos si hay caciques buenos y caciques malos. Pero esa no deja de ser sino una metáfora. Lo cierto es que dominaron la escena cultural del país, pero la dominaron a partir de la calidad.
Y en el caso de Carlos Fuentes, desde mi perspectiva, a diferencia de Octavio Paz y de Fernando Benítez, es un autor que contó con una visión más internacionalista, en lo que tuvo que ver seguramente su nacimiento en Panamá y el formar parte de una familia de diplomáticos que pasaban de un país a otro, mientras el niño que los acompaña iba viendo lo que es Montevideo, Buenos Aires o Quito. Incluso lo que es Europa.
Y parece que no, pero el temperamento de una gente que sabe que el mundo no termina entre el Punhuato y el Quinceo da una visión distinta, tanto de la Revolución Mexicana como de sus personajes. Eso es lo que hace Fuentes: da una visión diferente; los otros autores la tuvieron después, pero Fuentes, desde niño, gracias a su formación, adquiere este elemento especial que es el que me parece que distingue su obra.
A Octavio Paz y a Fernando Benítez tuve el honor de conocerlos y tratarlos. A Carlos Fuentes solamente por teléfono, una vez, para invitarlo, en 2002, a que aceptara dar el discurso oficial del 8 de mayo en el Colegio de San Nicolás. Me dijo: “no se imagina, pero tengo que salir en dos horas de aquí porque cumpliré una estadía en Londres”. Recuerdo su voz. Pero lo importante es que su obra dejó impacto en nosotros desde Las buenas conciencias. Con una estructura muy universalista de lo que era la vida. O el tratamiento de Aura para esa misma mujer en dos cuerpos distintos.
En fin. Lo hicieron muy bien. Los felicitamos y les agradecemos. También los invitamos a que en fechas posteriores también podamos traer a otros autores, como hemos hecho esta noche con Carlos Fuentes, para colaborar a difundir el quehacer de los artistas y pensadores sobresalientes.

Fuentes desde la
lectura dramatizada

A la luz de la luna / he de suspirar, / me sentiré feliz, / reviviré tu amor, / me acordaré de ti. / Y al abrir las orquideas, / me inundaran de luz (…)
Vincent Youmans / Orchids in the Moonlight, 1933

La noche concluyó con la lectura dramatizada que el actor Felipe Nájera hizo de un fragmento de Orquídeas a la luz de la luna, la tercera dramaturgia escrita por Carlos Fuentes.
Lo interesante con este texto (que recién descubrí completo hace unos tres años, buscando cierta información específica del actor y director norteamericano Orson Welles), es que por debajo de su gracejo humorístico y de su aparente tono menor es un drama de alcances trágicos.
La obra nos presenta a Dolores y María: dos ancianas, probablemente chicanas, que se marchitan en un departamentito de Venice, California, mientras sueñan y se convencen a sí mismas de que en realidad son las divas a las que admiran: Dolores del Río y María Félix, en cuyas personalidades se desdoblan continuamente.
Este tratamiento parateatral le permite a Fuentes no sólo jugar con los guiños surreales y metafísicos que participan de buena parte de su obra literaria, sino reflexionar sobre los grandes temas de la relación entre los mitos y el sentimiento de pertenencia, así como en la manera en que medios como el cine sirven de canal a esa relación.
Desde otro plano, la obra sirve también para explorar pasajes diversos en la vida de esas actrices que se constituyeron en verdaderas estrellas nacionales, cuando nuestro cine aún era una industria, y para poner en perspectiva los temas de la fama, el olvido y la intemporalidad del fenómeno cinemático.
La interpretación de la primera parte del texto corrió a cargo de un muy correcto Felipe Nájera, actor y director que ya tiene un camino muy recorrido en este asunto de interpretar a La Doña y de participar en ejercicios unipersonales o de stand up comedy a la mexicana. Nada menos, en 2009 estrenaba la puesta de Palabras de Mujer, en la cual ya daba vida a María Félix (mientras que Alejandra Barros lo acompañaba interpretando a Dolores del Río).
Por lo pronto, para concluir, vale la pena recordar que el título de este trabajo teatral fuentesiano es ya, por sí solo, un homenaje a Dolores del Río. Es el título de un tango escrito por el popular compositor Vincent Youmans como tema musical del filme Volando hacia Río, uno de los primeros títulos del cine sonoro norteamericano, rodado en 1933. El estelar femenino de esa película lo llevó, precisamente, nuestra Dolores del Río, quien tuvo el privilegio de bailar el tango con el inmortal bailarín Fred Astaire (aunque el protagónico masculino no fue para Astaire, sino para el actor Gene Raymond).
EN VIDEO / Talleristas en Porumbo 
Desde el pasado 16 de julio y hasta el próximo día 27, un grupo de realizadores visuales se concentra en la ex hacienda Porumbo, en la zona lacustre de Michoacán. Allí participan en un taller intensivo de Desarrollo de Proyectos Visuales, que es coordinado por el fotógrafo estadunidense Paul Owen, de la Universidad de Nueva York. La actividad ha sido gestionada por la asociación Red Lab (Gabriela Anguiano y Luis Gabino Alzati) con el objetivo de promover actividades similares en el futuro.
Los talleristas, cuyas entrevistas y ejemplos de su obra figuran en el video que abre este post, son artistas cuya edad oscila entre los 17 y los 39 años. Ellos son Edgardo Leija, Francisco Méndez, Patricia Fuentes Lara, Jesús Roalandini, Melba Natalia Pérez Gómez, Héctor Cisneros, Belsay Maza, Andrea Rodríguez Villalón, y Arturo Betancourt, cuyas propuestas van desde exploraciones a la fotografía abstracta hasta el collage y el videoarte.
El proceso de selección (informó en su momento Red Lab en un comunicado) estuvo a cargo de un jurado integrado por Paul Owen, Tom Drysdale (co-fundador con Owen de la Escuela de Fotografía e Imagen de la Universidad de Nueva York, hace 40 años), Dan Sandford, director de Admisiones de la Escuela de Artes del mismo plantel, y el realizador michoacano Jesús Pimentel Melo, quien pasa la mayor parte de su tiempo en la Gran Manzana y tiene una maestría en cine por la Universidad de Columbia.
Tras una rueda de prensa celebrada en Morelia, algunos medios de comunicación respondimos a la invitación de visitar la sede del taller en su jornada inaugural, hace una semana, para interactuar con tutores y facilitadores y compartir una comida. De ese encuentro dan cuenta los tres videos que acompañan este post.
Mientras, los integrantes de Red Lab hicieron públicos los patrocinios que han permitido emprender este taller en el que dialogan autores de distintas regiones y prosapias. En los agradecimientos figuran Conaculta, la Coordinación General de Comunicación Social del gobierno de Michoacán; la Secretaría de Educación en el Estado; los ayuntamientos de Erongarícuaro, Pátzcuaro, Uruapan, y Quiroga, así como las firmas privadas Hotel Virrey de Mendoza, cerveza La Mytika, mezcal Don Mateo, Realidad Creativa, y el C.P.Salvador Juárez Álvarez.

EN VIDEO / Fotografía y nuevos medios


Esta no es la primera vez que se imparte un taller de este perfil en la zona lacustre de la entidad. Hace ya un par de años, a la otra orilla del lago, Jesús Pimentel puso en marcha la experiencia de Cine Qua Non en la comunidad de Tarerio. Aquella experiencia ha tenido continuidad y también reúne a realizadores variopintos bajo la tutela de catedráticos estadunidenses de alto perfil. En rigor, las experiencias de Cine Qua Non y de este taller de Desarrollo de Proyectos resultan tan cercanas como un par de primos. Cada una es valiosa dentro de su perfil y ambas ameritan continuidad.
Cuando se organizan encerronas de este tipo, los mayores valores residen no solamente en la posibilidad de aprender de las experiencias y de los consejos y opiniones de un experto, en este caso, del maestro Owen, sino del hecho de que los propios talleristas pueden convivir y compartir sus propios conocimientos, problemas y soluciones en el terreno de los hechos. Porque cada participante llega a tallerear un proyecto personal. Hay un trabajo concreto.
Como se puede ver en el primer video del post, hay una buena dosis de diversidad entre los participantes. Con todo, el perfil del facilitador es esencial.
En este sentido, Paul Owen combina lo mejor de dos mundos. Por un lado, es amante de la fotografía tradicional, analógica, y la mayor parte de su obra tiene fuertes influencias que provienen del mundo de la pintura. Por el otro, comprende los medios digitales y comparte el entusiasmo de las generaciones jóvenes ante las posibilidades que otorgan los nuevos medios en la construcción de lenguajes inéditos, aún por articular.
Buena parte de esto se deja traslucir en la primera de las dos entrevistas en video que completan esta entrega. En el primer video el maestro Owen habla ante todo de la fotografía y sus retos ante los nuevos medios de registro, impresión y reproducción. En el segundo se ocupa de su experiencia como soldado durante un par de años en Vietnam.
En las dos entrevistas vertidas aquí en video participó también el periodista Milton Rodríguez. Por otro lado, de manera muy fresca, amable y generosa, Dan Sandford ha cumplido las veces de intérprete, sazonando las traducciones con la deliciosa química que comparte con el maestro Owen.

EN VIDEO / Owen: la experiencia en Vietam
 
Después de más de dos años en el olvido, la escultura Mujer, de Alfredo Zalce, ha sido puesta nuevamente en pie en los jardines del museo de Arte Contemporáneo Alfredo Zalce.
Como se recordará, las lluvias y los fuertes vientos que surcaron la ciudad hace dos años, ocasionaron que un pino se precipitara sobre el ala norte del Museo de Arte Contemporáneo Alfredo Zalce, en Morelia, causando daños al torreón, que es el elemento arquitectónico más bello del inmueble. Si ya de por sí ese incidente era grave, durante las labores para retirar el árbol, la caída de un segmento del tronco alcanzó a lesionar la escultura Mujer, realizada por el artista patzcuarense, la cual se localiza en el jardín del museo.
El incidente ocurrió al filo de las dos de la tarde del jueves 14 de enero, cuando uno de los pinos que flanquean los jardines del MACAZ cedió a los embates del viento. Al accidente contribuyeron dos hechos: que el terreno se había reblandecido a causa de las lluvias de la última semana y que las raíces del pino no eran muy profundas.
Trabajadores de Parques y Jardines del ayuntamiento de Morelia acudieron al museo al filo de las tres de la tarde para retirar el árbol luego de que el departamento de Bomberos de la ciudad se declaró incapaz de emprender esa tarea. Los trabajadores municipales se vieron obligados a talar el tronco del árbol en por lo menos siete ocasiones, ya que el peso del tronco impedía cualquier maniobra.
Luego del acontecimiento, la maestra María Eugenia Fuentes Lanning, a la sazón directora del MACAZ, tramitó con toda oportunidad las gestiones ante el INBA para que peritos especialistas vinieran a evaluar los daños y formular las recomendaciones pertinentes. Sin embargo, el trámite nunca se concretó, entre otras razones porque el Secretario de Cultura, Jaime Hernández, nunca demostró en los hechos la voluntad política de restaurar la pieza, ya que el trámite era bastante costoso.
Ha sido apenas hasta ahora, con la nueva administración de la Secum, que se ha acudido a recursos domésticos para intervenir y poner en pie a la escultura, como detalla en el video de este post el director del MACAZ, Mizraím Cárdenas.
Mientras, aquellos que deseen recordar o conocer los hechos ocurridos el jueves 14 de enero de 2010 (apenas dos días después de conmemorarse la fecha onomástica de Zalce), hagan click aquí para ir a la información que publiqué en este mismo blog, video incluido del momento exacto en que acaeció el percance sobre la obra de arte zalceana.
EN VIDEO / Entrevista y aspectos del evento

“Estamos ante el dominio del imperialismo mundial. Este es nuestro escenario, desde el cual controla todas las políticas económicas que dictaminan la vida de las mayorías y de los medios de comunicación que las justifican. Ante este inquietante horizonte están México y Michoacán: en medio de una guerra de poder y su afán de dominación. Pero es un poder desvirtuado y, por lo mismo, impotente. A esta guerra se agrega la guerra contra el narcotráfico y el crimen organizado, ya de dimensiones planetarias”.
Con estas palabras, la doctora Rosario Herrera Guido daba comienzo al mensaje político del discurso que profirió durante la ceremonia en la que recibió la presea Amalia Solórzano Bravo, hace una semana, por parte del gobierno municipal de Morelia.
“Es una guerra de la cúpula –precisó–, que destina a los de abajo a la muerte, el éxodo y la extorsión, no dejándoles, realmente, salida. Es una guerra que desgarra el tejido social, que rompe el lazo social y fractura la convivencia en las ciudades y los pueblos, poniendo en peligro la vida espiritual, ética política, estética y cultural de los niños, las mujeres y los hombres.
Consideró, en ese sentido, que desde la perspectiva humanista de un René Descartes democrático, el pensador iluminista “seguramente compartiría ahora la necesidad de que nuestra democracia representativa dé paso realmente a una democracia participativa. Voto, luego existo”.
Rosario Herrera, la tercera mujer que recibe el galardón desde su institución en 2010, posee una verticalidad intelectual a prueba de casi todas las acechanzas. Así lo ha demostrado a lo largo de su trayectoria profesional y social. Desde esa posición y ya en entrevista con este blog y con otros dos medios, al término de la ceremonia, la catedrática puso en perspectiva fenómenos como el de la miseria en México y el uso que hace de ella nuestro sistema de partidos en tiempos electorales.
“Mientras haya pobreza en el país –sostuvo–, se seguirán usando las mismas tácticas políticas de prebendas, de sometimiento, de enajenación. Y es muy grave que a nadie le interese realmente erradicar la pobreza en México, porque es el stock político que les permite seguir el rejuego de los partidos”.
Lo más interesante vendría cuando le inquirí por la debacle del PRD: un partido que en sus 23 años de vida se ha ocupado de destruir sistemática y eficazmente lo más valioso que ha tenido: la enorme base social que lo hizo nacer a fines de los años ochenta (desafortunadamente, la pila de mi cámara se agotó en ese momento, de modo que en el video que abre este post aparece solamente la primera parte de su respuesta). La homenajeada señaló:
“Yo he estado viajando por todo el país. Voy todos los años a Baja California Sur. Ahí estuvo Cota Montaño en el gobierno y lo que hizo fue vender los oasis del desierto a franceses, a norteamericanos y a canadienses. Vendió el estado. Quedó muy mal y durante décadas en Baja California no van a querer saber nada del PRD. Lo mismo pasa en Zacatecas, donde voy todos los años a la Universidad. Y en Michoacán, con tanta corrupción y falta de empleo, es decir: con tantas carencias en el desarrollo social como se dejaron ver en los últimos años ¿cómo podía ganar el candidato del PRD? Pero, en general así es en todo el país, desde el norte hasta Chiapas (…)”.
– Parecería que sólo en el DF han funcionado los gobiernos perredistas –sugiero.
– Sí. Pero la capital del país no es el país entero. Lo que el PRD necesita con urgencia es emprender una evaluación autocrítica muy rigurosa y, luego de eso, pasar a la acción en función de las conclusiones que alcance en ese análisis.
Otra pregunta ocupó el tema del regreso del PRI, asunto que tiene sus bemoles. Le compartí mi impresión de que en Michoacán Fausto Vallejo ganó legítimamente la elección, aunque, por el contrario, poca gente metería la mano al fuego para defender el triunfo federal de Enrique Peña en la contienda presidencial. La académica consideró:
“Regresa a la presidencia de la República sin legitimidad, pero esta vez me parece que además adolece de legalidad, porque la legalidad debe estar fincada en la transparencia. Debe quedar a la luz meridiana que efectivamente ganó, pero eso no va a ser posible. Lo más grave, ahora, es que tenemos dos partidos en alianza de intereses… Por más que Calderón se quiera curar en salud y diga ‘¡Ay, no estoy de acuerdo con estos billetazos!’, él estuvo alimentando todo eso y haciéndose de la vista gorda para que siguieran avanzando las irregularidades. Recordemos que en una de sus ediciones, la revista El Chamuco tenía en su cuarta de forros una caricatura de Calderón detrás de una puerta y diciendo ‘voten por Peña Nieto’. Todo mundo se enteró de eso. Y dejaron sola a Josefina Vázquez Mota.
Finalmente, la filósofa respondería una pregunta acerca de las necesidades más apremiantes para elevar la calidad de la Universidad Michoacana, actualmente bajo el rectorado del físico-matemático Salvador Jara Guerrero.
“Principalmente la democratización, que prevalezca la legalidad en todo lo que tiene que ver con desvíos de fines, recursos y sobre todo en que la Universidad tenga todas las instancias de manera efectiva para los derechos humanos y la equidad de género. Seguimos viviendo atropellos, seguimos viviendo violencia de género las universitarias en relación con los universitarios varones. Hay un departemento de derechos humanos que es un performance nada más y un departamento de Equidad de Género que es otro performance solamente”.
EN VIDEO / Sesión de conclusiones I
En estos dos videos conclusivos figuran los primeros puntos de acuerdo alcanzados, a partir de cada uno de los cuales comienzan trabajos con miras a un segundo encuentro. Como cada personaje habla por sí mismo y aparece en el registro de video, sobran, por el momento, los comentarios.

EN VIDEO / Sesión de conclusiones II
En Video / Gabriel Ramírez - Parte uno  
Les comparto en este post los contenidos de la tercera jornada del foro Teatro y profesión, celebrada en La Bodega el pasado miércoles 11 de julio. No formulo comentarios, por ahora, para que tengan ustedes la oportunidad de ver a los protagonistas y escucharlos, a cada uno, con sus propias palabras e intenciones. Buen provecho.
En el video sobre estas líneas y en el siguiente, abajo, el técnico Gabriel Ramírez habla de su filosofía laboral y de temas concretos en la relación entre los grupos escénicos y el personal que labora en los distintos foros teatrales.

En Video / Gabriel Ramírez - Parte dos


En los siguientes dos videos, Hilda Martínez, de la agrupación Viajabundo Teatro, comparte las experiencias del grupo en el café El rincón de los Sentidos, en Morelia, donde han logrado abrir uno de los foros alternativos y no institucionales que actualmente comienzan a operar en la ciudad de Morelia. En el segundo video figuran además algunos aspectos de la sesión de diálogo posterior a la participación de la directora y productora.

En Video / Hilda Martínez / Viajabundo teatro - 1


En Video / Hilda Martínez / Viajabundo teatro - 2

Para concluir esta entrega, figura la participación de Sandra Rangel, del proyecto La Fortaleza A.C. En un post posterior publicaré aspectos de la sesión de conclusiones.
Va también una disculpa: no tuve oportunidad de cubrir la sesión del martes, de modo que quedo a deber participaciones, ponencias y/o intervenciones de José Luis Pineda, Fernando Ortiz, Alfredo Durán, Diego Montero, Gunnary Prado y José Estrada.

En Video / Sandra Rangel / La Fortaleza