A sus veintitantos años, los jóvenes Julia (Verónica Villicaña) y Leotario (Yazman del Toro) llevan una existencia inútil. Viven anestesiados por permanentes dosis de ansiolíticos (“yo voy a tomarme mi pastilla, pero te advierto que si gritas por la noche voy a estar tan dormido que no podré despertarte”); ambos se diluyen, aturdidos, en el consumo de películas hard porno (“Siguen en lo mismo, nunca sé si lo que filman es una cirugía o una cogida”) y videojuegos perfectamente intercambiables (“estoy cansada de rentar películas para no verlas”); se arrullan en inertes paraísos artificiales de cocaína o mariguana, alternados por la alelada práctica de un sexo de ocasión: distante, inocuo e impersonal (“¿Me ayudas?”“¿Otra vez?” “Por favor”. “Estás activo, ¿eh?” “Tengo ganas”. “Está bien, pero vente rápido”).
Así pues, nada sacude la vida de esta pareja de veinteañeros encerrados en su nívea habitación de paredes blancas. Nada, excepto breves intercambios de reproches por el dinero necesario para seguir subsistiendo (“Vas a ir mañana a casa de tus papás, ¿no?” “No sé. Me pone de malas pensar en eso”); algunas confidencias sórdidas (las historias acerca de sus anteriores parejas, Leotario con Patricia y Julia con Felipe); ciertos fugaces estallidos de violencia experimental con una navaja espolvoreada con cocaína (“¿Te gustó a ti?” “Arde, pero al menos es algo. Se siente”), e insípidas discusiones por unos hábitos de higiene convertidos en epidérmico culto a una belleza de plástico (“¿Te hago un toquecito?” “Ay, ya fumamos hace rato ¡se nos van a poner los dientes negros!”).
Todo lo anterior es apenas estremecido por el asalto ocasional de una luz de luna que se filtra por la ventana y cuya pureza vital los llena de pavor (“Para verla debes fingir estar muerta. ¡No te muevas! Aunque te duela no te muevas”).
Así se desarrollan los casi diez cuadros de la pieza La luna vista por los muertos (Daniel Rodríguez Barrón, 2001), ganadora del Premio Nacional de Dramaturgia Joven Gerardo Mancebo del Castillo, la cual fue montada a comienzos de este 2010 como un ejercicio de dirección escénica por alumnos del cuarto año de la licenciatura de Teatro de la Escuela Popular de Bellas Artes.
Dirigida por Sheyla A. Rodríguez y producida por Paulina Cuiríz Ríos, el trabajo cerró el ciclo de seis audiciones de títulos michoacanos en competencia para acudir a la Muestra Nacional de Teatro de noviembre próximo.

Lo más inquietante de una pieza como esta es que la situación que plasma es, desde una perspectiva extra-teatral, espeluznantemente real. La Luna vista por los muertos registra el anémico pulso de una generación de jóvenes y adolescentes que, despojados de ideales, inspiración, objetivos o siquiera disciplina, dejan que la vida se derrame y pase de lado sin tocarlos siquiera. Ya no se trata de desafiar ni de arriesgarse, sino simplemente de llamar la atención lo menos posible, de moverse lo menos posible, de sufrir lo menos posible mientras llega… ¿qué? Acaso la carroza alada del tiempo. Acaso las “buenas noches” de la loca Ofelia.
Uno de los diálogos más depresivos del trabajo, puesto en labios de Julia, expone claramente el tema de esta pieza: “¿Sabes? –le dice a Leotario–, la esclavitud no consiste en ir a trabajar de ocho a seis para que te den libre el viernes por la tarde; la esclavitud consiste en que para el viernes por la tarde ya no tienes ganas de nada, excepto de drogarte, de tomar la pastilla y de coger con quien me sienta más segura sin correr el riesgo ni de ligar”.
Así las cosas, lo interesante del texto de Daniel Rodríguez Barrón consiste en que ni idealiza ni escarnece a sus personajes, nos los muestra tal cual son: un “estremecimiento entre dos Nadas” (Nietzche), mientras lidian sus diminutas batallas, cada uno de su lado de la cama; ese espacio decisivo que no abandonan ni para un “mano a mano”, masturbándose cada uno por su lado.
En medio de estos apuntes durísimos a un nihilismo extremo, en el que todo ha perdido su sentido, la dirección de Sheyla A. Rodríguez propone una puesta en escena muy limpia, que hace eco de las ascépticas (o mejor, esterilizadas) emociones de sus personajes. Ha suprimido incluso el desorden de revistas y periódicos propuesto por la dramarturgia original para quedarse con una habitación de inmaculado blanco que a momentos deviene perfecta cripta sepulcral y en la que sólo rompe el pequeño televisor de color oscuro, con todo el escenario bañado permanentemente por enfermizas luces lechosas que viran ocasionalmente al malva, al rojo o al azul.
Pero si los trazos de dirección son correctos, la dirección de actores no termina de ayudar a que los personajes alcancen las intensidades propuestas por el texto y, en especial, el tono del trabajo.
Independientemente de la edición de ciertos diálogos y de por lo menos dos cuadros, el asunto al que valdría la pena prestar atención es el tono de la puesta, que no parece responder al intenso desencanto de la dramaturgia. Le faltan matices, particularmente, al personaje de Leotario, así como un sentido general más acentuado de orfandad, de sinsentido, a ese limbo inútil de una espera que revela el taedium vitae que devora a cada instante unas vidas jóvenes y que por lo mismo resulta mucho más cruel que si estuviéramos ante personajes instalados ya en el ocaso natural de sus existencias. El tono preciso de la obra necesita, me parece, ser bien enfocado. Por lo demás, técnicamente, lo que se ofrece está muy limpio.





La actriz Daniela Fuentes Marín en el papel de Boris.

¡Atención! Una amistad ha sido olvidada. Que las estrellas detengan su curso y escudriñen cuanto ocurre entre los resquicios de la noche. Las sombras se han apoderado del arrabal donde vive el benévolo gato Boris (Daniela Fuentes, excelente) porque su mejor amigo, Federico Fetuccini (José Juan Villanueva, también perfecto) ha renegado de sus orígenes y de sus lealtades, cegado por la ambición.
Convertido en una celebridad, Fetuccini ha escalado la fama como cantante de ópera debido a un insólito privilegio: es “la única voz en el mundo que es bajo, barítono y tenor al mismo tiempo”. Lo que nadie sabe, ni siquiera su criado, Igor (Jaime Noguerón delicioso en plan fársico), es que ese don es una virtud prestada, algo que no le pertenece. Fue una noche, hace muchos años, cuando, en nombre de su amistad, Boris convocó al Espíritu de la Luna y obtuvo el Elíxir del Canto para dárselo a Fetuccini, quien desde entonces abandonó el callejón y se fue a conquistar el mundo, olvidándolo todo y a todos, incluido su mejor amigo.
Así comienza la historia de Fetuccini y de Boris: hablando de un olvido. Pero tal ingratitud no hará sino empeorar conforme se desarrolla la anécdota.
¡Atención! Una amistad está a punto de ser traicionada. Que la luna tutelar de los felinos disuelva su sonrisa de guadaña y tome nota de las decisiones que hilvanan suertes y destinos en el mundo de los gatos. Han pasado siete años desde que Fetuccini se fue. Siete, en los que el solitario Boris deambula por un mundo que ha perdido su sentido, mientras sobrelleva los acosos gandallas de la pandilla que liderea el minusválido gato Zaripón (José Suanate).
Cumplidos esos siete años, Fetuccini va a su ciudad natal para dar un concierto y Boris lo busca, loco de contento, porque piensa que el tiempo no importa y que los corazones son siempre los mismos. Sin embargo, Fetuccini sí que ha cambiado. Y mucho. Detesta a otros gatos, sólo vive para disfrutar del éxito y lo que más teme es perder la fama. Precisamente por ese miedo, cuando ve a Boris, Fetuccini decide matarlo para que nadie revele la fuente de su prodigiosa voz o recuerde sus humildes orígenes.
Así es: el egoísmo convertirá a Fetuccini en asesino. A pesar de todo, una vez consumado el crimen, Boris echará mano de la última vida que le queda y emprenderá el asunto que da título a la bella tragicomedia La verdadera venganza del gato Boris (Maribel Carrasco, 1996), que fue estrenada en Morelia en 2009 por egresados de la Escuela Popular de Bellas Artes congregados en el grupo Sonaja Roja, que dirige José Suárez Nateras (Suanate).
La puesta en escena se presentó ante la dirección artística de la XXXI Muestra Nacional de Teatro en la penúltima audición celebrada en Morelia, con miras a participar en el encuentro escénico. Los resultados se darán a conocer el próximo jueves 9 de septiembre.

José Juan Villanueva interpreta a Federico Fetuccini.

Con una gran inventiva que incluye el acudir a títeres, al juego con mucho humor de comedia física, a rupturas dramáticas y a recursos multimedia, el grupo Sonaja Roja le da vida a un libreto que, de entrada, comprende y pone al día con extraordinaria eficacia los mecanismos del relato fantástico. El mundo de las pasiones humanas ha sido trasladado a un crepuscular universo gatuno en La verdadera venganza del gato Boris, donde el felino protagonista emprende una gesta a la vez inquietante y divertida para recobrar la amistad perdida y, de hecho, salvar a Fetuccini de sí mismo.
Así, por ejemplo, la crónica de cómo Boris obtuvo el Elíxir del Canto es narrada con una proyección de video en blanco y negro que se apropia de las estructuras de representación del cine silente de hace cien años (lo cual le añade al episodio, además, un sentido mágico, a la vez mítico y onírico, delicioso). Tanto Boris como Fetuccini se convertirán en algún momento en diminutos títeres, al fin reconciliados y sentados codo a codo en lo alto de un tejado para ser iluminados por la luna. Los personajes de comparsa reciben a su vez una cuidadosa construcción en la que sobresalen Carmen la Tejedora del Destino (Brenda López y Cintia Bejarano dando vida a una esquizoide pero encantadora siamesa de dotes videntes), así como Igor, criado de Fetuccini, que en varios momentos está a punto de robarse la obra porque Jaime Noguerón, buen actor en general, tiene una clara y espontánea vis fársica que en esta puesta deja desenvolver como pez en el agua.
Estrenada a fines de 2008 o comienzos de 2009, La verdadera venganza del gato Boris fue la gran ausente de la Muestra Estatal de Teatro del año pasado, en Morelia, a la que no pudo inscribirse por cuestiones por completo transparentes: una parte de su elenco tenía compromisos que impedían presentarla en las fechas del foro escénico michoacano.
Por lo que respecta a este año, todavía no hay fecha para la Muestra Estatal de Teatro 2010 (la Secretaría de Cultura de Michoacán aún señala que la muestra local sólo está pospuesta), pero este título sí forma parte del programa que (ojalá) mostrará las propuestas escénicas del terruño.

Jaime Noguerón en el papel de Igor, el criado de Fetuccini.

Mientras tanto, e independientemente de que figure o no en una muestra, La verdadera venganza del gato Boris es uno de los trabajos más sólidos que han dado por estas fechas los creadores universitarios egresados de la Escuela Popular de Bellas Artes.
Quién sabe por qué, pero en la audición para la Muestra Nacional, el pasado domingo 29 de agosto en el foro La Bodega, la función de Sonaja Roja no fue la mejor del grupo. Sin embargo, aquí doy fe de lo siguiente: durante las tres o cuatro funciones del trabajo que pude ver entre 2009 y 2010 atestigüé una experiencia teatral privilegiada: la de ver a cada actor con la energía en su sitio (ni abajo ni rebasada) y a cada personaje dueño de sí mismo. Con estos dos aciertos, que son rarísimos en el teatro michoacano, las funciones que vi fluyeron con un ritmo perfecto y el resultado encarnó en un teatro absolutamente vivo.
En este sentido, aunque es muy evidente que el teatro en video no es teatro (se pierde el sentido de lo aurático), lo que propongo se puede constatar en el insert que acompaña a este post y en aquellos a los que dejo enlaces a mi página de videos en Youtube.
Hay algo más que es prudente decir: una de las cosas curiosas de esta versión de La verdadera venganza del gato Boris es que el grupo Sonaja Roja y su director José Suanate han conseguido una mixtura de lo más extraña, que instala el tono del trabajo entre los trazos ligeros propios de una caricatura y las densidades existenciales y los escenarios miserabilistas propios de, digamos, una pieza beckettiana.
En efecto, a medio camino entre Tim Burton (Beetlejuice, el superfantasma, 1987, de la cual el grupo toma, en algún momento, fragmentos de la BSO compuesta por Danny Elfman) y Samuel Beckett (Esperando a Godot, 1953, de donde vienen los vestuarios astrosos, una parte de la gestualidad, así como el ámbito taciturno y escenográficamente despojado del trabajo), La verdadera venganza del gato Boris es un ejercicio absolutamente lúdico (de ahí su vitalidad), pero también absolutamente consecuente con las crueldades de su tema (y de allí su honestidad). Un ejemplo de ese teatro “para niños” que es completamente adulto o, mejor aún, completamente consciente de sí mismo, y del cual –valga la cita–, en Michoacán tuvimos como pioneros, durante los años noventa, a títulos como La flor de los misterios (Antonio Jairo) y Los ojos perdidos de Mirmidón (Sergio J. Monreal).

EN VIDEO / La verdadera venganza del gato Boris




“Esta es la historia triste de una niña hermosa”, advierte la anciana abuela Felícitas (Ana Zavala, irreprochable) al comienzo del monólogo para actriz y títeres Lágrimas de agua dulce (Jaime Chabaud Magnus y Perla Szuchmacher, 2007, sobre dramaturgia previa original del propio Chabaud).
Vendedora trashumante de bordados, doña Felícitas recorre pueblos y ciudades. En cada lugar se detiene no sólo para la vendimia, sino para narrarle a quien quiera escucharla la historia de su nieta, Sofía, cuya extraña cualidad de derramar un copioso llanto, hecho no de lágrimas saladas, sino de agua dulce, la convirtió en un objeto de ambición para los adultos de su pueblito natal y marcó su destino trágicamente.
Esta es la anécdota de uno de los mayores trabajos que ha dado en el último lustro el teatro para niños en México, resultado de un equipo creativo que incluye (aparte de Chabaud y Szuchmacher), a Ana Zavala, Ben Hadad Gómez, Haydeé Boetto, Edyta Rzewuska, Félix Bailon Guarro y Alejandro Barrera Cateto.
La audacia (prácticamente insólita en la escena nacional) de llevar una tragedia al territorio del teatro para niños, sin que tal conjugación traicione o desdibuje la esencia de cada uno de esos dos ámbitos, es el mayor triunfo estético de una puesta en escena que es al mismo tiempo cálida y amarga, triste y jocosa, inquietante y encantadora.
Porque, finalmente, el tema de Lágrimas de agua dulce es el de la explotación infantil. Un tema duro, difícil, pero cuyas crueles aristas (el abuso laboral, sexual, psicológico, afectivo… junto con todas las infinitas distorsiones que pueden desprenderse del acoso a la niñez) encuentran su más perfecto canal de manifestación, no en un ejercicio de naturalismo social –que habría sido la solución más fácil e inmediata–, sino en las metáforas posibles desde la dimensión más profunda y universal del pensamiento y del relato fantásticos.
Lágrimas de agua dulce se presentó en Morelia el pasado domingo, como parte de las seis obras michoacanas que audicionaron ante la dirección artística de la XXXI Muestra Nacional de Teatro, en pos de representar a Michoacán en ese escaparate escénico.

Uno
Así pues, he aquí lo que la anciana Felícitas narra a través de sus bordados: la historia de una pequeña Sofía que comienza a llorar lágrimas de agua dulce el día en que fallece su madre. Será Felipe, su único amigo, el primero en descubrir la extraña cualidad de la niña. Y cuando los adultos también la noten, Sofìa se convertirá en la esperanza de todos los habitantes del pueblito de Icuiricui, que agoniza amenazado por una prolongada sequía.
Y he aquí que el pueblo será salvado, pero el milagro se convertirá muy pronto es maldición cuando la codicia reemplace a la necesidad y desate una ambición prohibida: la de enriquecerse a costa de las lágrimas de la niña.
La eficiencia del pensamiento neoliberal que domina nuestro tiempo inventará muy pronto una antinatural “máquina nalgueadora”, destinada ya no sólo a Sofía, sino a todos los niños del pueblo, cuyas lágrimas serán acopiadas y desalinizadas para obtener ganancias adicionales del cloruro de sodio conseguido como derivado del proceso.
Y mientras la mentalidad fría e impersonal del “qué vendes” y del “cuánto vendes” establece sus reglas del juego, corrompiendo a las autoridades civiles del pueblito, al clero y al propio padre de la niña, la abuela Felícitas y Felipe serán los únicos personajes realmente preocupados por Sofía, a la que infructuosamente intentarán ayudar hasta el momento del desenlace trágico: el de una persecución a campo traviesa que termina con la captura de la niña, que se marchita y se extingue delante de sus captores, derrotado su espíritu y vencido su cuerpo por las crueles demandas de la avariciosa comunidad.


Dos
Nacida como proyecto gracias a una beca del Sistema Estatal de Creadores (Secrea) de Michoacán en 2007, Lágrimas de agua dulce es uno de esos casos en los que la ciega sabiduría del “azar” o del “destino” congrega en un proyecto a las personas adecuadas. La dramaturgia de Jaime Chabaud (Perder la cabeza, Oc ye Nechca, Rashid 9/11, Tempranito y en ayunas, Lluna y el cuadro El pirómano en Me cago en Freud, entre muchas otras) cumple con singular oficio una de las máximas de la construcción de caracteres (“como autor, tienes que ser despiadado con tu personaje”), dándole a Sofía un conflicto exacto y a la medida de sus atributos. Con Perla Szuchmacher, Chabaud también redimensiona la dramaturgia original para trasladarla al campo del monólogo y los títeres. Mientras, Edyta Rzewuska, Haydeé Boetto y Ben Hadad Gómez conciben una escenografía y unos títeres que contribuyen, con sus cualidades, a modular la intensidad conceptual y emotiva de lo que se nos está contando, pues acuden al estambre, que es un material cálido y generoso, a partir del cual atenúan sin maquillarlas las dolorosas situaciones de la tragedia que estamos viendo. La música de Félix Bailon Guarro y Alejandro Barrera Cateto es la discreta cereza de un pastel cuya almendra es la actriz Ana Zavala que convence y conmueve en cada uno de los ocho o diez personajes a los que da vida (ya como títeres de mesa o como simples objetos animados) con una gran dosis de ludismo.
Un espectáculo que mereció el primer lugar en la Muestra Estatal de Teatro de Michoacán 2008 y que desde entonces ha recorrido con mucha fortuna (la que se merece, después de todo) diversas regiones del país.

Tres
Lágrimas de agua dulce permanece con nosotros, pero Perla Szuchmacher ya no. A propósito de esto, en la página de Rubén Szuchmacher, hermano de la autora, aparece este post con las siguientes palabras de Jaime Chabaud Magnus, escritas tras el deceso de la realizadora, acaecido el 10 de mayo pasado:

Me causa un inmenso dolor la muerte de Perla Szuchmacher, dramaturga y directora dedicada al teatro para niños y jóvenes. Además de la amistad que nos unía, me aterra (en el sentido originario de esta “mala” palabra) porque pocas son las gentes de teatro que nacieron para servir. Los demás sólo saben servirse, avorazarse, agandallarse y –en el mejor de los casos- mirarse el ombligo y dar codazos si alguien estorba. Perla fue de una generosidad proverbial y tocó el corazón de muchos colegas y –por supuesto- de su público. Argentina de nacimiento, la recuerdo dando brincos de felicidad porque un día, después de muchos trámites, se había vuelto mexicana. Estaba feliz como niña con juguete nuevo, orgullosa de su nueva nacionalidad, muy pero muy contenta, con la mirada limpia. Me acuerdo del día que me enseñó su casa nueva, la primera de propiedad de Alberto (su marido) y suya, me llevó de la mano por todos los rincones contándome atropelladamente las mejoras que quería hacerle, hace no más de tres años, a esa su casa, donde quería pasar el resto de su vida, con la paz de un techo suyo. Y no saldrá de mi memoria el día que me pidió disculpas (no había ninguna ofensa) por el cambio al final infeliz que yo proponía en mi obra Lágrimas de agua dulce (que ahora el DIF del DF censuró en otro montaje hecho con niños, curioso) que ella dirigía con Ana Zavala actuando. “Tenías razón –me dijo– la explotación infantil no puede tener un final feliz. Vamos a regresar al que es”.
Si el teatro mexicano para jóvenes audiencias está hoy a la vanguardia en todo Latinoamérica se debe –entre otras gentes- a Perla Szuchmacher. Ella nos enseñó que no tiene temas vedados y que con los niños se puede hablar de todo: de la muerte, del divorcio, del abuso e incluso de la diversidad sexual. Ahí radica el poderío de este Nuevo Teatro para Niños del que Perla era una de sus mejores exponentes, como directora y como dramaturga. Malas palabras, El rey que no oía pero escuchaba y, entre otras, Príncipe y Príncipe son ejemplo de ello. No hay con qué pagarte, Perluchis, todos los regalos que nos diste y, como diría Miguel Hernández: “no perdono a la muerte enamorada / no perdono a la vida desatenta…

EN VIDEO

Algunos momentos de Lágrimas de agua dulce.



En cierto sentido, la noticia no es nueva. Fue entre el 14 y el 15 de julio de 1965 (hace 45 años), durante la misión estadunidense de la sonda automática Mariner 4, cuando el mundo supo por primera vez de la existencia del cráter más extraño de todo el sistema solar: el Orcus Patera, localizado cerca del ecuador marciano, justo entre el gigantesco Monte Olimpo (que a su vez es el mayor volcán que se ha encontrado en el sistema solar) y el Monte Elíseo.
Pero el Orcus Patera ha vuelto a ser noticia esta semana, debido a que la Agencia Espacial Europea (ESA, por sus siglas en inglés) reveló nuevas y más detalladas fotos del cráter que fueron captadas apenas el viernes 27 de agosto por la sonda Mars Express.
El desconcierto científico, que se ha despertado fundamentalmente entre los geólogos, puede ser comprensible a la luz de la imagen que posteo arriba de estas líneas y que es una interpretación artística (rigurosamente fiel, a partir de la información real que se posee,) del ilustrador Kees Veenenbos, que tiene varios años trabajando para la NASA.
Más abajo hay otra imagen, esta vez sí una foto de la misión Mars Express.
El hecho es que desde hace 45 años los científicos no logran ponerse de acuerdo al buscar una explicación satisfactoria para la forma elíptica del cráter, que mide unos 380 kilómetros de longitud por unos 140 de envergadura. Mientras, en sus puntos más altos, su borde se eleva a casi dos kilómetros y su profundidad promedio es de entre 400 y 600 metros.
Hasta ahora hay varias hipótesis que intentan explicar la inusual forma elíptica de Orcus Patera. Dos son más aceptadas. Una propone que ha podido tratarse de un atípico impacto, por parte de un objeto que ingresó al campo gravitacional marciano con una inclinación menor a los 5 grados, ocasionando la estela que dio origen al cráter. La otra sugiere que el cráter puede ser resultado de distintos impactos que, mediante procesos naturales de erosión, terminaron por darle al cráter la extraña forma que exhibe.
Pero ambas sugerencias no pasan de meras hipótesis porque hasta el momento nadie ha podido explicar satisfactoriamente los detalles geológicos implicados, de modo que, por el momento, Marte nos ofrece un nuevo enigma que tendrá ocupados a los expertos durante los próximos años.
La información completa, tal como fue emitida por la Agencia Espacial Europea (en idioma inglés, ni modo) el pasado 27 de agosto, en este enlace.


Caleidoscopio del desamor


Los actores Alberto García y Lucía Díaz en una de las escenas de Intimidad (Hugo Hiriart, 1984) en versión de Hasam Díaz y la agrupación moreliana Pólux Teatro.

Nunca es fácil aceptar al desamor cuando llega a nuestra vida: ese momento en el que agonizan la complicidad, el deseo y el entusiasmo que definen una relación de pareja. El desamor es el tema de Intimidad (Hugo Hiriart, 1984), la cual fue estrenada por el director Hasam Díaz y la agrupación Pólux Teatro a comienzos de este año en Morelia.
Pero si el desamor es el asunto muy particular del que se ocupa esta puesta en escena, su desencanto es caleidoscópicamente multiplicado a través de su paso por dos parejas que se desdoblan en cuatro, potenciado a partir de las situaciones patéticas o ridículas que protagonizan y resignificado por las distanciadas reflexiones que, en determinados momentos, emite cada personaje, insólitamente situado como observador frío e imparcial de la tragedia o el absurdo de los otros.
Intimidad fue la tercera de las seis obras morelianas que el pasado fin de semana audicionaron en Morelia ante dos jurados de la XXXI Muestra Nacional de Teatro, con miras a figurar en el escaparate de diciembre próximo en Guadalajara.

Uno
Acompañada por los lánguidos compases de un piano (música original de Heriberto Díaz), de la oscuridad surge una pareja que atraviesa el escenario, encaramada la una encima del otro, que la lleva a cuestas como entre ciertos insectos cuando cumplen sus ritos de apareamiento. Ese tránsito fugaz preside la primera escena de Intimidad, que nos lleva al espacio más íntimo de nuestros mundos domésticos: la alcoba en la que Martha (Cuauhtli Hernández) y Julio (Jaime Noguerón) despiertan y comienzan su día discutiendo por algo tan nimio como una extraviada aguja de coser.
Sin embargo, lo que parecería anunciarse de esta manera como una probable comedia de enredos, deja de serlo tan pronto como Martha y Julio se congelan en plena escena e ingresa una Pipa (Lucía Díaz) que estudia críticamente a los personajes e invita al público a escudriñar con más cuidado la circunstancia que protagonizan. En efecto, en el subtexto de la situación pulsa un intenso duelo de poder a través de reproches mutuos que son desmenuzados y analizados a detalle por la narradora.
Similares mecanismos de ruptura y distanciamiento serán permanentes a lo largo de la puesta en escena, enriquecidos por un juego de reiteraciones en el que una misma situación se repite en cuatro distintas conjugaciones entre los personajes (primero son las parejas de Martha y Julio y de Pipa y Pedro, luego las de Julio y Pedro y de Martha y Pipa), tan sólo para mostrar que en el desamor, como en ciertas operaciones matemáticas, el orden de los factores no altera el producto, que en este caso es una experiencia amorosa que se mantiene, agridulce, a medio camino entre el cielo y el infierno.

Dos
Lo anecdótico es, probablemente, lo de menos en una dramaturgia como la de Intimidad, ya se trate de la disputa por irresponsabilidades e incomprensiones mutuas (“¿En vez de emborracharte no crees que sería mejor que buscaras empleo? Sí, los sábados, domingos y fiestas de guardar. Porque no sé si habrás notado que no nos alcanza. En vez de andar pensando genialidades deberías darnos para comer. Porque no sé si has notado que hay que comer todos los días”) o por alardes varoniles de open mind que, a la hora de la hora, cuando viene la confesión pedida de parte de la pareja, no saben aguantar vara y dejan salir al “macho ilustrado” que al parecer todos llevamos dentro (“¡¿Perdiste tu virginidad arriba de un coche?!” “No. Adentro”. “¡¿Cómo es posible?!” “Era un coche muy grande”).
En cambio, lo que realmente importa es la estructura del trabajo, con esa sucesión de rupturas que nos permiten, como espectadores, ir poniendo en perspectiva experiencias bien conocidas, prácticamente universales, y que se transforman en una suma de situaciones muy exigentes porque obligan al público a confrontarse consigo mismo, a revisar sus propias actitudes ante el amor que agoniza.
De todos los cuadros escénicos dedicados a estas rupturas y distanciamientos (muy brechtianos, por cierto), recupero sólo el siguiente, que es uno de los más significativos y en el cual Julio propone el leit motiv de lo que es toda la obra:
“Permítaseme un símil: todos podemos diferenciar entre un color rojo y un color azul; pero hay ciertos tonos de color de los que no sabríamos decir si se trata de un rojo o un azul. Y es precisamente ese tono vacilante y ambiguo el que colorea la existencia de esta pareja indecisa entre el sufrimiento o el placer, entre la dicha o la pena. Álzanse uno frente a la otra como obstáculos, como el aire de la paloma de Kant, que se siente como un freno, pero sin el cual no se puede volar” (la metáfora aparece en la introducción de Crítica de la Razón Pura, Emmanuel Kant, 1781). “Y es aquí donde aparece la flor de las contradicciones: no puedo vivir contigo, no puedo vivir sin ti. La vida de la pareja es un callejón estrecho pero de doble sentido. Las cosas van y vienen. Vamos a ver”.
De manera que, desde esta estructura y desde las premisas que operan a través de ella, Intimidad se convierte, adicionalmente, en un interesante replanteamiento del viejo conflicto decimonónico entre las posiciones encontradas del empirismo y el racionalismo que hasta hoy juegan un papel tan grande en nuestra vida cotidiana.
Por lo demás, una última ruptura, que en gran medida nos convoca a poner a prueba la mecanicidad (algo bergsoniana en su sentido) de las matrices del amor, se convierte en una insólita especie de cuadro musical en el que las parejas bailan y representan, estilizadamente, los ritos del encuentro sexual, mientras la música es acompañada por una voz mecánica, autómata, que exhibe al amor como una mera fisiología de la pasión.

Tres
No es manda, desde luego; sin embargo, para disfrutar plenamente de Intimidad vale mucho la pena acercarse a un libro imprescindible de Hugo Hiriart: Los dientes eran el piano (Tusquets Editores, 1999), que reúne ensayos donde el autor reflexiona sobre el arte y la imaginación. Dos textos de ese libro, en particular, brindan claves decisivas para comprender la manera en que acomete sus procesos creativos este dramaturgo, poeta y escritor. Se trata de La oropéndola de plata y Más sobre las irregularidades.
Hiriart afirma que, generalmente, la imaginación trabaja articulando conjuntos de regularidades y que lo importante, creativamente, es alterar esas regularidades. ¿Qué pasa, por ejemplo, si en vez de proponer una imagen regular, como la de un perro que duerme sobre un tapete, ante la chimenea de una sala, la imagen que se propone es la de un caballo? Hiriart sostiene que mecanismos de este tipo conducen de inmediato al territorio de la fábula.
Y es esto, precisamente, lo que hace Hiriart en Intimidad. Todo el texto le apuesta a bordear ese aspecto de la imaginación: la alteración de las regularidades. De ahí la importancia de las rupturas y de los juegos de transiciones que ponen en tensión la lógica habitual de la simple comedia y desarrollan (estilística y genéricamente) configuraciones inéditas.
Evidentemente, tal propuesta dramatúrgica exige de la dirección un trabajo de problematización particularmente elaborado (aunque su resultado, en la puesta, sea de una muy decantada simplicidad). En este sentido, Hasam Díaz sale adelante con el compromiso: va a lo esencial indispensable, emprende una escenografía ligera, define su espacio como el de un teatro-arena y se respalda con un grupo de actores que asumen y saben responder al desafío, empezando por Lucía Díaz y un Jaime Noguerón que, por cierto, es el único actor que está participando en las audiciones por partida doble (en los elencos de Intimidad y de La verdadera venganza del gato Boris)... aunque también hay que decir que, durante la función sabatina, ante la dirección artística de la Muestra Nacional, la energía no siempre estuvo en su sitio y hubo ciertas premuras en el ritmo.

EN VIDEO

Algunos momentos de Intimidad en la función de la agrupación moreliana Pólux Teatro para el jurado de la MNT.


Los actores David Hurtado y Aidet Fuentes Mapourmé en una imagen de Round de sombras, correspondiente a la primera temporada de esta pieza, estrenada a comienzos del año pasado en Morelia.

Recién separados, el bioquímico Andrés Belaunzarán (David Hurtado) y la ejecutiva bursátil Julia (Aidet Fuentes Mapourmé) se reúnen una noche en la casa que compartieron. Él la ha invitado a cenar y durante el encuentro se muestra obsequioso, parece buscar una reconciliación. Ella, en cambio, se resguarda detrás de una calculada armadura de frialdad y sarcasmo por la que resbala cada intento de Andrés en pos de empatía.
La cena se desarrolla entre diálogos que transitan activamente de las confidencias al enfrentamiento y al reproche mutuo. Tal situación nos permite reconstruir la historia de los personajes y la naturaleza del momento que comparten: una vez perdido el amor y con las heridas vivas y abiertas, no queda más que revolcarse entre los escombros de un afecto que ya sólo será alevosía o no será.
Así: agria, irónica y con un doloroso twist final, la pieza Round de sombras (Carmina Narro, 1996) hace de sus protagonistas ejemplares perfectos para vivisectar al amor como duelo de poder. Un duelo en el que cada uno de los enamorados, en nombre de su amor perdido, buscará y conseguirá la cruel destrucción del otro.

Uno
Este trabajo, que forma parte de la trilogía Químicos para el amor, fue emprendido por Ramsés Figueroa el año pasado para la materia de Dirección II, en el octavo semestre de la licenciatura de Teatro de la Escuela Popular de Bellas Artes. La obra, de unos veinticinco minutos de duración en su formato original, hizo una corta temporada estudiantil, intramuros. Más tarde, durante un taller de dirección escénica impartido en Morelia por Fausto Ramírez y a modo de experimento, Ramsés Figueroa resolvió extenderla para poder inscribirla a la Muestra Estatal de Teatro de 2009 (una de cuyas cláusulas demandaba que las obras aspirantes tuvieran una duración mínima de 45 minutos). Este “extenderla” implicó proponer una segunda vuelta para la pieza, pero con los roles de los personajes invertidos.
Precisamente esta versión doble es la que el pasado fin de semana, en la segunda de las seis audiciones de obras morelianas aspirantes a la XXXI Muestra Nacional de Teatro, fue presentada por los integrantes del grupo Silencio Teatro en el foro La Bodega.

Dos
¿Sólo podemos poseer lo bello cuando lo destruimos? Esto es lo que propone la sinaloense Carmina Narro en Round de sombras. Hay ocasiones en las que aventurarse significa desventurarse más. A los personajes de esta pieza les ocurre precisamente eso. Una vez asumido el amor como duelo de poder, sólo conduce al abismo. Deberían detenerse, pero no pueden.
La pieza es también un cumplido breviario del maquiavelismo de la simulación, ya que el personaje que parece ser el más vulnerable es el que termina sometiendo al otro, derrotándolo en el último momento al destruir la belleza sobre la que fundaba su supremacía.
Y el hecho de que este personaje sea el varón en la primera vuelta de la obra y la mujer en la segunda vuelta, establece una tensión de género a la que el público resulta muy sensible. Desde este punto de vista, el experimento de Ramsés resulta muy provocador.
Por lo que atañe a los valores teatrales, la puesta del grupo Silencio Teatro es una pieza redonda en sus aspiraciones naturalistas, de una gran veracidad escénica, incluso en escenas tan difíciles como la del bofetón.
También importa tener en cuenta que se trata de un trabajo muy atento a su realidad, que toma una dramaturgia nacional y que aborda un tema que no es en absoluto ajeno o extraño, sino común, muy asequible al público: el de esas relaciones enfermas, destructivas, que se transforman en un asunto de sometimiento y dependencia.
Lo escribía aquí, en este mismo blog, el año pasado (los interesados en el texto y, sobre todo, en el video que registra más aspectos de esa puesta en escena, favor de dar un clic
aquí): En términos de actuación el aplauso sigue siendo para Aidet Fuentes Mapourmé, quien logra una potente caracterización. David Hurtado aparece correcto. Pero hay suficiente simetría y equilibrio entre los dos personajes para convencer y conmover. Además, los protagonistas afrontan una experiencia particularmente difícil porque tanto la dramaturgia como el concepto de la puesta en sí (como teatro arena, muy cerca del público) están pensados para que todo el trabajo recaiga en los personajes. Es un teatro de actores.
Como director, Ramsés Figueroa resuelve con limpieza y sencillez, dos atributos que nunca serán lo suficientemente festejados. Escenográficamente establece la mesa de la cena como centro de gravedad del espacio, con una taciturna lámpara pendiendo sobre ella y nada más.
Una experiencia de teatro estudiantil muy profesional: apasionada, responsable, inteligente y veraz.

EN VIDEO




Superviviente de la leucemia infantil, una Carmelita ya adulta (Yareli Muñoz) comparte con el público los recuerdos de su experiencia de casi cuatro años con la enfermedad, cuando tuvo entre siete y diez años de edad. Esta es la anécdota del monólogo Carmelita, la niña del mechón (Santa Herejía Producciones, 2008), que nos narra la historia de una pequeña confinada con otros niños en el pabellón oncológico de un hospital, pero también (y sobre todo) que nos muestra a un personaje que reconstruye y nos comparte los escenarios de su mundo de infancia.
Esta idea de recrear la niñez es el rasgo más sobresaliente de la dramaturgia emprendida por José Luis Pineda Servín dentro de un proyecto que ganó la convocatoria Apoyos al Fomento de la Producción Teatral, en la categoría de Teatro para Niños, emitida por el Departamento de Teatro de la Secretaría de Cultura de Michoacán en 2008.
El trabajo abrió este sábado 28 de agosto las audiciones en las que seis obras de teatro morelianas han competido para figurar en la XXX Muestra Nacional de Teatro, que este año se celebrará en Guadalajara.

Uno
Dirigida a un público específico, el de niños en situación de hospital, Carmelita es una obra esencialmente positiva y juguetona; su tema alude a la fuerza de un amor capaz de vencer incluso a la muerte (una muerte que se muestra ella misma afable o, en todo caso, mitigada a partir de los queridos rasgos de una abuela ya fallecida).
Mientras, la estructura se organiza en una sucesión de cuadros que, narrativamente, cumplen dos objetivos: hacer avanzar el relato y mostrar el mundo de Carmelita: un mundo que comienza hablando de la fugacidad de la existencia y de su cualidad ilusoria (“parecemos nubes que van y que vienen, que cambian de color con el día”) y que concluye con un voto de confianza hacia las razones de la vida (“hoy tengo la esperanza de que todos podemos ser felices, pase lo que pase”).
En medio de este arco, Carmelita, la niña del mechón es una sucesión de estampas que comienzan con la imagen de cierto ocaso, cuando la abuela de Carmelita abre una ventana para disfrutar de la noche y le anuncia a su nieta que un día morirá (“Carmelita, un día saltaré por esta ventanita y me iré cuando menos te lo esperes. Te aviso para que no te asustes ni te pongas triste porque yo estaré feliz […]. Cada quien tiene su ventanita, a cada quien se le aparece cuando llega el momento oportuno, ni antes ni después”). Pero la fatalidad también será compensada en el mismo cuadro escénico con el paso de una estrella fugaz y la petición de deseos que, hacia el final de la historia, redimirán tragedias y abrirán oportunidades a favor de la vida.
Entre una y otra cosa, Carmelita describirá los placeres y anécdotas de un día de campo familiar; nos compartirá su pasión por el futbol y el rechazo de Beto ante la idea de aceparla en las cascaritas callejeras; nos revelará su indiferencia a los juegos de muñecas; nos confesará su primer amor de infancia hacia Pepe (“el más guapo de la cuadra”), con quien sueña tener “una granja de hijos”; describirá los recurrentes desmayos que terminarán enviándola durante varios meses a un pabellón para el tratamiento de niños con cáncer, en el que nos presentará a los otros internos y desde el cual se enterará de la muerte de su amada abuela, a cuyo funeral no podrá acudir. Finalmente, restablecida y de vuelta al hogar paterno, Carmelita nos narrará el episodio, durante una tormenta, en el que estará a punto de morir, pero del que será salvada por una abuela que le indica que su hora no ha llegado y que es tiempo de volver al mundo para cumplir una vida plena.

Dos
Concebida como monólogo, Carmelita, la niña del mechón busca y logra implicar a su público (que, no hay que olvidarlo, es mayoritariamente infantil).
Desde el primer momento del trabajo, una Yareli Muñoz que suple con su desenvoltura natural ciertas carencias actorales, anuncia al público que va a necesitar de su colaboración para la creación de paisajes sonoros y “efectos especiales” a lo largo del relato. Un primer y ágil ensayo que captura el entusiasmo de la concurrencia conduce a recrear onomatopeyas que aluden al canto de un gallo o el rechinido de ventanas que se abren y se cierran. El ejercicio va aumentando paulatinamente su grado de complejidad al demandar sonidos que ilustren el paso de una estrella fugaz, la risueña presencia de un ermitaño o la lucha de una gallina que es devorada por un zorro, entre otras viñetas acústicas.
Otro elemento que acierta a conseguir la empatía del público es la música en vivo, a cargo del propio dramaturgo y director. José Luis Pineda se instala a un lado del espacio escénico, apenas visible, para acompañar a Yareli con un acordeón que lo mismo ambienta que acentúa matices con vivacidad.
En tanto, la escenografía se reduce a un atril que se emplea solamente durante el comienzo del monólogo y la presencia de tres estilizados rehiletes.
Pero dentro de la configuración anterior, el desafío más exigente de la dramaturgia es aquel que le impone a la actriz veloces transiciones para pasar de un personaje a otro, pues a lo largo de la obra Yareli debe representar a una docena de personajes o poco menos (desde un pequeño escarabajo-rinoceronte hasta los amiguitos de Carmelita en el pabellón del hospital, pasando por padres, abuela, médicos, ermitaño, un pájaro azul, etcétera).
Evidentemente, es difícil manejar los diversos pesos escénicos que exige tal anecdotario de presencias y, sobre todo, responder al tempo de interacción preciso entre ellas. No sólo hace falta la correcta administración de la energía en sí, sino el entrenamiento fisio-vocal más riguroso.
En este sentido, hay un momento de particular riqueza durante el episodio de Carmelita y el escarabajo que se posa en su brazo: aquel en el que nuestro personaje se desdobla entre la Carmelita que, asustada por la presencia del insecto y en crisis de pelos parados y dientes pelones, se demanda, histérica, a sí misma: “¡Pregúntale si es peligroso!”, mientras otra Carmelita, ecuánime, es la que interroga muy educadamente al pequeño coleóptero: “Disculpe, ¿es usted peligroso?”, las dos acotadas por una tercera Carmelita, totalmente dueña de la situación, que se dice a sí misma, observando sagaz y reflexiva al inofensivo insecto: “Ese cuernito no me inspira nada de confianza”.
Pero en realidad, y con absoluta franqueza, sólo recuerdo dos experiencias teatrales en las que esta elevada demanda de pesos escénicos y transiciones bien establecidas se ha cumplido a cabalidad: durante el monólogo Divino Pastor Góngora (visto en Morelia en 2003, durante la Muestra Nacional de Teatro de aquel año, protagonizado por Carlos Cobos) y durante el unipersonal Los días de Carlitos (visto en Ciudad Juárez en la Muestra Nacional de 2008 y aquí en Morelia en 2009, a cargo de Adrián Vázquez). Y en esos dos excepcionales casos estamos hablando, sin eufemismo, de súper-actores.
Sin embargo, si el desafío es muy alto, también es necesario puntualizar que Yareli Muñoz saca adelante el compromiso con una estrategia correcta, la de deslizar su desempeño actoral hacia otra dirección, desde la cual sus posibilidades sí le permiten cumplir con lo que se espera de ella: la de la fluida oralidad propia del cuentacuentos, desde cuya eficacia, a medio camino entre lo relatológico y la representación, logra ilustrar las situaciones que describe.
Es esta solución, desde mi punto de vista, la que consigue que el trabajo conserve un encanto indispensable y, sobre todo, una conexión genuina con el público (que es lo más importante en cualquier experiencia teatral), a despecho de las limitaciones que existen. Es claro que falta mucho más entrenamiento, pero el teatro está ahí.



Algunos instantes del monólogo de Santa Herejía Producciones, con el que abrieron las funciones de audición en las que seis grupos morelianos compiten para acudir a la Muestra Nacional de Teatro.



Los teatristas universitarios morelianos acapararon este año, en una experiencia inédita, las audiciones con miras a participar en la XXXI Muestra Nacional de Teatro (MNT), que se realizará en diciembre próximo en la ciudad de Guadalajara, Jalisco. Seis grupos morelianos, todos dirigidos por egresados de la licenciatura de Teatro de la Escuela Popular de Bellas Artes (dependiente de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo) mostraron sus propuestas ante dos integrantes de la dirección artística de la MNT 2010.
Las audiciones tuvieron como sede el foro alternativo La Bodega, de la Secretaría de Cultura de Michoacán y se emprendieron entre el sábado 28 y el domingo 29 de agosto, distribuidas en tres funciones diarias.
Los trabajos participantes fueron Carmelita, la niña del mechón, del grupo Santa Herejía, escrita y dirigida por José Luis Pineda. Round de Sombras, de Carmina Narro, del grupo Silencio Teatro en dirección de Ramsés Figueroa. Intimidad, de Hugo Hiriart, con el grupo PoluX Teatro y dirección de Hasam Díaz. Lágrimas de agua dulce, de Jaime Chabaud, con el grupo Hecho a mano y una dirección original de Perla Szuchmacher (+). La verdadera venganza del Gato Boris, de Maribel Carrasco con el grupo Sonaja Roja y dirección de José Suanate (Suárez Nateras), así como La luna vista por los muertos, de Daniel Rodríguez Barrón, con el grupo Aleatorio Teatro que dirige Sheila A. Rodríguez.
Ningún grupo profesional michoacano se inscribió este año a la Muestra Nacional de Teatro. Contrapeso, por ejemplo, se encuentra atareado en estos momentos resolviendo la puesta en escena de su obra sobre Emiliano Zapata, con miras a los festejos patrios de este año, la cual estará lista para su estreno en octubre o noviembre entrantes.
Mientras, las jornadas de audición comenzaron con una propuesta emprendida por el más veterano de quienes conforman al grupo de universitarios: José Luis Pineda Servín (Carmelita, la niña del mechón), ya treintañero, y las sesiones concluyeron con la propuesta de la realizadora más joven de la camada, Sheila A. Rodríguez (La luna vista por los muertos), que apenas remonta los veinte años de edad.

Presentes, Enrique Mijares y Alejandra
Tello, de la Dirección Artística de la MNT
Para audicionar los trabajos locales, estuvieron en Morelia el dramaturgo, director, ensayista y crítico teatral duranguense Enrique Mijares, así como la actriz, promotora cultural, catedrática de artes escénicas y crítica tapatía Alejandra Tello Arenas. Valga señalar aquí que, procedente de Chihuahua, donde también audicionó obras, el maestro Mijares no arribó a la capital michoacana sino hasta el sábado por la tarde, de modo que no pudo ver las dos primeras puestas en escena (Carmelita… y Round de sombras), que sólo fueron cubiertas por Alejandra Tello.
Al término de las dos jornadas teatrales de fin de semana, Poliedro entrevistó tanto a Mijares como a Tello Arenas. Ambos coincidieron en señalar que el teatro universitario que han encontrado en Morelia tiene propuestas y compromiso profesional. A continuación, las entrevistas con cada uno de los jurados.

Enrique Mijares: he visto mística teatral
“De lo que he visto en Morelia –dice el norteño Enrique Mijares–, lo que más me gusta es que estamos viendo resultados de gente de teatro que viene de estudios universitarios, con una formación académica de nivel superior. Prácticamente todo lo que hemos visto en Morelia es de egresados universitarios y lo importante es que veo un nivel de compromiso, de mística teatral, que en otras partes no se ve. Porque también hay lugares del país en los que, aunque haya escuelas o facultades de artes escénicas, de todos modos se opera a nivel de me vale madres y ahí se va, y eso no se vale”.
“Esta situación –abunda– me obligó a detallar, en la cláusula del acta de una de las muestras en las que participé, lo siguiente: hay grupos que toman por asalto el escenario y que son oportunistas porque se aprovechan de las características de la convocatoria, que permiten que el grupo se desplace de distintas partes del Estado con gastos pagados, hospedaje y alimentación, para venir a presentar cosas que no tienen absolutamente nada qué ver con el teatro. Hay gente que no tiene conciencia de lo que es el teatro, que no tiene esa veneración por el escenario que debemos profesar quienes atendemos al público. Pero hubo otros casos en los que vimos obras que ojalá veamos en la Muestra Nacional”.
Indica más adelante que, ya como jurado invitado a muestras estatales o como integrante de la dirección artística de la MNT para audicionar obras aspirantes, ha estado en Mérida, Tampico y Chihuahua. “Pero no se puede ver todo –lamenta–. Ojalá se pudiera, porque ver el teatro en carpeta o en video es muy difícil, muy engañoso. El teatro es una experiencia de comparecencia. De modo que ha sido mucho trabajo. Son 221 carpetas las que se inscribieron a la Muestra Nacional de este año y los integrantes de la dirección artística hemos terminamos hoy (domingo 29 de agosto). Pasado mañana, el día martes 31 de agosto, comenzamos la plenaria de la Dirección Artística de la Muestra Nacional de Teatro, que se extenderá hasta el jueves 2 de agosto. En esos tres días tenemos que resolver qué obras integrarán la Muestra de este año, así como programar el calendario de actividades de la muestra en sí y comenzar a revisar traslados, etcétera”.
En tanto, acerca del panorama escénico que ha advertido en estos meses, señala:
“En cada lugar encontramos niveles que van como en una montaña rusa: hay picos muy interesantes, pero también hay muy preocupantes abismos. En algunos casos hemos recomendado que, por favor, se pongan al corriente; lo malo es que la gente no tiene conciencia, no tiene humildad para aceptar las sugerencias y entonces piensan que uno quiso decirles que ‘no tenían talento’. Tuvimos problemas graves en algunas plazas en el sentido de que los que no resultaron premiados (porque en algunos casos sí fui jurado de muestras estatales), decían ‘¿pero por qué no nos premiaron?’ Y yo les decía: ‘lo que yo vi está plasmado en el acta’. No quieren entender que si estamos recomendando talleres o mesas de análisis en las muestras, tales sugerencias son por alguna razón. Ojalá que esa pasión que tienen para protestar también se viera en el escenario. Desgraciadamente no es así: quieren ganar por amiguismo con funcionarios o porque el jurado esté un poco a modo. Pero al Fonca, por ejemplo, le interesan jurados que no sean bien vistos, como es mi caso, porque eso significa que son jurados muy rigurosos que no contemplan amiguismos ni conocencias, sino trabajo: calidad.

Alejandra Tello: hay propuestas
“Vi propuestas interesantes de gente joven –dice, por su lado, la tapatía Alejandra Tello–. Pero Fernando de Ita siempre dice que no es bueno dar impresiones al terminar una función porque hay que analizar las cosas. Más cuando uno tiene como profesión dedicarse a la crítica teatral. Pero así, de entrada, aquí en Morelia vi propuestas”.
Interrogada acerca de cuántos trabajos michoacanos podrían participar en la Muestra Nacional, dice: “No sé cuántos lugares haya, porque esta es la primera vez que estoy en una dirección artística y son 32 estados de la República y 221 carpetas las que están inscritas. La revisión de ese material es exhaustiva. Pero una cosa sí tenemos muy clara en la dirección artística de la Muestra: el no incluir demasiadas obras del Distrito Federal porque la muestra se volvería centralista otra vez. Y de lo que se trata es que se presente lo mejor de todo el país. También hemos estado discutiendo que, como son tantas las puestas en escena, sólo deben entras las excelentes. Es decir, hay varias muy buenas que pueden ser invitadas, por ejemplo, a la sección La Muestra en Cinco Actos, pero definitivamente a la selección oficial sólo entrará lo excelente y yo soy de quienes que piensan que a la Muestra Nacional tiene que ir lo mejor de lo mejor”.
Concluye: “Enrique (Mijares) y yo no hemos platicado acerca de cuántas obras de las que hemos visto en Morelia se pueden incluir, vamos a discutir lo que vimos con la Dirección Artística, durante la plenaria. Y se decidirá en conjunto. Sería muy irresponsable de mi parte decir ahora ‘puede entrar esta o esta otra’. Hay que seguir un proceso”.

Ecos de las audiciones
Y como el proceso oficial de selección concluirá el viernes 3 de septiembre (dentro de unos cuantos días), cuando se darán a conocer los resultados, hay tiempo suficiente para dar cuenta en este blog de lo que han sido estas jornadas de audiciones protagonizadas por las nuevas generaciones de universitarios morelianos.
En el riguroso orden en que se presentaron, a partir de hoy mismo, las entregas de las audiciones morelianas en pos de la Muestra Nacional de Teatro.

EN VIDEO / Entrevistas con los jurados de la MNT



Quién sabe a los demás, pero a medios como este humilde blog nunca se nos invitó. Apenas al caer la tarde de ayer, en un brevísimo comunicado de prensa que en realidad era un pie de foto acompañado de tres imágenes, se nos compartió lo que están ustedes viendo arriba de estas líneas: el secretario de Cultura de Michoacán, Jaime Hernández Díaz, promoviendo, cual especie de Tío Gamboín (1917-1992), la edición especial de bicentenario, correspondiente a Michoacán, de la célebre marca de refresco de cola de la que fue gerente de piso, en una de sus filiales, nuestro querido y siempre bienamado presidente Vicente Fox Quezada (mhhh… no; esta vez ni la sorna me salió convincente. Demasiado macabro el asunto para intentar siquiera volverlo más grotesco de lo que es).
Las imágenes estaban acompañadas de este sucinto texto:
“Con la finalidad de hacer un respetuoso homenaje al Bicentenario de la Independencia y el Centenario de la Revolución Mexicana, la Secretaría de Cultura de Michoacán en coordinación con Coca Cola, presentaron la botella que representa a entidad dentro de la colección que vestirá la íconica (sic, en realidad debía estar escrito “icónica”) botella contour, en la que se muestra una abstracción de la mariposa monarca, ícono del estado y orgullo de México”.
Vale. Mal habría hecho la Coca Cola en pasar por alto las conmemoraciones patrias de la mayor colonia que posee en América Latina ¿no es así?. De todos modos, henos aquí, en plena puerilidad, celebrando El lado Coca Cola de la vida, bailando por un chesco o tentando al destino con la famosa bebida de la que dice el slogan (pero a la mexicana), que es “El refresco que te chispa la vida”. Salud.


EN VIDEO / Y sí te chispa la vida ¿eh?

Una cápsula cultural cortesía de destacados Youtubers.







En este blog dimos la nota en exclusiva hace un par de semanas (consúltenla aquí), pero este jueves 26 de agosto, a través de su comunicado de prensa 191, la Secretaría de Cultura de Michoacán está confirmando lo que yo llamé la “Mini-Muestra Estatal de Teatro 2010”, que este fin de semana, los días sábado 28 y domingo 29 de agosto, se celebrará en el foro La Bodega, con las seis obras locales que se inscribieron para participar en la Muestra Nacional de Teatro (MNT) y las cuales harán audición ante la dirección artística de la MNT.
Dice el sucinto boletín de prensa: “La Dirección Artística que evaluará a las agrupaciones participantes, para el caso de Michoacán, se integrará por Enrique Mijares y Alejandra Tello, quienes seleccionarán al representante estatal, el sábado 28 y domingo 29 de agosto, en el Foro La Bodega”.
De acuerdo al comunicado, estos son los horarios de las funciones, que están abiertas a todo público y con entrada gratuita, aunque el cupo es limitado:

SABADO 28 DE AGOSTO
12:00 horas. Carmelita, la niña del mechón. Grupo Santa Herejía. Escrita y dirigida por José Luis Pineda.
16:00 horas. Round de Sombras, de Carmina Narro. Grupo Silencio Teatro. Dirige Ramsés Figueroa.
20:30 horas. Intimidad, de Hugo Hiriart. Grupo PoluX Teatro. Dirige Hasam Díaz.

DOMINGO 29 DDE AGOSTO
11:00 horas. Lágrimas de agua dulce, de Jaime Chabaud. Grupo Hecho a mano. Dirección original de Perla Szuchmacher (+) Dirigen Ana Zavala y BenHadad Gómez.
16:00 horas. La verdadera venganza del Gato Boris, de Maribel Carrasco. Grupo Sonaja Roja. Dirige José Suanate.
20:00 horas. La luna vista por los muertos, de Daniel Rodríguez Barrón. Grupo Aleatorio Teatro. Dirige Sheila A. Rodríguez.