El momento en que Sully, en su papel de guerrero Na'vi, convoca a la lucha contra los humanos que intentan colonizar la luna Pandora.

Durante su último día como ser humano, antes de abandonar la base Puerta del Infierno y acudir a la ceremonia de Renacimiento que lo transformará para siempre en un Na’vi del clan de los Omaticaya, en la remota luna Pandora, el cabo Jake Sully nos narra la épica que lo ha conducido a una transformación tan radical. Comenzó siendo un ex marine inválido que viajó al espacio por azar, al servicio de intereses terrícolas, pero ha terminado por convertirse en el líder de la resistencia Na’vi y ha liberado a todo un mundo de la opresión de los invasores terrestres.
En estos términos se desarrolla Avatar, el décimo largometraje del cineasta canadiense James Cameron (Ontario, 1954). La cinta se estrenó en diciembre y con ella las pantallas le están dando la bienvenida al 2010.
El filme es un deleite. Y lo es porque lo firma un cineasta que a lo largo de su carrera se ha distinguido por dos grandes aciertos: el de ser un director de actores extraordinariamente eficaz y el de planificar cada uno de sus filmes con una gran inventiva visual.
En medio de estas dos virtudes, vale recordar que ya el segundo filme de Cameron, Terminator (1984), se ha convertido en un clásico de la ciencia ficción por la poesía implícita en su mirada hacia un apocalipsis tecnológico abordado con dosis idénticas de horror y esperanza.
Mientras, su melodrama Titanic (1997) logró uno de los hitos taquilleros de la década pasada al convertir la tragedia del enorme trasatlántico en la poderosa metáfora visual de un sentimiento que aún nos conmueve hoy: el de un mundo que se derrumba a nuestro alrededor sin ofrecer alternativas.
Por lo demás, James Cameron ha sido uno de los más tenaces exploradores de las posibilidades que da la moderna tecnología de manipulación de imágenes. Un filme suyo, El secreto del Abismo (The Abyss, 1989), fue el primer largometraje –hace 20 años– donde gráficos por ordenador se usaron para recrear rostros humanos. Siguiendo esta línea, en Terminator II (1991) el realizador dio un salto con la presentación del T-10000: un androide de metal líquido cuyas propiedades miméticas cautivaron al público. La estación más reciente de esta trayectoria llega justo ahora, con Avatar, donde Cameron lleva a un nuevo nivel de juego las posibilidades de la animación por captura de movimiento. Todo un festín, que en sus excesos y en sus virtudes nos presenta un relato que atesora tanto las bondades como los sinsabores del tiempo en que vivimos.


El ex marine inválido Jake Sully ante la cápsula que aloja a su avatar, casi al comienzo de la cinta.

Medievalismo y tecnología
Desde fines de los años setenta investigadores en distintos campos de las ciencias sociales (Umberto Eco, Roberto Vacca y Alain Minc, entre los más significativos) comenzaron a advertir contra lo que denominaron la medievalización de las sociedades postmodernas.
El fenómeno, lejos de ser una mera hipótesis, se ha convertido en nuestro pan de todos los días. Los síntomas son bien conocidos: paralización de la movilidad social y del poder adquisitivo; descontrolado desarrollo de feudos-monopolio, hoy de alcance mundial; auge de misticismos pop congregados en el new age; una paz mundial cada vez más relativa e idéntica a la “pax romana” previa a la debacle del imperio (con conflictos muy focalizados, pero que se generalizan en todo el orbe e incrementan los índices de inseguridad y violencia); crisis del control social en todos los sistemas sociopolíticos; una exigencia de readaptación constante a los individuos ante transiciones de todo tipo; el endiosamiento de la tecnología y su capacidad para seducirnos a través de las imágenes (con la consecuente trivialización del conocimiento) y –para no agotar la lista– el crecimiento de un sentimiento de incertidumbre ante el futuro inmediato, que colabora a que florezcan sectarismos, muchos de los cuales miran con nostalgia hacia un idílico Paraíso perdido y piensan en un retorno más o menos infantil al Edén del mundo natural.
Citar todos estos rasgos no es ocioso, ya que de ellos y de ninguna otra cosa se ocupa Avatar.
Lo que en el fondo está haciendo el filme de Cameron es tomarle el pulso con enorme precisión a sentimientos y fenómenos que son paradigma de nuestro tiempo y que a todos nos tocan, en mayor o menor medida.


Sully despierta dentro de su avatar y descubre que, gracias a la transferencia, ha recuperado la movilidad de sus piernas.

Entre el sueño y la mercancía
Como el agente Alex J. Murphy de Robocop (Verhoeven 1987), en Avatar el cabo Jack Sully es una mercancía en manos de una compañía.
Después de que su hermano, el científico Tommy Sully, es inesperadamente asesinado durante un asalto callejero, Jack es adquirido para reemplazarlo de última hora dentro del costoso proyecto Avatar, gracias al cual el ex soldado confinado a una silla de ruedas abandona la Tierra y, tras un viaje de más de cinco años en hibernación, llega a la remota luna Pandora.
El programa Avatar consiste en establecer un vínculo cerebral entre agentes humanos y clones creados a partes iguales con material genético terrícola y de los humanoides Na’vi, que son la especie dominante en Pandora. Estos avatares, animados por la conciencia de sus operadores humanos, pueden desenvolverse en la superficie de Pandora (cuya atmósfera enrarecida es mortal para los terrícolas) e interactuar con los Na’vi.
Los terrícolas están muy interesados en Pandora porque el satélite es una gigantesca veta de Unobtanium: un cotizado metal de propiedades antigravedad que es la clave para las necesidades de combustible del siglo XXII. Para apoderarse del precioso metal, los colonizadores no dudarán en arrasar con las armas a los pandorianos, pero antes están dispuestos a probar la estrategia de la diplomacia: adoptando sus identidades-avatar, científicos dirigidos por la doctora Grace Agustine (Sigourney Weaver) buscarán persuadir a los nativos para que abandonen los territorios más ricos en Unobtanium, a fin de que las gigantescas máquinas extractoras comiencen a trabajar.
Así pues, Jack Sully comienza esta historia siendo casi un producto de desecho a causa de sus piernas inválidas (“pueden reponerte la espina si tienes dinero, pero no a un veterano como yo, no en una economía como esta”). Sin embargo, a causa de la muerte de su hermano gemelo, se convierte en un valioso artículo para la compañía (“invertimos mucho en tu hermano; como tu genoma es idéntico al suyo, eres el único al que podemos poner en sus zapatos”).
Sin embargo, y también a semejanza del agente Murphy de Robocop, Jack Sully se rebelará muy pronto contra sus amos empresarios y militares.
Un sueño y su descubrimiento de las bellezas de Pandora y de la cultura Na’vi serán las influencias que guíen a Jack Sully en pos de una identidad y un destino satisfactorios (“los primeros días en el hospital comencé a soñar. Soñaba que volaba. Que era libre”). Y esa búsqueda será la que lo convertirá primero en un renegado, luego en un traidor y finalmente en un Na’vi.

Las unidades Escorpión disparan sus cohetes incendiarios en la escena del asalto contra el árbol tutelar de los Na`vi, promediando la mitad del filme.

Vaqueros del espacio
Coctel de géneros, juego de estructuras, malabarismo de caricaturas gruesas pero asombrosamente eficaces y, sobre todo, cruce de intersecciones estilísticas, Avatar es uno de esos genuinos filmes-mamuth que llegan muy de vez en cuando a la gran pantalla y en los que el entretenimiento se da la mano con una inteligente revisión a las herencias fílmicas de las que la cinta proviene.
Avatar es una “película-evento” como en su momento lo han sido La guerra de las Galaxias (Lukas, 1977), Terminador II (Cameron, 1991), Parque Jurásico (Spielberg, 1993), Matrix (Wachowski, 1999) o El señor de los Anillos (Jackson, 2001).
Varios párrafos atrás pensaba en intertextos entre Avatar y Robocop. Pero hay muchos más. Lo primero que llama la atención, desde la perspectiva del “coctel de géneros”, es la manera en la que Cameron asimila en Avatar legados muy disímbolos, que en lo fundamental van desde Danza con lobos (Sully es el alter ego del teniente John Dunbar de aquella fábula-western en clave reivindicatoria de 1990, incluyendo la difícil relación de Dunbar con el aguerrido sioux Viento en la cabellera), hasta geniales pero olvidadas novelas de fantasía épica como Una princesa de Marte (Edgar Rice Burroughs, 1912, escrita como la primera de once novelas dedicadas al Ciclo Marciano, casi al mismo tiempo en que Burroughs se volvía inmortal con las aventuras de Tarzán).
Entre estos dos referentes indispensables, Avatar es al mismo tiempo una space opera al estilo del clásico Tropas del Espacio (la novela de Robert A Heinlen, aparecida en 1959 y vertida al cine por Paul Verhoeven en Invasión, de 1997); un guiño de ojo a la frialdad militarista de Apocalipsis (Coppola, 1979, ya que el coronel Miles Quaritch, de Avatar [“Quiero una misión limpia y que regresemos a casa a tiempo para la cena”], es el doble del teniente coronel Bill Kilgore que ordenaba bombardeos con napalm al compás de La cabalgata de las Walkirias en la cinta de Coppola, sólo para poder surfear a gusto en las playas vietnamitas); un relato de amor intercultural a la Pocahontas (y que sólo lo ha sido en los relatos de ficción, como la versión de Mike Gabriel y Eric Goldberg para la Disney, en 1995, ya que la historia de la Pocahontas real no fue así), pero también una anécdota de amor interclasista como la de los encantadores Rita y Roddy Saint James en Lo que el agua se llevó (David Bowers y Sam Fell, 2006).
Sabiéndole rascar, hasta es posible hallarle cierto eco a la estética de El imperio contraataca (Kershner, 1980). Si en aquel filme Darth Vader viajaba a bordo del superdestructor Avenger, que opacaba con sus dimensiones al resto de las naves de la flota imperial, en Avatar el coronel Quadrich viaja a bordo de la nave capitana Dragón, tan colosal como el Avenger y flanqueada por un enjambre de cazas Escorpión. En el ataque final la secunda el no menos gigantesco bombardero Valquiria.
Pero entre estos y muchos otros referentes, en Avatar predomina y se impone, de todos modos, una cita esencial ya referida: el espíritu heroico y aventurero de la novela Una princesa de Marte (Burroughs, 1912), de la cual Cameron recupera muchos elementos, entre ellos la aparición de una exótica fauna de seis patas (un rasgo clave de aquella novela de hace cien años), la relación telepática que se da entre los guerreros y sus monturas, así como el espíritu épico y narrado en clave epistolar que nos muestra a un hombre que nos cuenta en primera persona la manera en que ha sorteado innumerables aventuras para ganar el corazón de una bella princesa extraterrestre.
Por si eso no bastara, tanto en Una princesa de Marte como en Avatar, Burroughs y Cameron se han inspirado para sus personajes en las relaciones entre los indios norteamericanos y los colonizadores europeos que escribieron a sangre y tiros la historia del Viejo Oeste. Ni más ni menos.

El personaje de Neytiri, la aguerrida princesa de los Na'vi, a la que da vida la actriz Zoe Saldaña.

Del lugar común a las breves audacias
A Avatar se le puede criticar lo que en su momento todos se cansaron de repetir con respecto de Titanic (“¡Ay! pero si es un melodrama bien predecible, tú”). En efecto, como en Titanic, Cameron se ha abrazado aquí de la infalible eficacia del cine de fórmula. En este caso, de un cine de fórmula influido por las aventuras de folletín. En este sentido, tampoco es casual que la mayoría de los personajes del filme sean caricaturas más o menos gruesas. Sin embargo, Cameron ha hecho suya la sabiduría de un proverbio atribuido a Alfred Hitchkook. Se dice que el padre del cine de suspenso norteamericano dijo una vez: “Más vale que empieces en un lugar común y no que termines en él”.
Siguiendo este consejo, Cameron arranca con la típica historia del gringo bueno (léase esta vez terrícola bueno) que lucha contra su propia raza y salva a un pueblo ajeno y en desgracia.
Sin embargo, una vez instalado en este guión, Cameron da pasos que lo llevan a terrenos inéditos. El más importante consiste en que Jake Sully no se quedará como el clásico gringo/terrícola bueno que, sin dejar de ser lo que es, simpatiza con los Otros. Al contrario, esta vez dejará de ser definitivamente un terrícola, ya que un rito Na’vi puede darle para siempre las características de su avatar. Así, el héroe pasará de su realidad al sueño y de ese sueño a una nueva realidad. Ya no será nunca más el terrícola Jake Sully que soñaba con el avatar que le había devuelto las piernas y que le había abierto un nuevo universo de perspectivas afectivas y filosóficas. Se convertirá en Jakesully, del clan Omaticaya: un Na’vi unido por amor a la princesa Neytiri y gran Toruk-Macto que inspirará una nueva era de esplendor para los pandorianos.
Este tratamiento le da a la rebeldía de Sully una perspectiva mucho más subversiva de lo habitual, pues lo pone por completo del lado de las víctimas y le da la oportunidad de mostrar, desde esa posición, su capacidad para el heroísmo. Algo así no lo habíamos visto desde la transformación del androide Roy Batty en un ser humano capaz de sacrificarse por otro y de crear poesía en el inolvidable desenlace de Blade Runner (Ridley Scott, 1982).

Parker Selfridge, el enviado de la Compañía y la doctora Grace Augustine discuten por su diferencia de posiciones.

Lo anterior, por un lado. Por el otro, un rasgo adicional de interés en Avatar tiene que ver con el tema del retorno a la naturaleza. La audacia de Cameron en este filme consiste apenas en un pequeño detalle. Nos muestra que los Na’vi, en su diálogo directo con la naturaleza de Pandora, pueden lograr los mismos resultados que los terrícolas con toda su tecnología: resucitar muertos, mutar conciencias a otros cuerpos, comunicarse con otras especies y, en definitiva, gozar de un sentimiento de unidad con todo lo que existe que está muy lejano de la experiencia de los humanos.
Esto es importante. Para Cameron en este filme, “volver a la naturaleza” no significa renegar de la historia y de la tecnología, sino asimilar ambos índices desde una perspectiva distinta.
Así pues, si los terrícolas emplean enormes extensiones robóticas para ampliar su poder militar (esos soldados de asalto de Avatar, que son un guiño a los montacargas robóticos que ideó Cameron en Aliens, el regreso [1990], para que la teniente Ripley pudiera darse un agarrón al tú por tú con la reina alien), los pandorianos pueden tener como aliados, para los mismos fines, a las bestias salvajes de su luna.
Si los humanos han ideado una elaborada ingeniería para que usuarios terrícolas usen como marionetas a sus avatares, trasladando sus conciencias a esos “muñecos de carne”, los Na’vi tienen las terminales de sus largas trenzas como equivalentes biológicos de conexiones USB o, si se prefiere, como dendritas portátiles para establecer sinapsis cerebral con animales y plantas a su alrededor.
Y si los terrícolas, en fin, poseen una elaborada tecnología en comunicaciones y dominan el viaje interestelar, los Na’vi poseen una red neural que abarca a todos los árboles de Pandora para comunicarse entre ellos a distancia, pero también con sus muertos, con sus recuerdos y hasta con su porvenir (“Los árboles en Pandora equivalen a una suma de 10 a la doceava potencia y cada uno está unido a los demás por conexiones que equivalen a 10 a la cuarta potencia… Eso son más conexiones de las que posee el cerebro humano” describe la doctora Grace en algún momento).
Así pues, este aparente llamado de Cameron a un “retorno a lo salvaje” no tiene la textura habitual del trasnochado discurso que llama a abandonar la tecnología en aras de la simplicidad de lo natural. Propone, en cambio, un mundo natural capaz de engendrar una tecnología distinta, emprendida desde la posición de un intenso respeto por el orden de las cosas.

El Banshee (ikran), una variedad de dragón volador endémica de Pandora. Como ocurre con otras especies, estos saurios son suceptibles de domesticación mediante la fusión neuronal con su jinete, creando un vínculo similar al de los "jinetes de dragones" en Eragon (Stefen Fangmeier, 2006).

La fauna insólita
Y aunque Avatar tiene numerosos intertextos (lo cual, por lo demás, es un acierto), también es una obra lo suficientemente honesta para ser original.
A lo largo de los doce años que se ha llevado la preparación del filme, Cameron y sus asistentes se han dado la oportunidad de concebir todo un universo con sus paisajes, flora y fauna interrelacionados.
El primer gran atractivo del filme es la manera en que Cameron nos permite ir conociendo ese mundo a través de las experiencias inciáticas de Jake Sully en las selvas de Pandora.
Así pues, sean bienvenidos a un exótico mundo poblado de flores como las helicoradiantes, que se enroscan en espiral sobre sí mismas cuando se sienten amenazadas.
Pasen a un zoológico desconcertante habitado por Titanoterios Cabeza de Martillo que son como rinocerontes de altísimo tonelaje y una piel inexpugnable a las balas. Conozcan a los feroces Thanatores, especie de panteras negras gigantes dotadas de afiladísimos dientes y ágiles movimientos. Miren con recelo a los Nantang, especie de chacales nocturnos que acechan a sus presas en manada. Sonrían ante las lenguas tipo oso hormiguero con que se alimentan de polen floral los Pa’li (usados por los Na’vi como caballos). Háganle gestos a los simpáticos pero malencarados Prolemures que se mecen de rama en rama para recorrer las selvas de Pandora, dotados como toda la demás fauna local de seis miembros (dos brazos, dos piernas y un par intermedio que se puede usar como unos u otras). Sonrían ante esos diminutos camaleones que a la menor señal de peligro comienzan a agitar sus alas a modo de hélices para salir girando por el aire. Regresen, en fin, al medievalismo mágico de la infancia ante la vista de esos banshees de montaña, que no son sino dragones de cuatro alas, y tiemblen ante la ferocidad de los gigantescos Leonópterix o Toruks, que son los reyes de los depredadores aéreos: gigantescos dragones de atigrados colores rojo y amarillo.

Vista a las Montañas Flotantes de Pandora: uno de los exóticos panoramas del filme, que aquí remite a pasajes de Los viajes de Gulliver (Swift, 1726)

El cuento de hadas
Si la tarea del cine es crear mitos, James Cameron está cumpliendo sus deberes con mucha disciplina. Avatar no es, a fin de cuentas, sino un cuento de hadas contemporáneo.
No importa en este sentido lo que, agonizante, diga la doctora Grace a Sully en algún momento: “Soy una científica; no creo en los cuentos de hadas”. Por el contrario, Avatar es un cuento de hadas o no es.
Pero es un cuento de hadas muy especial. Respondiendo a los discursos de nuestro tiempo, el relato ha convertido a los viejos bosques encantados en selvas extrtaterrestres en las que el alma del mundo (la Eywn) fluye y lo interconecta todo, recobrando así la noción espiritualista de la Gaia que popularizó en el cine Final Fantasy (Hironobu Sakaguchi y Moto Sakakibara, 2001).
Mientras, azules como Pitufos (Hanna-Barbera, 1981, sobre personajes del historietista belga Pierre Culliford), los antiguos duendes del Fairy Tale se han convertido en Avatar en los Na’vi: esa raza de alienígenas que son dos veces más altos que un humano, con rasgos tan insólitos como sus colas prensiles, sus rostros felinos y sus trenzas rematadas en sensibles dendritas neuronales… pero en los que siempre es posible reconocer, a pesar de todo, una metáfora híbrida entre aguerridos indios Sioux y exóticas tribus polinesias, sazonados los dos referentes con una pizca de indigenismo sudamericano.
Y si nuestro Juan Orol fue capaz de filmar un día un concepto tan delirante como el de Gángsters contra charros (1948), Cameron no se arredra y en momentos como el del asalto contra el árbol-casa o la batalla final combina en una sola secuencia el cine bélico de la II Guerra Mundial y Vietnam con el cine de el Viejo Oeste.
Mientras, atento a las preocupaciones ecológicas de moda, Cameron es capaz de idear paisajes tan asombrosos como el de las Montañas Aleluya, que son enormes rocas flotantes (¿una idea nueva? No: Ya aparece en Los viajes de Gulliver, de Swift, en 1726). Lo que sí consigue Cameron, en cambio, es una imagen poderosa en la secuencia donde el ejército terrícola derriba al colosal árbol tutelar de los Na’vi. Cameron sabe bien lo que el arquetipo del árbol significa: la madre, la identidad, la memoria, la pertenencia. Para no dejar duda de esto, cuando las tropas terrícolas enfilan contra el Árbol de las Almas, el coronel Quaritch declara: “Haremos un cráter tan profundo en su memoria genética que nunca se van a volver a levantar”.

La animación por captura de movimiento ha logrado notables momentos y, sobre todo, un aspecto esencial para el director Cameron: actuaciones convincentes de parte de los personajes digitales.

Fidelidad y trayectoria
Desde otro punto de vista, Avatar atesora toda la filmografía de James Cameron. Las referencias laten, ya como homenaje o como un mero asunto de congruencia.
Así, implacable como un Terminator (Cameron 1984 y 1991), el coronel Quaritch y sus tropas representan una avasallante tecnología, ante la cual los Na’vi están tan indefensos como los humanos ante los robots apocalípticos.
Como en Piraña II (Cameron, 1981, haciendo la secuela del exitoso filme de horror-B de Joe Dante de 1978), la fauna de Pandora es una colección de criaturas híbridas. En Piraña II eran peces carnívoros voladores que habían sido manipulados genéticamente. En Avatar son animales de múltiples extremidades, entre cuyos rasgos más bizarros sobresalen sus fosas nasales intercostales.
Como en Mentiras verdaderas (Cameron, 1994), el protagonista de Avatar, Jake Sully, participa en un juego de engaños y simulacros que, paulatinamente, lo conducen a una confrontación consigo mismo y a la necesidad de adoptar una decisión sobre su lealtad.
Como en El secreto del abismo (Cameron, 1989), en Avatar los científicos y técnicos deben lidiar con el brutal e intolerante poder de los militares, mientras unos y otros se enfrentan a unos alienígena que resultan ser esencialmente bondadosos.
Como en Titanic, (Cameron, 1997) Avatar cuenta con una imagen poderosa, la del gigantesco árbol-casa de los Na’vi, que cae como un coloso, parafraseando las impactantes secuencias del hundimiento del célebre trasatlántico.
Como en Aliens II, el regreso (Cameron 1986), la batalla final de Avatar se resuelve “a la Rambo”, en un mano a mano entre un humano enfundado en armadura robótica y un alien, aunque con los valores invertidos (esta vez el terrícola es el villano y el héroe es el alienígena). También como en Aliens, en Avatar sobresale un personaje secundario femenino: la piloto latina Trudy Chacón, que es un híbrido entre la fortachona soldado Vázquez, también de herencia latina, y la piloto Ferro).

Durante el asalto final de las tropas terrestres contra los Na`vi. El diseño de los robots de combate blindados recupera el concepto del montacargas con el que la teniente Ripley tenía su duelo decisivo contra la reina Alien en Aliens, el regreso (Cameron, 1986).

Un cine del porvenir
En medio de todo lo anterior, costaría no coincidir con el juicio de Jordi Costa (en la muy buena página electrónica Fotograma.es). El crítico de cine sostiene: “Habrá quien afirme que James Cameron ha hecho evolucionar, de golpe, el lenguaje del cine-espectáculo cien años... pero sólo para hacerle justicia a una estética de tebeo francés de hace 30 años. Antes de contrarrestar tal descalificación con un exceso de entusiasmo, convendría discernir cuánto porcentaje de verdad encierra ese jarro de agua fría que muchos esperaban lanzar sobre la ambición visionaria del cineasta: la excepcionalidad de Avatar no está, en efecto, ni en su agresividad conceptual –en otras palabras: esto no es 2001: Una odisea del espacio (Stanley Kubrick, 1968)–; ni en las superficies de su diseño (aquí, la sombra de Valerian, el agente espacio-temporal de Mézières y Christin, sigue siendo alargada). Pero sólo una ceguera numantina podría negar su relevancia fundacional al abrir un nuevo capítulo de inagotables posibilidades en la total (con)fusión de la imagen fotográfica y la imagen de síntesis. En cierto sentido, exigir que Avatar acompañara su excelencia técnica con un discurso innovador y rupturista sería algo parecido a esperar que ese tren que llegaba a la estación de Ciotat hubiese venido cargado con las primeras bobinas (venidas del futuro) de la aún nonata Ciudadano Kane (Orson Welles, 1941)”.

Una panorámica del planeta Polifermo, de características jupiterianas, y su luna Pandora, surcados por una nave interestelar que le hace guiños al Discovery del clásico 2001 (Stanley Kubrick, 1968).

Así es. Aunque, como se ha revisado aquí, Avatar no es tan comodina como parece y tiene sus detalles de interés (esos “pequeños detalles” que, dice el proverbio, son los que hacen “las grandes diferencias”).
Mientras, el aspecto técnico de la película es innegablemente uno de los aciertos capitales del filme y sí está sentando un precedente. Estamos –para bien y para mal– ante una primera probadita del “cine del tercer milenio”.
Para los que alucinan con la tecnología vale recapitular el proceso emprendido por James Cameron para realizar esta cinta, en colaboración con empresas como Sony.
Lo que ha hecho el cinerrealizador con Avatar ha sido, en primer término, reinventar el potencial del 3D. Fue precisamente la Sony, bajo las directrices del equipo de Cameron, quien desarrolló una cámara de alta definición de doble óptica, liviana, con imágenes susceptibles de ser calibradas, para el rodaje de la película.
Otros pasos innovadores en el proceso de filmación incluyen lo siguiente:
Visualizar y encuadrar los planos. En un gran estudio, vacío, los actores interpretaron las escenas de la película. Cameron, a través de un monitor conectado a un sistema de previsualización en tiempo real, no veía el estudio: veía el mundo que había imaginado y que cientos de artistas digitales habían creados previamente. Y, en vez de los actores, veía a los personajes del filme. Este sistema le permitió a Cameron hacer su labor como director: emplazar a sus actores en la locación virtual, marcar sus movimientos dentro del mundo creado digitalmente, así como ensayar y grabarlos con la cámara desarrollada por Sony. En pocas palabras: armar una puesta en escena desde una perspectiva completamente virtual.


Aspecto a la flora de Pandora. El diseño de las selvas eternas de la luna y en particular sus cualidades nocturnas, es uno de los grandes espectáculos del largometraje.

Mientras, para capturar la acción, los actores vestían trajes especiales con pequeños puntos reflectantes LED, que es una tecnología ya habitual desde El señor de los anillos. La diferencia estriba en que, para Avatar, 140 cámaras digitales distribuidas en el estudio registraban el movimiento de los haces y los transformaban en datos, con los cuales se alimentó un sistema informático que los relacionaba con los movimientos de los actores. Así, a medida que los actores interpretaban sus papeles en el estudio, el sistema creaba un registro en 3D de la escena completa. Este registro sirvió para darle vida al trabajo de los artistas digitales, que consiguieron escenas virtuales de enorme realismo.
Dentro de este trabajo sobresalió la indispensable tarea de capturar la expresividad de los rostros de los actores, algo particularmente importante para Cameron, de quien ya dijimos se caracteriza como un notable director de actores. De esta forma, el rostro de cada actor también fue marcado con puntos para hacer un registro de sus expresiones, siguiendo tecnologías que también son ya moneda corriente en el medio. La diferencia ha sido que una diminuta cámara digital dotada de una lente de gran angular y montada en un arnés adosado a la cabeza de cada actor y ubicada a centímetros de su rostro, registró esta vez hasta el más mínimo movimiento de cada punto. Con los datos recogidos por el sistema, se elaboró la actuación de los personajes digitales.
Finalmente, ya con la puesta en escena virtual completa, Cameron se terció al hombro una cámara virtual para crear todos los movimientos dentro del mundo digital: travellings, dollies, grúas, paneos y demás. Cameron veía los escenarios y personajes digitales a través del visor o monitor de su cámara, gracias al sistema de previsualización en tiempo real. Los movimientos de esta cámara virtual fueron registrados con el mismo sistema empleado para registrar el movimiento de los actores. Y, como en el aquel caso, el sistema de animación fue alimentado con estos datos para crear movimientos de cámara muy realistas. Lo más importante: permitió plasmar la exacta visión y el estilo del director en el novedoso material virtual.


Sully se apresta a elegir y domesticar a su propio dragón pandoriano, acompañado por otros guerreros Na'vi.

La intersección de los sueños
Todo lo anterior suena muy impresionante. Lo es. Pero ¿vale la pena? En el caso de Avatar, sí. Ante todo porque Cameron sí es un director y sabe darle su lugar a lo técnico. La tecnología siempre está, en sus filmes, al servicio de la historia. Nunca tan deslumbrante como Spielberg, pero creador de un estilo propio (lo cual es todo un triunfo en el impersonal imperio hollywoodense), en sus mejores momentos Cameron sabe equilibrar el espectáculo con la propuesta. Y en Avatar, nos muestra (cuarenta años después) que un cine anti-imperialista puede dejar de ser “imperfecto”… aunque se quede sin teoría el chileno Patricio Guzmán.
La película ya cuenta con varias nominaciones a los Globos de Oro de este año (la antesala de los Óscares) en los rubros de mejor película, mejor director, mejor banda sonora y mejor canción. Y todo por renovar uno de los temas más esenciales de los clásicos: la vida es sueño. ¿Nada es más real que lo que soñamos? Desde una dimensión pop, atractivamente juvenil, Cameron vuelve al tema y le brinda un voto de confianza. Así nos da la bienvenida a este 2010.


El terrícola John Carter y la princesa barsomiana Dejah Thoris flanqueados por dos "guerreros verdes" (de seis extremidades, como otros especímenes de la fauna marciana) en un óleo de 1976 realizado por Boris Vallejo para ilustrar una reedición de la novela Una princesa de Marte (Edgar Rice Burroughs, 1912), a la que Avatar homenajea en su espíritu de aventura de folletín y en la recuperación de una fauna alienígena de múltiples miembros.

EN VIDEO


El video oficial de la distribuidora Fox, con el que se promovió el lanzamiento de Avatar


Cuadros de una exposición

La lúdica reinvención

Bella clausura del Primer Festival Nacional de Títeres de Morelia a cargo del grupo Brujerías de papel, con la obra más popular de Modesto Mussorgsky

Una imagen de El viejo castillo


El Primer Festival Nacional de Títeres de Morelia concluyó el sábado con la participación del ensamble italo-mexicano Brujerías de Papel (María Teresa Trentin Treviso y Edwin Salas), quienes presentaron una serie de cuadros escénicos inspirados en la suite para piano Cuadros de una exposición (Modesto Mussorgsky, 1873), cuya música fue interpretada en vivo en el escenario del teatro Stella Inda.
La ilustración de la obra de Mussorgsky devino una elevada experiencia, que sin romper con la fidelidad al sentido de la suite, se permitió respetuosas y enriquecedoras fantasías en torno a los temas de la composición musical. Para aprehender lo anterior en sus implicaciones, vale la pena, ante todo, un breve repaso a la labor de Mussorgsky.

La centaura alada y el poeta


La suite
Obra maestra de esa forma llamada música programática, Cuadros de una exposición, de Modesto Mussorgsky, atesora lo mejor del genio romántico decimonónico, pero desde una estructura que ya anunciaba el advenimiento del nuevo siglo y sus audacias armónicas y cromáticas.
La suite, originalmente compuesta para piano, describe vivamente los contenidos de una exposición póstuma con obras del pintor y arquitecto Viktor Alexandrovich Hartmann, gran amigo de Mussorgsky. Hartman había fallecido poco antes y Mussorgsky no encontró mejor tributo para su amigo que interpretar musicalmente las obras plásticas, dotándolas así de movimiento. Cuadros de una exposición consta así de diez temas (Gnomo, El viejo castillo, Tullerías, Bidlo, el ballet de los polluelos, Dos judíos polacos, Mercado de Limoges, Catacumbas, La cabaña con patas de pollo y La gran puerta de Kiev), intercalados por el Promenade (Paseo), que representa al visitante del museo recorriendo la exposición, de un cuadro a otro.


El pelirrojo Modesto Mussorgsky, con su perpetua botella de alcohol.

La puesta
Dando su rostro a “un cuadro anónimo de Hartmann”, Edwin Salas sirvió de introductor de la obra, cuyo primer Promenade serviría para presentar a un pelirrojo Mussorgsky, perpetuamente sujeto a una botella de alcohol para mitigar los sinsabores de la muerte de su amigo.
El primer tema, Gnomo, que en la suite representa a un duende que se retuerce grotescamente, fue acometido por Brujerías de Papel como la anécdota de un personaje que acosa a una mariposa que revolotea a su alrededor.
El segundo tema, El viejo castillo, que en la obra musical retrata un castillo medieval, ante el cual canta un trovador, devino en la puesta en escena de la breve e intensa historia de amor entre un bardo y una centaura alada que habita el castillo.
Tullerías, con la que Mussorgsky interpretó la algarabía de niños jugando en un jardín conservó ese mismo sentido con la imagen de una pareja de niños jugando a la pelota.
Otro cuadro que conservó casi literal su sentido fue el de Bidlo, acerca de una rústica carreta de dos ruedas de madera enganchada a un buey que se niega a seguir prestando su fuerza. Ballet de polluelos en sus cáscaras también conservó todo su vitalismo humorístico con la anécdota de unos pollitos festivos que danzan y disputan su espacio con un tercero.


Durante la clausura de las jornadas del festival.

Mientras, el momento más inquietante en esta serie de cuadros vendría con el tema Dos judíos polacos, en el que Mussorgsky representaba a dos personajes antitéticos: uno rico y arrogante, el otro pobre y plañidero. Brujerías de papel respetó el tratamiento con la visión de dos ancianos, uno menesteroso, todo cabeza y boca, mendigando comida, y otro estilizadamente delgado e indiferente a los reclamos del primero. Esta pieza maestra del relato breve concluye con un gag tan justiciero como sombrío.
Para El mercado de Limoges, en el que Mussorgsky retrata a mujeres que discuten animadamente en el mercado, Brujerías de papel elabora una brevísima fábula sobre la vendedora que va siendo despojada de toda su mercancía, pero que obtiene al final una recompensa.
Mientras, uno de los segmentos más aplaudidos llegaría con Catacumbas, en el que Mussorgsky ilustraba la imagen de su amigo Hartmann con dos sombras, visitando las catacumbas a la luz de una linterna. Para este apartado, el grupo de titiriteros ha optado por un lúdico encuentro entre Mussorgsky y la muerte. La calavera, deliciosamente lúdica, ha sido caracterizada como un personaje amante de los malabarismos circenses, que luego de alardear de ellos con el público le da al protagonista un “susto de muerte”.
Tras ese cuadro, y en uno de los momentos más entrañables de la obra, Brujerías de papel interpretaría La cabaña sobre patas de pollo como un benévolo encuentro entre el fallecido Mussorgsky y la bruja Baba Yaga -la habitante de la cabaña en el folclor popular de Europa del Este- quien con sus sortilegios devolverá al compositor a la vida.
La función concluiría con la muerte y la bruja Baba Yaga bailando fragmentos de la versión sinfónica de la suite (Ravel, 1920), que muy pronto devendría alegre ritmo tropical para cerrar, con temperamento latino, una encantadora noche de homenaje.


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La perfecta


fábula política


-Si ordeno a un general que vuele de flor en flor como si fuera mariposa, que escriba una tragedia o que de pronto se transforme en un ave marina y no lo hiciera, ¿quién estaría en falta, él o yo?
-Vos-contestó el Principito con tono seguro.
-Correcto. Se debe pedir a cada cual, lo que está a su alcance realizar. La autoridad posee un primer sustento, que es la razón -dijo el rey-. De tal forma que si ordenas a tu pueblo arrojarse al mar, seguramente este se inclinará a una revolución. Me creo con el derecho de exigir obediencia ya que mis órdenes están dentro de lo razonable.


El Principito, capítulo X
Antoine de Saint Exupery


La actriz y titiritera Adriana Martelli durante el cuadro en el que los gatos arriban para acabar con la plaga de roedores.


Cuando el Reino de los Perros es castigado por una plaga de ratas, a causa de la basura que generan los canes con sus malos hábitos de higiene, la solución de los científicos reales es simple: contratar gatos para que libren a la ciudad de los roedores.
Pero una vez resuelta la amenaza ratonil, el ministro real le anuncia a su majestad, Perrey, que ahora hay un problema más difícil: nadie sabe qué hacer con todos los gatos que han quedado en la ciudad.
El dilema será resuelto de manera muy desafortunada por un soberano que ignora lo peligroso que pueden ser los caprichos a la hora de dirimir problemas políticos, es decir, aquellos asuntos que involucran el bienestar y la sana convivencia de toda una comunidad.
Y es que el rey, nublado en su juicio por un afecto, considera que la presencia felina es ideal para cumplir un viejo sueño acariciado por un abuelo suyo: hacer que los gatos canten y ofrezcan un concierto, pero no maullando, como corresponde a su naturaleza, sino ladrando como si fueran perros.

En su papel de ministro, Martelli le anuncia al monarca Perrey la crisis generada por el exceso de basura en el reino de los perros.


El disparate del soberano da pie a un conflicto con visos de Holocausto en la obra El desconcierto de los gatos, un unipersonal para titiritera con máscaras, títeres de mesa y títeres de vara que fue ofrecido en la penúltima jornada del Festival Nacional de Títeres, a cargo de la compañía Badulake Teatro, del DF.
En el escenario, la carioca Adriana Martelli se ocupó de la actuación (interpretando a dos narradores, al ministro real y a un detective) y de la animación de media docena de personajes con un gran encanto y una técnica que se movió indistintamente y con soltura entre los territorios del titiritero, del cuentacuentos y del actor.


Una vista general de la titiritera y su mesa-escenario.

Respeto y libertad
El rasgo más hermoso de El desconcierto de los gatos reside en la sabiduría de un relato que, detrás de su aparente inocencia, se ha convertido en la experiencia más política de cuantas hemos visto en este festival de títeres. Teatro político, en efecto… pero emprendido de la manera correcta: sin aludir directamente a ninguna anécdota coyuntural de la realidad ni a la menor parodia, sino trasladando los sentidos de lo real al ámbito de lo fantástico para transformarlos en metáfora poética.
Así, el gran tema del respeto (valor fundamental de cualquier relación política) ha sido el leit motiv de un cuento soberbio, original del cubano Enrique Pérez, en el cual un deseo inaudito: el de violentar la naturaleza de los seres, deviene una fábula acerca de la intolerancia y de la violencia en contra de lo diferente.
Adoctrinados por un maestro de canto a ladrar como canes, los gatos seguirán maullando de todas maneras y, al término de los fracasados ensayos, mientras nadie se atreve a decirle al rey la verdad, harán un desastre del concierto de gala, empecinados en lanzar sus inevitables “miau-miau” y reafirmar su esencia durante la interpretación de la Quinta Sinfonía de Bethoveen (cuya obertura es una suprema manifestación de miedo, de temor reverente ante el advenimiento del Destino). Así desencadenarán la ira de Perrey, quien considerará el asunto como una afrenta y ordenará que a todo gato que maúlle en su reino se le corte la cabeza.
Acosados, los gatos huirán para salvar su vida y, acorralados en lo más alto de una montaña, a orillas del mar, en las costas del Reino de los Perros, en un maravilloso gesto de audacia poética desplegarán unas alas que no tenían para realizar lo que parecía imposible: escapar del yugo de los perros y alcanzar su libertad.


Hacia el final de la representación, en el número musical que cierra el trabajo.

Relato y virtuosismo
Lo que a la razón le podría parecer un disparate, la conciencia estética lo transforma en un momento sublime. Los gatos con alas, ya representados con burbujas de jabón o como diminutas figuritas en los extremos de un abanico de hilos de alambre, se convierten en un signo teatral de inapelable veracidad, gracias al ejercicio de Martelli.
Es que la belleza de toda la puesta en escena ha radicado, precisamente, en la capacidad de la actriz de asumir seriamente su compromiso con el juego y de convocar incesantemente a una imaginación activa, que codifica y transmuta cada imagen en un detonador de sentidos.
A esta habilidad se suma el encanto en la confección de unos títeres en los cuales se exploran ingeniosas variantes de técnicas tradicionales (los gatos como títeres de vara, pero realizados como si se tratara de acordeones de hule-espuma, con dos varas, una en la cola y otra en la cabeza, para dotarlos de una eficaz y absoluta flexibilidad felina, por ejemplo).
Esto, y el constante movimiento de Martelli en los terrenos de la actriz, de la cuenta-cuentos y de la titiritera (pasando sucesivamente a las canciones y al empleo de máscaras y disfraces muy simples) ha redondeado una experiencia singularmente memorable: poética, sencilla, poderosa y juguetona. Inolvidable.


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Alguos momentos al comienzo de la obra.



El duende y el leñador, de Ars Vita

Bemoles de una fábula

de buenas intenciones

Noche difícil, la de la cuarta jornada nocturna del festival, con una puesta en escena poco convincente


Los titiriteros Jorge Vega y Lourdes Miramontes al término de la función del jueves en el foro La Bodega.

Cuando a un ambicioso rey le da por crear nuevos impuestos, con el fin de comprar un cañón para atacar al reino de Al Lado, su atolondrado soldado se va a cumplir las órdenes, ansioso por golpear a quien no pague el tributo.
Mientras, el joven leñador Pedro, de inexplicable acento norteño, abandona su humilde hogar aconsejado por su anciano padre, quien le ha dado todos sus ahorros para que el muchacho salga a conocer el mundo y se enamore.
Así las cosas, a inmediaciones del palacio (en cuya torre vive confinada la princesa Flor de Sol) Pedro es interceptado por el guardia, despojado de sus bienes y conducido a un calabozo.
El personaje será rescatado del mal trance por el duende Cuchuflás, gracias al cual Pedro podrá huir de la mazmorra y conocer a la princesa. Ambos se enamoran y cuando Pedro tiene un encuentro definitivo con el rey, el duende intercede otra vez en ayuda del joven y condena al rey a “tener un corazón”, con lo cual el monarca desiste de atacar a sus vecinos y permite el matrimonio de su hija con el plebeyo. También castiga a su mal soldado por robar.
En estos términos se resuelve la anécdota de El duende y el leñador, un muy elemental ejercicio de teatro didáctico que se presentó en la cuarta jornada del Festival Nacional de Títeres de Morelia.

Sin personajes
Tan mala como la segunda versión cinematográfica de La historia interminable (George T. Miller, 1990, terminando de destazar la entrañable novela de Ende de 1982, tras el primer filme de Wolfgang Petersen en 1984), El duende y el leñador tiene dos problemas que son mortales: un libreto muy poco problematizado y actores sin timing.
Pero, ante todo, ¿por qué cito aquí La historia interminable? La referencia a ese añejo filme viene a cuento porque, tanto en la película como en esta puesta en escena, el conflicto se resuelve exactamente de la misma forma (y con la misma mala mano). En la película, Bastian gastaba su último deseo en el reino de Fantasía para darle a la reina Xaide un castigo ejemplar: (“Deseo… deseo ¡que tengas corazón!” y ¡zas!, algo crujía dentro de Xaide y una furtiva lágrima asomaba por los ojos de la hasta entonces malvada bruja).
La solución resulta muy gratuita en El duende y el leñador porque, hasta ese momento, los titiriteros han descrito la maldad del rey, pero nunca la han mostrado. De hecho, ninguno de los personajes está cabalmente construido y eso se echa de ver muy pronto en la puesta.
Hay una princesa que se nos presenta por primera vez sólo por medio de su voz, parafraseando la canción La muñeca fea (Francisco Gabilondo Soler, 1935), lamentando su suerte y haciéndonos creer que realmente es un personaje visualmente repulsivo, pero muy pronto vemos que la princesa no tiene el menor defecto, que vive enclaustrada por vagos designios de su padre y que el asunto de “la pobre Princesa fea” ha sido una coartada tramposa, sin la menor justificación.
El duende Cuchuflás (que debería ser el co-protagónico, dado el título de la obra) no tiene más que dos o tres intervenciones y el personaje jamás es explicado para que adquiera algún encanto, algún misterio o, en definitiva, algún rasgo de interés.
El soldado, a su vez, más que un personaje es una suma de tics armados con brocha gorda, exactamente como el televisivo Quico (El Chavo del 8, en el periodo 1973-78 de una temporada que se extendería hasta 1980), a quien se parece asombrosamente. El caso del soldado es particularmente triste, porque el vitalismo animista propio de los títeres se ha disuelto en mera febrilidad.

Timing y sentido
Dejando a Pedro en paz (para no agotar el tema), los anteriores apuntes vienen de una dramaturgia poco problematizada. Ese escollo habría podido salvarse si los actores-titiriteros, en su interpretación, hubieran compensado con ingenio y encanto las limitaciones. Por desgracia, su trabajo ha carecido de esa cualidad específica de movimiento y de vitalidad emocional que se denomina timing, y que es preciso revisar para comprender por qué está fallando en esta fábula.
Aunque mucha gente lo considera así (algunos profesionales incluidos), el timing no es sinónimo de ritmo, a pesar de que tiene que ver con él. Tampoco es una mera cuestión de “tú me das pie y yo te replico de inmediato”, sino algo mucho más orgánico.
El timing es la habilidad psico-emocional para reconocer y reaccionar a los cambios y oportunidades expresivas de una determinada situación.
Esto es muy claro, por ejemplo, en los dibujos animados que podemos ver en la televisión. La vida y la psicología de esos personajes, su manera de responder a cuanto sucede, es absolutamente distinta a la de cualquier actor real, para quien el timing es distinto.
Este es precisamente el problema de los integrantes de Ars-Vita: no pueden desprenderse de su timing humano (y este es un problema de actuación) para darle a sus personajes el timing que le corresponde: el de un títere.

Tres finales
Lidiando con estas complicaciones, la obra llega a su desenlace cuando el duende le da al rey un corazón. A partir de allí, los integrantes de Ars Vita, del estado de Hidalgo, hacen un último malabar para intentar que la obra parezca compleja: articulan tres finales diferentes para que el público elija, al final, cuál de los tres prefiere.
El primer final es el clásico de cuento de hadas: leñador y princesa se casan, se besan y son “felices para siempre”. El segundo final se ocupa de mostrarnos a un leñador que se ha convertido en un marido desobligado, parrandero y borrachín que no muestra ninguna… ¿cómo le dicen hoy? “conciencia de género” hacia su pareja. El tercer final, a su vez, propone a un Pedro leñador que se ha convertido en la réplica exacta del mal rey del comienzo de la obra, elucubrando cobrar más impuestos para poder equiparse y hacerle la guerra al reino vecino.
Evidentemente, los niños siempre elijen el primer final. Pero hay algo en lo cual quién sabe si hayan pensado ya los integrantes de Ars Vita: ¿no es evidente que los tres finales ofrecidos no son en absoluto distintos, sino sucesivos? No hay conflicto entre los tres, sino una limpia continuidad que lleva del primer beso al desencanto de una rutina que conduce al alcoholismo y de allí al uso y abuso del poder.
En fin, queda a continuación el sucinto testimonio en video.

EN VIDEO
Algunos extractos de El duende y el leñador, la puesta en escena del grupo Ars Vita, dentro del Festival Nacional de Títeres.

Festival Nacional de Títeres en Morelia


Los tres cochinitos y

la mirada sociofamiliar


Exquisita tercera noche con el actor xalapense Lorenzo Portillo, de la agrupación Merequetengue y una fábula clásica en clave paródica

Caracterizado como Mamá Cochina, el actor Lorenzo Portillo en una escena de la obra ofrecida en la tercera noche del festival.

En la tercera función de gala del Primer Festival Nacional de Títeres en Morelia, el miércoles, correspondió el turno al xalapense Lorenzo Portillo, de la agrupación veracruzana Merequetengue teatro, quien mantuvo en alto la estafeta de la calidad que se ha visto por estos días en el encuentro con la parodia La verdadera historia de los tres cochinitos: un unipersonal para titiritero y máscaras (mamá cochina), títeres de mesa (los cochinitos) títeres de vara simple (el gusano) y bocones con partes vivas (el lobo feroz).

Otro momento del notable trabajo en escenario de mesa, con el realizador jarocho

Versiones y revisiones
La verdadera historia de los tres cochinitos se inspira en el relato popular de la tradición galesa, de acuerdo a la adaptación que hizo en 1890, en su antología Cuentos de hadas ingleses, el escritor y recopilador Joseph Jacobs. La suya no es la primera, pero sí la más popular recuperación de la fábula.
Por lo demás, esta no es la primera vez que se emprende, con altísima calidad, una revisión a este célebre cuento que, en su versión original, ensalza el valor de ser cautelosos y precavidos. Apenas en la pasada década de los noventa, el escritor Jon Sciezka y la ilustradora Lane Smith realizaron una notable versión del cuento, titulada precisamente The True Story of the Three Little Pigs by A. Wolf (literalmente La verdadera historia de los tres cochinitos por un lobo), en la que resultaba que los tres cochinitos son unas fichitas y el lobo feroz, más bien silvestre, sólo había acudido a ellos en busca de un poco de azúcar para elaborar un pastel para su abuelita loba.
Ese álbum, de 1989, marcó una pauta importante en la cultura de los libros ilustrados para niños, dentro de la industria editorial europea, con un poderoso aliento narrativo y una intensa propuesta visual. Ahora, ya en el ámbito de los títeres y desde un contexto totalmente mexicano, el eficaz ejercicio desplegado por Lorenzo Portillo ha resultado, al mismo tiempo, inteligente, ágil y actoralmente virtuoso.

El rehilete y la luna, ya en la recta final del espectáculo.

El juego en contexto
La cuidadosa puesta en escena ha sido organizada con elementos que remiten a milpas, y otros elementos del mundo rural mexicano. Esta postura de concepto comienza desde la confección de la mesa-escenario con un enorme tapete de mimbre. A su vez, Portillo aparece con guayabera y sombrero campirano y a lo largo de la obra aparecerán poderosos referentes a la cultura popular mexicana, coloridos rehiletes por delante.
A partir de este contexto, Portillo narra una historia en la cual, ante todo, explica el por qué los cochinitos del cuento tradicional estaban solos y a merced del lobo: la madre ha tenido que partir como indocumentada a los Estados Unidos. Este guiño a la realidad, que es la prerrogativa de toda parodia, se extenderá a lo largo del relato a citas de los problemas de nuestro tiempo: la contaminación de mantos acuíferos por parte de la paraestatal PEMEX, las duras condiciones tributarias impuestas por la Secretaría de Hacienda, las ganancias de los coyotes con su tráfico de indocumentados, el reajuste de modelos de vida a causa de los procesos de transculturación, la depredación contra el sistema educativo por el vesianismo del sindicalismo magisterial y, sobre todo, la alevosía de un sistema protagonizado por el lobo en contra de una sociedad indemne (encarnada por los cochinitos), pero a la cual el titiritero-narrador conminará varias veces (mediante deliciosa copla) a que piense para encontrar las soluciones mejor razonadas y más perdurables a los problemas.



EN VIDEO

Algunos momentos del eficaz ludismo desplegado por el xalapense Lorenzo Portillo en su trabajo La verdadera historia de los tres cochinitos, echando mano de títeres de mesa y bocones. También una disculpa por la errata en el apellido: Padilla en vez de Portillo. Esa imprecisión será corregida en breve.

Parodia y honestidad
Lo más hermoso de La verdadera historia de los tres cochinitos, tal como nos la ofrece Portillo, es la manera en que emprende el juego paródico. Acude a la forma más pura de la parodia: no a la mediatizada por la comedia popular moderna, sino a la que está más cercana al sentido griego original del término, a partir de la cual critica irónicamente acontecimientos políticos, sociales, literarios y escénicos, para emitir opiniones que son eficazmente transgresoras.
Este sentido de transgresión se conecta a su vez, de forma muy natural, con ese mismo rasgo, presente en la infancia y la adolescencia, y es esta honestidad vital la que culmina dándole al trabajo una vida propia, una existencia singular realmente envidiable.
Otra noche exquisita.


Exposición de títeres

en el foro La bodega



Josefinita, personaje para el espectáculo De puntitas en la calle (2003), realizado por Margueritha Pavia y Esteban Vargas.


Una bella y didáctica colección de títeres, casi todos pertenecientes a compañías nacionales, se exhibe en el foro La Bodega dentro del Primer Festival Internacional de Títeres de Morelia.
Salvo rarezas como los bunraku de la tradición oriental, o los folclóricos marrotes procedentes del medioevo, la muestra comparte con el público una extensa variedad de técnicas, que van del hilo y el guante al bocón con partes animadas.
Pero sirva esto más bien como una invitación para visitar la muestra, que permanecerá abierta al público hasta el domingo próximo.



Títeres confeccionados en técnica de marioneta para el espectáculo El Torito (1996), a cargo del grupo Skene, en Guanajuato.



De la agrupación Andarte Sonando, los títeres emprendidos en técnica de bocón para el espectáculo La flauta mágica.



Barba Azul y sus hermanas, para el espectáculo del mismo título, presentado en 2007 por el grupo Osomantis, en Baja California Sur.



Vista parcial de una parte de la exposición. Pendientes de la tela, las calacas confeccionadas por Gabriela Ortiz Monasterio para De la cuna a la mortaja (1996).



Títeres para teatro de sombras pertenecientes a la puesta en escena de La tortuga y la palabra mágica (1992), por parte de la agrupación guanajuatense Teatro de los Pájaros.



Puppy, marioneta checa perteneciente a una colección particular.



Marco Polo, un bocón realizado por Rosanna Cedeño para el espectáculo Fabulario en concierto (2006)



Una pareja de títeres de guante procedentes de la cultura china. Piezas pertenecientes a un coleccionista particular.


Otro de los títeres presentes en el foro La Bodega.

Festival Nacional de Títeres de Morelia

Para títeres

… y titiritero

César Tavera, de Baúl Teatro, mostró los entretelones del guiñol en una audaz y lúdica segunda función del festival

Una imagen del titiritero neolonés César Tavera, del grupo Baúl Teatro, durante su intervención en la segunda función del Festival Nacional de Títeres de Morelia.

Confirmando la sabiduría de sus 25 años como titiritero al frente del grupo neolonés Baúl Teatro, el realizador regiomontano César Tavera ofreció una función deslumbrante el martes, en la segunda jornada del Primer Festival Nacional de Títeres.El autor brindó el unipersonal Guiñol de París, una fábula en torno a las relaciones filiales. Sin embargo, lo más interesante de la función fue que, en un rapto absolutamente audaz, Tavera optó por despojar al teatrino de su faldón de tela para que los espectadores pudieran presenciar, no sólo el trabajo de los títeres, sino el del titiritero, quien quedó expuesto a la vista del público: vulnerable, pero a la vez poderosamente protegido por el dominio absoluto de su arte.

Despojado de su faldón de tela, el teatrino permitió que el público contemplara, íntegro, el trabajo del titiritero en una experiencia que demostró que la imaginación y la atención, como atributos activos, no dependen de lo que generalmente se le ofrece al público en forma pasiva.

De lealtades filiales
Echando mano de títeres de guante, a la usanza más tradicional del arte del títere en Occidente, Tavera narró la sencilla anécdota del Señor Guiñol y su hijo Guillermo, quienes deben cruzar un cerro poblado de ratas, pozos y demonios para visitar al abuelo paterno con motivo de su cumpleaños.
Temáticamente, la historia se ocupa de la importancia de las relaciones al interior de la familia, ya que padre e hijo sostendrán un conflicto que será resuelto cuando ambos deban unirse y reconocer sus lazos de lealtad para enfrentar a uno de los demonios que habitan en despoblado.La anécdota, bien problematizada, aprovechó recursos guiñolescos centenarios, como el del gag del golpe y porrazo, pero estos y otros recursos se abrieron a una tensión particular en el momento en que Tavera se despojó de los telones y permitió que niños y adultos se hicieran cómplices de su trabajo como actor y titiritero.

Al término de la función, el director de Baúl Teatro convivió con los niños y paterfamilias que subieron al escenario a felicitarlo.

Una noche lúdica
El rasgo esencial de la noche fue el ludismo. La velada había comenzado como una sesión didáctica en la que el realizador compartió con los niños algunas definiciones de la técnica de los títeres, para familiarizarlos con la herramienta.
Más adelante, apenas comenzando la función, a la hora de asumir la difícil decisión de desnudarse artísticamente ante la concurrencia, lo que Tavera realmente hizo fue convocar a todos a sumarse al juego. Un juego activamente imaginativo, a través del cual el creador norteño mostró cómo la imaginación es un atributo integrador que devela o invisibiliza selectivamente parcelas enteras de experiencia, en correspondencia con los procesos de los cuales está tomando parte.
Hace apenas unas semanas, durante el taller que impartió en Morelia Abraham Oceransky, el realizador veracruzano advertía a los alumnos que, exceptuando el caso de los verdaderos maestros de la actuación, lo común es que los actores más cobardes sean aquellos que prefieren ocultarse detrás de una máscara, olvidando que las máscaras no disfrazan, sino que revelan, pero que los más cobardes de todos los actores eran los que trabajaban con títeres y marionetas.
La observación de Oceransky era formulada en el contexto de un taller en el que se estaba invitando a los participantes a hacerse conscientes de la enorme riqueza expresiva del lenguaje no verbal implícito en nuestros cuerpos.
La anécdota viene a cuento porque en las primeras tres jornadas del Festival Nacional de Títeres de Morelia hemos sido privilegiados testigos de grupos y titiriteros que no son en absoluto “actores cobardes” (porque sí los hay), sino genuinos oficiantes de altísimos ritos imaginativos, vivos, inteligentes y juguetones.Tres extraordinarias jornadas.



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Un breve atisbo en video al quehacer del titiritero neolonés César Tavera


Inauguran mural conmemorativo

Michoacán: 200 años de

Contribución a México

La obra, realizada por los artistas José Luis Soto, Luis Palomares, Jesús Escalera Romero y Janitzio Escalera Coria, fue develada en el vestíbulo principal del Supremo Tribunal de Justicia

Vista del mural desde el primer piso del edificio

Con el título Michoacán, 200 años de contribución a México, el Supremo Tribunal de Justicia (STJ) de Michoacán inauguró este miércoles un mural que conmemora a los michoacanos que intervinieron en las luchas de Independencia, en el periodo de la Reforma y en la Revolución.
La obra, en técnica de óleo sobre tela y con dimensiones de 17 metros de longitud por 6 metros de altura, se aloja en el vestíbulo principal de la sede del poder judicial michoacano, donde fue inaugurada por el gobernador de la entidad

Los antecedentes
La idea de emprender una obra de estas características se remonta al origen mismo del actual edificio del Supremo Tribunal de Justicia. Desde su diseño, el proyecto arquitectónico de la actual sede del Poder Judicial, impulsado por Jorge Orozco Flores e inaugurado en 2006, ya preveía el muro del vestíbulo como soporte para un fresco.
Hace todavía un año, el anteproyecto para esta obra por parte del STJ y del Consejo del Poder Judicial del Estado de Michoacán contemplaba una inversión de medio millón de pesos. Mientras, los artistas que han consumado el mural fueron convocados tras un proceso de auscultación y concurso.
Los realizadores seleccionados han sido, todos ellos, exponentes de la pintura moderna mexicana y todos han tenido experiencia muralística: José Luis Soto (Celaya, 1948), Luis Palomares (Morelia, 1931), Jesús Escalera Romero (Peribán, 1933-Morelia, 2009) y Janitzio Escalera Coria (Morelia, 1958).
El primero de los cuatro citados, en entrevista con este blog, indicó que el proceso de trabajo para la obra demandó cuatro meses de labor directa, en técnica de óleo, sobre la tela preparada en el muro, los cuales fueron antecedidos por un año de tareas de planeación (el “trabajo de mesa”) y bocetos.

Retratos, signos, alegoría
El resultado es una obra alegórica que combina el retrato de diferentes protagonistas michoacanos de la historia nacional con símbolos y signos alusivos al México constituido por esos procesos.
Dividido en tres partes, tal disposición es el primer rasgo alegórico, ya que cada segmento distribuye el espacio a partir de los colores de la bandera nacional mexicana: el verde, dedicado al periodo de la Independencia; el blanco, correspondiente a la Reforma, y el rojo, destinado a la Revolución.
El mural comienza con el segmento El despertar del México independiente, emprendido por José Luis Soto.

El segmento en verde, dedicado a la gesta de Independencia.

Independencia en verde
Un retrato de Morelos sosteniendo el Decreto Constitucional para la Libertad de la América Mexicana es el motivo principal de este segmento. Le secunda en protagonismo un plano en el que aparecen las distintas banderas y blasones de la gesta insurgente (del estandarte de El doliente de Hidalgo hasta la bandera del Ejército Trigarante), acompañadas por el perfil de una cabeza de águila en actitud guerrera. La composición incluye un busto de la Corregidora, Josefa Ortiz de Domínguez
Estos dos planos monumentales (el de Morelos y el de las banderas con el águila), tienen como soporte integrador otros dos planos que, intercalados a los primeros y en orden ascendente, comienzan en la base del mural con una imagen en la que figuran los conspiradores de Valladolid en torno a una mesa. En la mesa se ve el mapa de la península ibérica y, justo sobre España aparece, en posición de jaque mate, la diminuta pieza de un rey negro del juego de ajedrez.
Este plano continúa detrás de los conspiradores con alusiones a distintos levantamientos populares previos al estallido de 1810 y con una imagen de la catedral de Valladolid.
El segundo plano registra la entrada triunfal del ejército de las Tres Garantìas al zócalo de la ciudad de México. Uno de los elementos interesantes en esta parte de la composición es la silueta de la pirámide del Sol de Tenochtitlán, que se transparenta sobre el edificio del actual Palacio Nacional.

El segmento central, en blanco, dedicado al periodo de la Reforma.

La Reforma nívea
Si Morelos es el personaje central del primer segmento muralístico, Melchor Ocampo es la figura que domina el segundo, que fue proyectado por Jesús Escalera pero que fue concluido por su hijo, Janitzio, tras el fallecimiento del primero en un accidente automovilístico a comienzos del pasado mes de agosto.
En esta parte de la composición, Ocampo sostiene un ejemplar de las Leyes de Reforma, entre jirones de blanca bruma que también surcan el retrato de otros tres personajes del periodo, todos bajo el cobijo de una estilizada águila que, en esta ocasión, ya porta en el pico una serpiente y ostenta el penacho característico, no de las águilas, sino de los quebrantahuesos, tal como podemos distinguir al ave en cualquier moneda y en la bandera nacional.
A los pies de la composición y de forma muy disimulada aparece, derrotado, un personaje del clero, a cuya derecha se advierte una cruz y, al lado, monedas que podrían o no aludir a los treinta denarios que sirvieron de pago a la traición de Judas.

El segmento en rojo, dedicado al periodo de la Revolución

En rojo… y azul
A diferencia de los dos segmentos anteriores, el que se dedica al México que surgió de la Revolución Mexicana no tiene a un protagonista en particular. Las imágenes de Lázaro Cárdenas del Río y de Francisco J. Múgica (ambos militares y estadistas) aparecen, austeros, en la periferia de una composición donde hay cuatro elementos dominantes: un enorme sol amarillo que se asoma sobre una montaña; la figura de una anónima soldadera, dos bustos equinos (en azul y rojo) entre llamas y una estilizada paloma de la paz que en el pico sostiene un documento en el que está escrito “2010” en números romanos.
Cierra esta parte de la obra, realizada por Luis Palomares, una alusión a la tecnología en la forma de una locomotora y de herramientas fabriles que se distinguen en la base del mural, área a la que también se integran los números 27 y 123, que junto con el 3º, implican artículos constitucionales fundacionales, engendrados por el México que surgió de la Revolución.

Los autores José Luis Soto, Janitzio Escalera y Luis Palomares.

Celebración en perspectiva
Michoacán: 200 años de contribución a México, es un mural de intención celebratoria, emprendido de cara a la oportunidad que brindan las conmemoraciones del bicentenario y el centenario del año próximo.
En ese sentido, procura festejar los tres momentos emblemáticos para la conformación de nuestra nación durante los últimos dos siglos.
Perdura en el ejercicio la noción muralista mexicana que hace del fresco, al mismo tiempo, mensaje y propaganda. También es una obra que procura respetar los códigos esenciales que fueron establecidos por el muralismo nacional de hace casi un siglo (el sentido celebratorio ya citado, a lo que se añaden el tratamiento monumentalista, los colores cálidos y vibrantes, las formas atentamente configuradas desde la geometría, entre otros códigos estéticos específicos).
Sin embargo, aunque el trabajo cumple como una recapitulación y una apología (y en tal sentido es una tarea correcta, alegre y festiva, que vuelve sobre los rostros y las gestas de la historia nacional), también hay que decir –y esto es una nota bene– que el trabajo no parece alcanzar la convicción que el muralismo de hace cincuenta años todavía despierta ahora.
Aquí hay una observación crítica, pero benévola.

Escenarios y definición
Ante todo (ahora que ya no dependo de otros amos que no seamos yo y mi conciencia), me gustaría que lo que quiero decir se comprenda correctamente. Me explico:
Cuando a fines del siglo XIX y comienzos del XX los artistas latinoamericanos modernos a la Europea (caso de Diego y de Siqueiros, en nuestro país), regresaron de sus correrías por el Viejo Mundo y comenzaron a innovar estilos, a partir de los cuales se generaría un arte moderno latinoamericano legítimo, no sólo estaban creando nuevas configuraciones estéticas, sino que se planteaban intervenir la realidad a través de sus ideas y de sus propuestas artísticas.
Este fue el caso del muralismo, que celebraba con vehemencia unos ideales de país que el nacimiento de un nuevo orden, al término de la Revolución, hacía aparecer como asequible. Es decir: los muralistas creían absolutamente en el país al que saludaban en sus invenciones nacionalistas. De allí el brío y la autenticidad que se puede respirar en los mejores frescos que nos legaron.
Pero tanto la situación del país como el clima que se respira ochenta años después son muy distintos y esta realidad es la que hace difícil que un artista actual (sea cual sea) pueda despertar a una convicción profunda y definida en torno a los temas de que se ocupa una obra como esta.

La placa develada por el gobernador del Estado

Tres apuntes
Por ejemplo, en términos de vigor y de energía, el segmento mural concebido por el maestro José Luis Soto es el que ostenta aquí la potencia más definida, así como la sagacidad plástica mejor articulada. Esto se debe, en parte, a esos activos y enérgicos trazos (casi de primera intención) que surcan como vendaval la composición y que le añaden dinamismo a escenas esencialmente bélicas, y en parte por la muy estudiada organización compositiva desde sus dos pares de planos, que se alternan en una disposición de 1-4 / 2-3, a lo que se agregan preocupaciones interculturales que le son muy cercanas al autor (el caso de la pirámide que se transparenta en Palacio Nacional). Es por cuestiones como estas por las que este segmento se revela como la parte más viva del mural y, en ese tenor, la más honesta.
En este resultado también tiene que ver el hecho de que hay en la composición del maestro Soto un personaje fuerte e indiscutible: Morelos, quien al lado del águila le da sentido a todo lo demás.
Pero esta honestidad vital, de la que se desprende el vigor del segmento en verde, comienza a echarse de menos en las otras dos intervenciones. La parte central del mural parece la menos convincente, pero sobre esto no abundaré. Muy difícil debió ser, en los hechos, suplir la inesperada pérdida del maestro Escalera Romero.
Mientras, el segmento en rojo, emprendido por el maestro Luis Palomares y alusivo a la Revolución, despierta un inquietante sentimiento de indefiniciones. Ni el general J. Múgica ni el general Cárdenas parecieron lo suficientemente decisivos para darles un protagonismo más explícito. Y el caso es que tampoco se le entrega ese protagonismo a ninguna de las otras imágenes-idea que surcan esta parte del mural: ni la soldadera, ni el sol o los caballos. La misma Constitución (que es como el Acta de Nacimiento de un país) se antoja opaca. Hay un gran virtuosismo técnico en la solución pictórica; hay una muy buena composición, pero no la acompaña el apasionado nervio de quien asume una idea y se vuelca en ella con todas sus entrañas.

El virtuosismo, la convicción
Lo anterior no quiere decir en absoluto que los maestros Palomares o Escalera Coria no sean buenos artistas, o que el maestro Soto sea superior a ellos. Cada uno, por sí mismo, ha construido una trayectoria sólida desde preocupaciones temáticas y estilísticas particulares.
En cambio, lo expuesto sí quiere llamar la atención al hecho de que, enfrentados al compromiso de emprender una obra que celebre doscientos años de presencia michoacana en las gestas decisivas para la construcción de un México post revolucionario que hoy se revela absolutamente extenuado, les es difícil conectarse con embelesos y convicciones genuinos.
Está presente el virtuosismo, el sello de cada uno de los autores (maravillosamente integrado con el de los otros compañeros de creación), pero no se advierte –salvo en el caso del maestro Soto–, cuáles son realmente aquellos ideales y valores en los que los artistas depositan su fe.

Un reportero de fuentes políticas robando cámara ante el mural