Game Over, exposición colectiva


Infancia, juego

y perspectivas


La galería del Archivo Histórico Municipal de Morelia (Museo de la Ciudad) abrió la actividad cultural capitalina el Día de Reyes con una muestra llena de punch, audacia e irreverencia; un grupo de jóvenes autores ensaya lecturas y evocaciones de infancia a partir de la instalación, el collage y el arte objeto


Miedoso (Óleo sobre madera, clavos y juguete. Leo Flores, 2009), una de las obras que más se arriesga en la colectiva del Museo de la Ciudad.


No es frecuente, pero cuando ocurre, es motivo de fiesta. La primera actividad cultural en Morelia es una colectiva de extraordinaria garra y audacia. El Museo de la Ciudad inauguró ayer, 6 de enero, la muestra Game Over, organizada por integrantes del colectivo Uh-lalá Team y en la que participan autores de formaciones diversas, desde los autodidactas hasta los que cursan actualmente estudios en la Escuela Popular de Bellas Artes.
He aquí una exposición colectiva en la que sus 22 firmantes (varios con seudónimo, de modo que es difícil saber cuántos autores distintos son en realidad) ofrecen un abanico de propuestas que comparten una misma intensidad a la hora de mirar a la infancia con ojos ensoñadores, críticos, melancólicos, ácidos, crueles o juguetones.
En este sentido, Game over es un verdadero festín y así nada más, arrancando el año, ya augura quedar entre las muestras más interesantes de la ciudad en este 2010, a cargo de realizadores locales.

Elefante (plastilina, óleo, plumas y material reciclado. Caro, 2009)


Íntimo Elefante
Un elefante bebé se sienta y se brinda a sí mismo un refrescante baño en Elefante, una de las primeras obras que integran esta exposición y que está firmada por Caro.
Este primer trabajo tiene lirismo íntimo y un juguetón aprovechamiento de sus materiales reciclados, entre los que sobresale el empleo de una nívea pluma para representar el chorro de agua que fluye desde la trompa del paquidermo.
La obra, de pequeñas dimensiones, cumple como una estampa muy sintética y que, sin derrapar nunca hacia lo cursi (acaso porque el temperamento kistch ha sido conscientemente asumido), propone una mirada luminosa hacia lo que ha sido la propia niñez.


Sin título (arena de mar, fichas y metal. Tsade, 2009)


Para crear castillos
También sintética e íntima es una pieza de arte-objeto sin título que figura a un lado de Elefante. Esta obra, firmada por Tsade, consiste en un perol lleno de arena de mar. Un cucharón de metal de largo mango acompaña a la composición, que se completa con varias fichas y esferas de plástico sembradas en la arena.
La evocación de la niñez desde estos recursos tan simples abre, en su sencillez, la posibilidad de distintas lecturas, pero la más interesante tiene que ver con todo el potencial latente en la pieza. Arena, cuchara y esferas. No falta nada más para construir, a partir de esos materiales, los mundos y personajes que a uno se le antojen. Aquí reside la mayor fortaleza del trabajo, en toda la latencia que atesora.

Horses Box (Textil, piel y ensambles de plástico. Miguel Ángel Herrera, 2009)


Juguete y metáfora
Más malicioso que los otros autores, Miguel Ángel Herrera y su Horses box propone un discurso más atento a las realidades que habitamos y para las cuales su instalación es una suerte de juguete-revelación. La pieza consta de una caja de mimbre pintada de negro. En lo alto de ella, un perro caracterizado con un sombrero y con la cabeza montada sobre un cuerpo equino, generando un inquietante proceso de hibridez, vigila atentamente a otros tres personajes, caballos todos ellos, que interactúan con la caja, ya fundidos a ella o en sus inmediaciones.
Detrás de la aparente simplicidad de la composición hay, pues, un orden y un discurso que tienen que ver con la vigilancia, la autoridad, las mutaciones y el mantenimiento de un status quo. Un trabajo muy interesante.


El mono y el avión (Fieltro relleno en estambre. Julieta H. Ferrer, 2009)


Espejo de suelo y cielo
En El mono y el avión (fieltro y estambre), Julieta H. Ferrer plantea un lúdico juego de espejos. Los reflejos ya vienen dados desde el título, que se resuelve en la construcción de dos figuras casi idénticas: una en cálidos colores y la otra en neutros blanco y negro, que también resultan más duros, más rígidos.
Entre una y otra, las semejanzas formales crean una tensión que es enfrentada por otra, la el contraste cromático. Volveremos a ver este recurso en otras obras de la colectiva, pero aquí hay una bella operación de mímesis, en la que una imagen se torna el alter ego de la otra, haciendo suyo ese atributo del pensamiento infantil en el que un agente es capaz de tornarse completamente el otro, en aras de las reglas del juego.


Muñecas para niñas que escupen fuego (Tela, plástico y estambre. Niño, 2009)


Alien como tú
Uno de los grandes momentos de esta colectiva es la escultura Muñecas para niñas que escupen fuego. ¿El tema? La Otredad.
Pregunta: ¿Con qué juegan las niñas dragones?
Respuesta: con muñecas que representan suculentas niñas humanas.
El principio de metátesis que alienta a este trabajo (invirtiendo roles) no es nuevo, claro, pero la solución del autor es lo bastante traviesa y eficaz para darle a la pieza una gran potencia. Ya como ocurrencia, ya como juego de espejos que se convierten en ventanas para mostrarnos otra realidad, la del de junto, la del diferente, la del extraño. A pesar de lo cual, siempre hay una oportunidad de ponerse en los zapatos del otro para coexistir.
Aparte de esta lectura esencial, este trabajo se corresponde un tanto con las intenciones de Horse's box en la manera de abordar otredades híbridas, mutantes, que trastocan el orden establecido con una sana nota de anarquía


Melting house (Ensamble. Simulacra, 2009)


La imagen punch
Cruel como pocos, pero al mismo tiempo totalmente caricaturezco, el ensamble Melting House (es decir, Casa disolviéndose) es ante todo un gag, una imagen-punch.
He aquí, a primer golpe de vista, a un personaje vagamente reptílico, al que la casa le ha caído en la cabeza y lo ha convertido en una sanguinolenta mancha en el piso.
La propuesta es sencilla pero eficaz. Hace suyo, a partir de esta primera lectura, el discurso tan particular que en su momento tuvieron las antiguas caricaturas de la firma Warner (siempre más anárquicas que las que producía la casa Disney).
Sin embargo, una vez acometida esta primera aproximación, esta obra tiene un sentido adicional que es muchísimo más perturbador. En realidad, respondiendo al título del trabajo, Melting house es precisamente eso: un hogar que se disuelve en sangre, en tanto que un cerdo y un perro beben del vital líquido, dándole al asunto una nota de cruel nihilismo adicional. Una imagen muy poderosa acerca de la violencia, de la desintegración, de todos esos factores que le han ido arrebatando al ámbito doméstico su papel habitual como espacio de la familia, "célula de la sociedad". Un trabajo notable.


Sin título (Ensamble. Paulina Morales, 2009)


La CiFi rupestre
Dando una relectura, a partir del empleo de materiales alternativos, a la cultura pop de la que es heredera, Paulina Morales presenta un ensamblaje sin título que recupera el tema de los invasores del espacio y los folletines (pulp) de aventuras de fantasía y ciencia ficción.
Un rasgo de enorme valor (que emplearán a su vez otros autores de esta colectiva) tiene que ver con la selección de materiales para darle forma a esta visión. En efecto, la autora toma personajes y situaciones de la CiFi, pero en vez de acudir al metal o al plástico, echa mano de cortezas y madera para crear a los personajes.
La sensibilidad implícita en esta elección de materiales (que hablan de una cultura regional) para darle voz al discurso de las formas (procedentes de la cultura primermundista sajona) es un deleite.



Robot-Pulpo (Díptico en acrílico sobre madera. Bolla, 2009)


Monstruos y robots
Otro de los trabajos que acude a la cultura pop de las series televisivas y de la estética de los dibujos animados que la ha definido en los últimos quince años es el díptico Robot-Pulpo, que nos muestra el duelo entre los dos personajes del títulos, ambos cifrados desde una composición de trazos gruezos y bien modulados, colores planos y una paleta muy económica.
Un juego en sí misma, la composición recupera entrañablemente la cultura mediática que define a la generación del autor.


Los óleos sobre madera y juguetes Miedoso y Sin título (Leo Flores, 2009)


Guiños de Ero-guro
Recuperando en lo general las lecciones del estilo Muzan-e y su estética de violencia gráfica explícita que apareció en Japón a fines del siglo XVIII, aunque su paternidad en términos contemporáneos se la debamos al autor nipón Maruo Suehiro (Nagasaki, 1956), los dos óleos sobre madera de Leo Flores, Miedoso y Sin título, son Ero-guro en estado proteico, absoluto: cuerpos mutilados, rostros dolientes, personajes infantiles víctimas de una violencia al mismo tiempo física y espiritual.
Muy sombrío, debido a los temas de que se ocupa, el díptico presenta dos torsos desnudos, el de un niño y el de una niña ya puberta. Ambos con el rostro sufriente (miradas agónicas, gestos ya aturdidos o suplicantes, con la faz surcada por hilos de sangre reseca), los personajes comparten la mutilación de los brazos (la parte del cuerpo con la que nos extendemos hacia el mundo) y del tronco. Desventrados, la tortura ha incluido (en Miedoso) la introducción en la boca del niño de un patito de hule, a modo de bozal, así como el desgarramiento de una oreja, y (en Sin título) la obscena presencia de unas piernas de muñeca Barbie que se asoman por la boca de la casi adolescente, que para ser más cosificada ha sido semidegollada con un collar de perlas.
Los trabajos no tienen vuelta de hoja. Desde una perspectiva muy precisa nos hablan de la corrupción de la infancia a partir de la violencia y de la imposición de estereotipos que siembran en la niñez ciertos juguetes (por cierto, felicidades: pocas veces se ha interpretado con tanta acidez la perversidad implícita en las muñecas Barbie y todas sus variantes, llámeseles Bratz, Princesas o lo que se quiera).
Desde otro punto de vista, cuya lectura se superpone a la primera, el díptico habla también de uno de los más extendidos males de nuestra era post Festen (Thomas Vinterberg, 1998): la violencia sexual contra los niños
Ante obras como estas (hay que advertirlo), algún visitante puede sentirse legítimamente horrorizado, al punto de reprochar lo sucio y lo extremo de estas obras. Pero precisamente ante trabajos como este es indispensable que los espectadores no se queden en la mera provocación, sino que se pregunten qué es lo que el autor nos dice.
Porque estamos ante expresiones legítimas. Leo Flores no está haciendo sexplotation. Al contrario: nos ofrece una mirada cuestionadora a la que no le tiembla el pulso a la hora de acudir a una de las formas más sádicas y grotescas de la expresión gráfica para impugnar un problema ético que es el pan diario en sociedades tan desestructuradas como la nuestra. Mira de frente una realidad y nos comparte el acceso a ese portal que lleva a las mazmorras más lúgubres del espíritu humano.
¿Duele? Sí. Pero en trabajos como este díptico importa no asustarnos de lo que vemos, sino, en todo caso, atender a lo que quiere hacernos ver el realizador. Dos piezas muy valerosas.


Juega conmigo (Textil. Araceli Merlos, 2009)


Juega conmigo
En el textil Juega conmigo, Araceli Merlos nos presenta otra obra provocadora a causa de su ambigüedad. Algo hay de amedrantador en ese osito de peluche que, en principio, parecería absolutamente inocente, de no ser por elementos de alteridad como la largueza con que se prolongan sus piernas hacia abajo y la forma en que pende ante una ventana.
Como sea, mucho menos macabra que en el caso de Leo Flores, Merlos nos azuza con el temor que todos experimentamos ante el desafío de una nueva aventura. Es un temor luminoso, porque no proviene de una amenaza sino de un desafío.
Particularmente eficaz, en términos de solución visual, es la manera en que el rostro del oso ha sido concretado con la presencia de una escafandra de buzo que hace las veces de la nariz, los carrillos y la boca del personaje.
La imagen de la escafandra le otorga al ejercicio una de sus metáforas poéticas más precisas: la de sumergirnos en algo, la de rastrear el fondo de algo. Con Novalis (uno de los mayores románticos del siglo XIX), Merlos nos dice en esta pieza: "hacia dentro lleva el camino". En este caso, el camino del juego.

Barbie en aprietos (Óleo y acrílico sobre madera. Yoaltizitl, 2009)


Acechanza e indefensión
Acometiendo ideas similares a las de Leo Flores, la mixta Barbie en aprietos, que firma Yoaltizitl, vuelve sobre uno de los índices de aquel trabajo: el del abuso sexual y la violencia contra los niños. Hay un buen trabajo técnico a la hora de ensamblar e integrar los materiales de soporte (la madera y el cristal o plástico) y una imagen despojada, en la que una niña semidesnuda, apenas con la cabeza tocada por un gorrito de conejo blanco y unas bragas anaranjadas, se encoge sobre sí misma, abrazando a su muñeca, expectante ante la acechanza de un personaje al que no vemos.


Twenty years ago (Foto digital. Roxio Cuin, 2009)


Hacia el pasado
Tres fotografías digitales de Roxio Cuin nos llevan a un nostálgico viaje al pasado en el tríptico Twenty years ago al exhibir, en sendas imágenes, juguetes que hace veinte años fueron populares y que ahora perduran como un ejercicio mnemótico, como huellas del recuerdo, como apariciones espectrales de lo que un día fue.
Todo el efecto y el valor de este trabajo reside en el tratamiento que se le ha dado a las fotos, manipulándolas, para resaltar sus tonos avejentados, la mirada cenital (es un decir, ya que el encuadre no capta a los juguetes desde arriba, pero sí los enfoca y acentúa desde bordes fundidos en negro) y el protagonismo de cada objeto contra un paisaje campirano.
Todos estos tratamientos se resuelven en un definido sentimiento de melancolía que es quizá una de las notas más honestas de la colectiva.


Sin título (Políptico fotográfico. Valfre, 2009)


El hada enclaustrada
En su políptico fotográfico Sin título, Valfre propone seis atisbos a un personaje enclaustrado en el cuarto de sus juguetes. He aquí a la propia infancia como un hada de vestido, alitas y antifaz coexistiendo con peluches, casitas de muñecas e inquietantes collages y fotomontajes en los que asoma un Otro Yo.
Pensado un poco a la manera de los caleidoscopios, pero también con guiños que pueden remitir a la idea de la Linterna mágica (esos aparatos precursores del cinematógrafo), el políptico se organiza en seis cajitas vestidas con telas de colores y el conjunto (tanto por el tratamiento de cada foto en sí como por la composición del conjunto) rezuma un potencial evocativo que lleva indistintamente de la dimensión del recuerdo a la de lo imaginado y del ámbito de lo cotidiano al de lo sagrado. Una propuesta mucho más interesante de lo que aparenta a simple vista.




Caja boot (Cartón, plástico y papel recolectados mediante pepena. Sucio Curiot, 2009). Varios detalles a la instalación que incluye soldaditos de juguete, autos de plástico y un gigantesco personaje concebido, no a partir de metal, sino de cajas de cartón.


A lo gigante
La instalación Caja Boot, firmada por Sucio Curiot, ocupa completamente una sala de la galería y recupera eficazmente el espíritu apocalíptico de cierta tendencia del anime japonés que había sido tempranamente inaugurada en el cine de los años cincuenta por las películas de Godzilla (Ishiro Honda, a partir de 1954) y luego por toda una serie de robots gigantes cuyas series sembraron las historietas y la TV (de Goldar a los Transformers y de el Hombre de Acero a Reboot, pasando por Evangelion y los plateados personajes de Ultramán, Ultraseven et al).
Lo delicioso de esta instalación es que revierte a una cultura del desecho y del cartón la estética primermundista original, que endiosa (o que demoniza) a la tecnología. En este sentido, al mismo tiempo como una crítica a la impostura del High Tech y como un homenaje a esas sofisticadas fantasías que alimentaron el espíritu aventurero de la niñez, la pieza derrocha con frescura y ludismo deliciosos sentidos naive y kistch. En medio de ellos, el monumentalismo de la instalación también devuelve al espectador a la estatura física de un niño de tres años. Deliciosa.


Porny edición 1 (Textil. Twoh Porno, 2010)


Ante la masificación
Conservando el ludismo, el espíritu juguetón, el textil Porny edición 1 nos muestra a una serie de personajes de tela, entre los cuales sobresalen etiquetas de marca, todos prendidos por una red de la cual penden en un marasmo de cuerpos confundidos.
Un poco como en el caso de la instalación de Favio Martínez (de la que me ocupo más adelante), en este trabajo el empleo de la tela le da una gran calidez que sirve para mediar los aspectos más lúgubres del tema.
Perdura, en todo caso, una mirada crítica hacia la masificación (ya de gustos, ya de modas, ya de perversiones) en el abigarrado agl0meramiento de personajes cautivos de sus pasiones, deseos y gustos.
Más allá de esta primera lectura, llama la atención que este trabajo sea, además, el lanzamiento de una franquicia local. En efecto, estos muñecos Porny representan la primera generación de una serie de diseños que se pondrán en breve a la venta, como juguetes que responden a una estética actual (heredera de Ren y Stimpy, por un lado, y de una estilística emo, indudablemente).


Depósito de deseos (Globos de papel metálico, papel y cascabeles. Malam, 2009)


El entrañable kistch
No es un gato (aunque parece), sus ojos son a la vez lentes y antifaz. Con la boca de corazón, los cascabeles al cuello y su cuerpo plateado relleno de helio (o simplemente de aire, ya que no flota), Depósito de deseos, firmado por Malam, es otra notable aproximación a la dimensión feérica de la infancia.
La composición tiene además una conexión bastante precisa con el tema de los Reyes Magos (contexto del día en que se inauguró la colectiva) por el empleo de globos como los que tradicionalmente se emplean para mandar las célebres cartitas y con los cuales constituye el cuerpo y la cabeza del personaje.


Muñeca de trapo (Tela y acrílico. Viry Ordaz, 2009)


Sueños y agonías
Engañosamente inofensiva, la mixta Muñeca de trapo, de Viry Ordaz se ocupa con gran simplicidad de un tema esencial: el agridulce sabor de la infancia, con sus sueños y sus dolores coexistiendo y configurando las actitudes del niño y del futuro adulto.
La autora participa con una obra de arte objeto, un collage entre pintura acrílica sobre madera y el empleo de textiles y rellenos. Desde estos recursos, crea la imagen de una muñeca que sería totalmente neutra de no ser porque su cuerpo ha sido surcado por pequeñas salpicaduras de azules y rojos que se extienden por el fondo de delicados amarillos y que encuentran su eco en pequeñas esfera de tela de los mismos colores, que expresan a su vez placidez y pasión, ensoñación y sufrimiento, anhelos y sangre.



Sin título (Fieltro y materiales reciclados. Favio Martínez, 2010)


Alevosía y calidez
Uno de los trabajos más vistosos de esta colectiva es la escultura con fieltro y materiales reciclados Sin título, emprendida por Favio Martínez. La pieza exhibe (con un espíritu muy afín al discurso y los principios de los dibujos animados) una situación entre tres personajes. El primero de ellos sostiene una caña de pescar de la cual pende, a modo de señuelo, un ave. Debajo de ella, un gato enfundado en el cuerpo de una oruga mira atentamente a la suculenta presa, ignorando la trampa.
Lo interesante de la situación anterior es la manera en que un depredador nato (el felino) está a punto de convertirse en presa mediante la estratagema del cazador. A pesar de esto, lo cautivador del trabajo es que (no obstante cierto gesto alevoso de parte del primer personaje), el empleo de los materiales, en los que sobresale el fieltro, las telas, unos tenis y el hule-espuma, le otorga a la obra una enorme calidez que hace de la obra, en su conjunto, algo mucho más humorístico que dramático.


Run-Run (Instalación con camiones de carga de plástico. Asiatik, 2009)


La proliferación en serie
Muy atento a "la amenaza asiática" desde su propio seudónimo (Asiatik), el autor de la instalación Run-Rún nos ofrece una atenta mirada a la invasión del los productos baratos y en serie en el mundo moderno. En otras palabras, el asalto de la uniformidad.
La obra consta simplemente de un centenar o más de diminutos camioncitos de volteo que, como hormigas, trazan un camino poderosamente acentuado por la tensión visual que se establece entre la sucesión de figuritas idénticas (que en función de eso crean un ritmo), en contraste con el popurrí de colores que chocan entre sí (y que generan un ritmo distinto).
Un trabajo muy bello por la sencillez con que acomete un asunto de múltiples lecturas y que además le demanda al espectador un rasgo esencial de la niñez: el de prestarle atención a lo que hay en el piso.

Sonidos de la

Independencia

Las colecciones sonoras Centenario de la Revolución Mexicana y Bicentenario de la Independencia de México se integran al fondo sonoro de la Fonoteca Nacional


Aspecto de la Fonoteca Nacional, que se incorpora a las conmemoraciones de este año con acervo sonoro.

Con la integración de las colecciones sonoras Centenario de la Revolución Mexicana y Bicentenario de la Independencia de México al fondo sonoro de la Fonoteca Nacional, en la ciudad de México, este recinto ofrecerá durante 2010 una amplia oferta de materiales históricos a los visitantes, quienes podrán conocer a través de paisajes sonoros y producciones históricas un contexto más amplio de estas conmemoraciones, informa hoy el Conaculta.
Desde las locomotoras y las balas, hasta el trotar de los caballos y el cantar de los corridos, los materiales que se han resguardado en el fondo sonoro de la Fonoteca, permiten imaginar los acontecimientos sociales, políticos, militares y culturales de la Independencia y la Revolución, a través de capsulas, series y producciones como Estampas Sonoras del Bicentenario, Rutas Sonoras del Bicentenario y Reconstrucciones sonoras de la Revolución.
Estos materiales son difundidos también a través del Canal histórico del Bicentenario, el IMER, Radio Educación, así como en la página electrónica de la Fonoteca Nacional, y cuentan con la participación de investigadores, actores, técnicos y guionistas, quienes se han dado a la tarea de producir materiales didácticos que introduzcan a niños, jóvenes y adultos en la importancia histórica de estas conmemoraciones.
A través de 10 capítulos, Estampas Sonoras del Bicentenario presenta títulos como Trotando por la Plaza Mayor, acerca de la vida virreinal antes de la Independencia; Rey de dragones, en torno a la vida de Miguel Hidalgo; Los sentimientos de la Nación, que tiene como protagonista a José María Morelos y Pavón; La República peregrina, sobre el exilio de Benito Juárez y Derroche Centenario, acerca de la modernidad y las fiestas del centenario.
Como parte del Canal Temático de Historia, la Fonoteca Nacional presenta, para iniciar el 2010 el documental sonoro El itinerario de Miguel Hidalgo y Costilla, con un guión escrito por la investigadora María Eugenia García Cortés, con las voces de Talía Marcela y Miguel Conde, y música original de Guillermo Zapata.
En lo que respecta al proyecto Reconstrucciones sonoras de la Revolución, actualmente se presenta en la Galería René Villanueva de la Fonoteca Nacional la instalación realizada por artistas sonoros como Antonio Russek, Israel Martínez, Víctor Manuel Rivas, Manuel Rocha, Daniel Goldaracena, José Iván Sánchez, Pablo Gav, Gildardo Cruz, Zael Ortega y Manrico Montero.
El proyecto consta también de un disco que recupera sonidos que se remontan a la época revolucionaria, además de las obras inéditas de arte sonoro Pueblo Viejo, Asonada sonora, Cinema Revolución y Vicente Mosqueda, que se podrán escuchar en el acervo de la Fonoteca Nacional.
Como parte de la difusión de las colecciones sonoras Centenario de la Revolución Mexicana y Bicentenario de la Independencia de México, los sábados 16 y 23 de enero, de 10:00 a 11.00 horas, se llevarán a cabo las Visitas Bicentenario, en las que el público podrá formar parte de la travesía sonora por los diversos pasajes históricos de nuestra nación, además de escuchar cómo cobran vida las imágenes que ha conocido en las monografías.
Para mayores informes, los interesados pueden llamar a los teléfonos 41 55 10 07 y 41 55 10 10, de la Fonoteca Nacional, cuya sede se localiza en Francisco Sosa, 383, colonia Barrio de Santa Catarina, Coyoacán, ciudad de México. La página electrónica de la institución es: www.fonotecanacional.com.

Entrevista

Dr. Martín Sánchez, titular del Colmich

Conciliar las distancias

entre la tecnología y el

humanismo, el objetivo


La del recuerdo. El actual presidente del Colmich, flanqueado por expresidentes de la institución y algunos colegas, al término de la ceremonia en la que el Congreso del Estado entregó al plantel zamorense la condecoración Melchor Ocampo.


En un mundo que está en manos de técnicos e ingenieros, como el actual, el desafío de instituciones humanísticas como el Colegio de Michoacán (que se dedica a la investigación y difusión en diferentes campos de las ciencias sociales) consiste en reducir la distancia entre tecnología y humanismo, mostrándole a la tecnocracia que el ejercicio del pensamiento social es indispensable. Así lo señaló en entrevista con Poliedro el presidente del Colegio de Michoacán, doctor en historia Martín Sánchez Rodríguez.
Al término de la ceremonia en la que recibió la condecoración Melchor Ocampo 2010, en el Congreso del Estado, el académico indicó, a pregunta de este blog: “la experiencia nos demuestra que las soluciones técnicas fallan precisamente por limitaciones en su componente social. No puede haber soluciones técnicas satisfactorias si falla el componente social”.


El doctor en historia Martín Sánchez Rodríguez, durante su discurso de agradecimiento tras recibir para el Colmich la condecoración Melchor Ocampo.


Esperanza y vinculación
Al comienzo de la entrevista, el actual titular del Colmich ponderó el significado de la condecoración emitida por el Congreso del Estado de Michoacán. Consideró: “La condecoración es un reconocimiento para una trayectoria en términos de un quehacer social, un quehacer humanístico que muchas veces no se ve o no se quiere ver. A pesar de esto último, la condecoración nos da una ligera esperanza. Nos muestra, por un lado, que aquí estamos, y por el otro nos señala que aún existe una sensibilidad hacia los estudios sociales, los estudios humanísticos, que son parte importante del quehacer de nuestra sociedad como michoacanos, como mexicanos y como habitantes, en definitiva, de este mundo”.
Señaló más adelante que la sustantiva labor de articular las actividades del Colegio de Michoacán con la sociedad es y ha sido un proceso permanente. “De hecho, siempre ha existido. Hace un momento comentaba tal situación en el vestíbulo, con el gobernador y con el presidente municipal, en el sentido de que en la medida que tengamos una sociedad más preparada y en la medida en que nosotros, como centros de investigación, tengamos una mayor capacidad de transmitir nuestros conocimientos y difundirlos hacia la mayor parte de la sociedad, en esa medida nuestra vinculación va a ser mayor y vamos a tener una sociedad mejor”.
Poco después, interrogado en los siguientes términos: “¿Qué se siente, como científicos sociales que son, vivir en una sociedad que cada vez más está en manos de técnicos e ingenieros?”, el doctor en historia contestó: “Se siente que tenemos un reto: el de trabajar juntos. Nosotros, los científicos sociales, con los técnicos. Y en correspondencia, que los técnicos trabajen con los científicos sociales. Ese es el reto y creo que de nuestra parte (y hablo como Colegio de Michoacán), tenemos toda la disposición y todas las ganas y deseos de enfrentar ese reto: que no haya esa división entre ciencia y tecnología, porque la experiencia nos demuestra que las soluciones técnicas fallan precisamente por limitaciones en su componente social. No puede haber soluciones técnicas satisfactorias si falla el componente social”.


El gobernador del Estado, invitado por el Congreso, se ocupó de entregar el reconocimiento. En la imagen, como orador, el diputado David Huirache Béjar (PRI), da lectura a una breve semblanza del Colegio de Michoacán.


Recortes y contención
Más adelante, en torno a los golpes que ha sorteado la institución a causa de los recortes presupuestales, hizo un deslinde. Señaló: “La inflación sí nos ha golpeado. Pero en términos de presupuesto, el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt) ha absorbido buena parte de esos recortes y ha privilegiado tres programas sustantivos para ese organismo. Esos programas son el de becas, para seguir ofreciendo a los mexicanos una posibilidad de estudio dentro y fuera del país; el Sistema Nacional de Investigadores, ya que sin una planta nacional de investigadores el país difícilmente puede progresar hacia donde mejor convenga, y el programa de los centros públicos del Conacyt, como el Colegio de Michoacán y otros 26 centros repartidos en toda la República. En ese sentido, puedo decir que no nos vimos tan afectados por los recortes presupuestales. Sí ha habido un recorte, al que –como toda institución federal– hemos tenido qué contribuir, pero este recorte no fue tan significativo que nos impidiera cumplir con nuestra tarea sustantiva, que es la investigación, la docencia y la difusión del conocimiento social”.


EN VIDEO

Fragmentos de la entrevista con Poliedro.


El Colmich de cara a
los festejos del 2010
En tanto, al ser interrogado por las acciones que emprenderá el Colegio de Michoacán para sumarse a los festejos conmemorativos del bicentenario de la Independencia y el centenario de la Revolución Mexicana, el académico recordó que por lo menos desde 2008 el Colegio de Michoacán ha emprendido actividades relacionadas con esas dos conmemoraciones.
“Por ejemplo, el coloquio de 2008 fue dedicado al tema Formas de Gobierno en México, que abordó desde ese año los temas del bicentenario de la independencia y el centenario de la revolución. Y también tenemos un programa editorial en el que se ha incursionado prolijamente en el tema. Por otro lado, nuestros investigadores participan y en varios casos liderean proyectos de investigación que tienen que ver con esos dos festejos”.
“Vale la pena recordar –agregó– que en el Colmich tenemos al doctor Carlos Herrejón Peredo, que es un experto a nivel internacional en los personajes de Hidalgo y Morelos. También tenemos otros especialistas en el movimiento de independencia como el doctor José Antonio Serrano y el doctor Víctor Gayol que han estudiado, no desde los últimos años, sino desde siempre, los procesos de Independencia. En el caso de la Revolución Mexicana está la doctora Verónica Oikión, quien de manera particular se ha ocupado al tema de la Revolución en Michoacán o el doctor Álvaro Ochoa Serrano y, en cierto sentido, un servidor. Entonces, tenemos ya un trabajo de años. A futuro, para este 2010, también tenemos otro trabajo: somos la única institución de provincia que es miembro del Comité Nacional de Festejos del Bicentenario de la Independencia y del Centenario de la Revolución Mexicana, que encabeza el Presidente de la República”.


EN VIDEO

Aspectos a lo largo de la ceremonia en la sede del Congreso michoacano, en Morelia, el miércoles 6 de enero.

Condecoración Melchor Ocampo 2010


A favor del humanismo


Recibe hoy el Colegio de Michoacán el máximo reconocimiento que otorga cada año el Congreso del Estado; la institución fue elegida por unanimidad de votos y se impuso a las candidaturas de el Buki y del astronauta José Hernández



Con 29 votos a favor (lo cual constituyó una decisión unánime) el pleno del Congreso del Estado reunido en la primera sesión del año aprobó anoche que se entregue la condecoración Melchor Ocampo 2010 al Colegio de Michoacán (Colmich). La ceremonia oficial, presidida por el gobernador del Estado, se realizará durante una sesión de gala hoy, 6 de enero, al mediodía, en la sede del poder legislativo.
La sesión nocturna de ayer, prevista para comenzar a las 18:00 horas, inició hasta poco después de las 19:00, pero los tres puntos de la agenda se desahogaron con presteza. El de la elección del nominado para la presea 2010 fue el segundo punto de la agenda y se desahogó en escasos 20 minutos.
La condecoración Melchor Ocampo es un reconocimiento que el Congreso del Estado de Michoacán entrega cada año, desde 1999, a alguna institución o a algún michoacano sobresaliente.


Aspecto general de la mesa durante la plenaria de anoche, en la que se designó al Colmich como recipendario de la presea.

Proyectos en competencia
Por lo menos cinco visiones distintas han competido este año para la nominación de candidato a la condecoración Melchor Ocampo, el reconocimiento que cada año entrega el Congreso del Estado de Michoacán el 6 de enero, cuando se conmemora el nacimiento del jurista y estadista michoacano. Tras unos días de incertidumbre (pues la decisión iba a ser anunciada originalmente el 30 de diciembre pasado) el galardón fue votado y anunciado oficialmente ayer: el Colegio de Michoacán (Colmich) es la institución recipiendaria del reconocimiento en su edición 2010.
La elección del Colmich (institución de investigaciones históricas, sociales y culturales fundada en Zamora en 1979) se ha dado en medio de un conjunto de nominaciones que resultaron de interés por los proyectos e ideologías que representaban y que eran, a fin de cuentas, los que realmente estaban compitiendo por el favor de la balanza.
En total, entre los postulados para este año, aparte del Colmich, figuraron el astronauta estadunidense José Hernández Moreno (French Camp, California, 1962) y el cantautor michoacano Marco Antonio Solís el Buki (Ario de Rosales, 1959)
Adicionalmente, en el tintero se quedaron otros nombres que oscilaron entre el futbolista michoacano Rafael Márquez (Zamora, 1979), y el poeta michoacano Homero Aridjis (Contepec, 1940).
Sujetándonos solamente a las tres nominaciones oficiales (el Buki por parte del Partido Verde Ecologista, el astronauta José Hernández por la bancada del PAN y el Colmich por el PRD y el PRI), hay que celebrar que el buen juicio se haya impuesto en esta ocasión al designar al Colegio de Michoacán, cuya actividad es la que mejor responde al sentido y al perfil de la condecoración. No se olvide que durante al menos quince días se hizo bastante ruido a favor de la nominación del astronauta José Hernández, cuyos padres son oriundos de La piedad, Michoacán.

Entre el glamour y el humanismo
Algo debemos valorar de la selección 2010 para el reconocimiento legislativo: el triunfo de una visión social, académica y humanista, que se ha levantado por encima de la tentación de ceder al glamour mediático.
En efecto, aunque el “astronauta michoacano”, como se le conoce popularmente, es una figura carismática, y que además responde bien a ese pensamiento de “superación personal” que tanto le gusta a cierto sector de la clase empresarial mexicana y de las clases medias del país, lo cierto es que su postulación hablaba simplemente de un voto a favor del pensamiento más “trasnacional” de nuestros días.
En efecto, José Hernández ha sido manejado (tanto “desde allá” donde vive como “desde acá” donde se le reclama como paisano) como un perfecto producto de mercado. El juego de las querencias y los arraigos ha hecho de él “el astronauta michoacano”, por más que su acta de nacimiento diga que él es un ciudadano estadunidense y por más que la propia Constitución del país vecino sea muy estricta al señalar que ciertos puestos estratégicos de la política, la economía y la ciencia de aquella nación sólo pueden ser ocupados por norteamericanos (el de astronauta entre ellos).
No se trata aquí, desde luego, de defenestrar a José Hernández por el sólo hecho de que, oficialmente, ante el mundo, él sea un ciudadano norteamericano, que a pesar de los arraigos con la tierra de sus padres, se formó enteramente en la cultura sajona, sino simplemente de poner en perspectiva un juego en el que todos han hecho trampa con su persona, aprovechando ese sentimentalismo nacionalista al que los mexicanos somos tan afectos para hacer del astronauta un símbolo de superación personal, de triunfo ante la adversidad, una especie de héroe (ahora que tanto necesitamos a los héroes de a deveras, que son los de “todos los días”) para promover un simplista (y riesgoso en ese sentido) “michoacano, tú puedes”.
Por lo que atañe al Buki, curiosamente su postulación me parecía mucho más meritoria que la del astronauta. Una cosa es indiscutible: el cantautor oriundo de Ario le ha dado más felicidad a mucha más gente a través de sus composiciones musicales que cualquier otro de los nominados.
Pero, de todos modos, su postulación también buscaba un gancho mediático y, sobre todo, trivializaba el profundo sentido social y humanístico de la condecoración.
Sin duda, por lo menos desde mi punto de vista, la designación del Colmich era la única posible, si la condecoración iba a conservar la dignidad propia de su perfil.

Las condecoraciones
Diez condecoraciones Melchor Ocampo han sido entregadas hasta hoy por el Congreso de Michoacán desde que se instituyó este reconocimiento, en 1999. Desde entonces, como se puede ver en la siguiente lista, ha habido “de dulce, de chile y de manteca”, pero la designación de este año se erige con una altísima dignidad.

2010 Colegio de Michoacán (Colmich), con sede en Zamora
2009 Taekwondoín Guillermo Pérez Sandoval (Taretan), campeón olímpico (medalla de oro) en los juegos de Beijing.
2008 Ingeniero agrónomo y Doctor en Ciencias Abel Muñoz Orozco (Charo), sobresaliente investigador en biogenética del maíz, por la contribución de sus trabajos en temas relativos al origen del maíz, sus variantes a través del tiempo y su resistencia a la sequía.
2007 Economista y estadista Carlos Torres Manzo (Morelia), gobernador de Michoacán por el PRI en el periodo 1974-1980.
2006 Instituto Tecnológico "José María Morelos y Pavón" (Morelia), por sus 40 años de existencia, en los que han egresado 30 mil profesionistas.
2005 Poeta, escritor y cronista Francisco Elizalde García (Zamora). Autor del Poema del rebozo (1950) y Ángeles de la muerte (1953) entre lo más significativo de una amplia obra.
2004 Desierto
2003 Médico cirujano grastroenterólogo Héctor Orozco Zepeda (Sahuayo) e historiador Luis González y González (Jiquilpan) por sus contribuciones en los respectivos campos en que se han desenvuelto.
2002 Centro de Cooperación Regional para la Educación de Adultos en América Latina y el Caribe (Crefal), con sede en Pátzcuaro por su trayectoria en la formación de nuevos cuadros docentes.
2001 Club de futbol Monarcas Morelia (Morelia)
2000 Alfredo Zalce (Pátzcuaro), artista visual integrante de la Escuela Mexicana de Pintura, por sus aportaciones al arte moderno mexicano desde los ámbitos del muralismo, la pintura, la gráfica, la escultura y la estampa.
1999 El Ejército Mexicano y el Primitivo y Nacional Colegio de San Nicolás de Hidalgo, con sede en Morelia.


EN VIDEO

Momento en que, tras la votación, se anuncia oficialmente que el Colegio de Michoacán recibe la condecoración Melchor Ocampo este 6 de enero por parte del Congreso del Estado de Michoacán


El momento en que Sully, en su papel de guerrero Na'vi, convoca a la lucha contra los humanos que intentan colonizar la luna Pandora.

Durante su último día como ser humano, antes de abandonar la base Puerta del Infierno y acudir a la ceremonia de Renacimiento que lo transformará para siempre en un Na’vi del clan de los Omaticaya, en la remota luna Pandora, el cabo Jake Sully nos narra la épica que lo ha conducido a una transformación tan radical. Comenzó siendo un ex marine inválido que viajó al espacio por azar, al servicio de intereses terrícolas, pero ha terminado por convertirse en el líder de la resistencia Na’vi y ha liberado a todo un mundo de la opresión de los invasores terrestres.
En estos términos se desarrolla Avatar, el décimo largometraje del cineasta canadiense James Cameron (Ontario, 1954). La cinta se estrenó en diciembre y con ella las pantallas le están dando la bienvenida al 2010.
El filme es un deleite. Y lo es porque lo firma un cineasta que a lo largo de su carrera se ha distinguido por dos grandes aciertos: el de ser un director de actores extraordinariamente eficaz y el de planificar cada uno de sus filmes con una gran inventiva visual.
En medio de estas dos virtudes, vale recordar que ya el segundo filme de Cameron, Terminator (1984), se ha convertido en un clásico de la ciencia ficción por la poesía implícita en su mirada hacia un apocalipsis tecnológico abordado con dosis idénticas de horror y esperanza.
Mientras, su melodrama Titanic (1997) logró uno de los hitos taquilleros de la década pasada al convertir la tragedia del enorme trasatlántico en la poderosa metáfora visual de un sentimiento que aún nos conmueve hoy: el de un mundo que se derrumba a nuestro alrededor sin ofrecer alternativas.
Por lo demás, James Cameron ha sido uno de los más tenaces exploradores de las posibilidades que da la moderna tecnología de manipulación de imágenes. Un filme suyo, El secreto del Abismo (The Abyss, 1989), fue el primer largometraje –hace 20 años– donde gráficos por ordenador se usaron para recrear rostros humanos. Siguiendo esta línea, en Terminator II (1991) el realizador dio un salto con la presentación del T-10000: un androide de metal líquido cuyas propiedades miméticas cautivaron al público. La estación más reciente de esta trayectoria llega justo ahora, con Avatar, donde Cameron lleva a un nuevo nivel de juego las posibilidades de la animación por captura de movimiento. Todo un festín, que en sus excesos y en sus virtudes nos presenta un relato que atesora tanto las bondades como los sinsabores del tiempo en que vivimos.


El ex marine inválido Jake Sully ante la cápsula que aloja a su avatar, casi al comienzo de la cinta.

Medievalismo y tecnología
Desde fines de los años setenta investigadores en distintos campos de las ciencias sociales (Umberto Eco, Roberto Vacca y Alain Minc, entre los más significativos) comenzaron a advertir contra lo que denominaron la medievalización de las sociedades postmodernas.
El fenómeno, lejos de ser una mera hipótesis, se ha convertido en nuestro pan de todos los días. Los síntomas son bien conocidos: paralización de la movilidad social y del poder adquisitivo; descontrolado desarrollo de feudos-monopolio, hoy de alcance mundial; auge de misticismos pop congregados en el new age; una paz mundial cada vez más relativa e idéntica a la “pax romana” previa a la debacle del imperio (con conflictos muy focalizados, pero que se generalizan en todo el orbe e incrementan los índices de inseguridad y violencia); crisis del control social en todos los sistemas sociopolíticos; una exigencia de readaptación constante a los individuos ante transiciones de todo tipo; el endiosamiento de la tecnología y su capacidad para seducirnos a través de las imágenes (con la consecuente trivialización del conocimiento) y –para no agotar la lista– el crecimiento de un sentimiento de incertidumbre ante el futuro inmediato, que colabora a que florezcan sectarismos, muchos de los cuales miran con nostalgia hacia un idílico Paraíso perdido y piensan en un retorno más o menos infantil al Edén del mundo natural.
Citar todos estos rasgos no es ocioso, ya que de ellos y de ninguna otra cosa se ocupa Avatar.
Lo que en el fondo está haciendo el filme de Cameron es tomarle el pulso con enorme precisión a sentimientos y fenómenos que son paradigma de nuestro tiempo y que a todos nos tocan, en mayor o menor medida.


Sully despierta dentro de su avatar y descubre que, gracias a la transferencia, ha recuperado la movilidad de sus piernas.

Entre el sueño y la mercancía
Como el agente Alex J. Murphy de Robocop (Verhoeven 1987), en Avatar el cabo Jack Sully es una mercancía en manos de una compañía.
Después de que su hermano, el científico Tommy Sully, es inesperadamente asesinado durante un asalto callejero, Jack es adquirido para reemplazarlo de última hora dentro del costoso proyecto Avatar, gracias al cual el ex soldado confinado a una silla de ruedas abandona la Tierra y, tras un viaje de más de cinco años en hibernación, llega a la remota luna Pandora.
El programa Avatar consiste en establecer un vínculo cerebral entre agentes humanos y clones creados a partes iguales con material genético terrícola y de los humanoides Na’vi, que son la especie dominante en Pandora. Estos avatares, animados por la conciencia de sus operadores humanos, pueden desenvolverse en la superficie de Pandora (cuya atmósfera enrarecida es mortal para los terrícolas) e interactuar con los Na’vi.
Los terrícolas están muy interesados en Pandora porque el satélite es una gigantesca veta de Unobtanium: un cotizado metal de propiedades antigravedad que es la clave para las necesidades de combustible del siglo XXII. Para apoderarse del precioso metal, los colonizadores no dudarán en arrasar con las armas a los pandorianos, pero antes están dispuestos a probar la estrategia de la diplomacia: adoptando sus identidades-avatar, científicos dirigidos por la doctora Grace Agustine (Sigourney Weaver) buscarán persuadir a los nativos para que abandonen los territorios más ricos en Unobtanium, a fin de que las gigantescas máquinas extractoras comiencen a trabajar.
Así pues, Jack Sully comienza esta historia siendo casi un producto de desecho a causa de sus piernas inválidas (“pueden reponerte la espina si tienes dinero, pero no a un veterano como yo, no en una economía como esta”). Sin embargo, a causa de la muerte de su hermano gemelo, se convierte en un valioso artículo para la compañía (“invertimos mucho en tu hermano; como tu genoma es idéntico al suyo, eres el único al que podemos poner en sus zapatos”).
Sin embargo, y también a semejanza del agente Murphy de Robocop, Jack Sully se rebelará muy pronto contra sus amos empresarios y militares.
Un sueño y su descubrimiento de las bellezas de Pandora y de la cultura Na’vi serán las influencias que guíen a Jack Sully en pos de una identidad y un destino satisfactorios (“los primeros días en el hospital comencé a soñar. Soñaba que volaba. Que era libre”). Y esa búsqueda será la que lo convertirá primero en un renegado, luego en un traidor y finalmente en un Na’vi.

Las unidades Escorpión disparan sus cohetes incendiarios en la escena del asalto contra el árbol tutelar de los Na`vi, promediando la mitad del filme.

Vaqueros del espacio
Coctel de géneros, juego de estructuras, malabarismo de caricaturas gruesas pero asombrosamente eficaces y, sobre todo, cruce de intersecciones estilísticas, Avatar es uno de esos genuinos filmes-mamuth que llegan muy de vez en cuando a la gran pantalla y en los que el entretenimiento se da la mano con una inteligente revisión a las herencias fílmicas de las que la cinta proviene.
Avatar es una “película-evento” como en su momento lo han sido La guerra de las Galaxias (Lukas, 1977), Terminador II (Cameron, 1991), Parque Jurásico (Spielberg, 1993), Matrix (Wachowski, 1999) o El señor de los Anillos (Jackson, 2001).
Varios párrafos atrás pensaba en intertextos entre Avatar y Robocop. Pero hay muchos más. Lo primero que llama la atención, desde la perspectiva del “coctel de géneros”, es la manera en la que Cameron asimila en Avatar legados muy disímbolos, que en lo fundamental van desde Danza con lobos (Sully es el alter ego del teniente John Dunbar de aquella fábula-western en clave reivindicatoria de 1990, incluyendo la difícil relación de Dunbar con el aguerrido sioux Viento en la cabellera), hasta geniales pero olvidadas novelas de fantasía épica como Una princesa de Marte (Edgar Rice Burroughs, 1912, escrita como la primera de once novelas dedicadas al Ciclo Marciano, casi al mismo tiempo en que Burroughs se volvía inmortal con las aventuras de Tarzán).
Entre estos dos referentes indispensables, Avatar es al mismo tiempo una space opera al estilo del clásico Tropas del Espacio (la novela de Robert A Heinlen, aparecida en 1959 y vertida al cine por Paul Verhoeven en Invasión, de 1997); un guiño de ojo a la frialdad militarista de Apocalipsis (Coppola, 1979, ya que el coronel Miles Quaritch, de Avatar [“Quiero una misión limpia y que regresemos a casa a tiempo para la cena”], es el doble del teniente coronel Bill Kilgore que ordenaba bombardeos con napalm al compás de La cabalgata de las Walkirias en la cinta de Coppola, sólo para poder surfear a gusto en las playas vietnamitas); un relato de amor intercultural a la Pocahontas (y que sólo lo ha sido en los relatos de ficción, como la versión de Mike Gabriel y Eric Goldberg para la Disney, en 1995, ya que la historia de la Pocahontas real no fue así), pero también una anécdota de amor interclasista como la de los encantadores Rita y Roddy Saint James en Lo que el agua se llevó (David Bowers y Sam Fell, 2006).
Sabiéndole rascar, hasta es posible hallarle cierto eco a la estética de El imperio contraataca (Kershner, 1980). Si en aquel filme Darth Vader viajaba a bordo del superdestructor Avenger, que opacaba con sus dimensiones al resto de las naves de la flota imperial, en Avatar el coronel Quadrich viaja a bordo de la nave capitana Dragón, tan colosal como el Avenger y flanqueada por un enjambre de cazas Escorpión. En el ataque final la secunda el no menos gigantesco bombardero Valquiria.
Pero entre estos y muchos otros referentes, en Avatar predomina y se impone, de todos modos, una cita esencial ya referida: el espíritu heroico y aventurero de la novela Una princesa de Marte (Burroughs, 1912), de la cual Cameron recupera muchos elementos, entre ellos la aparición de una exótica fauna de seis patas (un rasgo clave de aquella novela de hace cien años), la relación telepática que se da entre los guerreros y sus monturas, así como el espíritu épico y narrado en clave epistolar que nos muestra a un hombre que nos cuenta en primera persona la manera en que ha sorteado innumerables aventuras para ganar el corazón de una bella princesa extraterrestre.
Por si eso no bastara, tanto en Una princesa de Marte como en Avatar, Burroughs y Cameron se han inspirado para sus personajes en las relaciones entre los indios norteamericanos y los colonizadores europeos que escribieron a sangre y tiros la historia del Viejo Oeste. Ni más ni menos.

El personaje de Neytiri, la aguerrida princesa de los Na'vi, a la que da vida la actriz Zoe Saldaña.

Del lugar común a las breves audacias
A Avatar se le puede criticar lo que en su momento todos se cansaron de repetir con respecto de Titanic (“¡Ay! pero si es un melodrama bien predecible, tú”). En efecto, como en Titanic, Cameron se ha abrazado aquí de la infalible eficacia del cine de fórmula. En este caso, de un cine de fórmula influido por las aventuras de folletín. En este sentido, tampoco es casual que la mayoría de los personajes del filme sean caricaturas más o menos gruesas. Sin embargo, Cameron ha hecho suya la sabiduría de un proverbio atribuido a Alfred Hitchkook. Se dice que el padre del cine de suspenso norteamericano dijo una vez: “Más vale que empieces en un lugar común y no que termines en él”.
Siguiendo este consejo, Cameron arranca con la típica historia del gringo bueno (léase esta vez terrícola bueno) que lucha contra su propia raza y salva a un pueblo ajeno y en desgracia.
Sin embargo, una vez instalado en este guión, Cameron da pasos que lo llevan a terrenos inéditos. El más importante consiste en que Jake Sully no se quedará como el clásico gringo/terrícola bueno que, sin dejar de ser lo que es, simpatiza con los Otros. Al contrario, esta vez dejará de ser definitivamente un terrícola, ya que un rito Na’vi puede darle para siempre las características de su avatar. Así, el héroe pasará de su realidad al sueño y de ese sueño a una nueva realidad. Ya no será nunca más el terrícola Jake Sully que soñaba con el avatar que le había devuelto las piernas y que le había abierto un nuevo universo de perspectivas afectivas y filosóficas. Se convertirá en Jakesully, del clan Omaticaya: un Na’vi unido por amor a la princesa Neytiri y gran Toruk-Macto que inspirará una nueva era de esplendor para los pandorianos.
Este tratamiento le da a la rebeldía de Sully una perspectiva mucho más subversiva de lo habitual, pues lo pone por completo del lado de las víctimas y le da la oportunidad de mostrar, desde esa posición, su capacidad para el heroísmo. Algo así no lo habíamos visto desde la transformación del androide Roy Batty en un ser humano capaz de sacrificarse por otro y de crear poesía en el inolvidable desenlace de Blade Runner (Ridley Scott, 1982).

Parker Selfridge, el enviado de la Compañía y la doctora Grace Augustine discuten por su diferencia de posiciones.

Lo anterior, por un lado. Por el otro, un rasgo adicional de interés en Avatar tiene que ver con el tema del retorno a la naturaleza. La audacia de Cameron en este filme consiste apenas en un pequeño detalle. Nos muestra que los Na’vi, en su diálogo directo con la naturaleza de Pandora, pueden lograr los mismos resultados que los terrícolas con toda su tecnología: resucitar muertos, mutar conciencias a otros cuerpos, comunicarse con otras especies y, en definitiva, gozar de un sentimiento de unidad con todo lo que existe que está muy lejano de la experiencia de los humanos.
Esto es importante. Para Cameron en este filme, “volver a la naturaleza” no significa renegar de la historia y de la tecnología, sino asimilar ambos índices desde una perspectiva distinta.
Así pues, si los terrícolas emplean enormes extensiones robóticas para ampliar su poder militar (esos soldados de asalto de Avatar, que son un guiño a los montacargas robóticos que ideó Cameron en Aliens, el regreso [1990], para que la teniente Ripley pudiera darse un agarrón al tú por tú con la reina alien), los pandorianos pueden tener como aliados, para los mismos fines, a las bestias salvajes de su luna.
Si los humanos han ideado una elaborada ingeniería para que usuarios terrícolas usen como marionetas a sus avatares, trasladando sus conciencias a esos “muñecos de carne”, los Na’vi tienen las terminales de sus largas trenzas como equivalentes biológicos de conexiones USB o, si se prefiere, como dendritas portátiles para establecer sinapsis cerebral con animales y plantas a su alrededor.
Y si los terrícolas, en fin, poseen una elaborada tecnología en comunicaciones y dominan el viaje interestelar, los Na’vi poseen una red neural que abarca a todos los árboles de Pandora para comunicarse entre ellos a distancia, pero también con sus muertos, con sus recuerdos y hasta con su porvenir (“Los árboles en Pandora equivalen a una suma de 10 a la doceava potencia y cada uno está unido a los demás por conexiones que equivalen a 10 a la cuarta potencia… Eso son más conexiones de las que posee el cerebro humano” describe la doctora Grace en algún momento).
Así pues, este aparente llamado de Cameron a un “retorno a lo salvaje” no tiene la textura habitual del trasnochado discurso que llama a abandonar la tecnología en aras de la simplicidad de lo natural. Propone, en cambio, un mundo natural capaz de engendrar una tecnología distinta, emprendida desde la posición de un intenso respeto por el orden de las cosas.

El Banshee (ikran), una variedad de dragón volador endémica de Pandora. Como ocurre con otras especies, estos saurios son suceptibles de domesticación mediante la fusión neuronal con su jinete, creando un vínculo similar al de los "jinetes de dragones" en Eragon (Stefen Fangmeier, 2006).

La fauna insólita
Y aunque Avatar tiene numerosos intertextos (lo cual, por lo demás, es un acierto), también es una obra lo suficientemente honesta para ser original.
A lo largo de los doce años que se ha llevado la preparación del filme, Cameron y sus asistentes se han dado la oportunidad de concebir todo un universo con sus paisajes, flora y fauna interrelacionados.
El primer gran atractivo del filme es la manera en que Cameron nos permite ir conociendo ese mundo a través de las experiencias inciáticas de Jake Sully en las selvas de Pandora.
Así pues, sean bienvenidos a un exótico mundo poblado de flores como las helicoradiantes, que se enroscan en espiral sobre sí mismas cuando se sienten amenazadas.
Pasen a un zoológico desconcertante habitado por Titanoterios Cabeza de Martillo que son como rinocerontes de altísimo tonelaje y una piel inexpugnable a las balas. Conozcan a los feroces Thanatores, especie de panteras negras gigantes dotadas de afiladísimos dientes y ágiles movimientos. Miren con recelo a los Nantang, especie de chacales nocturnos que acechan a sus presas en manada. Sonrían ante las lenguas tipo oso hormiguero con que se alimentan de polen floral los Pa’li (usados por los Na’vi como caballos). Háganle gestos a los simpáticos pero malencarados Prolemures que se mecen de rama en rama para recorrer las selvas de Pandora, dotados como toda la demás fauna local de seis miembros (dos brazos, dos piernas y un par intermedio que se puede usar como unos u otras). Sonrían ante esos diminutos camaleones que a la menor señal de peligro comienzan a agitar sus alas a modo de hélices para salir girando por el aire. Regresen, en fin, al medievalismo mágico de la infancia ante la vista de esos banshees de montaña, que no son sino dragones de cuatro alas, y tiemblen ante la ferocidad de los gigantescos Leonópterix o Toruks, que son los reyes de los depredadores aéreos: gigantescos dragones de atigrados colores rojo y amarillo.

Vista a las Montañas Flotantes de Pandora: uno de los exóticos panoramas del filme, que aquí remite a pasajes de Los viajes de Gulliver (Swift, 1726)

El cuento de hadas
Si la tarea del cine es crear mitos, James Cameron está cumpliendo sus deberes con mucha disciplina. Avatar no es, a fin de cuentas, sino un cuento de hadas contemporáneo.
No importa en este sentido lo que, agonizante, diga la doctora Grace a Sully en algún momento: “Soy una científica; no creo en los cuentos de hadas”. Por el contrario, Avatar es un cuento de hadas o no es.
Pero es un cuento de hadas muy especial. Respondiendo a los discursos de nuestro tiempo, el relato ha convertido a los viejos bosques encantados en selvas extrtaterrestres en las que el alma del mundo (la Eywn) fluye y lo interconecta todo, recobrando así la noción espiritualista de la Gaia que popularizó en el cine Final Fantasy (Hironobu Sakaguchi y Moto Sakakibara, 2001).
Mientras, azules como Pitufos (Hanna-Barbera, 1981, sobre personajes del historietista belga Pierre Culliford), los antiguos duendes del Fairy Tale se han convertido en Avatar en los Na’vi: esa raza de alienígenas que son dos veces más altos que un humano, con rasgos tan insólitos como sus colas prensiles, sus rostros felinos y sus trenzas rematadas en sensibles dendritas neuronales… pero en los que siempre es posible reconocer, a pesar de todo, una metáfora híbrida entre aguerridos indios Sioux y exóticas tribus polinesias, sazonados los dos referentes con una pizca de indigenismo sudamericano.
Y si nuestro Juan Orol fue capaz de filmar un día un concepto tan delirante como el de Gángsters contra charros (1948), Cameron no se arredra y en momentos como el del asalto contra el árbol-casa o la batalla final combina en una sola secuencia el cine bélico de la II Guerra Mundial y Vietnam con el cine de el Viejo Oeste.
Mientras, atento a las preocupaciones ecológicas de moda, Cameron es capaz de idear paisajes tan asombrosos como el de las Montañas Aleluya, que son enormes rocas flotantes (¿una idea nueva? No: Ya aparece en Los viajes de Gulliver, de Swift, en 1726). Lo que sí consigue Cameron, en cambio, es una imagen poderosa en la secuencia donde el ejército terrícola derriba al colosal árbol tutelar de los Na’vi. Cameron sabe bien lo que el arquetipo del árbol significa: la madre, la identidad, la memoria, la pertenencia. Para no dejar duda de esto, cuando las tropas terrícolas enfilan contra el Árbol de las Almas, el coronel Quaritch declara: “Haremos un cráter tan profundo en su memoria genética que nunca se van a volver a levantar”.

La animación por captura de movimiento ha logrado notables momentos y, sobre todo, un aspecto esencial para el director Cameron: actuaciones convincentes de parte de los personajes digitales.

Fidelidad y trayectoria
Desde otro punto de vista, Avatar atesora toda la filmografía de James Cameron. Las referencias laten, ya como homenaje o como un mero asunto de congruencia.
Así, implacable como un Terminator (Cameron 1984 y 1991), el coronel Quaritch y sus tropas representan una avasallante tecnología, ante la cual los Na’vi están tan indefensos como los humanos ante los robots apocalípticos.
Como en Piraña II (Cameron, 1981, haciendo la secuela del exitoso filme de horror-B de Joe Dante de 1978), la fauna de Pandora es una colección de criaturas híbridas. En Piraña II eran peces carnívoros voladores que habían sido manipulados genéticamente. En Avatar son animales de múltiples extremidades, entre cuyos rasgos más bizarros sobresalen sus fosas nasales intercostales.
Como en Mentiras verdaderas (Cameron, 1994), el protagonista de Avatar, Jake Sully, participa en un juego de engaños y simulacros que, paulatinamente, lo conducen a una confrontación consigo mismo y a la necesidad de adoptar una decisión sobre su lealtad.
Como en El secreto del abismo (Cameron, 1989), en Avatar los científicos y técnicos deben lidiar con el brutal e intolerante poder de los militares, mientras unos y otros se enfrentan a unos alienígena que resultan ser esencialmente bondadosos.
Como en Titanic, (Cameron, 1997) Avatar cuenta con una imagen poderosa, la del gigantesco árbol-casa de los Na’vi, que cae como un coloso, parafraseando las impactantes secuencias del hundimiento del célebre trasatlántico.
Como en Aliens II, el regreso (Cameron 1986), la batalla final de Avatar se resuelve “a la Rambo”, en un mano a mano entre un humano enfundado en armadura robótica y un alien, aunque con los valores invertidos (esta vez el terrícola es el villano y el héroe es el alienígena). También como en Aliens, en Avatar sobresale un personaje secundario femenino: la piloto latina Trudy Chacón, que es un híbrido entre la fortachona soldado Vázquez, también de herencia latina, y la piloto Ferro).

Durante el asalto final de las tropas terrestres contra los Na`vi. El diseño de los robots de combate blindados recupera el concepto del montacargas con el que la teniente Ripley tenía su duelo decisivo contra la reina Alien en Aliens, el regreso (Cameron, 1986).

Un cine del porvenir
En medio de todo lo anterior, costaría no coincidir con el juicio de Jordi Costa (en la muy buena página electrónica Fotograma.es). El crítico de cine sostiene: “Habrá quien afirme que James Cameron ha hecho evolucionar, de golpe, el lenguaje del cine-espectáculo cien años... pero sólo para hacerle justicia a una estética de tebeo francés de hace 30 años. Antes de contrarrestar tal descalificación con un exceso de entusiasmo, convendría discernir cuánto porcentaje de verdad encierra ese jarro de agua fría que muchos esperaban lanzar sobre la ambición visionaria del cineasta: la excepcionalidad de Avatar no está, en efecto, ni en su agresividad conceptual –en otras palabras: esto no es 2001: Una odisea del espacio (Stanley Kubrick, 1968)–; ni en las superficies de su diseño (aquí, la sombra de Valerian, el agente espacio-temporal de Mézières y Christin, sigue siendo alargada). Pero sólo una ceguera numantina podría negar su relevancia fundacional al abrir un nuevo capítulo de inagotables posibilidades en la total (con)fusión de la imagen fotográfica y la imagen de síntesis. En cierto sentido, exigir que Avatar acompañara su excelencia técnica con un discurso innovador y rupturista sería algo parecido a esperar que ese tren que llegaba a la estación de Ciotat hubiese venido cargado con las primeras bobinas (venidas del futuro) de la aún nonata Ciudadano Kane (Orson Welles, 1941)”.

Una panorámica del planeta Polifermo, de características jupiterianas, y su luna Pandora, surcados por una nave interestelar que le hace guiños al Discovery del clásico 2001 (Stanley Kubrick, 1968).

Así es. Aunque, como se ha revisado aquí, Avatar no es tan comodina como parece y tiene sus detalles de interés (esos “pequeños detalles” que, dice el proverbio, son los que hacen “las grandes diferencias”).
Mientras, el aspecto técnico de la película es innegablemente uno de los aciertos capitales del filme y sí está sentando un precedente. Estamos –para bien y para mal– ante una primera probadita del “cine del tercer milenio”.
Para los que alucinan con la tecnología vale recapitular el proceso emprendido por James Cameron para realizar esta cinta, en colaboración con empresas como Sony.
Lo que ha hecho el cinerrealizador con Avatar ha sido, en primer término, reinventar el potencial del 3D. Fue precisamente la Sony, bajo las directrices del equipo de Cameron, quien desarrolló una cámara de alta definición de doble óptica, liviana, con imágenes susceptibles de ser calibradas, para el rodaje de la película.
Otros pasos innovadores en el proceso de filmación incluyen lo siguiente:
Visualizar y encuadrar los planos. En un gran estudio, vacío, los actores interpretaron las escenas de la película. Cameron, a través de un monitor conectado a un sistema de previsualización en tiempo real, no veía el estudio: veía el mundo que había imaginado y que cientos de artistas digitales habían creados previamente. Y, en vez de los actores, veía a los personajes del filme. Este sistema le permitió a Cameron hacer su labor como director: emplazar a sus actores en la locación virtual, marcar sus movimientos dentro del mundo creado digitalmente, así como ensayar y grabarlos con la cámara desarrollada por Sony. En pocas palabras: armar una puesta en escena desde una perspectiva completamente virtual.


Aspecto a la flora de Pandora. El diseño de las selvas eternas de la luna y en particular sus cualidades nocturnas, es uno de los grandes espectáculos del largometraje.

Mientras, para capturar la acción, los actores vestían trajes especiales con pequeños puntos reflectantes LED, que es una tecnología ya habitual desde El señor de los anillos. La diferencia estriba en que, para Avatar, 140 cámaras digitales distribuidas en el estudio registraban el movimiento de los haces y los transformaban en datos, con los cuales se alimentó un sistema informático que los relacionaba con los movimientos de los actores. Así, a medida que los actores interpretaban sus papeles en el estudio, el sistema creaba un registro en 3D de la escena completa. Este registro sirvió para darle vida al trabajo de los artistas digitales, que consiguieron escenas virtuales de enorme realismo.
Dentro de este trabajo sobresalió la indispensable tarea de capturar la expresividad de los rostros de los actores, algo particularmente importante para Cameron, de quien ya dijimos se caracteriza como un notable director de actores. De esta forma, el rostro de cada actor también fue marcado con puntos para hacer un registro de sus expresiones, siguiendo tecnologías que también son ya moneda corriente en el medio. La diferencia ha sido que una diminuta cámara digital dotada de una lente de gran angular y montada en un arnés adosado a la cabeza de cada actor y ubicada a centímetros de su rostro, registró esta vez hasta el más mínimo movimiento de cada punto. Con los datos recogidos por el sistema, se elaboró la actuación de los personajes digitales.
Finalmente, ya con la puesta en escena virtual completa, Cameron se terció al hombro una cámara virtual para crear todos los movimientos dentro del mundo digital: travellings, dollies, grúas, paneos y demás. Cameron veía los escenarios y personajes digitales a través del visor o monitor de su cámara, gracias al sistema de previsualización en tiempo real. Los movimientos de esta cámara virtual fueron registrados con el mismo sistema empleado para registrar el movimiento de los actores. Y, como en el aquel caso, el sistema de animación fue alimentado con estos datos para crear movimientos de cámara muy realistas. Lo más importante: permitió plasmar la exacta visión y el estilo del director en el novedoso material virtual.


Sully se apresta a elegir y domesticar a su propio dragón pandoriano, acompañado por otros guerreros Na'vi.

La intersección de los sueños
Todo lo anterior suena muy impresionante. Lo es. Pero ¿vale la pena? En el caso de Avatar, sí. Ante todo porque Cameron sí es un director y sabe darle su lugar a lo técnico. La tecnología siempre está, en sus filmes, al servicio de la historia. Nunca tan deslumbrante como Spielberg, pero creador de un estilo propio (lo cual es todo un triunfo en el impersonal imperio hollywoodense), en sus mejores momentos Cameron sabe equilibrar el espectáculo con la propuesta. Y en Avatar, nos muestra (cuarenta años después) que un cine anti-imperialista puede dejar de ser “imperfecto”… aunque se quede sin teoría el chileno Patricio Guzmán.
La película ya cuenta con varias nominaciones a los Globos de Oro de este año (la antesala de los Óscares) en los rubros de mejor película, mejor director, mejor banda sonora y mejor canción. Y todo por renovar uno de los temas más esenciales de los clásicos: la vida es sueño. ¿Nada es más real que lo que soñamos? Desde una dimensión pop, atractivamente juvenil, Cameron vuelve al tema y le brinda un voto de confianza. Así nos da la bienvenida a este 2010.


El terrícola John Carter y la princesa barsomiana Dejah Thoris flanqueados por dos "guerreros verdes" (de seis extremidades, como otros especímenes de la fauna marciana) en un óleo de 1976 realizado por Boris Vallejo para ilustrar una reedición de la novela Una princesa de Marte (Edgar Rice Burroughs, 1912), a la que Avatar homenajea en su espíritu de aventura de folletín y en la recuperación de una fauna alienígena de múltiples miembros.

EN VIDEO


El video oficial de la distribuidora Fox, con el que se promovió el lanzamiento de Avatar