El cepillo de dientes
Carnaval del hastío
Copérnico Vega y Astrid del Ángel al inicio de la puesta
Los personajes en la escena del "patrón y la sirvienta".
El buen momento del juego de sombras.
Copérnico Vega y Astrid del Ángel al inicio de la puesta
Los personajes en la escena del "patrón y la sirvienta".
El buen momento del juego de sombras.
Roberto Briceño Figueras, director del grupo Contrapeso, de Morelia
Aspecto general de la mesa del panel durante la sesión de diálogo
Reflexión y crítica
Aunque todos los coincidieron (como corresponde) en que el público y el diálogo con él es el leit motiv de su trabajo sobre la escena, hubo matices en la forma de pensar en esta relación.
Para el filósofo y teatrista Roberto Briceño, el tema de la verdad (no de las “verdades eternas” inasibles, abstractas, sino la experiencia muy concreta de las verdades del hecho individual, que siempre son precisas y contundentes) es el eje de sus preocupaciones, particularmente en un país como el México actual, de cuyo gobierno cuestionó el disimulo, el doble discurso y las mentiras. Consideró que ningún desarrollo humano auténtico es posible desde la mentira y desde esa posición propuso al teatro como una experiencia que puede reflexionar críticamente sobre la realidad y contribuir, de ese modo, a activar la reflexión de los espectadores.
José Refugio García, titular de la agrupación Espacio Escénico
Respaldo didáctico
Por su parte, el realizador José Refugio García, de Espacio Escénico, propuso que el teatro puede contribuir también a enriquecer las asignaturas que los públicos jóvenes cubren en la escuela, fortaleciendo así la labor docente en planteles de educación media y superior, y dando atención a un sector tradicionalmente descuidado en los ámbitos escénicos.
No fue otro, dijo, el motivo de elegir el texto de Octavio Paz acerca de La hija de Rappaccini (una obra casi desconocida del premio Nobel de literatura).
“El conflicto entre darketos y punketos que se desató a comienzos de 2008 –precisó– fue el suceso que me hizo recordar este texto de Paz y me llevó a montarlo con el fin de que precisamente ese tipo de jóvenes fueran los recipiendarios de su mensaje”.
Puntualizó que la obra plantea temas vigentes para los jóvenes: “el amor, a veces platónico por imposible, y la relación de esta imposibilidad con el abandono de sí mismos casi hasta la muerte; la culpa que tiene nuestra sociedad por llevar el progreso al grado de tocar con la ciencia los límites de lo humanamente tolerable y olvidar los valores que llevaron una generación a soñar con el ‘Mundo Feliz’ que jamás lograrían ver; el reclamo de los hijos a los padres por ser traídos a un mundo que no les funciona, o en el que no funcionan, así como la pugna entre el conocimiento científico y el conocimiento ‘mágico’ ”.
En términos didácticos, ponderó que la obra es afín a las asignaturas de español en los planteles de secundaria y a materias de literatura y humanidades en los niveles de bachillerato y licenciatura. El perfil del trabajo le permitiría ser incluido en el programa nacional “Teatro Escolar”.
Angie Suárez, de Los Reyes y Luis Gonzalo Chávez, de Uruapan
Compromiso con el público
A su vez, la directora de la pieza Entre nos, del grupo Teatro Libre de Los Reyes, acentuaría la responsabilidad social en la elección de ese texto al aducir: “Tengo dieciséis años trabajando en la escena y considero que la obligación de nuestro grupo, trabajando como lo hacemos en un pueblo chico donde prácticamente no hay nada en términos de teatro, es dar todo lo posible, todo lo que tenemos, todo lo que podemos hacer. Esto significa abrir conciencias a través del teatro, porque no se trata solamente de buscar la carcajada”.
Remarcó que Entre nos es una obra pensada muy específicamente para hablar de un problema de las mujeres: la soledad. Señaló que, en su experiencia, son los públicos adultos y particularmente los de la tercera edad quienes más acuden al teatro en una localidad como la suya, así como los niños. En el caso de los adultos mayores, consideró: “ese interés de ellos por el teatro me parece importante porque se trata además de la gente que sí se atreve a hablar, a cuestionar las cosas”.
Por otro lado, en el caso de los niños, habló del compromiso de formar nuevos públicos desde edades tempranas.
Tres de los pequeños participantes de la puesta en escena El príncipe que tenía que trabajar para seguir siendo príncipe.
Formar generaciones
María Elena Barrientos, productora y asistente general en el montaje de El príncipe que tenía que trabajar para seguir siendo príncipe, del grupo Cacofonía, acudió acompañada por tres de los niños integrantes del elenco. Barrientos habló sucintamente de la experiencia de realizar un montaje con niños, apoyados con la asesoría de Perla Szuchmacher, con quien se adaptó el texto original. La obra participó en un festival nacional de teatro infantil realizado en Campeche y el montaje procuró aprovechar el ludismo natural de los niños para llevar eso al ámbito de la actuación. Consideró la experiencia importante porque colabora a formar generaciones de espectadores y de teatristas, sembrando la semilla de la curiosidad en torno al ámbito escénico.
Por su lado, los niños asistentes se declararon felices de haber participado en esta experiencia.
En pos de un texto nacional
En su turno, los dos actores protagonistas de Round de sombras, Aidet Fuentes y David Hurtado, explicaron que el proyecto de la puesta surgió como un requisito de la Escuela Popular de Bellas Artes para el examen de cuarto año de Ramsés Figueroa en la materia de dirección.
“El procuró encontrar un texto mexicano –dijeron–; le interesaba realizar una puesta nacional en el sentido de que el tema y el tratamiento tuviera qué ver con nosotros, con la gente”.
Detallaron que el desarrollo fue, ante todo, muy divertido “y con muchos contratiempos, pero finalmente creop que tuvimos un buen resultado”, dijo Aidet. “Nos quedamos con ganas de montar Aspirinas para desahuciados y Manicure” (las otras dos obras del tríptico Químicos para el amor).
La actriz también considero que fue afortunado para la obra el que, “temperamentalmente, en la vida, David y yo somos agua y aceite”, toda vez que sus personajes también son antagonistas en la puesta en escena. “Emocionalmente fue un trabajo muy fuerte para ambos: a veces acabábamos amándonos y otras odiándonos. Pero creo que esto sirvió desde nuestras personas de diario para construir estos personajes tan complejos”.
Los actores Aidet Fuentes y David Hurtado, de Round de sombras.
Experimentos y taller
Interrogados por la forma en que se determinó darle una “segunda vuelta” a la pieza Round de sombra (que para rebasar los 50 minutos de tiempo mínimo que pide la Muestra Estatal fue representada dos veces, la segunda de ellas con los roles de los personajes invertidos), los actores explicaron:
“La idea surgió durante una de las sesiones del curso de Análisis activo de dirección impartido por Fausto Ramírez hace unas semanas. Fue un simple experimento, un ‘¿qué pasaría si…?’ que, finalmente, nos ha abierto otro camino para explorar a los personajes”.
“Al correr la obra al revés, en este sentido de invertir a los personajes, vimos cómo el discurso cambiaba, a pesar de lo cual es muy inquietante descubrir que el público, de una o de otra manera, sigue pensando por lo general que Julia siempre tiene la culpa. Al correr la obra tal como es, ella se merece que le arrojen el ácido a la cara porque ha sido muy alevosa. Pero al correr la puesta al revés, ella sigue siendo culpable porque es una ‘loca posesiva’. Y nosotros nos preguntamos qué pasa con esta sociedad que cuestiona de esa manera a la mujer”.
También experimental, en el sentido de probar experiencias nuevas para el grupo, fue lo que hicieron los los integrantes de la Sociedad Escénica Uruapan, cuyo director, Luis Gonzalo Chávez, habló de los motivos para adaptar La casa de Bernarda Alba y llevarla a la escena representada con puros varones en los roles de las mujeres. “Eso es algo –dijo el director– que yo nunca había hecho en los diez años que tengo dedicándome a la escena”. Consideró la experiencia como importante, aunque concedió que no se trata de algo nuevo en la escena del teatro internacional pero sí del teatro en Uruapan. “Nuestro mayor desafío consistió en resolver con dignidad, porque siempre estuvimos en la cuerda floja y era fácil caer en lo grotesco”.
Una asistencia austera marcó esta primera sesión del coloquio.
Crítica, actuación y eclecticismo
La única crítica en esta primera sesión de encuentro, entendida la crítica como cuestionamiento, fue para José Refugio García y las limitaciones actorales de su elenco en La hija de Rappaccini. La observación, formulada por Gabriela Eos, de que el realizador había “fallado” con sus actores, fue rebatida por García, quien adujo: “Lo que sucedió con lo actoral no fue un descuido. A los jóvenes no les cayeron varios veintes, pero ese era un riesgo a correr y yo quiero insistir en que mi decisión de trabajar con un elenco variopinto, procedente de distintas tendencias y niveles, fue totalmente deliberado y quiero confirmar mi tesis de que ha sido un logro trabajar así, con un elenco tan ecléctico. Asumo mi responsabilidad de no haber podido llegar al cien por ciento, pero no abandono el trabajo”.
El asunto de lo actoral también tuvo sus espacios. Roberto Briceño bocetaría las premisas de su trabajo, afín a las tendencias pronunciadas desde hace más de doscientos años por Diderot, en el sentido de distinguir lo que implica interpretar en vez de representar. A su vez, José Refugio García hablaría sucintamente de la técnica actoral de Antonio González Caballero como su instrumento de trabajo en La hija de Rappaccini. Para los integrantes de Cacofonía el asunto fue resuelto desde la dimensión del juego.
Finalmente, José Luis Pineda, presente entre el público, formularía la propuesta de no desdeñar una idea tan significativa como la de pensar en los jóvenes a la hora de hacer teatro. “Deberíamos apoyarnos para hacer más teatro para jóvenes y para colaborar entre nosotros mismos. Un superesfuerzo en beneficio de todos”.

"¿Para qué quieres seguir? ¿Para cobrarte que nunca te quise?": el personaje de Lucía a Andrés en una escena de Round de sombras.
La historia de los grandes amores no suele terminar con el meloso “y fueron felices para siempre” que predican ciertos cuentos de hadas. Al contrario, los “amores desgraciados” surcan la experiencia sentimental de todas las culturas y aparecen en todas las épocas.
Hoy, nuestro tiempo y nuestro lugar son particularmente fecundos para distintas formas de la alevosía amorosa. Mucho tiene que ver el temperamento latino y la tradición de fuertes arraigos machistas que definen a nuestra cultura. De aquí la vigencia de un ejercicio como Round de sombras (Carmina Narro, 1996), con el que Ramsés Figueroa presentó su examen para la materia de Dirección II, en la licenciatura de Teatro de la EPBA. La obra hizo una corta temporada (estudiantil, intramuros) hace un mes, pero este domingo participó en la Muestra Estatal de Teatro y podría conseguir una temporada de presentación abierta al público.
Amor y duelos de poder
Recién separados, el bioquímico Andrés Belaunzarán (David Hurtado, correcto) y la ejecutiva bursátil Julia (Aidet Fuentes Mapourmé, notable) se reúnen una noche en la casa que compartieron. Él la ha invitado a cenar y durante el encuentro se muestra obsequioso, atento: busca una reconciliación. Ella, en cambio, se resguarda detrás de una calculada armadura de frialdad y sarcasmo por la que resbalan los intentos de Andrés en pos de empatía.
La cena se desarrolla con intensidad, entre diálogos que transitan activamente de las confidencias al enfrentamiento y al reproche mutuo. A través de ellos podemos reconstruir la historia de los personajes y, sobre todo, la naturaleza del momento que están compartiendo: una vez perdido el amor y con las heridas frescas y abiertas, no queda más que revolcarse entre los escombros de la intriga, el entredevoramiento mutuo y la desidealización.
Así: agria, irónica, de momentos dolorosos y un final contundente, Round de sombras hace de sus dos protagonistas ejemplares perfectos para la vivisección del desencanto, de los egoísmos, de los celos y de la culpa, pero sobre todo, permite la vivisección del amor como un duelo de poder.
Y en ese duelo cada uno de los enamorados, en nombre del amor, buscará (y logrará) la cruel destrucción del otro.
Del lobo al cordero
Hay veces en que aventurarse significa desventurarse más. A los dos personajes de Round de sombras les ocurre precisamente esto. Una vez asumido el amor como juego de poder, no puede sino conducirlos al abismo. Deberían detenerse, pero no pueden.
Por principio, una dramaturgia atenta y filosa define ágilmente a los personajes: estamos ante la mujer dominante y el varón sumiso.
Julia es autosuficiente, soberbia, fría y muy desenvuelta. No en balde trabaja para una firma bursátil: es la ejecutiva treintañera, guapa y exitosa, que toma decisiones y que procura planificar cada aspecto de su vida. Andrés, en cambio, es un laboratorista esencialmente introvertido y algo ratonil que carece de todo lo que Julia posee: carisma, aplomo y habilidad social. Es el nerd por excelencia, cuyo único atributo aparente es un sentido del humor más o menos sombrío (“a veces creo que sólo te casaste conmigo porque te hago reír”). Si parejas como esta no fueran habituales en la vida cotidiana, uno se preguntaría cómo es que dos personajes tan distintos han podido hacer una vida en común.
La contradicción es la causa de su desastre, evidentemente. Andrés es un hombre demasiado opaco y amorfo para una mujer del temple emprendedor de Julia. A su vez, ella es demasiado cínica y liberal para un hombre como Andrés (“No soy sociable porque no necesito a la gente. Tu necesitas a la gente porque tienes que andar por la vida rodeada de espejos para verte todo el tiempo”).
Sin embargo, es en este punto clave donde la dramaturgia establece la más perturbadora vuelta de tuerca de todo el trabajo.
En efecto: si en cierto sentido Julia es como una loba y Andrés como un cordero, la sinaloense Carmina Narro ha llevado la situación de los personajes a un punto extremo para mostrarnos que hasta un lobo tiene dentro de sí su oculta cuota de cordero, y cómo hasta una oveja puede esconder colmillos y garras afilados debajo de su dócil estampa. ¿Parece una alteración del orden natural? Lo es. De allí el horror que despierta. Valga recordar aquí, a propósito de esto, que algo similar habíamos visto en Morelia, en los años noventa, en los personajes de Peter y Jerry de La historia del zoológico (Edward Albee, 1958 en versión del grupo "Theomay"). Como sea, lo espeluznante en Round de sombras es ser testigos de esta transformación que, en el último momento, revela a Julia como la víctima y a Andrés como verdugo.
Con un tratamiento naturalista, la puesta revisa al amor como un duelo de poder en el que los personajes se destruyen mutuamente.
Enjaulados sin salida
Hay que añadir que esta solución no es tramposa (alguien lo comentaba al salir de la función y no comparto ese punto de vista). La situación ya estaba totalmente prefigurada desde uno de los diálogos más tempranos de Andrés, cuando le explica a Julia que no atendió su llamada telefónica previa, cuando él estaba en el laboratorio, porque estaba ocupado acariciando a sus ratas blancas: “Es que estaba con mis ratas -le dice-. Con mis ratitas. Las ratitas sienten cuando las vas a matar, así que tienes que acariciarlas; que sientan que las quieres antes de abrirles sus pancitas. ¡Carajo! Trabajo con ellas. ¿Cómo no las voy a querer? Lloro mucho cuando les abro la cabeza y sus ojos… sus ojitos…”. Tácitamente está revelando el verdadero contexto de la cena.
Más adelante vendrán otros signos ominosos que preparan el desenlace: el frasco de ácido colocado sobre la mesa; la angustiosa imagen de esos roedores de laboratorio que, corriendo en sus ruedas, creen que van a alguna parte cuando la verdad es que están enjaulados, condenados para siempre; la cada vez más evidente máscara de neutralidad de Andrés, soportando las alevosías verbales de Julia y calculando el momento justo para someterla, aplicarle el trapo con cloroformo y lanzarle el ácido al rostro.
Bienvenida a otro Infierno
Nada tan terrible como los amores destructivos. Y Carmina Narro toca fondo con este ejercicio. Bajo los dulces compases del clásico A mi manera (Frank Sinatra, 1969), Andrés acaba con el arma más poderosa de Julia: su belleza. Tras arrojarle el líquido a la cara y acudir a abrazarla protectoramente, le espeta: “¡Tienes que entender que, estando así, yo soy el único que puede quererte todavía!”
La frase es irrebatible y en esta línea particular, la obra lleva la crueldad al virtuosismo. ¿Sólo podemos poseer la belleza cuando la destruimos? Es la victoria más pírrica de todas, pero cosas peores ocurren cuando el amor enferma y su único objetivo es anular y someter al otro.
En todo caso, la perspectiva que se abre ante estos dos personajes torturados parece peor que la de la muerte. Si su matrimonio ya había sido un infierno, como se infiere de todo cuando han dicho, ¿qué les espera ahora?
Como si fueran personajes salidos de Luna Amarga (Polansky, 1992, que llevaba al límite la situación de una novela original de Pascal Bruckner), lo que les aguarda a Julia y Andrés es otro infierno más íntimo, privado, donde podrán dejarse devorar a gusto por esa espiral sado-masoca que conduce siempre a la locura o a desenlaces todavía más macabros. Lo que acabamos de ver no ha hecho sino empezar.
Cumplido naturalismo
Concebido como un trabajo para aprobar la materia de dirección en el octavo semestre de la licenciatura de teatro, el grupo Silencio Teatro, conformado por alumnos de la Escuela Popular de Bellas Artes, ha resuelto este texto con eficacia. Lo que nos han ofrecido es un teatro estudiantil absolutamente profesional, esto es: apasionado, responsable, inteligente y veraz.
La puesta del grupo es una pieza redonda en sus aspiraciones naturalistas, de una gran veracidad escénica, incluso en escenas tan difíciles como la del bofetón que Julia le propina a Andrés.
También importa tener en cuenta que se trata de un trabajo muy atento a su realidad, que toma una dramaturgia nacional y aborda un tema que no es en absoluto ajeno o extraño, sino común, asequible a cualquier público.
En términos de actuación el aplauso es para Aidet Fuentes Mapourmé, quien logra una potente caracterización. Por su parte, David Hurtado aparece correcto, pero sin proyectarle aún a su personaje las complejidades que alcanza su colega. Vale. Hay, de todos modos, suficiente simetría entre los dos personajes para convencer y conmover y no hay que olvidar que los dos actores han afrontado una experiencia particularmente difícil porque tanto la dramaturgia como el concepto de la puesta en sí (como teatro arena, muy cerca del público) están pensados para que todo el peso del trabajo recaiga en los personajes. Es un teatro de actores.
Como director, Ramsés Figueroa resuelve con limpieza y sencillez, dos atributos que nunca serán lo suficientemente festejados. Establece la mesa de la cena como centro de gravedad del espacio, con una tenue lámpara pendiendo al centro y flanquea el espacio escénico como un ring de boxeo cuyas cuerdas son en realidad cintas amarillas de las que emplea la policía para acordonar el lugar de un crimen.
La "segunda vuelta"
Originalmente, este trabajo dura unos treinta minutos (otro acierto, pues la economía de tiempo queda al servicio de la intensidad de los contenidos. Además, no debe olvidarse que Round de sombras es apenas una de las tres piezas del tríptico Químicos para el amor, de la misma dramaturga).
Pero para participar en la Muestra, que solicita trabajos de una duración mínima de 50 minutos, el equipo optó por elaborar, a modo de experimento, una “segunda vuelta” repitiendo la pieza, pero invirtiendo los roles de los personajes (Julia es la laboratorista introvertida que invita a cenar a Andrés, el empleado bursátil y es ella la que finalmente desfigura el rostro de su compañero).
La idea, surgida al amparo del taller de dirección impartido hace unas semanas en Morelia, dentro de las actividades previas de la muestra, es buena, ya que pone en perspectiva el rol de cada personaje y, sobre todo, introduce una variante para calibrar las reacciones del público ante una tipología femenina distinta. Sin embargo, el experimento indudablemente necesita madurar.
EN VIDEO; Dos fragmentos de Round de sombras.

La belleza no es sino el comienzo de lo terrible. Lo que somos apenas capaces de soportar. Lo que sólo admiramos porque serenamente desdeña destrozarnos. Todo ángel es terrible.
Elegías de Duino (Elegía I) / Rainier María Rilke, 1922
No me atrevo a ofrecer lo que deseo dar,
y menos a tomar lo que perder me mataría.
Miranda en La Tempestad (Acto III, escena 1) / William Shakespeare, 1611
Y en una tarde triste de los más dulces días,
la Muerte, la celosa, por ver si me querías,
como a una margarita de amor te deshojó.
Margarita (fragmento) / Rubén Darío, 1893
El tiempo del Ser no tiene principio ni fin.
Por eso el nacimiento y la muerte de los mundos no se detienen nunca.
Vishnu Purana, Libro I, capítulo 1, versos 18-19 / Atribuido a rishi Vyasa, Siglo II antes de Cristo
Ana Teresa Zayas Chavira interpreta a Beatriz en La hija de Rappaccini.
Gallardamente adolescente en su espíritu, provocado-ramente subversiva en su tema e irritantemente amateur en sus actuaciones, La hija de Rappaccini (Octavio Paz, 1956, en dirección de José Refugio García) se presentó en la muestra ayer, domingo, pero tuvo una primera temporada del 16 de enero al 1 de febrero en el teatro Stella Inda, del IMSS: fue la obra que abrió el telón teatral de 2009 en Morelia y por eso le dedico una atención especial. No es una atención gratuita. Se trata de uno de nuestros clásicos nacionales menos conocidos y merece el esfuerzo.
El único acto de la pieza consta de un prólogo, nueve escenas y epílogo, y narra el amor imposible entre Juan, un estudiante napolitano que llega a Padua, y Beatriz, la bella y enigmática hija del doctor Rappaccini, quien es un genio botánico empeñado en darle atributos inéditos al mundo vegetal. A partir aquí, la historia replantea uno de los estereotipos más inquietantes de nuestras culturas patriarcales: la femme fatal, la “vampiresa”, la mujer-monstruo. Es decir: la devoradora de hombres.
De lo cósmico a lo humano
Un sentido trascendente abraza a esta puesta gracias a una aparición mítica, cuyas reflexiones abren, acompañan y cierran la obra. El personaje del Mensajero en la dra-maturgia de Octavio Paz ha sido caracterizado aquí por José Refugio García como Kali: la diosa-madre hindú cuya dualidad sostiene al universo a través de un permanente ciclo de creaciones y aniquilamientos.
“Mi alma es transparente –dice el personaje, que ya no aparece oscuro como en la tradición veda, sino en coloridos atuendos, como un lúdico arlequín–: Si os asomáis a ella, en su fondo no encontraréis nada que sea mío. Nada, excepto la imagen de vuestro deseo, que hasta entonces ignorábais”.
En esta calidad de espejo místico, Kali (Yareli Muñoz) muestra al público varios arquetipos, algunos extraídos del tarot de Marsella (la Estrella, el Ermitaño, los Amantes, un juglar…) que revelan a cada personaje de la obra. Kali acentúa así el sentido alegórico de lo que vamos a ver.
La hija de Rappaccini, pues, no será un mero relato de amour fou a la francesa, donde los manes del amor son adversos a los protagonistas, sino una reflexión ética y trágica acerca de la mujer y del amor.
Eros Alexis Otega encarna al doctor Rappaccini en la versión de la compañía moreliana Espacio Escénico.
Romance fatal
La hija de Rappaccini abre con el joven Juan (Yazman Pulido en la puesta original, relevado ayer por Said A. Soberanes Benítez), quien llega a Padua a estudiar Leyes. Al alojarse en una modesta posada, Juan elude los lances de la madura ama de llaves Isabel (Yareli Muñoz en doble papel) y domina su miedo ante la lóbrega perspectiva de estar solo en una ciudad ajena, para lo cual parodia con humor a dos clásicos: Drácula (Stoker, 1897) y Nosferatu (Murnau, 1922).
Desde el balcón de su cuarto Juan también descubre el exótico jardín de su vecino, Rappaccini (Eros Alexis Ortega), quien se deleita con sus singulares creaciones.
“¡Ah! Te ruborizas, pero estás bien armada”, le dice Rappaccini a una de sus flores en tanto Juan lo espía. La frase valdría para describir a cualquier rosa y sus espinas, pero pronto notaremos que la flor de Rappaccini es singularmente letal: “Si alguien te rozara –añade el científico–, pronto vería su piel cubierta por una rica vegetación de manchas azules”.
Al modo de Fausto (Goethe, 1808) o del doctor Víctor Frankenstein de El moderno Prometeo (Shelley, 1817), Rappaccini tiene una insaciable pasión por lo Infinito y gracias a su genio ha podido tocar lo prohibido. Como todo personaje fáustico, sus motivos son nobles, pero las consecuencias de sus actos son terribles: conmovido por la delicada belleza de las flores, Rappaccini ha usado su ciencia para darle armas a lo que antes era frágil: ha creado flores indómitas, bellezas ponzoñosas “más fuertes que la vida”.
Al espiar a Rappaccini, Juan ve por primera vez a Beatriz (Ana Teresa Zayas Chavira), la solitaria hija del científico. La bella joven añora otra vida pero ha aceptado su confinamiento en el jardín paterno, donde se impone la presencia de un robusto árbol al que ella llama “hermano”.
Lo obvio no tarda en ocurrir: Juan y Beatriz se conocen y se enamoran. Por primera vez, la tímida muchachita que huía ante cualquier extraño aguarda un poco antes de correr, y el joven que no tenía a quién darle unas rosas halla a quien dirigir su afecto.
Pero los obstáculos tampoco demoran. Desde el comienzo, Juan había sido advertido por Isabel del oficio de su vecino (“Es un gran sabio. Dicen que no hay otro médico como él. Y dicen otras cosas… El señor juzgará por sí mismo”). Luego, ya prendado de Beatriz, Juan es prevenido contra ella por el profesor Baglioni (Eduardo Jacobo Guízar), viejo amigo del padre de Juan, catedrático en Padua y antagonista profesional de Rappaccini.
Ocultando mal sus celos académicos, Baglioni critica la labor de su colega y, llegado el momento, le revela a Juan lo inaudito: Beatriz es el mayor experimento de Rappaccini. Es otra clase de flor venenosa, pero más terrible que las demás porque ella no es una planta, sino algo que comenzó siendo humano.
La advertencia de Baglioni llega tarde. Una escena antes, Juan se había internado en el jardín y había sido accidentalmente rozado por Beatriz. Ahora, horrorizado, el muchacho descubre que está contaminado: un soplo de su aliento basta para ennegrecer a la rosa más lozana.
A partir de aquí las desgracias se precipitan. Baglioni le ofrece a Juan un antídoto… pero no para él sino, alevosamente, para que se lo dé a Beatriz. A su vez, la confianza que Juan le debe a su amada flaquea. Y Rappaccini revela a destiempo sus intenciones hacia Juan: sólo quiere que sea la pareja de su hija.
Ante las dudas de unos, las intrigas de otros y la incomprensión de todos, Beatriz asume su destino. Bebe el antídoto que le ofrece Juan, aunque sea letal para su sangre, y va a acurrucarse al pie de su árbol tutelar para morir ahí.
Rappaccini ha perdido a su única hija. Juan ha perdido a su amada. Baglioni ha conjurado la amenaza profesional de Beatriz y Rappaccini, pero al precio de convertirse en un asesino. El amor y la vida han perdido una oportunidad de triunfar.
Tres miradas a un tema
Tres miradas distintas coinciden en la puesta de La hija de Rappaccini para poner en perspectiva el tema de la mujer fatal.
Por un lado, el cuento original de Nathaniel Hawthorne, escrito en 1844, cuestiona la victimización de la mujer en un mundo patriarcal (con un franco tono romanticista y un estilo de resonancias góticas); por el otro, la aportación de Octavio Paz al reelaborar el cuento es que redimensiona la tragedia con acentos poéticos que son a la vez líricos y trascendentes, desde un estilo claramente modernista (en un ámbito de referencias místicas, románticas, orientales y neoclásicas cosmopolitas).
A su vez, el director J. Refugio García lee correctamente a Paz, comprende bien los guiños de su dramaturgia y los interpreta para la escena. Ahí están, para probarlo, la excelente solución que le ha dado a la escena siete con su juego de sombras chinescas (si Paz viviera, habría aplaudido ese tratamiento), así como la caracterización del Mensajero como Kali, y la atmósfera onírica que se le procura imprimir a toda la obra. Sin embargo, y desgraciadamente, falla al configurar un elenco débil cuyo nivel actoral compromete toda la puesta en escena, pues sin actuaciones no hay tono y el ritmo inevitablemente se cae.
Pero antes de ir tan lejos vale la pena detenerse y acudir a la fuente de la pieza para ver el alcance de la adaptación de Paz y ponderar la lectura que de ella logran los teatristas morelianos que la han montado.
Hawthorne y el estudio del pecado
La hija de Rappaccini se inspira en un cuento de Nathaniel Hawthorne (Salem 1804–Plymouth 1864). “El hombre de letras más sombrío de Norteamérica”, como él mismo se definía, dedicó su pluma a explorar el sentido ético del pecado. El mejor ejemplo es su novela La letra escarlata (1850), donde una joven adúltera se niega a traicionar la identidad de su amante, convirtiéndose así en un personaje más íntegro que sus acusadores. Esta novela es vital para entender el pensamiento conservador en los días de los “pylgrim fathers” que fundaron la nación esta-dounidense y ha sido llevada al cine varias veces.
Pero si esto es así en sus novelas, en sus cuentos Hawthorne suele colocar un elemento fantástico que es el vehículo para expresar conflictos éticos.
Por ejemplo, en La marca de nacimiento un científico se casa con una mujer que tiene una mancha en el rostro y el hombre se obsesiona en investigar tal marca, sin importarle arriesgar la vida de su esposa. En El joven Goodman Brown el joven del título (Goodman, literalmente: Buenhombre) quiere ser malo para ser “único”, “especial”, pero conducido por el mismísimo diablo a una misa negra, descubre allí hasta a los más puritanos de su pueblo y se vuelve paranoico: la exclusividad del mal no existe y ya no hay en quién confiar. En el extraordinario texto El egoísmo un hombre sobrevive angustiosamente al dolor que le causa una serpiente que vive en su pecho.
En estos y otros relatos de Hawthorne, los personajes han transgredido un límite o han antepuesto el egoísmo, la soberbia o la ley a alguna necesidad humana básica (consuelo, ternura, lealtad…).
Siguiendo esta línea, en La hija de Rappaccini Hawthorne nos pone ante un personaje fantástico que es inquietante por su ambivalencia. Beatriz es una presencia antinatural, hija de artes prohibidas: es una “mujer-veneno”, un monstruo. Pero al mismo tiempo es un personaje inocente: no eligió ser lo que es. Más aún, desde su naturaleza mortífera Beatriz opta por no causarle el mal a nadie y esa bondad acaba por convertirla en la víctima de los demás, que se transforman así en los verdaderos monstruos, ya que ellos sí han podido elegir y todos le han causado daño a ella con sus decisiones.
En este sentido, el concepto de un “Pecado original” que cada uno de nosotros lleva como un fardo desde que nace (como pasa con Beatriz) nunca se reveló tan cruel como en este texto. Y hablar de “Pecado original” no es gratuito. En su relato decimonónico, y acorde al entorno puritano en que vivió, Hawthorne establece un paralelismo claro entre el Paraíso de la tradición judeocristiana y el jardín de Rappaccini, que no es sino otro Edén donde veremos cómo se reproduce la Caída.
El símil va más allá. Si la Beatriz de Dante en La Divina Comedia (1642) era una emisaria de la Divinidad que guiaba al poeta hacia el Paraíso, la Beatriz de Hawthorne representa a una Hija del Hombre; ella encarna a la humanidad después del Pecado Original. ¿Acaso no somos todos, como ella, una compleja mixtura entre Bien y Mal? Y Hawthorne reflexiona sobre esto y nos muestra que lo terrible no es que seamos, como Beatriz, ángeles y monstruos al mismo tiempo, sino que ante esa realidad seamos soberbios como Rappaccini, obtusos como Baglioni o pusilánimes como Juan. Para Hawthorne, en este cuento, tales son los verdaderos pecados, porque los tres nos ciegan y nos impiden reconocernos y aceptarnos como somos.
Yazman Pulido (arriba) como Juan en la primera temporada de esta obra, emprendida en el mes de enero.
La femme fatal y los otros venenos
Ya se ha dicho que La hija de Rappaccini redimensiona a la femme fatal, pero falta mostrar cómo.
De entrada, este prototipo halla su imagen más terrible, no en las “mujeres-veneno” (que sólo son dos anécdotas breves, casi perdidas en la literatura oriental, rescatadas por la enciclopédica erudición de Paz), sino en el mito de las mujeres con vagina dentada que surca, ese sí, varias culturas, desde la Polinesia y África hasta el Medio Oriente y China.
Pero lo extraordinario en el cuento de Hawthorne es cómo el autor mira más allá de tales mujeres letales y nos revela su contraparte: el homme fatal.
En efecto, los tres personajes masculinos en el cuento de Hawthorne desean ayudar a Beatriz, pero en el fondo los tres temen el contacto mortal de la muchacha. Debido a este miedo, tanto Rappaccini como Baglioni y Juan (Giovanni en el texto original) sólo pueden ver a Beatriz desde sus propios intereses egoístas y esto lleva a un desenlace cruel: para la joven cada acto de esos hombres significará su muerte.
Esto es importante. Si Beatriz es una mujer-veneno, los otros personajes de esta pieza también están emponzoñados.
El doctor Rappaccini está envenenado de soberbia intelectual. Ha buscado alcanzar lo que siempre le ha estado vedado al hombre: la inmortalidad en la Tierra y la perdurabilidad de la belleza. Rappaccini encarna la Hybris griega (aquel que ambicione subir demasiado alto será derribado por los dioses).
Baglioni, en cambio, es el hombre común envenenado de escepticismo materialista. Incapaz de percibir “lo maravilloso”, quiere reducirlo todo al ámbito de lo seguro y lo calculable. Bagloni encarna esa forma de estupidez humana que nos ha acompañado a través de todos los tiempos y de todas las civilizaciones: es un hombre que quiere destruir aquello que no puede comprender.
Juan, por su parte, alberga un conflicto no menos tremendo. Colocado ante el amor que le abrirá las perspectivas de su vida (como hace el amor con todos nosotros, cuando somos jóvenes), Juan es incapaz de superar su miedo para dar ese salto hacia lo Porvenir. Por esta razón, al final, es un personaje muy doloroso, ya que no ha sabido acopiar el valor necesario para estar a la altura de sus sueños.
En cuanto a Beatriz, su condición revela la paradoja central de lo humano: es bella, pero también venenosa; es noble, pero está maldita; es el pecado, pero también la posibilidad de la redención. Su personaje conjuga así los dos extremos clásicos de ver a la mujer en las culturas patriarcales: como santas o como diablesas. Beatriz es las dos. Pero como tal dualidad parece irreductible para el pensamiento occidental, Beatriz será la víctima de un mundo de hombres que no puede vencer sus propios miedos ante la dimensión de lo femenino, que es al mismo tiempo sagrada, erótica, lunar y telúrica.
Paz y la trascendencia modernista
Pasemos ahora a la dramaturgia de Octavio Paz. La palabra clave para comprender lo que hizo nuestro poeta mexicano con su versión de La hija de Rappaccini es “modernismo”. En efecto: La hija de Rappaccini es un texto modernista o no es.
Veámoslo así: en El caracol y la sirena (“Cuadrivio”, Ed. Joaquín Mortiz, 1989), Octavio Paz deslindaba lo esencial del movimiento modernista latinoamericano y decía: “Sus poetas enriquecieron el idioma con acarreos del francés y del inglés; abusaron de arcaísmos y neologismos y fueron los primeros en emplear el lenguaje de la conversación. Su cosmopolitismo no excluía a las conquistas de la novela naturalista francesa ni las formas lingüísticas americanas” (…). “Fueron exagerados, no hinchados; muchas veces fueron cursis, pero nunca tiesos. A pesar de sus cisnes y de sus góndolas, le dieron al verso español una flexibilidad y una familiaridad que jamás fue vulgar y que habría de prestarse admirablemente a las dos tendencias de la poesía contemporánea: el amor por la imagen insólita y el prosaísmo poético”.
Todo lo anterior (en especial “el amor por la imagen insólita”) está presente en La hija de Rappaccini, con el añadido de que las citas a la cultura occidental gala y sajona se extienden a las tradiciones orientales a las que Paz tanto amó.
Desde este contexto, una línea puesta por Paz en labios del doctor Rappaccini apunta cuál es la preocupación esencial del poeta en este trabajo teatral. Dice su personaje: “Lo que para unos es vida, para otros es muerte. Nosotros sólo vemos la mitad de la esfera, pero la esfera está hecha de muerte y vida. Si acertase con la medida y las proporciones justas infundiría porciones de vida en la muerte; entonces se unirían las dos mitades: ¡seríamos como dioses!”.
Esta línea es clave. Como modernista, Paz recupera los trágicos relatos de amour fou (“amor imposible”) de las tradiciones griega y francesa; las inquietantes atmósferas góticas de las que nacería el thriller de tradición británica (y de las cuales el propio Hawthorne ya había abrevado para su cuento). También redimensiona el espíritu romántico de la anécdota (y es absolutamente romántico, pues, desde este enfoque ¿qué es Beatriz sino la alter ego del monstruo del doctor Frankenstein, cuya desgracia es que ama a un mundo que la desprecia y la teme?)
Pero, sobre todo, Paz introduce un sentido místico, un aliento de trascendencia sobrehumana al colocar la tragedia en una perspectiva cósmica. Esa es la importancia del personaje del Mensajero, que mira la vida de los hombres como un péndulo permanente entre el amor y la muerte, entre la vida y la destrucción, entre el abrazo y el desencuentro.
Así pues, La Hija de Rappaccini, recupera los elementos propios del neoclasicismo (la pasión por la ciencia y el detalle) y del romanticismo (la seducción de la muerte, el ideal imposible, la búsqueda de una trascendencia sobrehumana, la devoción al mundo natural como una tierra de misterios) y demuestra su vigencia en un contexto contemporáneo para decirnos, con gran belleza, que “el amor es elección”. Esa es la herencia que nos lega y es un texto extraordinario.
Aspecto al trabajo con teatro de sombras para resolver la escena siete del texto de Octavio Paz.
Cimas y abismos de una puestaEN VIDEO: Algunos momentos de La hija de Rappaccini.
Recursos en la web
Para aquellos que deseen indagar más acerca de esta obra teatral, de su fuente literaria o de hechos asociados a ambas, ofrezco los siguientes vínculos que vale la pena visitar.
Cuentos de Nathaniel Hawthorne en inglés original
Cuentos de Nathaniel Hawthorne traducidos al español
Versión en inglés original del cuento La hija de Rappaccini, de Hawthorne en:
Versión traducida al español del cuento La hija de Rappaccini, de Hawthorne en:
La hija de Rappaccini. Libreto teatral original de Octavio Paz. Edición digital (formato flash):
Una aproximación al mito de la mujer veneno desde La hija de Rappaccini. Ensayo. Daniel Domínguez Cuenca. Sitio de la revista digital de la Universidad “Cristóbal Colón”:
El cepillo de dientesFOTO: El dramaturgo Jorge Díaz, autor de El cepillo de dientes. Imagen tomada del archivo del diario chileno "El Mercurio" (http://img.emol40.elmercurio.com/)

Angie Suárez y Paola Mora protagonizan a Leonor y Laura en el trabajo que abrió la muestra en el teatro Ocampo.
Le correspondió al teatro del interior del Estado, representado por la agrupación Teatro Libre de Los Reyes, “partir plaza” ayer y abrir las actividades de la Muestra Estatal de Teatro 2009 con la representación de la pieza en un acto Entre nos (Santiago Serrano, Argentina, 1990). La obra es dirigida por Angie Suárez y Óscar Malagón Pérez y representa el trabajo más reciente de este ensamble oriundo del oriente michoacano.
Aunque la inauguración oficial, con su acto de protocolo, se realizó ayer a las 20:30 horas en el foro La Bodega con ¿Y si Heidegger no hubiera muerto?, es importante precisar que Entre nos fue el ejercicio encargado de dar el verdadero comienzo, en punto de las 18:00 horas, a las jornadas escénicas que se extenderán en la capital del Estado hasta el próximo día 30.
Tarde nublada y de intenso congestionamiento vehicular en el primer cuadro moreliano, con el centro capitalino flanqueado por un festejo de apoyo sindical en el Colegio de San Nicolás y el plantón de docentes ante Palacio de Gobierno. Mientras, durante esta función inaugural, en la butaquería del teatro Melchor Ocampo hubo pocas localidades ocupadas.
Pese a todo, el rito se cumplió y la experiencia teatral llegó a su cita como sigue:
Dos callejones sin salida
Ya cuarentonas, y tratando de fingir que están satisfechas con la vida que les ha tocado, las muy distintas Leonor (Angie Suárez) y Laura (Paola Mora), coinciden en la banca de un parque. La primera ha llegado ahí para dedicarse a tejer; la segunda ha acudido durante su hora de comida en el trabajo.
Paulatinamente, las dos mujeres pasan del recelo a la confianza y de las apariencias a las revelaciones mutuas. Habiendo remontado poco más de “la mitad del camino de la vida” (diría Dante), ambas se descubren trágicamente solas (aunque una de ellas, Leonor, ya ha engendrado una familia) y sin perspectivas sentimentales para el futuro. La vida se ha vestido de gris para las dos y, a pesar de todo, el catártico encuentro concluye con un positivo cambio de actitud, por lo menos para una de ellas.
Esta es la premisa de la pieza Entre nos, breve ejercicio del dramaturgo y psicoanalista argentino Santiago Serrano. Los integrantes de Teatro Libre de Los Reyes han acometido el montaje con la mayor sencillez posible. Sólo están las dos actrices en escena, el banco donde se registra su encuentro y, contra el ciclorama, al fondo, la proyección de una imagen fija del quiosco de la Plaza de Armas en Morelia, para ambientar.
Desde esta simplicidad, Angie Suárez (Leonor) y Paola Mora (Laura) consiguen interactuar con eficacia para expresar las ironías y sarcasmos que pueblan los diálogos del trabajo, pero también los momentos patéticos, muy contenidos, con los que se pone en perspectiva la soledad de la mujer contemporánea, no importa que esta sea un ama de casa tradicional capaz de aferrarse al consuelo de una familia que la ame (caso de Leonor) o una oficinista marchosa y con deseos de escalar puestos que se esmera en superarse, tener buen aspecto y llevar las riendas de su vida (caso de Laura).
La sencilla eficacia
El trabajo, modesto pero muy digno, se disfruta entre otros motivos porque no se extiende ni se regodea inútilmente en su situación y bastan menos de cincuenta minutos para compartir la anécdota, cuyo tono coloquial también colabora a una fluida conexión con el público.
Entre tanto, los dos personajes intercambian vulnerabilidades, se tornan cómplices, se lanzan unos cuantos arañazos, algunos dolorosamente certeros (“no eres más que una vaca echada, en eso te convertiste”), declaman poemas que dan testimonio de su condición y, tras un primer momento de disimulos, acaban convirtiéndose en solidarias y lastimosas confidentes.
Muy costumbrista en su espíritu, el trabajo establece sus retratos correctamente. No es una ventana a otros mundos, sino un espejo que refleja los que habitamos, pero desde esa dimensión cumple, exhibe, cuestiona, hace reir y pensar.
Buena respuesta
En entrevista, tras la función, Angie Suárez detalla los pormenores de este estreno.
Como se recordará, hace un año, su grupo se presentó en la Muestra Estatal de Teatro con una versión de Entre Pancho Villa y una mujer desnuda. Luego de esa experiencia, Entre nos se estrenó en Ciudad Hidalgo en marzo pasado, tras un ágil periodo de casi 20 días de ensayos y a la sazón ha ofrecido una decena de funciones, todas ellas en el cine María Isabel, en Los Reyes, que ha sido habilitado como foro escénico.
“Hemos tenido muy buena respuesta de la gente –dice la directora–, especialmente de señoras de la edad de nuestros personajes. Me parece que la obra les permite identificarse fácilmente porque el texto habla de problemas muy comunes que se dan en todas partes; el asunto de la soledad cuando una es mujer parece un tema universal y es muy diferente a la forma en que ustedes, los hombres, sacan adelante crisis parecidas”.
Indica asimismo que la alerta desatada por el brote de influenza causó sus estragos a la obra. “Llegamos a dar alguna función con apenas dos o tres personas en el teatro, pero lo interesante es que la gente no ha dejado de acudir”. Actualmente, el grupo espera confirmar funciones de este trabajo en las comunidades de Cotija o Peribán. También se apresta para llevar a escena Cleotilde en su casa, de Jorge Ibargüengoitia. A nueve años desde su nacimiento, Teatro Libre de Los Reyes ha llevado al escenario 28 distintas puestas en escena.
EN VIDEO: una escena de Entre nos, ofrecida por el grupo Teatro Libre de Los Reyes.
Vista parcial al público asistente a la inauguración de la Muestra Estatal de Teatro 2009, en La Bodega.
La invitación a buscar “caminos más atrevidos”, que lleven a una relación “mucho más fructífera” entre instituciones, creadores, productores y actores, fue el llamado principal del secretario estatal de cultura, Jaime Hernández Díaz, a la comunidad artística de la entidad al inaugurar anoche en Morelia las actividades de la Muestra Estatal de Teatro 2009.
El acto de protocolo ocupó apenas diez breves minutos y tuvo como sede el foro La Bodega. Intervinieron en el mismo el titular de la Secum y el jefe del departamento de teatro de la institución, Fernando Ortiz Rojas.
En sus discursos, los dos funcionarios coincidieron en acentuar la presencia de nuevas generaciones de teatristas, procedentes de una formación universitaria que ha venido abriendo el camino a licenciaturas en artes durante la última década.
Fernando Ortiz celebraría, en ese contexto, el surgimiento de un gremio teatral que “en este 2009 se muestra presuroso por configurar un rostro del teatro michoacano”.
EN VIDEO. Intervención de Fernando Ortiz (Departamento de Teatro, Secum) en la inauguración de la Muestra.
EN VIDEO. Intervención de Jaime Hernández (Secretario de Cultura de Michoacán) en la inauguración de la Muestra.
El momento de la llamada telefónica en ¿Y si heidegger no hubiera muerto?. La agrupación teatral Contrapeso en la jornada inaugural
Las apariencias engañan. ¿De veras engañan? Claro que sí. Pero sólo a quienes no son lo bastante sutiles o agudos para interpretarlas o comprenderlas. Después de todo, si una apariencia es y existe, entonces también guarda una verdad: no sólo sobre sí misma sino sobre aquello que intenta disimular o esconder.
Aún así, las cosas no son tan simples. En el fondo, cada una de las certezas que creemos tener y con las cuales vivimos depende siempre de una suma muy diversa de factores.
He aquí el punto de partida de ¿Y si Heidegger no hubiera muerto? (Roberto Briceño, 1996 / 2008), con la que anoche se declaró inaugurada la Muestra Estatal de Teatro 2009 en el foro La Bodega.
El quinto personaje
Distribuida en cuatro cuadros, esta pieza en un acto comenzó a ser concebida por Briceño hacia 1996, cuando se cumplían veinte años de la muerte del filósofo de Friburgo, y de cuya importancia Foucault dijo una vez: “quizá algún día el siglo XX se recuerde como heideggeriano”
En este trabajo, tras una noche de fiesta, conocemos a los cuatro amigos bachilleres Martha, Sofía, Manuel y Fernando quienes comienzan su día, crudos pero felices, en el departamento de este último.
Al compás de Lucy in the sky of diamonds, el desenfadado amanecer de los jóvenes oscila entre duchas eróticamente juguetonas, impaciencias por desayunos que se dejan enfriar, intolerancias contra el volumen de la música en el estéreo y pláticas de temas académicos que detonan por la proximidad de un examen escolar. Pero la placidez cotidiana es quebrantada por una extraña declaración del personaje de Manuel, que al hablar por teléfono con su preocupada madre, le confirma que se encuentra bien en el departamento con sus tres amigos y luego añade, prácticamente sin que venga al caso, que también está con ellos Beatriz, "la nueva amiga de Fernando".
La alusión a ese quinto personaje, que los demás no conocían y que no ven, pone sobre la mesa los temas de la verdad, del ocultamiento y del relativismo de nuestras certezas. En una palabra: premisas caras para el pensamiento filosófico de Heidegger.
Como rasgo adicional, la puesta en escena recurre tres veces sobre una misma situación. Esto pone en tensión los principios opuestos de determinismo e incertidumbre que definen nuestro discurrir por el tiempo, un poco a la manera del díptico cinematográfico Smoking / No smoking (Alan Resnais, 1993), o del filme Corre, Lola, corre (Tikwer, 1998).
Los personajes de Manuel y Sofia en la escena en la que se cuestiona la epidermia y trivialidad extremas de los medios de comunicación.
Los personajes de Fernando y Martha.
Procesos y resignificación
Innegablemente realista en su temperamento, esta versión actualizada de ¿Y si Heidegger no hubiera muerto? es un corte de mangas con respecto al concepto original de la puesta, hace una década.
Más allá de los contenidos descritos hasta aquí, este otro hecho es importante.
Hace unos diez años, en el Conservatorio de Las Rosas, se presentó este trabajo por primera vez. El texto era prácticamente el mismo, pero la forma de resolverlo escénicamente tenía grandes deudas con la estilística del grotesco criollo, a la sazón objeto de entusiastas exploraciones por parte de Briceño, que a través del mismo daba cauce a un definido interés por la plasticidad visual del montaje en términos fantásticos (casi diría que pánicamente extravagantes a la hora de cuestionar y aún de provocar, subversivamente, las premisas del teatro convencional).
Hay que recordar que de ese periodo, más o menos, datan otros trabajos de Briceño como El extraño jinete (Michel De Ghelderode, 1958) y Mateo (Armando Discépolo, 1923), a los que se añadirían experimentos contestatarios como El guayabo peludo (Silvia Peláez, ¿1994?) y Delicias y tormentos de la carne (Fernando Arrabal, 1983, en la que dirigió Juanjo Segurajáuregui, pero donde Briceño encarnó a un bonaerense comisario Borges que aún recuerdo bien).
En breve, desde este otro punto de vista, ¿Y si Heidegger no hubiera muerto? vale adicionalmente como el testimonio de un proceso en el que Roberto Briceño ha ido asentando sus hallazgos e intereses, transitando desde ámbitos de inspiración expresionista hasta llegar al momento actual, en el que su trabajo apunta a una resignificación del realismo y cuyas raíces bien pueden remontarse a su versión de Marsal, Marsal, de Sanchis Sinisterra, también realizada en los años noventa.
Esta resignificación se da ahora con el respaldo de las premisas del “teatro de la presencia”, concepto que debemos a autores como Brook y Grotowsky. Uno de los resultados de este “teatro de la presencia” (aunque no es el único resultado) consiste en que el espacio íntimo, lúdico, de cada actor, no interfiere con el espacio escénico que comparte con sus colegas en acción. De alguna manera el espacio personal del actor se disuelve porque todo es “personal” (el espacio íntimo, el escénico y el teatral, lo tres fundidos por la conciencia que el actor y su personaje cobran a partir de procesos de “un saber hecho de experiencias” que fortalecen la construcción de las formas y que transforman radicalmente la misma noción de “representación”).
¿El meollo de todo esto? Pues que al transformarse la experiencia de esta forma, inmediatamente todo el entorno del actor cambia a la par que su conciencia y su misma eficacia artística: el espacio escénico deviene espacio teatral y este último también es rebasado hasta transformarse en un espacio público, abierto, en el que el actor derriba la cuarta pared e incluye al público en sus acciones. Se trata de una búsqueda que procura llevar la veracidad escénica a sus últimas consecuencias. Una cumplida noche inaugural.
EN VIDEO: La escena de apertura de ¿Y si Heidegger no hubiera muerto?, el sábado en La Bodega..