Festival Nacional de Títeres en Morelia


Los tres cochinitos y

la mirada sociofamiliar


Exquisita tercera noche con el actor xalapense Lorenzo Portillo, de la agrupación Merequetengue y una fábula clásica en clave paródica

Caracterizado como Mamá Cochina, el actor Lorenzo Portillo en una escena de la obra ofrecida en la tercera noche del festival.

En la tercera función de gala del Primer Festival Nacional de Títeres en Morelia, el miércoles, correspondió el turno al xalapense Lorenzo Portillo, de la agrupación veracruzana Merequetengue teatro, quien mantuvo en alto la estafeta de la calidad que se ha visto por estos días en el encuentro con la parodia La verdadera historia de los tres cochinitos: un unipersonal para titiritero y máscaras (mamá cochina), títeres de mesa (los cochinitos) títeres de vara simple (el gusano) y bocones con partes vivas (el lobo feroz).

Otro momento del notable trabajo en escenario de mesa, con el realizador jarocho

Versiones y revisiones
La verdadera historia de los tres cochinitos se inspira en el relato popular de la tradición galesa, de acuerdo a la adaptación que hizo en 1890, en su antología Cuentos de hadas ingleses, el escritor y recopilador Joseph Jacobs. La suya no es la primera, pero sí la más popular recuperación de la fábula.
Por lo demás, esta no es la primera vez que se emprende, con altísima calidad, una revisión a este célebre cuento que, en su versión original, ensalza el valor de ser cautelosos y precavidos. Apenas en la pasada década de los noventa, el escritor Jon Sciezka y la ilustradora Lane Smith realizaron una notable versión del cuento, titulada precisamente The True Story of the Three Little Pigs by A. Wolf (literalmente La verdadera historia de los tres cochinitos por un lobo), en la que resultaba que los tres cochinitos son unas fichitas y el lobo feroz, más bien silvestre, sólo había acudido a ellos en busca de un poco de azúcar para elaborar un pastel para su abuelita loba.
Ese álbum, de 1989, marcó una pauta importante en la cultura de los libros ilustrados para niños, dentro de la industria editorial europea, con un poderoso aliento narrativo y una intensa propuesta visual. Ahora, ya en el ámbito de los títeres y desde un contexto totalmente mexicano, el eficaz ejercicio desplegado por Lorenzo Portillo ha resultado, al mismo tiempo, inteligente, ágil y actoralmente virtuoso.

El rehilete y la luna, ya en la recta final del espectáculo.

El juego en contexto
La cuidadosa puesta en escena ha sido organizada con elementos que remiten a milpas, y otros elementos del mundo rural mexicano. Esta postura de concepto comienza desde la confección de la mesa-escenario con un enorme tapete de mimbre. A su vez, Portillo aparece con guayabera y sombrero campirano y a lo largo de la obra aparecerán poderosos referentes a la cultura popular mexicana, coloridos rehiletes por delante.
A partir de este contexto, Portillo narra una historia en la cual, ante todo, explica el por qué los cochinitos del cuento tradicional estaban solos y a merced del lobo: la madre ha tenido que partir como indocumentada a los Estados Unidos. Este guiño a la realidad, que es la prerrogativa de toda parodia, se extenderá a lo largo del relato a citas de los problemas de nuestro tiempo: la contaminación de mantos acuíferos por parte de la paraestatal PEMEX, las duras condiciones tributarias impuestas por la Secretaría de Hacienda, las ganancias de los coyotes con su tráfico de indocumentados, el reajuste de modelos de vida a causa de los procesos de transculturación, la depredación contra el sistema educativo por el vesianismo del sindicalismo magisterial y, sobre todo, la alevosía de un sistema protagonizado por el lobo en contra de una sociedad indemne (encarnada por los cochinitos), pero a la cual el titiritero-narrador conminará varias veces (mediante deliciosa copla) a que piense para encontrar las soluciones mejor razonadas y más perdurables a los problemas.



EN VIDEO

Algunos momentos del eficaz ludismo desplegado por el xalapense Lorenzo Portillo en su trabajo La verdadera historia de los tres cochinitos, echando mano de títeres de mesa y bocones. También una disculpa por la errata en el apellido: Padilla en vez de Portillo. Esa imprecisión será corregida en breve.

Parodia y honestidad
Lo más hermoso de La verdadera historia de los tres cochinitos, tal como nos la ofrece Portillo, es la manera en que emprende el juego paródico. Acude a la forma más pura de la parodia: no a la mediatizada por la comedia popular moderna, sino a la que está más cercana al sentido griego original del término, a partir de la cual critica irónicamente acontecimientos políticos, sociales, literarios y escénicos, para emitir opiniones que son eficazmente transgresoras.
Este sentido de transgresión se conecta a su vez, de forma muy natural, con ese mismo rasgo, presente en la infancia y la adolescencia, y es esta honestidad vital la que culmina dándole al trabajo una vida propia, una existencia singular realmente envidiable.
Otra noche exquisita.


Exposición de títeres

en el foro La bodega



Josefinita, personaje para el espectáculo De puntitas en la calle (2003), realizado por Margueritha Pavia y Esteban Vargas.


Una bella y didáctica colección de títeres, casi todos pertenecientes a compañías nacionales, se exhibe en el foro La Bodega dentro del Primer Festival Internacional de Títeres de Morelia.
Salvo rarezas como los bunraku de la tradición oriental, o los folclóricos marrotes procedentes del medioevo, la muestra comparte con el público una extensa variedad de técnicas, que van del hilo y el guante al bocón con partes animadas.
Pero sirva esto más bien como una invitación para visitar la muestra, que permanecerá abierta al público hasta el domingo próximo.



Títeres confeccionados en técnica de marioneta para el espectáculo El Torito (1996), a cargo del grupo Skene, en Guanajuato.



De la agrupación Andarte Sonando, los títeres emprendidos en técnica de bocón para el espectáculo La flauta mágica.



Barba Azul y sus hermanas, para el espectáculo del mismo título, presentado en 2007 por el grupo Osomantis, en Baja California Sur.



Vista parcial de una parte de la exposición. Pendientes de la tela, las calacas confeccionadas por Gabriela Ortiz Monasterio para De la cuna a la mortaja (1996).



Títeres para teatro de sombras pertenecientes a la puesta en escena de La tortuga y la palabra mágica (1992), por parte de la agrupación guanajuatense Teatro de los Pájaros.



Puppy, marioneta checa perteneciente a una colección particular.



Marco Polo, un bocón realizado por Rosanna Cedeño para el espectáculo Fabulario en concierto (2006)



Una pareja de títeres de guante procedentes de la cultura china. Piezas pertenecientes a un coleccionista particular.


Otro de los títeres presentes en el foro La Bodega.

Festival Nacional de Títeres de Morelia

Para títeres

… y titiritero

César Tavera, de Baúl Teatro, mostró los entretelones del guiñol en una audaz y lúdica segunda función del festival

Una imagen del titiritero neolonés César Tavera, del grupo Baúl Teatro, durante su intervención en la segunda función del Festival Nacional de Títeres de Morelia.

Confirmando la sabiduría de sus 25 años como titiritero al frente del grupo neolonés Baúl Teatro, el realizador regiomontano César Tavera ofreció una función deslumbrante el martes, en la segunda jornada del Primer Festival Nacional de Títeres.El autor brindó el unipersonal Guiñol de París, una fábula en torno a las relaciones filiales. Sin embargo, lo más interesante de la función fue que, en un rapto absolutamente audaz, Tavera optó por despojar al teatrino de su faldón de tela para que los espectadores pudieran presenciar, no sólo el trabajo de los títeres, sino el del titiritero, quien quedó expuesto a la vista del público: vulnerable, pero a la vez poderosamente protegido por el dominio absoluto de su arte.

Despojado de su faldón de tela, el teatrino permitió que el público contemplara, íntegro, el trabajo del titiritero en una experiencia que demostró que la imaginación y la atención, como atributos activos, no dependen de lo que generalmente se le ofrece al público en forma pasiva.

De lealtades filiales
Echando mano de títeres de guante, a la usanza más tradicional del arte del títere en Occidente, Tavera narró la sencilla anécdota del Señor Guiñol y su hijo Guillermo, quienes deben cruzar un cerro poblado de ratas, pozos y demonios para visitar al abuelo paterno con motivo de su cumpleaños.
Temáticamente, la historia se ocupa de la importancia de las relaciones al interior de la familia, ya que padre e hijo sostendrán un conflicto que será resuelto cuando ambos deban unirse y reconocer sus lazos de lealtad para enfrentar a uno de los demonios que habitan en despoblado.La anécdota, bien problematizada, aprovechó recursos guiñolescos centenarios, como el del gag del golpe y porrazo, pero estos y otros recursos se abrieron a una tensión particular en el momento en que Tavera se despojó de los telones y permitió que niños y adultos se hicieran cómplices de su trabajo como actor y titiritero.

Al término de la función, el director de Baúl Teatro convivió con los niños y paterfamilias que subieron al escenario a felicitarlo.

Una noche lúdica
El rasgo esencial de la noche fue el ludismo. La velada había comenzado como una sesión didáctica en la que el realizador compartió con los niños algunas definiciones de la técnica de los títeres, para familiarizarlos con la herramienta.
Más adelante, apenas comenzando la función, a la hora de asumir la difícil decisión de desnudarse artísticamente ante la concurrencia, lo que Tavera realmente hizo fue convocar a todos a sumarse al juego. Un juego activamente imaginativo, a través del cual el creador norteño mostró cómo la imaginación es un atributo integrador que devela o invisibiliza selectivamente parcelas enteras de experiencia, en correspondencia con los procesos de los cuales está tomando parte.
Hace apenas unas semanas, durante el taller que impartió en Morelia Abraham Oceransky, el realizador veracruzano advertía a los alumnos que, exceptuando el caso de los verdaderos maestros de la actuación, lo común es que los actores más cobardes sean aquellos que prefieren ocultarse detrás de una máscara, olvidando que las máscaras no disfrazan, sino que revelan, pero que los más cobardes de todos los actores eran los que trabajaban con títeres y marionetas.
La observación de Oceransky era formulada en el contexto de un taller en el que se estaba invitando a los participantes a hacerse conscientes de la enorme riqueza expresiva del lenguaje no verbal implícito en nuestros cuerpos.
La anécdota viene a cuento porque en las primeras tres jornadas del Festival Nacional de Títeres de Morelia hemos sido privilegiados testigos de grupos y titiriteros que no son en absoluto “actores cobardes” (porque sí los hay), sino genuinos oficiantes de altísimos ritos imaginativos, vivos, inteligentes y juguetones.Tres extraordinarias jornadas.



EN VIDEO

Un breve atisbo en video al quehacer del titiritero neolonés César Tavera


Inauguran mural conmemorativo

Michoacán: 200 años de

Contribución a México

La obra, realizada por los artistas José Luis Soto, Luis Palomares, Jesús Escalera Romero y Janitzio Escalera Coria, fue develada en el vestíbulo principal del Supremo Tribunal de Justicia

Vista del mural desde el primer piso del edificio

Con el título Michoacán, 200 años de contribución a México, el Supremo Tribunal de Justicia (STJ) de Michoacán inauguró este miércoles un mural que conmemora a los michoacanos que intervinieron en las luchas de Independencia, en el periodo de la Reforma y en la Revolución.
La obra, en técnica de óleo sobre tela y con dimensiones de 17 metros de longitud por 6 metros de altura, se aloja en el vestíbulo principal de la sede del poder judicial michoacano, donde fue inaugurada por el gobernador de la entidad

Los antecedentes
La idea de emprender una obra de estas características se remonta al origen mismo del actual edificio del Supremo Tribunal de Justicia. Desde su diseño, el proyecto arquitectónico de la actual sede del Poder Judicial, impulsado por Jorge Orozco Flores e inaugurado en 2006, ya preveía el muro del vestíbulo como soporte para un fresco.
Hace todavía un año, el anteproyecto para esta obra por parte del STJ y del Consejo del Poder Judicial del Estado de Michoacán contemplaba una inversión de medio millón de pesos. Mientras, los artistas que han consumado el mural fueron convocados tras un proceso de auscultación y concurso.
Los realizadores seleccionados han sido, todos ellos, exponentes de la pintura moderna mexicana y todos han tenido experiencia muralística: José Luis Soto (Celaya, 1948), Luis Palomares (Morelia, 1931), Jesús Escalera Romero (Peribán, 1933-Morelia, 2009) y Janitzio Escalera Coria (Morelia, 1958).
El primero de los cuatro citados, en entrevista con este blog, indicó que el proceso de trabajo para la obra demandó cuatro meses de labor directa, en técnica de óleo, sobre la tela preparada en el muro, los cuales fueron antecedidos por un año de tareas de planeación (el “trabajo de mesa”) y bocetos.

Retratos, signos, alegoría
El resultado es una obra alegórica que combina el retrato de diferentes protagonistas michoacanos de la historia nacional con símbolos y signos alusivos al México constituido por esos procesos.
Dividido en tres partes, tal disposición es el primer rasgo alegórico, ya que cada segmento distribuye el espacio a partir de los colores de la bandera nacional mexicana: el verde, dedicado al periodo de la Independencia; el blanco, correspondiente a la Reforma, y el rojo, destinado a la Revolución.
El mural comienza con el segmento El despertar del México independiente, emprendido por José Luis Soto.

El segmento en verde, dedicado a la gesta de Independencia.

Independencia en verde
Un retrato de Morelos sosteniendo el Decreto Constitucional para la Libertad de la América Mexicana es el motivo principal de este segmento. Le secunda en protagonismo un plano en el que aparecen las distintas banderas y blasones de la gesta insurgente (del estandarte de El doliente de Hidalgo hasta la bandera del Ejército Trigarante), acompañadas por el perfil de una cabeza de águila en actitud guerrera. La composición incluye un busto de la Corregidora, Josefa Ortiz de Domínguez
Estos dos planos monumentales (el de Morelos y el de las banderas con el águila), tienen como soporte integrador otros dos planos que, intercalados a los primeros y en orden ascendente, comienzan en la base del mural con una imagen en la que figuran los conspiradores de Valladolid en torno a una mesa. En la mesa se ve el mapa de la península ibérica y, justo sobre España aparece, en posición de jaque mate, la diminuta pieza de un rey negro del juego de ajedrez.
Este plano continúa detrás de los conspiradores con alusiones a distintos levantamientos populares previos al estallido de 1810 y con una imagen de la catedral de Valladolid.
El segundo plano registra la entrada triunfal del ejército de las Tres Garantìas al zócalo de la ciudad de México. Uno de los elementos interesantes en esta parte de la composición es la silueta de la pirámide del Sol de Tenochtitlán, que se transparenta sobre el edificio del actual Palacio Nacional.

El segmento central, en blanco, dedicado al periodo de la Reforma.

La Reforma nívea
Si Morelos es el personaje central del primer segmento muralístico, Melchor Ocampo es la figura que domina el segundo, que fue proyectado por Jesús Escalera pero que fue concluido por su hijo, Janitzio, tras el fallecimiento del primero en un accidente automovilístico a comienzos del pasado mes de agosto.
En esta parte de la composición, Ocampo sostiene un ejemplar de las Leyes de Reforma, entre jirones de blanca bruma que también surcan el retrato de otros tres personajes del periodo, todos bajo el cobijo de una estilizada águila que, en esta ocasión, ya porta en el pico una serpiente y ostenta el penacho característico, no de las águilas, sino de los quebrantahuesos, tal como podemos distinguir al ave en cualquier moneda y en la bandera nacional.
A los pies de la composición y de forma muy disimulada aparece, derrotado, un personaje del clero, a cuya derecha se advierte una cruz y, al lado, monedas que podrían o no aludir a los treinta denarios que sirvieron de pago a la traición de Judas.

El segmento en rojo, dedicado al periodo de la Revolución

En rojo… y azul
A diferencia de los dos segmentos anteriores, el que se dedica al México que surgió de la Revolución Mexicana no tiene a un protagonista en particular. Las imágenes de Lázaro Cárdenas del Río y de Francisco J. Múgica (ambos militares y estadistas) aparecen, austeros, en la periferia de una composición donde hay cuatro elementos dominantes: un enorme sol amarillo que se asoma sobre una montaña; la figura de una anónima soldadera, dos bustos equinos (en azul y rojo) entre llamas y una estilizada paloma de la paz que en el pico sostiene un documento en el que está escrito “2010” en números romanos.
Cierra esta parte de la obra, realizada por Luis Palomares, una alusión a la tecnología en la forma de una locomotora y de herramientas fabriles que se distinguen en la base del mural, área a la que también se integran los números 27 y 123, que junto con el 3º, implican artículos constitucionales fundacionales, engendrados por el México que surgió de la Revolución.

Los autores José Luis Soto, Janitzio Escalera y Luis Palomares.

Celebración en perspectiva
Michoacán: 200 años de contribución a México, es un mural de intención celebratoria, emprendido de cara a la oportunidad que brindan las conmemoraciones del bicentenario y el centenario del año próximo.
En ese sentido, procura festejar los tres momentos emblemáticos para la conformación de nuestra nación durante los últimos dos siglos.
Perdura en el ejercicio la noción muralista mexicana que hace del fresco, al mismo tiempo, mensaje y propaganda. También es una obra que procura respetar los códigos esenciales que fueron establecidos por el muralismo nacional de hace casi un siglo (el sentido celebratorio ya citado, a lo que se añaden el tratamiento monumentalista, los colores cálidos y vibrantes, las formas atentamente configuradas desde la geometría, entre otros códigos estéticos específicos).
Sin embargo, aunque el trabajo cumple como una recapitulación y una apología (y en tal sentido es una tarea correcta, alegre y festiva, que vuelve sobre los rostros y las gestas de la historia nacional), también hay que decir –y esto es una nota bene– que el trabajo no parece alcanzar la convicción que el muralismo de hace cincuenta años todavía despierta ahora.
Aquí hay una observación crítica, pero benévola.

Escenarios y definición
Ante todo (ahora que ya no dependo de otros amos que no seamos yo y mi conciencia), me gustaría que lo que quiero decir se comprenda correctamente. Me explico:
Cuando a fines del siglo XIX y comienzos del XX los artistas latinoamericanos modernos a la Europea (caso de Diego y de Siqueiros, en nuestro país), regresaron de sus correrías por el Viejo Mundo y comenzaron a innovar estilos, a partir de los cuales se generaría un arte moderno latinoamericano legítimo, no sólo estaban creando nuevas configuraciones estéticas, sino que se planteaban intervenir la realidad a través de sus ideas y de sus propuestas artísticas.
Este fue el caso del muralismo, que celebraba con vehemencia unos ideales de país que el nacimiento de un nuevo orden, al término de la Revolución, hacía aparecer como asequible. Es decir: los muralistas creían absolutamente en el país al que saludaban en sus invenciones nacionalistas. De allí el brío y la autenticidad que se puede respirar en los mejores frescos que nos legaron.
Pero tanto la situación del país como el clima que se respira ochenta años después son muy distintos y esta realidad es la que hace difícil que un artista actual (sea cual sea) pueda despertar a una convicción profunda y definida en torno a los temas de que se ocupa una obra como esta.

La placa develada por el gobernador del Estado

Tres apuntes
Por ejemplo, en términos de vigor y de energía, el segmento mural concebido por el maestro José Luis Soto es el que ostenta aquí la potencia más definida, así como la sagacidad plástica mejor articulada. Esto se debe, en parte, a esos activos y enérgicos trazos (casi de primera intención) que surcan como vendaval la composición y que le añaden dinamismo a escenas esencialmente bélicas, y en parte por la muy estudiada organización compositiva desde sus dos pares de planos, que se alternan en una disposición de 1-4 / 2-3, a lo que se agregan preocupaciones interculturales que le son muy cercanas al autor (el caso de la pirámide que se transparenta en Palacio Nacional). Es por cuestiones como estas por las que este segmento se revela como la parte más viva del mural y, en ese tenor, la más honesta.
En este resultado también tiene que ver el hecho de que hay en la composición del maestro Soto un personaje fuerte e indiscutible: Morelos, quien al lado del águila le da sentido a todo lo demás.
Pero esta honestidad vital, de la que se desprende el vigor del segmento en verde, comienza a echarse de menos en las otras dos intervenciones. La parte central del mural parece la menos convincente, pero sobre esto no abundaré. Muy difícil debió ser, en los hechos, suplir la inesperada pérdida del maestro Escalera Romero.
Mientras, el segmento en rojo, emprendido por el maestro Luis Palomares y alusivo a la Revolución, despierta un inquietante sentimiento de indefiniciones. Ni el general J. Múgica ni el general Cárdenas parecieron lo suficientemente decisivos para darles un protagonismo más explícito. Y el caso es que tampoco se le entrega ese protagonismo a ninguna de las otras imágenes-idea que surcan esta parte del mural: ni la soldadera, ni el sol o los caballos. La misma Constitución (que es como el Acta de Nacimiento de un país) se antoja opaca. Hay un gran virtuosismo técnico en la solución pictórica; hay una muy buena composición, pero no la acompaña el apasionado nervio de quien asume una idea y se vuelca en ella con todas sus entrañas.

El virtuosismo, la convicción
Lo anterior no quiere decir en absoluto que los maestros Palomares o Escalera Coria no sean buenos artistas, o que el maestro Soto sea superior a ellos. Cada uno, por sí mismo, ha construido una trayectoria sólida desde preocupaciones temáticas y estilísticas particulares.
En cambio, lo expuesto sí quiere llamar la atención al hecho de que, enfrentados al compromiso de emprender una obra que celebre doscientos años de presencia michoacana en las gestas decisivas para la construcción de un México post revolucionario que hoy se revela absolutamente extenuado, les es difícil conectarse con embelesos y convicciones genuinos.
Está presente el virtuosismo, el sello de cada uno de los autores (maravillosamente integrado con el de los otros compañeros de creación), pero no se advierte –salvo en el caso del maestro Soto–, cuáles son realmente aquellos ideales y valores en los que los artistas depositan su fe.

Un reportero de fuentes políticas robando cámara ante el mural

César Tavera, de Baúl Teatro

Apostarle a un teatro

de títeres para adultos


El realizador escénico presentó la producción y coproducción editorial de su compañía en el marco del I Festival Nacional de Títeres de Morelia


El realizador César Tavera, de la agrupación neolonesa Baúl Teatro y presidente de la UNIMA, al lado de ANdrea Finck durante la presentación de los libros, fanzines y revistas editados por la agrupación escénica regiomontana.


Aunque ha habido intentos significativos en el país, es preciso apostarle con más constancia a la creación de propuestas escénicas de títeres para públicos adolescentes y adultos.
Así se pronunció este martes César Tavera, director de la compañía neolonesa Baúl Teatro, durante el acto de presentación de la producción editorial de su agrupación, que está cumpliendo 25 años de actividad en Monterrey, Nuevo León.

Indispensable, la calidad
Tavera, quien mostró sucintamente lo más relevante de las publicaciones de Baúl Teatro, desde títulos ya agotados como Titiritextos y Dramaturgia, teatro para niños, hasta ejemplares de la revista Teokikixtli, consideró: “La experiencia nos demuestra que la gente está ansiosa por ver títeres; lo que tenemos qué hacer para corresponder a esa necesidad es realizar un teatro de calidad”.
Puntualizó: “Cuando hablo de calidad me refiero a algo muy simple: cada titiritero debe asumir el compromiso de llevar a escena lo mejor que sea capaz de hacer en ese momento. Si un artista es capaz de presentarse así ante el público, con esa entrega y con esa capacidad de humilde exigencia hacia sí mismo, siempre va a atrapar al público”.


Otro aspecto de la presentación editorial. Ejemplares de varios de los títulos presentados quedan en Morelia para que pueda adquirirlos el público interesado.


Oasis para el público
El veterano teatrista dijo que, a lo largo de los años, ha habido intentos significativos en el ámbito del teatro para adultos en México. Citó como ejemplos al grupo Luna Morena, de Jalisco y su adaptación de textos de Edgar Allan Poe; a Carlos Converso del DF y a La Mueca, de Morelia, con sendas puestas en escenas dedicadas al personaje de Ubú; a grupos universitarios de Xalapa que han concebido espectáculos a partir de la poesía de Octavio Paz y al propio trabajo de su grupo Baúl Teatro, con la puesta de dramaturgias como Maniobras femeninas, que aborda problemas y situaciones con una perspectiva de género.
“Este tipo de trabajos son como oasis para el público, especialmente porque aún perdura en numerosos sectores de público y de realizadores la idea de que el teatro de títeres es exclusivamente para niños pequeños. Esto, evidentemente, no es verdad”.
Recuperó, para ejemplificar lo anterior, la reciente experiencia que vivió su grupo en 2007, en Monterrey, con la organización de La carpa de los títeres, un espacio en el que se invitó a 18 compañías que presentaron obras dirigidas a niños, a pesar de lo cual el foro logró reunir a unos 80 mil espectadores en tres meses “y el público fue mayoritariamente de adultos y jóvenes”.
“Más aún –agregó–. A raíz de eso, nuestro foro, La Casa de los Títeres, comenzó a recibir la visita de públicos jóvenes y adultos, que iban en busca de más obras de títeres.

El trabajo, factor de unidad
Al abundar sobre la necesidad de un teatro de títeres para adultos y que sea emprendido con calidad, César Tavera consideró que la unidad del gremio es un factor vital, pero difícil de alcanzar. Sostuvo:
“Soy de los utópicos que todavía piensan que es mejor sumar, colaborar, pero también veo el canibalismo que suele darse entre los integrantes del gremio teatral. A mí me parece que es indispensable evitar las envidias”.
Habló de algunos de los intentos que, ya a nivel nacional o desde ámbitos regionales, se han emprendido en pos de esa unidad, entre ellos los de la UNIMA, la fallida ANTAC de los años setenta e iniciativas como una emprendida en Querétaro a mediados de los noventa.
“Estos esfuerzos de reunión deberían cristalizar, en primer lugar porque nos brindan una fortaleza gremial ante el gobierno y ante distintas instituciones. También debería sernos claro a los que nos dedicamos al teatro que lo único que nos une es el trabajo y que desde ese punto de vista las asociaciones pueden ser muy útiles para el despliegue de proyectos”.


Festival de Títeres: de

ciclos y resurrecciones


Títeres confeccionados por Gabriela Ortiz Monasterio para la puesta en escena de De la cuna a la mortaja, homenaje a la muerte en la cultura nacional estrenada a mediados de los años noventa. Los personajes figuran en la exposición de títeres en el foro La Bodega.


Hasta los públicos más jóvenes podrán recordarlo. Durante nueve años, entre 1996 y 2004, el Festival Internacional de Títeres de Morelia se erigió como uno de los escaparates escénicos más cautivadores de la capital michoacana. El proyecto, impulsado por la promotora Gabriela Ortiz Monasterio y promovido por el Instituto Michoacano de Cultura, a la sazón dirigido por Jaime Hernández Díaz, hacía eco al festival que organizaba anualmente en la ciudad de México Mihail Vasiliev.
En esos nueve años, Morelia pudo disfrutar no sólo de notables puestas en escena dirigidas a los niños, sino de deslumbrantes trabajos para adultos, concebidos en naciones de gran tradición titiritera y marionetista como Inglaterra y distintos países de Europa del Este, sin olvidar genuinos bastiones hispanos de ese arte como el autor Jordi Bertrán.
A pesar de su atractivo y de su potencial, el festival moreliano tuvo una muerte súbita en 2005, justo cuando el extinto Instituto Michoacano de Cultura (IMC) emprendía su debut como Secretaría de Cultura (Secum), con Luis Jaime Cortés como capitán del barco y Antonio Zúñiga como jefe del departamento de Teatro de la institución.
Varios disparates profirieron en su momento los institucionales para lavarse las manos del asunto, desde un antológico “y al fin y al cabo ¿quién es esa Gabriela Ortiz Monasterio?” (como si la vesiánica ignorancia del personaje que inquirió tal cosa de veras hubiera podido esgrimirse como la medida decisiva ante una cuestión de evidente perfil socio-cultural), hasta un no menos lamentable “de todos modos el festival ya no era rentable” (frase que en el mejor de los casos mostraba la absoluta falta de visión estratégica para apoyar un evento que hoy estaría maravillosamente consolidado y que en el peor de los casos desnudaba, mondo y lirondo, el cómodo chambismo del personaje durante su breve paso por la burocracia).
Valga recordar (por no dejar), que pocos meses después, hacia junio de ese mismo 2005, las declaraciones públicas fueron moduladas, hablando más bien del rescate de un festival que podía ser rentable. Dada la forma en que desde entonces se han comportado los personajes citados, quizá habría que agradecer que no hayan logrado, finalmente, rescatar al festival al que tan activamente colaboraron a darle matarili.
Cuatro años han pasado desde aquel 2005 y, remontando los escollos y reconectándose a sus líneas naturales de proyección, el impulso del Festival de Títeres retoma el cauce perdido.
Cierto: los proyectos y los programas, como las tradiciones, no pueden remendarse. La ruptura de su continuidad siempre es una herida grave. Pero los programas sí pueden reconfigurarse y adoptar perfiles nuevos.
Es la prerrogativa de su resurrección.


La actriz Berenice Reyes Luna y la titiritera Gabriela Ortiz Monasterio durante la inauguración del Festival Nacional de Títeres de Morelia.

Esto es lo que se vive por estos días en Morelia con la apertura del Primer Festival Nacional de Títeres, que recoge no sólo la estafeta michoacana enarbolada hace casi trece años, sino la del mismo festival de la ciudad de México, que naufragó a su vez por esos sinsentidos tan lamentables y comunes en los ámbitos de la administración y la promoción culturales.
Muy grata ha sido, desde esta perspectiva, la capacidad de convocatoria de los organizadores del nuevo festival, que no solamente han podido confirmar el contundente atractivo de esta vertiente escénica para el público (llevamos dos noches con “casa llena” en el teatro Stella Inda del IMSS, más las que se acumulen en lo que resta de la semana), sino que han logrado algo que no es habitual en el gremio: reunir a la mayor parte (si no es que a todos) los artífices del arte del títere de la capital michoacana y de algunas regiones del interior del Estado.
Un ciclo comienza, respondiendo a la herencia de ciclos anteriores, y lo hace con gran vigor. Como se ve, el festival no estaba tan “muerto”, por más que le hayan querido expedir el acta de defunción los que se la vivieron en la parranda. Bienvenidas sean, pues, las posibilidades que se abren de cara a este discreto pero prometedor retorno.

I Festival Nacional de Títeres de Morelia

Pillo Polilla y

el placer de leer


Comenzó el encuentro con la puesta de La vida inútil de Pillo Polilla, del grupo de Lourdes Aguilera, del DF

Los personajes de Policarpo y Pillo Polilla al comienzo de la obra, en la biblioteca donde viven.

El Primer Festival Nacional de Títeres en Morelia comenzó el lunes sus actividades con una función de la obra La vida útil de Pillo Polilla: un ejercicio de teatro didáctico (esto es, una narrativa organizada para transmitir una enseñanza, en este caso alusiva al valor de la lectura) a cargo del grupo de Lourdes Aguilera, de la ciudad de México. El protagonista de la historia, Pillo, es una joven polilla macho que aspira a encontrar el sentido de su existencia, luego de que su amigo Policarpo le ha enseñado a leer los libros que devoran en la biblioteca donde viven.

Con técnicas mixtas de títeres de guante y de vara los titiriteros llevaron adelante la propuesta.

Vida, experiencia, sentido
Así, al comienzo de la obra de cincuenta minutos de duración, Pillo Polilla lamenta su destino como un insecto dedicado a comer libros, al comprender que sus hábitos alimenticios “dejan incompletas historias maravillosas”.
Impulsado por el deseo de descubrir si su existencia puede ir más allá de la satisfacción de sus necesidades vitales, el personaje leerá poema de Neruda; advertirá que la lectura cumple un papel diverso, que va desde el plagio poético para la conquista amorosa (“la poesía no es de quien la escribe, sino de quien la necesita”, decía el propio Neruda, aceptando así el hurto doméstico de las ideas) hasta la invención de universos como los que pueblan los relatos de Las mil y una noches.
También conocerá a personajes como el perro José Luis y el ciego Marco, ante quien presume de sus habilidades lectoras (“Leo lo que sea, hasta los versos de Quevedo, que son difíciles”). Y en permanente lucha contra sus instintos, llegará a auto flagelarse para no ceder a la tentación de darse un festín con suculencias como Las obras completas de Shakespeare.
La magia de Sherezada hará levitar al personaje… no sobre alguna alfombra mágica oriental, sino sobre un libro no menos mágico, apenas entrevisto a través de velos.
Su búsqueda de respuestas lo conducirá a la orilla del mar, donde casi morirá ahogado, y lo hará conocer personajes ladinos como cierto gato que lo manda en pos de la Biblioteca de Alejandría.
Sus peripecias incluirán su encuentro con el ratón Macedonio y un guiño a la historia del Flautista de Hamelin, así como al descubrimiento de que, si Pillo es capaz de leer, también puede escribir. Este último hallazgo le permitirá al personaje, al final de la historia, descubrir el verdadero sentido de su viaje iniciático: Pillo Polilla partió un día en busca del libro que le revelase el sentido de su vida. Pero a fuerza de viajar y de atesorar experiencias, todo lo que ha visto y aprendido le permitirá redactar ese libro jamás escrito hasta entonces.

Durante el cuadro dedicado al ratón Macedonio y el guiño a El flautista de Hammelin.

Una digna apertura
Para la puesta en escena de La vida útil de Pillo Polilla, que fue reconocida como la mejor obra para niños en 2005 por la Asociación Mexicana de Críticos de Teatro y que fue seleccionada para el ciclo de Teatro Escolar 2007 de INBA-SEP, los dos titiriteros en escena echaron mano de recursos diversos, que a nivel escenográfico abarcaron de manera ecléctica variantes del teatrino, del biombo y del teatro de mesa, así como combinaciones de manipulación que incluyeron títeres de guante, títeres de vara y mixtos. El ritmo de la puesta se resintió a causa de caídas en algunos momentos, pero la buena dramaturgia (en la que Lourdes Aguilera ha adaptado un texto de Vivian Manssur), permitió que la velada de apertura del festival fuera, en su conjunto, digna y prometedora, rubricada (como era previsible) por la entusiasta respuesta del público, fundamentalmente infantil, que se dio cita en el recinto teatral.

Lourdes Aguilera, adaptadora y directora de la puesta La vida útil de Pillo Polilla.

Protocolo inaugural

Durante la inauguración de este foro escénico, Silvia Zavala, directora de Promoción Cultural de la Secum, dijo en su intervención que para la Secretaría de Cultura “es un placer estar aquí acompañando a Andrea (Finck). Ella ha iniciado un evento que, gracias a su participación en un programa de la Secretaría de Cultura, el de Coinversiones, pudo cristalizar este proyecto que sin duda va a ser una gran experiencia para el público michoacano”.


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Palabras de la promotora del encuentro, Andrea Finck, en el acto de protocolo inaugural, el lunes.

A su vez, la promotora del encuentro, Andrea Finck, repartió agradecimientos que incluyeron desde un reconocimiento a Gabriela Ortiz Monasterio, promotora pionera de estas experiencias festivaleras con títeres en Michoacán, hasta funcionarios como el Secretario de Cultura y Azucena Solórzano (del departamento de Artes Visuales de la Secum y promotora de la exposición de títeres en el foro La Bodega). También acentuó la presencia de una comunidad estatal de titiriteros que incluye a los grupos Trotamundos teatro, La Mueca o Juglar San Pedro y a titiriteros como Carlos Alarcón, Teresa Sánchez, Alicia Pérez Méndez, Teresa Osorio y Antonio Castro, entre otros.

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Algunos extractos de Pillo Polilla, con la que comenzó el Festival Nacional de Títeres de Morelia

Zalce desde lo íntimo

Entre la diversidad de técnicas y temas en la retrospectiva del Museo Nacional de la Acuarela, se atisban inéditas aproximaciones a la valiosa veta íntima que cultivó el autor patzcuarense desde su lirismo geométrico


Los discípulos de Emaús. Carbón, sanguinea y pastel, 1989.


Quizás por ser de casa, acaso por la indolencia que se filtra en la textura de las ideas en esta década o posiblemente por el ardor con que se persigue hoy (y a qué precio) la idea de lo nuevo, en Morelia y en México todavía queda bastante por conocer de la obra de Alfredo Zalce.
El hecho es que frente a un autor como Zalce es preciso luchar contra prejuicios y valoraciones parciales más o menos explícitos que entorpecen el verdadero diálogo con su obra.
Así, por ejemplo, su prestigio como exponente de la Escuela Mexicana de Pintura y como "artista militante" suelen opacar uno de los rasgos esenciales del quehacer zalceano: la pasión e intensidad con las que Zalce se acercó a lo cotidiano y a lo íntimo.
En efecto, más allá de los afanes nacionalistas y del activismo político que definieron a los artistas de su generación, en la primera mitad del siglo XX mexicano, Zalce comenzó a definir su propio camino a partir de una aportación estilística fundamental y exclusivamente suya: el lirismo geométrico con el que hizo del plano y de la línea los canales de manifestación de la ternura, de la alegría o del reproche, pero siempre en el registro de un mundo diminuto, íntimo, en singular.
Esta dimensión doméstica, lírica es el rasgo más sobresaliente de las obras que figuran en la muestra que se aloja actualmente en la ciudad de México, en el Museo Nacional de la Acuarela, y a las cuales se dedica esta entrega.

Del Evangelio según San Lucas

Una de las sorpresas de la retrospectiva es el dibujo Los discípulos de Emaús, inspirado en un episodio de los Evangelios.
La obra, que fue cedida para esta muestra por un coleccionista particular, muestra el momento exacto en el que Jesús parte el pan eucarístico y se le revela a dos discípulos a los que había interceptado en el camino al pueblo de Emaús, tal como se narra en el último capítulo del Evangelio según San Lucas.

El dibujo, resuelto fundamentalmente en sanguina y pastel, con algunos acentos vigorosos en carboncillo, es una absoluta rara avis, evidentemente realizada por encargo, que pertenece a un coleccionista particular.

El interés de este título consiste en que el tema bíblico de Emaús ha sido uno de los más interpretados en la pintura desde el siglo XVII. Al acometerlo, Zalce opta por una composición frontalista y asimétrica y, sobre todo, por una serie de tensiones visuales establecidas por las trayectorias que marcan los brazos, antebrazos y manos de los tres protagonistas.

Por lo demás, Zalce busca en esta imagen la atmósfera de íntima concentración propia de un milagro, registrando el episodio como una experiencia discreta, intransferible, personal. Un gran dibujo.


El caserío. Acuarela. 1992.

A la acuarela
Tratándose de una exposición organizada en un museo dedicado a la acuarela, El caserío es una de las pocas acuarelas de Zalce que se exhiben. Como también ocurrirá en su óleo Alambres, se trata aquí de uno de los muchísimos registros urbanos y rurales que Zalce emprendió acerca de los alrededores de Morelia.
Es muy claro, en este dibujo, la manera en que Zalce echa mano del medio: ha trabajado la composición procurando que la transparencia de la acuarela le permita a él como realizador y al público como espectador, regodearse con el temperamento de las líneas y las tensiones visuales que de ellas se desprenden, generando (como es habitual en los paisajes zalceanos), una composición extremadamente sólida, fuerte a partir de la línea, pero llena de delicadezas y matices a través de la modulación de tonos y colores.


La pecera. Tapiz bajo liso


La vida en lo cercano
Una de las obras clásicas de Zalce, en el sentido de que muestran cómo el espíritu geométrico del autor aprovecha las bondades del textil para acentuar esas posibilidades, es el tapiz La pecera, un bajo liso en el que el autor, además, también recurre en uno de sus temas favoritos: la interpretación de la vida en su entorno más íntimo: el del estudio de trabajo, que aquí aparece poblado además por dos elementos muy comunes en su obra: las caracolas y las flores.

Azucena Solórzano corta el listón inaugural acompañada de funcionarios del Museo y de la Secretaría de Cultura de Michoacán.

Concurrida inauguración

Los vecinos del barrio de Coyoacán se congregaron en el Museo Nacional de la Acuarela para una ceremonia que comenzó pasado el mediodía y concluyó poco antes de las tres de la tarde del domingo.
Este rasgo es también significativo, aunque al parecer no lo ha consignado ninguna de las crónicas del evento. El hecho es que el museo goza de una envidiable buena relación con su barrio, con los vecinos de Coyoacán, y la concurrencia ha acudido como quien llega a la casa de un anfitrión y tiene la confianza y la libertad de "ir hasta la cocina", compartiendo los hallazgos que se presentan.
Una jornada inaugural larga, pues, pero amena y calurosa.

Paricutin. Lápiz graso. 1943.

Documento y expresión

De los legendarios días del nacimiento volcán Paricutín, figura asimismo el dibujo Paricutin, donde Zalce consigue otro de sus aciertos sintéticos: las dos actitudes esenciales de los personajes que pueblan el desolado paisaje dan cuenta de la dramática situación que viven.

En la obra aparece una hilera de hombres, mujeres y niños emprenden el éxodo. Mientras, una mujer levanta los brazos hacia el volcán, formulando con su gesto la pregunta común ante toda tragedia que nos rebasa: "¿por qué?".

Despojado de cualquier pintoresquismo, el dibujo da cuenta de un mundo de figuras grises que abandonan su tierra en medio de la desolación.



Madre con niño. Batik, 1996.


Retrato filial

De los numerosos estudios para retrato emprendidos por Zalce a lo largo de su vida, se exhibe aquí este batik que muestra la extrema fluidez de la línea zalceana. Líneas moduladas de las que se desprende una enorme ternura y una definida serenidad.

También interesa, en series como las de estos retratos, la forma en que el autor reformula el clásico tema de las madonnas europeas, pero circunscribiendo las sensaciones al escenario mestizo nacional.

Alambres. Oleo sobre fibracel. 1971


El estudio urbano

Numerosos dibujos y pinturas de Zalce dan cuenta de su pasión por el registro de un paisaje urbano que debio fascinarle porque se abría y respiraba, rompiendo con el abigarrado amontonamiento propio de metrópolis como la ciudad de México, de la que salió a fines de los años cuarenta para instalarse en Morelia.

Es en obras como el óleo Alambres donde se puede estudiar con particular claridad las premisas de su lirismo geométrico, concediéndole calidez a lo que originalmente es gelidez matemática. Las ricas tensiones de esta composición, a partir del cableado, los postes y las siluetas y volúmenes de otros objetos, es una cátedra de dinamismo en equilibrio al seno de una composición que, de primera intención, parecería muy contemplativa. Es un estado de ánimo en acto.


Delito de disolución social. Linoleografía, 1958


El activismo social

Mientras, de los distintos grabados de contenido social y militante que se exhiben, sobresale Delito de disolución social, en el que el tratamiento de la forma se desliza hacia la caricatura, pero sin concluir en ella.

Datada a fines de los años cincuenta, la obra se ubica en los tiempos de las grande movilizaciones de ferrocarrileros y docentes, anteriores a 1968 y da cuenta, literalmente, de la violencia bruta del autoritarismo.

Interesa también la técnica, que es la de grabado sobre linóleo. El procedimiento es idéntico al de la xilografía (el grabado en madera), excepto por la bondad más flexible del soporte, que es un material a base de corcho pulverizado, aceite de linaza y sisal.

La cabra. Batik, 1992

El mundo natural

Hubo un momento, a comienzos de los noventa, en el que Zalce comenzó a trabajar el batik, una de las técnicas más difíciles de controlar, a través de la cual emprendió una serie de estudios dedicados a diferentes animales.

A esta serie pretenece La cabra, que es otro excelente ejemplo de cómo Zalce mediaba el espacio no sólo a partir de trazos anchos, fuertes y seguros, sino a través de planos de color o de tono de una enorme vitalidad.


México se transforma en una gran ciudad. Buril. 1947.


El grabado del adiós

El grabado en buril México se transforma en una gran ciudad es una de las obras más significativas de la gráfica zalceana porque recupera el momento en que el autor decide abandonar definitivamente la ciudad de México para volver a su terruño, pero no sin antes formular un apunte crítico a la clase de metrópoli en que se transformaba la capital del país.

Nuevamente cercano a la caricatura, Zalce registra aquí la manera en que la miseria se agiganta en una urbe que, en pleno auge modernizador, aspiraba desde entonces a ingresar a un primermundismo (el término, obviamente, aún no existía) que difícilmente podía maquillar la verdadera dimensión de las carencias sociales que nos acompañan hasta hoy.


Obra de Zalce en el Museo

Nacional de la Acuarela

Inauguran retrospectiva del autor michoacano en el recinto coyoacanense; permanecerá abierta al público hasta el próximo 10 de enero

Una escultura de Alfredo Zalce, de tema político, en la exposición abierta este domingo en el Museo Nacional de la Acuarela.

Con 51 obras en 17 técnicas distintas que abarcan del batik a la escultura en bronce, 26 de ellas procedentes de colecciones particulares y otras 25 pertenecientes al acervo del MACAZ, la obra visual del autor michoacano Alfredo Zalce (1908-2003) encontró este fin de semana un nuevo nicho de exhibición, capaz de alcanzar a nuevos públicos, con la exposición “Alfredo Zalce, revolucionario de la plástica michoacana”, que fue inaugurada en instalaciones del Museo Mexicano de la Acuarela Alberto Guati, en el antiguo barrio de Coyoacán, en la ciudad de México.

Una imagen del acuarelista mexicano alberto Guati, fundador del Museo Nacional de la acuarela

Recinto anfitrión
El Museo de la Acuarela es un foro que abrió sus puertas a finales de los años sesenta, en 1967, originalmente en la colonia Roma, a iniciativa del autor visual morelense Alberto Guati Rojo (1918-2003), quien acondicionó como museo su domicilio, alojado en una antigua casa porfiriana.
Tras el sismo de 1985 y cuando el museo ya contaba con un acervo de 300 piezas, el gobierno de Miguel de la Madrid respaldó el proyecto de Guati Rojo y en abril de 1987 entregó en comodato sus actuales instalaciones, en el barrio de Coyoacán.
La muestra dedicada al artista nacido en la ciudad lacustre de Pátzcuaro se encuentra en la galería de exposiciones temporales Berta Pietrasanta, del propio museo, donde permanecerá abierta al público hasta el próximo 10 de enero. La exposición ha sido inaugurada apenas dos semanas después del Día Mundial de la Acuarela, que se conmemora cada 23 de noviembre y que fue instituido por el propio fundador de este museo.

El secretario de Cultura de Michoacán durante su intervención en el acto de protocolo.

Un homenaje permanente
Al celebrar la inauguración en este espacio y puntualizar su perspectiva en torno a la difusión de la obra de Alfredo Zalce, el secretario de cultura de Michoacán, Jaime Hernández Díaz, recordaría durante el acto de protocolo que en ocasión de la magna exposición Zalce Total, en diálogo con el artista homenajeado, este le confesó su desacuerdo con el título de la retrospectiva. No podía ser “Zalce Total” puesto que él no había muerto y la muestra, a pesar de su amplitud, distaba de reunir la rica diversidad de técnicas, épocas y temas del realizador.
“A partir de esa plática –dijo el funcionario– yo me convencí de que ‘Zalce total’ tendría que ser un homenaje permanente, a partir de la obra del artista en resguardo del Museo de Arte Contemporáneo Alfredo Zalce, es decir que su obra no se quedara embodegada, sino que se mostrara y que también se rastreara la obra de los coleccionistas para que estuviera en condiciones de ser apreciada”.
En tal contexto, Hernández Díaz indicó que la exposición en el Museo Mexicano de la Acuarela “enmarca esta idea de los homenajes permanentes, a fin de que la sociedad mexicana pueda tener siempre en mente a este artista que fue un hombre muy comprometido con la realidad de nuestro país y que además de sus capacidades artísticas personales tenía la gran sensibilidad de formar a nuevas generaciones, la cual fue una de sus grandes preocupaciones”.
El secretario de Cultura se declaró muy satisfecho de la colaboración establecida entre el gobierno de Michoacán y el Museo de arte Contemporáneo, evocando de entrada los lazos tendidos para la reciente exposición colectiva dedicada a artistas serbios contemporáneos. “Esa experiencia me dejó en claro que los artistas de Michoacán deben salir y explorar nuevos rumbos”.
Concluiría: “Los hombres de Michoacán somos los que hacemos a Michoacán, los que lo hemos hecho, entre ellos Alfredo Zalce. Michoacán es un estado lleno de muchos problemas, pero también de vida. Sólo a través de la cultura vamos a poder superar nuestros problemas”.

Alma Zúñiga y José Juan Viveros, de San Juan Nuevo, durante la intervención musical.

Aperitivo musical
En forma previa a los discursos de protocolo, la ceremonia de inauguración comenzó en el auditorio del Museo con un programa musical de pirecuas y sones terracalentanos a cargo de Alma Zúñiga Viveros, quien abrió la sesión musical con el tema Flor de Canela, acompañada a la guitarra de José Juan viveros, ambos procedentes de la comunidad de San Juan Nuevo. La intervención musical, de seis temas, concluyó con un huapango.

La directora del Museo Nacional de la Acuarela, Beatríz Gaminde.

Beatríz Gaminde: Zalce
y la visión humanista

Mientras, al abrir las intervenciones inaugurales, la directora del museo y anfitriona del evento, la acuarelista Beatriz Gaminde, indicó que es un honor para el Museo nacional de la acuarela mostrar esta retrospectiva, “como resultado de un esfuerzo conjunto con el gobierno de Michoacán y el MACAZ, a favor de uno de los grandes artistas que ha dado México”.
Recordó que Zalce es el último de los muralistas del arte revolucionario del siglo XX en México. Alumno de Mateo Saldaña, Germán Gedovius y Diego Rivera, fue docente en Universidad de Nuevo Leon, en la Escuela Popular de Bellas Artes, en Morelia, así como fundador del Taller de la Gráfica Popular y de la Escuela de Pintura de Taxco, entre otros espacios formativos.
“Fue un hombre que trabajó hasta el final de sus días –ponderó–. Con una gran creatividad transitó por diferentes técnicas, yendo del estuco y la acuarela a todas las técnicas del grabado y la orfebrería”.
Describió sucintamente los temas de su obra como inspirados por “una visión humanista que refleja su preocupación por el ser humano y las causas sociales”, a pesar de lo cual también “fue capaz de retratar escenas cotidianas con una profunda naturalidad y belleza”. Acentuó asimismo que su obra, forma parte del acervo de recintos como el Museo de Arte Moderno (MAM) de la ciudad de México y del Museo Metropolitano de Nueva York. También figuran trabajos suyos en galerías y museos de naciones tan distantes como Suecia, Varsovia y Sofía
Gaminde agradeció especialmente la colaboración de Azucena Solórzano “por ser el enlace cuidadoso entre las tres instituciones organizadoras de la exposición “y por el amor a la obra de quien fuera su maestro, Alfredo Zalce”.De la misma forma, agradeció a todos los coleccionistas que apoyaron el proyecto para dar a conocer la obra de Zalce, “para que obtenga un justo lugar en el conocimiento de la cultura de los mexicanos”.

La autora visual Rina Lazo durante la semblanza

Rina Lazo: Zalce desde el recuerdo
A su vez, la autora Rina Lazo, veterana guatemalteca quien fue asistente de Diego Rivera y alumna de Zalce cuando ella llegó a México a estudiar pintura, en los años cuarenta, ofreció una sentida semblanza del realizador.
“El hecho de haber nacido durante la Revolución Mexicana lo marcó con una conciencia hacia su realidad. Y el hecho de ser hijo de padres fotógrafos le dio un primer impulso hacia la expresión a través de la plástica”.
Evocó: “Lo conocí en 1946, cuando llegué becada a La Esmeralda. Fue mi maestro de pintura al óleo”.
Recordó una visita al Paricutín y la recomendación que le hizo Zalce: “pinta los paisajes de mi tierra con colores brillantes”.
“Lo obedecí –narró Lazo– e hice una serie de cuadros pequeños registrando paisajes, trojes y gente que veía al pasar. Esos cuadros los fui dejando en la escuela conforme los concluía y curiosamente fueron desapareciendo. Intrigada, investigué y descubrí que al parecer eran tan atractivos que algunos de mis compañeros los sustraían de la escuela y se los vendían a los turistas para irse a la cantina y la pulquería con ese dinero”.
De su trato cotidiano con Zalce dijo que “era un maestro cumplido en su clase y de trato gentil. Nos daba a los alumnos la confianza de acercarnos a él y comentar acerca de diferentes temas artísticos”.
Recuperó asimismo la participación de Zalce con organismos revolucionarios populares, comenzando por la LEAR y luego el TPG. “Fue una época de autores que se congregaban y se organizaban en pos del bien común, a diferencia del individualismo que impera hoy”.
Concluiría recordando que durante la embestida del Estado contra la Escuela Mexicana de Pintura, Zalce retornó a su tierra natal, como también lo hicieron otros autores, entre ellos Olga Acosta y José Chávez Morado.
También se congratuló de todos los reconocimientos que se le entregaron a Zalce en vida, entre ellos la creación del premio de Artes Plásticas Alfredo Zalce, en 1979.
“Llevo en mi corazón el cálido abrazo que recibí del maestro Zalce al reencontrarnos después de muchos años en el palacio de Bellas Artes durante su magna retrospectiva Zalce Total”.

La directora del MACAZ en el cierre de las intervenciones de protocolo.

María Eugenia Fuentes
Lanning: retos del MACAZ

Finalmente, en su intervención, la directora del Museo de Arte Contemporáneo Alfredo Zalce (MACAZ) de Morelia refrendó que esta exposición es resultado de un esfuerzo de colaboración entre la Secretaría de Cultura y el Museo nacional de la Acuarela desde un vínculo que se remonta a poco más de año y medio.
Habló de las 26 obras de la exposición que pertenecen a los acervos del MACAZ, todas ellas en distintas técnicas, pues uno de los rasgos que distinguió al autor en vida fue su intensa curiosidad para explorar los más diversos médios e incluso innovar en algunos de ellos.
Por otro lado, también describió la circunstancia del MACAZ y algunos de los desafíos que afronta como el escaparate institucional más importante para las artes visuales en la entidad.
“En el museo no tenemos instalaciones muy amplias, considerando la necesidad de dar cabida a autores diversos, tanto locales como nacionales e internacionales. Tenemos que dar respuesta a una pujante comunidad artística y desde 1993 llevamos el nombre del maestro Zalce. Este último hecho, en particular, nos significa una doble responsabilidad”.
En este sentido celebró las relaciones de colaboración que el MACAZ ha podido establecer en los últimos años con instancias como (en este caso) el Museo Nacional de la acuarela. “Esta exposición es parte de las múltiples relaciones de colaboración que hemos tendido con otras instancias y esperamos muchas más en los siguientes años”.