Mauricio Bares durante la conferencia inaugural del encuentro Lenguajes Independientes y Revolucionarios del Arte, en Morelia.

El narrador, periodista, ensayista y editor mexicano Mauricio Bares inauguró este viernes las actividades del Encuentro de Lenguajes Independientes y Revolucionarios del Arte en Morelia. El autor de Streamline 98, Sobredosis, Ya no quiero ser mexicano, La vida es una telenovela, y Posthumano, entre otros títulos, consideró que en un país como México, dominado por la mentira, la corrupción, la ignorancia y la estupidez, el camino de la independencia (ya estética, ya intelectual) es la única alternativa digna a fin de ofrecerle una mirada crítica al sistema, a la sociedad, al régimen.
El también co-fundador del periódico A Sangre Fría (1993-95), así como fundador y director de la editorial Nitro/Press, estuvo en la capital michoacana, en el auditorio del Centro Cultural Clavijero, donde dialogó con una concurrencia más bien reducida.

Festejos y perspectiva
El autor, que a lo largo de su trayectoria ha sobresalido por su forma de navegar exitosamente desde ámbitos periféricos del mundo periodístico, literario y editorial, comenzó considerando que, de cara a los festejos patrios de este año, “una sociedad tiene el derecho de conmemorar lo que quiera” y que, en tal sentido, “México tiene justificada la celebración” del bicentenario de la Independencia y del centenario de la Revolución. Empero, consideró, “el problema viene cuando puede ponerse en duda la vigencia de esos acontecimientos en un país que tiene décadas sin lucir independiente y revolucionario, sino más bien déspota y miserable”.
Al explorar las que, en su opinión, son las causas de este estado de cosas, consideró: “México resalta en los mapas con su cuerpo sinuoso, femenino, como de cuerno de la abundancia. Pronto nos percatamos que las aguas que rodean sus contornos casi lo convierten con una isla, pero su historia de ensimismamiento nos confirma su divorcio con el norte y con el sur. México es una nación que no conversa con nadie, ni siquiera consigo misma”.

Del turismo al narco
Procedió a describir sucintamente algunas de las consecuencias de ese aislamiento y, en ese contexto, cuestionó duramente la radical dependencia de nuestro gobierno hacia el sector turístico. Dijo:
“Cuando un país depende en gran medida del turismo, ese país es como una mujer que sólo vive de su belleza. Un país que no produce, que no tiene voluntad, que no cultiva su inteligencia, es como una mujer hermosa, pero banal. Y esa alternativa, la del turismo, ha sido una de las principales fuentes de ingresos de nuestro país”.
Recordó, en perspectiva: “En mi adolescencia me tocó la época del auge del petróleo, con José López Portillo. Éramos como árabes, sólo que con burros en vez de camellos. Pero el petróleo se dilapidó y, al final, fue como haber hallado una cartera en la calle: una bonanza que dependió de la casualidad, nada obtenido por méritos propios”.
“La única industria destacada en las últimas dos décadas –señaló más adelante– es el narco. Es la única que arroja números negros y que opera eficiente y permanentemente. De modo que tenemos todo el derecho de festejar las conmemoraciones del bicentenario y del centenario, pero también la obligación de ver si realmente estamos viviendo los logros de una Independencia y de una Revolución”.

La cultura de la mentira
Más adelante, consideraría que el cultivo de la mentira como uno de los rasgos característicos de nuestra forma de conducirnos como individuos y como sociedad es otro aspecto indispensable para comprender por qué el país se encuentra en el estado actual.
“El hecho de haber vivido en países de Europa del Norte –señaló–, donde la verdad es valorada éticamente y enseñada a los niños, me representó un golpe muy fuerte, siendo que yo llegaba de un país como México, donde la mentira se fomenta desde la infancia”.
“Una de las consecuencias graves de esta cultura de la mentira en México es que conduce directamente a la cultura de la corrupción. Nos hemos convertido en un país sin méritos, porque la corrupción implica la desaparición del mérito, que ha dejado de existir porque ahora se puede comprar. Los mexicanos gastamos 27 mil millones de pesos al año en actos de corrupción. Y la corrupción es la adecuación de la realidad a nuestra conveniencia; es la imposición de la mentira en un país de mentiras”.

Las muletas en educación
Consideró asimismo: “Uno de los pilares fundamentales de por qué el país está como está es la educación. El poderoso sindicato de la educación ha sido y sigue administrado por una señora que no terminó la secundaria. Y esto explica muchas cosas, entre ellas el por qué un importante porcentaje de profesores son incapaces de resolver los exámenes que ellos mismos le aplican a sus alumnos, es decir, el tipo de exámen que podría resolver un niño de diez años. Eso nos está transformando en un país de estúpidos”.
Cuestionó que dos televisoras posean el 95% de los 461 canales de televisión en el país “y sin pagar impuestos por un bien público, que es dominio de la nación”.
“En nuestros hogares –recordó–, la TV ha ocupado el lugar de padres ausentes, de madres trabajadoras, y se ha constituido en la principal fuente formadora de nuestros niños”. Hablaría en ese sentido de la influencia televisiva como una forma de emputecer a la sociedad, no sólo desde la perspectiva más directa del adjetivo (al fortalecer entre el público, de forma sistemática, la imagen de la mujer–objeto), sino como un relajamiento de todo tipo de aptitudes éticas.
Por otro lado, recordaría que de desde 1970 a la fecha, el volumen de suicidios en México ha crecido en más del 300 por ciento. “Los especialistas dicen que son síntomas de desesperanza”.
En este escenario, insistió, “el narco sigue siendo la única industria productiva y trabajadora del país, la única medianamente justa con sus empleados. Lo demás es un gobierno que ha sembrado 60 millones de pobres. Y mientras, vemos que los países asiáticos que hace cincuenta años estaban en la ruina ya nos rebasaron, que España ha invertido mucho en tecnología y que eso la mantiene entre los países del primer mundo y que hasta una nación como la India hoy compite en computación con quien sea”.

Un país de apariencias
Todo lo anterior, que vino a ser como un diagnóstico general del contexto en el que sobrevive la cultura en el país, dio paso a una serie de consideraciones sobre los escenarios de la cultura y del arte en México y de las condiciones en las que se ven acotados los creadores.
De entrada, Bares propuso:
“Desde hace años vienen en aumento los encuentros de artistas independientes del país, pero pensar en artistas independientes exige pensar primero en los artistas que son dependientes. Dependientes ¿de qué? Bueno, desde tiempos de Shakespeare y Cervantes, la literatura más importante ha sido mordaz con las sociedades de las que surge. Y parte de la vigencia de esos autores tiene que ver con el hecho de que las sociedades no han cambiado mucho desde entonces. México es un excelente ejemplo: como legado prehispánico y colonial, aún tenemos hasta hoy una sociedad ceñidamente piramidal, jerárquica e impositiva; una estructura que se mueve usando mecanismos sinodiales, hereditarios, así como esas extensiones familiares tan mexicanas que llamamos compadrazgo y amiguismo. Así funcionan la política, el deporte, las finanzas, la educación. Así se mueve también la cultura. Somos un país de apariencias, sólo que hemos llegado a un punto histórico en el que las apariencias ya no son suficientes”.
Es indudable que en México tenemos muy buenos artistas, promotores culturales y funcionarios –continuó–. Incluso suman un buen número. Pero a la hora de los porcentajes son muy pocos o insuficientes. El medio cultural se mueve bajo los mismos mecanismos que el resto del país. A final de cuentas, el arte, la cultura y la ciencia son en cierto sentido la punta de la pirámide educativa y sería una obligación de la SEP cultivar esos campos entre los nuevos mexicanos”.
Abordaría el problema también desde el ámbito de los medios. “Fuera del DF, ¿cuánto paga un periódico por una nota de cultura? ¿150 pesos? Ese es el tipo de estándar al que podemos aspirar… y eso, si te pagan”.

De transiciones erróneas y el
valor del quehacer independiente
"Creo –abundó– que el país llegó, hace una década, a un punto en el que necesitaba dialogar consigo mismo, hacer un ejercicio de reflexión, verse autocríticamente al espejo. Sin embargo, curiosamente, a la hora de la coyuntura, a la hora de cambiar un partido por otro, decidió irse con el más intolerante de todos, con el más intransigente, con el que nunca le va a ofrecer una posibilidad de diálogo, que es el PAN. Ese es el instituto político que menos está dispuesto a dialogar, el que menos dispuesto está a ofrecerle algo a la cultura o a la educación, el que ha despedazado la historia en los libros de texto. Son intolerantes. Y me parece muy raro que, como sociedad, a la hora de haber tenido la posibilidad de un cambio, hayamos optado por la alternativa menos viable. De modo que nosotros como pueblo también somos responsables del escenario que tenemos”.
De cara a lo anterior, Mauricio Bares consideró que la experiencia de vivir estéticamente en la independencia, a pesar de sus presiones (fundamentalmente de difusión y económicas) es la única alternativa digna a fin de ofrecerle una mirada crítica al sistema, a la sociedad, al régimen.
Más allá de eso, en vez de proponer soluciones (alguien entre el público las pediría), Bares indicó que antes siquiera de pensar en soluciones es preciso enfocar los problemas y verlos con absoluta claridad.

La inauguración del encuentro Lenguajes Independientes y Revolucionarios del Arte fue presidida por dos de sus organizadores: Yurixhi Pérez Bárcena y Raúl Calderón Gordillo, ambos integrantes del Centro de Investigación de las Artes de la Secretaría de Cultura de Michoacán.

EN VIDEO / Fragmentos de la conferencia



La actriz moreliana Ana Zavala en el monólogo para actriz y títeres Lágrimas de agua dulce (dramaturgia de Jaime Chabaud Magnus y dirección de Perla Szuchmacher). El trabajo se va a la XXXI Muestra Nacional de Teatro de noviembre, en Guadalajara.

El monólogo Lágrimas de agua dulce y la pieza La luna vista por los muertos son las dos obras morelianas que representarán a Michoacán en la XXXI Muestra Nacional de Teatro que se celebrará en Guadalajara del 5 al 13 de noviembre entrante.
Así lo dio a conocer este jueves 8 de septiembre, a las 18:00 horas, la Dirección Artística de la MNT, al publicar un post con el acta correspondiente en el
blog de la Muestra Nacional de Teatro.
El facsimilar digital del acta del jurado donde constan los resultados se puede consultar en dos enlaces (uno por cada cuartilla del acta): este y este.

Del monólogo de Ana Zavala
Nacida como proyecto gracias a una beca del Sistema Estatal de Creadores (Secrea) de Michoacán en 2007, Lágrimas de agua dulce es uno de esos casos en los que la ciega sabiduría del “azar” o del “destino” congrega en un proyecto a las personas adecuadas. La dramaturgia de Jaime Chabaud (Perder la cabeza, Oc ye Nechca, Rashid 9/11, Tempranito y en ayunas, Lluna y el cuadro El pirómano en Me cago en Freud, entre muchas otras) cumple con singular oficio una de las máximas de la construcción de caracteres (“como autor, tienes que ser despiadado con tu personaje”), al darle a Sofía un conflicto exacto y a la medida de sus atributos. Con la colaboración de Perla Szuchmacher, Chabaud también redimensionó su dramaturgia original para trasladarla al campo del monólogo y los títeres. Mientras, Edyta Rzewuska, Haydeé Boetto y Ben Hadad Gómez conciben una escenografía y unos títeres que contribuyen, con sus cualidades, a modular la intensidad conceptual y emotiva de lo que se nos está contando, pues acuden al estambre, que es un material cálido y generoso, a partir del cual atenúan sin maquillarlas las dolorosas situaciones de la tragedia que estamos viendo. La música de Félix Bailón Guarro y Alejandro Barrera Cateto es la discreta cereza de un pastel cuya almendra es la actriz Ana Zavala que convence y conmueve en cada uno de los ocho o diez personajes a los que da vida (ya como títeres de mesa o como simples objetos animados), con una gran dosis de ludismo.
Un espectáculo que mereció el primer lugar en la Muestra Estatal de Teatro de Michoacán 2008 y que desde entonces ha recorrido con mucha fortuna (la que se merece, después de todo) diversas regiones del país.


Los actores Yazman del Toro y Verónica Villicaña en una escena de La luna vista por los muertos (dramaturgia de Daniel Rodríguez Barrón y dirección de Sheyla A. Rodríguez). El trabajo también representa a la entidad en la MNT de noviembre en la capital tapatía.

De La luna vista por los muertos
Distribuida en diez cuadros, de los que la versión moreliana conserva unos ocho, la pieza La luna vista por los muertos (Daniel Rodríguez Barrón, 2001) fue ganadora en su momento del Premio Nacional de Dramaturgia Joven Gerardo Mancebo del Castillo.
La versión del grupo Aleatorio Teatro, de Morelia, fue montada a comienzos de este 2010 como un ejercicio de dirección escénica por alumnos del cuarto año de la licenciatura de Teatro de la Escuela Popular de Bellas Artes.
Dirigida por Sheyla A. Rodríguez y producida por Paulina Cuiríz Ríos, lo más inquietante de la pieza es que la situación que plasma es, desde una perspectiva extra-teatral, espeluznantemente real. La Luna vista por los muertos registra el anémico pulso de una generación de jóvenes y adolescentes que, despojados de ideales, inspiración, objetivos o siquiera disciplina, dejan que la vida se derrame y pase de lado sin tocarlos siquiera. Ya no se trata de desafiar ni de arriesgarse, sino simplemente de llamar la atención lo menos posible, de moverse lo menos posible, de sufrir lo menos posible mientras llega… ¿qué? Acaso la carroza alada del tiempo. Acaso las “buenas noches” de la loca Ofelia.
Uno de los diálogos más depresivos del trabajo, en labios del personaje de Julia (Verónica Villicaña), expone claramente el tema de esta pieza: “¿Sabes? –le dice a Leotario–, la esclavitud no consiste en ir a trabajar de ocho a seis para que te den libre el viernes por la tarde; la esclavitud consiste en que para el viernes por la tarde ya no tienes ganas de nada, excepto de drogarte, de tomar la pastilla y de coger con quien me sienta más segura sin correr el riesgo ni de ligar”.
El texto de Daniel Rodríguez Barrón no idealiza ni escarnece a sus personajes, nos los muestra tal cual son: un “estremecimiento entre dos Nadas” (Nietzche), mientras lidian sus diminutas batallas, cada uno de su lado de la cama; ese espacio decisivo que no abandonan ni para un “mano a mano”, masturbándose cada uno por su lado.
En medio de apuntes crudos a un nihilismo extremo, en el que todo ha perdido su sentido, la dirección de Sheyla A. Rodríguez propone una puesta en escena muy limpia, que hace eco de las ascépticas (o mejor, esterilizadas) emociones de sus personajes. Ha suprimido incluso el desorden de revistas y periódicos propuesto por la dramarturgia original para quedarse con una habitación de inmaculado blanco que a momentos deviene perfecta cripta sepulcral y en la que sólo rompe el pequeño televisor de color oscuro, mientras el escenario permanece bañado por enfermizas luces lechosas que viran ocasionalmente al malva, al rojo o al azul.
El tono de la puesta no parece responder al intenso desencanto de la dramaturgia. Le faltan matices, particularmente, al personaje de Leotario, así como un sentido general más acentuado de orfandad, de sinsentido, a ese limbo inútil de una espera que revela el taedium vitae que devora a cada instante unas vidas jóvenes (y que por lo mismo resulta mucho más cruel que si estuviéramos ante personajes instalados ya en el ocaso natural de sus existencias). El tono de la obra necesita, me parece, ser bien enfocado. Por lo demás, técnicamente, lo que se ofrece está muy limpio.

La lista completa
Lágrimas de agua dulce y La luna vista por los muertos compartirán escenarios con un total de 28 títulos, que son los que forman parte de la selección oficial de la XXXI Muestra Nacional de Teatro. A esta lista deben añadirse tres obras más que son “invitadas institucionales”, lo que da un total de 31.
Once de las veintiocho obras seleccionadas pertenecen a la capital del país y las demás representan a solamente once de los 30 estados restantes de la República Mexicana. A continuación, el texto del acta de la dirección artística y los títulos que entre el 5 y el 13 de noviembre se presentan en Guadalajara:

Del treinta y uno de agosto al dos de septiembre de dos mil diez, se reunió la Dirección Artística de la XXXI Muestra Nacional de Teatro, integrada por los maestros Raquel Araujo, Édgar Chías, José Ramón Enríquez, Enrique Mijares y Alejandra Tello, en la ciudad de Guadalajara, Jalisco, para deliberar y conformar la programación de la Muestra. El resultado es el siguiente: Obras seleccionada por la Dirección Artística:

Baja California
El hombre sin adjetivos, de Mario Cantú Toscano. Dirige Daniel Serrano

Distrito Federal
Cabaret Noir, de Gustavo Proal. Dirigen Paola Izquierdo y Roam León
Descomposición, texto y dirección de Alfonso Cárcamo
El gallo, de Paul Barker, dirige Claudio Valdéz Kuri
El pájaro Dziú, de Marcela Castillo, dirige Anick Pérez y Marcela Castillo
La impro lucha, de José Luis Saldaña y Omar Medina, dirige José Luis Saldaña
Incendios, de Wadji Mouawad, dirige Hugo Arrevillaga
Los sueños de Paco, texto y dirección de Carlos Corona
Migrantes errantes, de Noé Morales. Dirige Alicia Sánchez
Nezahualcóyotl, texto y dirección de Juliana Faesler
Oleanna, de David Mamet. Dirige Enrique Singer
Riñón de cerdo para el desconsuelo, de Alejandro Ricaño. Dirige Angélica Rogel

Michoacán
Lágrimas de agua dulce, de Jaime chabaud. Dirección de Perla Szuchmacher
La luna vista por los muertos, de Daniel Rodríguez Barrón. Dirige Sheyla A. Rodríguez

Nuevo León
El concreto y la sed, creación colectiva. Dirige Thierry Thurmel
Papá está en la Atlántida, de Javier Malpica. Dirige Alberto Ontiveros

Puebla
La creación del mundo y la primera culpa del hombre, de Félix Lope de Vega. Dirige Martín Acosta

Querétaro
Querido Diego, te abraza Quiela, de Elena Poniatowska. Dirige Mauricio Jiménez

San Luis Potosí
La muerte de Büchner, texto y dirección de Edén Coronado

Sinaloa
Cananeas, texto y dirección de Sergio Galindo

Tamaulipas
¿Quién es Macbeth?, adapta y dirige Medardo Treviño
Meda y Jasón, adaptación de Gerardo castillo. Dirige Marcial Salinas

Veracruz
Idiotas contemplando la nieve, de Alejandro Ricaño. Dirige Alberto Lomnis

Yucatán
Nuestra señora de las nubes, de Arístides Vargas. Dirige Nelson Cepeda
Horacio o la implosión, adapta y dirige Ulises Vargas

Jalisco (seleccionadas a través de la Muestra Estatal)
Adiós, querido Cuco, de Berta Hiriart, dirige Susana Romo
Perros hinchados a la orilla de la carretera, de Luis Enrique Gutiérrez Ortiz-Monasterio. Dirige manuel Parra
Ubú rey, de Alfred Jarry. Dirige Ihonatan Ruíz

OBRAS INSTITUCIONALES
El gesticulador, de Rodolfo Usigli. Dirige Beto Ruiz (Compañía Estatal de Teatro de Jalisco)
Cristóbal Colón, de Vivian Blumenthal. Dirige Rafael Sandoval (Compañía Metropolitana de Teatro de Jalisco)
El jardín de los cerezos, de Anton Chéjov. Dirige Luis de Tavira (Compañía Nacional de Teatro / DF)



Con un programa de transcripciones sinfónicas a temas populares de la música vernácula y étnica de México y Michoacán, la Orquesta Sinfónica de Michoacán (Osidem) emprende a partir de esta semana una gira de conciertos por cuatro municipios michoacanos: Apatzingán, Ario de Rosales, Sahuayo y Uruapan. El circuito se ofrece como parte de las conmemoraciones por el Bicentenario de la Independencia y Centenario de la Revolución Mexicana.
Asi se dio a conocer el miércoles en una conferencia de prensa en la que estuvieron el director artístico de la Osidem, Eduardo Sánchez Zúber; el jefe del departamento de Música de la Secretaría de Cultura de Michoacán (Secum), Héctor Manuel García Chávez y representantes de dos de los municipios integrados a la gira (Merari Rincón Mendoza, coordinadora de la Casa de la Cultura de Uruapan, y Jorge Alberto Manzo Méndez, director de Comunicación Social del ayuntamiento de Apatzingán).
Los conciertos contemplados en esta gira comienzan el viernes 10 de septiembre en el centro cultural del DIF municipal de Uruapan. Continuarán el viernes 17 en Ario de Rosales, así como el viernes 24 en Sahuayo, en la parroquia dedicada a Santiago Apóstol. La gira concluirá el 17 de octubre en la catedral de Nuestra Señora de la Asunción, en Apatzingán. En todos los casos, la entrada es gratuita y los conciertos comenzarán a las ocho de la noche.
No es la primera vez que la Osidem ofrece un programa de espíritu popular con miras a acercarse a públicos masivos. Hasta donde la memoria me alcanza, la primera ocasión que se dio una configuración de este tipo en los programas de la Orquesta fue hacia 1994 ó 1995, cuando la Osidem presentó un programa con transcripciones sinfónicas de música de Los Beatles y un popurrí de La guerra de las Galaxias episodio IV (John Williams, 1977).
Esta vez, en cambio, la orientación hacia lo popular traerá consigo arreglos sinfónicos de canciones interpretadas por Jorge Negrete y Pedro Infante. También figuran trabajos sinfónicos propiamente dichos, como Janitzio, así como títulos procedentes de la pirekua michoacana tradicional (la Yolandita y Josefinita) codeándose con composiciones como Peregrina, Júrame, y Bésame mucho, entre otras.
Sobre el particular, el director del departamento de Música de la Secum, Héctor García Chávez, indicó que los conciertos se perfilan como “los mejores de este año”, en el sentido de que se trata de un programa muy popular, atento al gusto del público, y de que se trata de un circuito itinerante.
A su vez, Eduardo Sánchez Zúber enfatizó que los solistas serán todos ellos michoacanos y que idealmente habría sido deseable que fueran representantes de los municipios por donde actuará la Osidem. Esto no se consiguió en todos los casos. Aún así, a cargo de las canciones estarán las sopranos Claudia Arévalo, Mónica Ruiz y Teresita de Alcázar, así como el tenor José Ortiz.
Sánchez Zúber también expresó la necesidad de que en México se celebre “lo bueno que tenemos en el país” y celebró las posibilidades que brinda para ese objetivo el lenguaje de la música.
Finalmente el director artístico de la OSIDEM adelantó que entre sus planes se encuentra la presentación de un concierto al aire libre el próximo 8 de octubre a un costado de la Catedral de Morelia a las 20:30 horas, en el que interpretarán la obra Carmina Burana de Cart Orff.

EN VIDEO / Aspectos de la conferencia de prensa

Aspectos de la conferencia de prensa en el café del teatro Ocampo.



A sus veintitantos años, los jóvenes Julia (Verónica Villicaña) y Leotario (Yazman del Toro) llevan una existencia inútil. Viven anestesiados por permanentes dosis de ansiolíticos (“yo voy a tomarme mi pastilla, pero te advierto que si gritas por la noche voy a estar tan dormido que no podré despertarte”); ambos se diluyen, aturdidos, en el consumo de películas hard porno (“Siguen en lo mismo, nunca sé si lo que filman es una cirugía o una cogida”) y videojuegos perfectamente intercambiables (“estoy cansada de rentar películas para no verlas”); se arrullan en inertes paraísos artificiales de cocaína o mariguana, alternados por la alelada práctica de un sexo de ocasión: distante, inocuo e impersonal (“¿Me ayudas?”“¿Otra vez?” “Por favor”. “Estás activo, ¿eh?” “Tengo ganas”. “Está bien, pero vente rápido”).
Así pues, nada sacude la vida de esta pareja de veinteañeros encerrados en su nívea habitación de paredes blancas. Nada, excepto breves intercambios de reproches por el dinero necesario para seguir subsistiendo (“Vas a ir mañana a casa de tus papás, ¿no?” “No sé. Me pone de malas pensar en eso”); algunas confidencias sórdidas (las historias acerca de sus anteriores parejas, Leotario con Patricia y Julia con Felipe); ciertos fugaces estallidos de violencia experimental con una navaja espolvoreada con cocaína (“¿Te gustó a ti?” “Arde, pero al menos es algo. Se siente”), e insípidas discusiones por unos hábitos de higiene convertidos en epidérmico culto a una belleza de plástico (“¿Te hago un toquecito?” “Ay, ya fumamos hace rato ¡se nos van a poner los dientes negros!”).
Todo lo anterior es apenas estremecido por el asalto ocasional de una luz de luna que se filtra por la ventana y cuya pureza vital los llena de pavor (“Para verla debes fingir estar muerta. ¡No te muevas! Aunque te duela no te muevas”).
Así se desarrollan los casi diez cuadros de la pieza La luna vista por los muertos (Daniel Rodríguez Barrón, 2001), ganadora del Premio Nacional de Dramaturgia Joven Gerardo Mancebo del Castillo, la cual fue montada a comienzos de este 2010 como un ejercicio de dirección escénica por alumnos del cuarto año de la licenciatura de Teatro de la Escuela Popular de Bellas Artes.
Dirigida por Sheyla A. Rodríguez y producida por Paulina Cuiríz Ríos, el trabajo cerró el ciclo de seis audiciones de títulos michoacanos en competencia para acudir a la Muestra Nacional de Teatro de noviembre próximo.

Lo más inquietante de una pieza como esta es que la situación que plasma es, desde una perspectiva extra-teatral, espeluznantemente real. La Luna vista por los muertos registra el anémico pulso de una generación de jóvenes y adolescentes que, despojados de ideales, inspiración, objetivos o siquiera disciplina, dejan que la vida se derrame y pase de lado sin tocarlos siquiera. Ya no se trata de desafiar ni de arriesgarse, sino simplemente de llamar la atención lo menos posible, de moverse lo menos posible, de sufrir lo menos posible mientras llega… ¿qué? Acaso la carroza alada del tiempo. Acaso las “buenas noches” de la loca Ofelia.
Uno de los diálogos más depresivos del trabajo, puesto en labios de Julia, expone claramente el tema de esta pieza: “¿Sabes? –le dice a Leotario–, la esclavitud no consiste en ir a trabajar de ocho a seis para que te den libre el viernes por la tarde; la esclavitud consiste en que para el viernes por la tarde ya no tienes ganas de nada, excepto de drogarte, de tomar la pastilla y de coger con quien me sienta más segura sin correr el riesgo ni de ligar”.
Así las cosas, lo interesante del texto de Daniel Rodríguez Barrón consiste en que ni idealiza ni escarnece a sus personajes, nos los muestra tal cual son: un “estremecimiento entre dos Nadas” (Nietzche), mientras lidian sus diminutas batallas, cada uno de su lado de la cama; ese espacio decisivo que no abandonan ni para un “mano a mano”, masturbándose cada uno por su lado.
En medio de estos apuntes durísimos a un nihilismo extremo, en el que todo ha perdido su sentido, la dirección de Sheyla A. Rodríguez propone una puesta en escena muy limpia, que hace eco de las ascépticas (o mejor, esterilizadas) emociones de sus personajes. Ha suprimido incluso el desorden de revistas y periódicos propuesto por la dramarturgia original para quedarse con una habitación de inmaculado blanco que a momentos deviene perfecta cripta sepulcral y en la que sólo rompe el pequeño televisor de color oscuro, con todo el escenario bañado permanentemente por enfermizas luces lechosas que viran ocasionalmente al malva, al rojo o al azul.
Pero si los trazos de dirección son correctos, la dirección de actores no termina de ayudar a que los personajes alcancen las intensidades propuestas por el texto y, en especial, el tono del trabajo.
Independientemente de la edición de ciertos diálogos y de por lo menos dos cuadros, el asunto al que valdría la pena prestar atención es el tono de la puesta, que no parece responder al intenso desencanto de la dramaturgia. Le faltan matices, particularmente, al personaje de Leotario, así como un sentido general más acentuado de orfandad, de sinsentido, a ese limbo inútil de una espera que revela el taedium vitae que devora a cada instante unas vidas jóvenes y que por lo mismo resulta mucho más cruel que si estuviéramos ante personajes instalados ya en el ocaso natural de sus existencias. El tono preciso de la obra necesita, me parece, ser bien enfocado. Por lo demás, técnicamente, lo que se ofrece está muy limpio.





La actriz Daniela Fuentes Marín en el papel de Boris.

¡Atención! Una amistad ha sido olvidada. Que las estrellas detengan su curso y escudriñen cuanto ocurre entre los resquicios de la noche. Las sombras se han apoderado del arrabal donde vive el benévolo gato Boris (Daniela Fuentes, excelente) porque su mejor amigo, Federico Fetuccini (José Juan Villanueva, también perfecto) ha renegado de sus orígenes y de sus lealtades, cegado por la ambición.
Convertido en una celebridad, Fetuccini ha escalado la fama como cantante de ópera debido a un insólito privilegio: es “la única voz en el mundo que es bajo, barítono y tenor al mismo tiempo”. Lo que nadie sabe, ni siquiera su criado, Igor (Jaime Noguerón delicioso en plan fársico), es que ese don es una virtud prestada, algo que no le pertenece. Fue una noche, hace muchos años, cuando, en nombre de su amistad, Boris convocó al Espíritu de la Luna y obtuvo el Elíxir del Canto para dárselo a Fetuccini, quien desde entonces abandonó el callejón y se fue a conquistar el mundo, olvidándolo todo y a todos, incluido su mejor amigo.
Así comienza la historia de Fetuccini y de Boris: hablando de un olvido. Pero tal ingratitud no hará sino empeorar conforme se desarrolla la anécdota.
¡Atención! Una amistad está a punto de ser traicionada. Que la luna tutelar de los felinos disuelva su sonrisa de guadaña y tome nota de las decisiones que hilvanan suertes y destinos en el mundo de los gatos. Han pasado siete años desde que Fetuccini se fue. Siete, en los que el solitario Boris deambula por un mundo que ha perdido su sentido, mientras sobrelleva los acosos gandallas de la pandilla que liderea el minusválido gato Zaripón (José Suanate).
Cumplidos esos siete años, Fetuccini va a su ciudad natal para dar un concierto y Boris lo busca, loco de contento, porque piensa que el tiempo no importa y que los corazones son siempre los mismos. Sin embargo, Fetuccini sí que ha cambiado. Y mucho. Detesta a otros gatos, sólo vive para disfrutar del éxito y lo que más teme es perder la fama. Precisamente por ese miedo, cuando ve a Boris, Fetuccini decide matarlo para que nadie revele la fuente de su prodigiosa voz o recuerde sus humildes orígenes.
Así es: el egoísmo convertirá a Fetuccini en asesino. A pesar de todo, una vez consumado el crimen, Boris echará mano de la última vida que le queda y emprenderá el asunto que da título a la bella tragicomedia La verdadera venganza del gato Boris (Maribel Carrasco, 1996), que fue estrenada en Morelia en 2009 por egresados de la Escuela Popular de Bellas Artes congregados en el grupo Sonaja Roja, que dirige José Suárez Nateras (Suanate).
La puesta en escena se presentó ante la dirección artística de la XXXI Muestra Nacional de Teatro en la penúltima audición celebrada en Morelia, con miras a participar en el encuentro escénico. Los resultados se darán a conocer el próximo jueves 9 de septiembre.

José Juan Villanueva interpreta a Federico Fetuccini.

Con una gran inventiva que incluye el acudir a títeres, al juego con mucho humor de comedia física, a rupturas dramáticas y a recursos multimedia, el grupo Sonaja Roja le da vida a un libreto que, de entrada, comprende y pone al día con extraordinaria eficacia los mecanismos del relato fantástico. El mundo de las pasiones humanas ha sido trasladado a un crepuscular universo gatuno en La verdadera venganza del gato Boris, donde el felino protagonista emprende una gesta a la vez inquietante y divertida para recobrar la amistad perdida y, de hecho, salvar a Fetuccini de sí mismo.
Así, por ejemplo, la crónica de cómo Boris obtuvo el Elíxir del Canto es narrada con una proyección de video en blanco y negro que se apropia de las estructuras de representación del cine silente de hace cien años (lo cual le añade al episodio, además, un sentido mágico, a la vez mítico y onírico, delicioso). Tanto Boris como Fetuccini se convertirán en algún momento en diminutos títeres, al fin reconciliados y sentados codo a codo en lo alto de un tejado para ser iluminados por la luna. Los personajes de comparsa reciben a su vez una cuidadosa construcción en la que sobresalen Carmen la Tejedora del Destino (Brenda López y Cintia Bejarano dando vida a una esquizoide pero encantadora siamesa de dotes videntes), así como Igor, criado de Fetuccini, que en varios momentos está a punto de robarse la obra porque Jaime Noguerón, buen actor en general, tiene una clara y espontánea vis fársica que en esta puesta deja desenvolver como pez en el agua.
Estrenada a fines de 2008 o comienzos de 2009, La verdadera venganza del gato Boris fue la gran ausente de la Muestra Estatal de Teatro del año pasado, en Morelia, a la que no pudo inscribirse por cuestiones por completo transparentes: una parte de su elenco tenía compromisos que impedían presentarla en las fechas del foro escénico michoacano.
Por lo que respecta a este año, todavía no hay fecha para la Muestra Estatal de Teatro 2010 (la Secretaría de Cultura de Michoacán aún señala que la muestra local sólo está pospuesta), pero este título sí forma parte del programa que (ojalá) mostrará las propuestas escénicas del terruño.

Jaime Noguerón en el papel de Igor, el criado de Fetuccini.

Mientras tanto, e independientemente de que figure o no en una muestra, La verdadera venganza del gato Boris es uno de los trabajos más sólidos que han dado por estas fechas los creadores universitarios egresados de la Escuela Popular de Bellas Artes.
Quién sabe por qué, pero en la audición para la Muestra Nacional, el pasado domingo 29 de agosto en el foro La Bodega, la función de Sonaja Roja no fue la mejor del grupo. Sin embargo, aquí doy fe de lo siguiente: durante las tres o cuatro funciones del trabajo que pude ver entre 2009 y 2010 atestigüé una experiencia teatral privilegiada: la de ver a cada actor con la energía en su sitio (ni abajo ni rebasada) y a cada personaje dueño de sí mismo. Con estos dos aciertos, que son rarísimos en el teatro michoacano, las funciones que vi fluyeron con un ritmo perfecto y el resultado encarnó en un teatro absolutamente vivo.
En este sentido, aunque es muy evidente que el teatro en video no es teatro (se pierde el sentido de lo aurático), lo que propongo se puede constatar en el insert que acompaña a este post y en aquellos a los que dejo enlaces a mi página de videos en Youtube.
Hay algo más que es prudente decir: una de las cosas curiosas de esta versión de La verdadera venganza del gato Boris es que el grupo Sonaja Roja y su director José Suanate han conseguido una mixtura de lo más extraña, que instala el tono del trabajo entre los trazos ligeros propios de una caricatura y las densidades existenciales y los escenarios miserabilistas propios de, digamos, una pieza beckettiana.
En efecto, a medio camino entre Tim Burton (Beetlejuice, el superfantasma, 1987, de la cual el grupo toma, en algún momento, fragmentos de la BSO compuesta por Danny Elfman) y Samuel Beckett (Esperando a Godot, 1953, de donde vienen los vestuarios astrosos, una parte de la gestualidad, así como el ámbito taciturno y escenográficamente despojado del trabajo), La verdadera venganza del gato Boris es un ejercicio absolutamente lúdico (de ahí su vitalidad), pero también absolutamente consecuente con las crueldades de su tema (y de allí su honestidad). Un ejemplo de ese teatro “para niños” que es completamente adulto o, mejor aún, completamente consciente de sí mismo, y del cual –valga la cita–, en Michoacán tuvimos como pioneros, durante los años noventa, a títulos como La flor de los misterios (Antonio Jairo) y Los ojos perdidos de Mirmidón (Sergio J. Monreal).

EN VIDEO / La verdadera venganza del gato Boris




“Esta es la historia triste de una niña hermosa”, advierte la anciana abuela Felícitas (Ana Zavala, irreprochable) al comienzo del monólogo para actriz y títeres Lágrimas de agua dulce (Jaime Chabaud Magnus y Perla Szuchmacher, 2007, sobre dramaturgia previa original del propio Chabaud).
Vendedora trashumante de bordados, doña Felícitas recorre pueblos y ciudades. En cada lugar se detiene no sólo para la vendimia, sino para narrarle a quien quiera escucharla la historia de su nieta, Sofía, cuya extraña cualidad de derramar un copioso llanto, hecho no de lágrimas saladas, sino de agua dulce, la convirtió en un objeto de ambición para los adultos de su pueblito natal y marcó su destino trágicamente.
Esta es la anécdota de uno de los mayores trabajos que ha dado en el último lustro el teatro para niños en México, resultado de un equipo creativo que incluye (aparte de Chabaud y Szuchmacher), a Ana Zavala, Ben Hadad Gómez, Haydeé Boetto, Edyta Rzewuska, Félix Bailon Guarro y Alejandro Barrera Cateto.
La audacia (prácticamente insólita en la escena nacional) de llevar una tragedia al territorio del teatro para niños, sin que tal conjugación traicione o desdibuje la esencia de cada uno de esos dos ámbitos, es el mayor triunfo estético de una puesta en escena que es al mismo tiempo cálida y amarga, triste y jocosa, inquietante y encantadora.
Porque, finalmente, el tema de Lágrimas de agua dulce es el de la explotación infantil. Un tema duro, difícil, pero cuyas crueles aristas (el abuso laboral, sexual, psicológico, afectivo… junto con todas las infinitas distorsiones que pueden desprenderse del acoso a la niñez) encuentran su más perfecto canal de manifestación, no en un ejercicio de naturalismo social –que habría sido la solución más fácil e inmediata–, sino en las metáforas posibles desde la dimensión más profunda y universal del pensamiento y del relato fantásticos.
Lágrimas de agua dulce se presentó en Morelia el pasado domingo, como parte de las seis obras michoacanas que audicionaron ante la dirección artística de la XXXI Muestra Nacional de Teatro, en pos de representar a Michoacán en ese escaparate escénico.

Uno
Así pues, he aquí lo que la anciana Felícitas narra a través de sus bordados: la historia de una pequeña Sofía que comienza a llorar lágrimas de agua dulce el día en que fallece su madre. Será Felipe, su único amigo, el primero en descubrir la extraña cualidad de la niña. Y cuando los adultos también la noten, Sofìa se convertirá en la esperanza de todos los habitantes del pueblito de Icuiricui, que agoniza amenazado por una prolongada sequía.
Y he aquí que el pueblo será salvado, pero el milagro se convertirá muy pronto es maldición cuando la codicia reemplace a la necesidad y desate una ambición prohibida: la de enriquecerse a costa de las lágrimas de la niña.
La eficiencia del pensamiento neoliberal que domina nuestro tiempo inventará muy pronto una antinatural “máquina nalgueadora”, destinada ya no sólo a Sofía, sino a todos los niños del pueblo, cuyas lágrimas serán acopiadas y desalinizadas para obtener ganancias adicionales del cloruro de sodio conseguido como derivado del proceso.
Y mientras la mentalidad fría e impersonal del “qué vendes” y del “cuánto vendes” establece sus reglas del juego, corrompiendo a las autoridades civiles del pueblito, al clero y al propio padre de la niña, la abuela Felícitas y Felipe serán los únicos personajes realmente preocupados por Sofía, a la que infructuosamente intentarán ayudar hasta el momento del desenlace trágico: el de una persecución a campo traviesa que termina con la captura de la niña, que se marchita y se extingue delante de sus captores, derrotado su espíritu y vencido su cuerpo por las crueles demandas de la avariciosa comunidad.


Dos
Nacida como proyecto gracias a una beca del Sistema Estatal de Creadores (Secrea) de Michoacán en 2007, Lágrimas de agua dulce es uno de esos casos en los que la ciega sabiduría del “azar” o del “destino” congrega en un proyecto a las personas adecuadas. La dramaturgia de Jaime Chabaud (Perder la cabeza, Oc ye Nechca, Rashid 9/11, Tempranito y en ayunas, Lluna y el cuadro El pirómano en Me cago en Freud, entre muchas otras) cumple con singular oficio una de las máximas de la construcción de caracteres (“como autor, tienes que ser despiadado con tu personaje”), dándole a Sofía un conflicto exacto y a la medida de sus atributos. Con Perla Szuchmacher, Chabaud también redimensiona la dramaturgia original para trasladarla al campo del monólogo y los títeres. Mientras, Edyta Rzewuska, Haydeé Boetto y Ben Hadad Gómez conciben una escenografía y unos títeres que contribuyen, con sus cualidades, a modular la intensidad conceptual y emotiva de lo que se nos está contando, pues acuden al estambre, que es un material cálido y generoso, a partir del cual atenúan sin maquillarlas las dolorosas situaciones de la tragedia que estamos viendo. La música de Félix Bailon Guarro y Alejandro Barrera Cateto es la discreta cereza de un pastel cuya almendra es la actriz Ana Zavala que convence y conmueve en cada uno de los ocho o diez personajes a los que da vida (ya como títeres de mesa o como simples objetos animados) con una gran dosis de ludismo.
Un espectáculo que mereció el primer lugar en la Muestra Estatal de Teatro de Michoacán 2008 y que desde entonces ha recorrido con mucha fortuna (la que se merece, después de todo) diversas regiones del país.

Tres
Lágrimas de agua dulce permanece con nosotros, pero Perla Szuchmacher ya no. A propósito de esto, en la página de Rubén Szuchmacher, hermano de la autora, aparece este post con las siguientes palabras de Jaime Chabaud Magnus, escritas tras el deceso de la realizadora, acaecido el 10 de mayo pasado:

Me causa un inmenso dolor la muerte de Perla Szuchmacher, dramaturga y directora dedicada al teatro para niños y jóvenes. Además de la amistad que nos unía, me aterra (en el sentido originario de esta “mala” palabra) porque pocas son las gentes de teatro que nacieron para servir. Los demás sólo saben servirse, avorazarse, agandallarse y –en el mejor de los casos- mirarse el ombligo y dar codazos si alguien estorba. Perla fue de una generosidad proverbial y tocó el corazón de muchos colegas y –por supuesto- de su público. Argentina de nacimiento, la recuerdo dando brincos de felicidad porque un día, después de muchos trámites, se había vuelto mexicana. Estaba feliz como niña con juguete nuevo, orgullosa de su nueva nacionalidad, muy pero muy contenta, con la mirada limpia. Me acuerdo del día que me enseñó su casa nueva, la primera de propiedad de Alberto (su marido) y suya, me llevó de la mano por todos los rincones contándome atropelladamente las mejoras que quería hacerle, hace no más de tres años, a esa su casa, donde quería pasar el resto de su vida, con la paz de un techo suyo. Y no saldrá de mi memoria el día que me pidió disculpas (no había ninguna ofensa) por el cambio al final infeliz que yo proponía en mi obra Lágrimas de agua dulce (que ahora el DIF del DF censuró en otro montaje hecho con niños, curioso) que ella dirigía con Ana Zavala actuando. “Tenías razón –me dijo– la explotación infantil no puede tener un final feliz. Vamos a regresar al que es”.
Si el teatro mexicano para jóvenes audiencias está hoy a la vanguardia en todo Latinoamérica se debe –entre otras gentes- a Perla Szuchmacher. Ella nos enseñó que no tiene temas vedados y que con los niños se puede hablar de todo: de la muerte, del divorcio, del abuso e incluso de la diversidad sexual. Ahí radica el poderío de este Nuevo Teatro para Niños del que Perla era una de sus mejores exponentes, como directora y como dramaturga. Malas palabras, El rey que no oía pero escuchaba y, entre otras, Príncipe y Príncipe son ejemplo de ello. No hay con qué pagarte, Perluchis, todos los regalos que nos diste y, como diría Miguel Hernández: “no perdono a la muerte enamorada / no perdono a la vida desatenta…

EN VIDEO

Algunos momentos de Lágrimas de agua dulce.



En cierto sentido, la noticia no es nueva. Fue entre el 14 y el 15 de julio de 1965 (hace 45 años), durante la misión estadunidense de la sonda automática Mariner 4, cuando el mundo supo por primera vez de la existencia del cráter más extraño de todo el sistema solar: el Orcus Patera, localizado cerca del ecuador marciano, justo entre el gigantesco Monte Olimpo (que a su vez es el mayor volcán que se ha encontrado en el sistema solar) y el Monte Elíseo.
Pero el Orcus Patera ha vuelto a ser noticia esta semana, debido a que la Agencia Espacial Europea (ESA, por sus siglas en inglés) reveló nuevas y más detalladas fotos del cráter que fueron captadas apenas el viernes 27 de agosto por la sonda Mars Express.
El desconcierto científico, que se ha despertado fundamentalmente entre los geólogos, puede ser comprensible a la luz de la imagen que posteo arriba de estas líneas y que es una interpretación artística (rigurosamente fiel, a partir de la información real que se posee,) del ilustrador Kees Veenenbos, que tiene varios años trabajando para la NASA.
Más abajo hay otra imagen, esta vez sí una foto de la misión Mars Express.
El hecho es que desde hace 45 años los científicos no logran ponerse de acuerdo al buscar una explicación satisfactoria para la forma elíptica del cráter, que mide unos 380 kilómetros de longitud por unos 140 de envergadura. Mientras, en sus puntos más altos, su borde se eleva a casi dos kilómetros y su profundidad promedio es de entre 400 y 600 metros.
Hasta ahora hay varias hipótesis que intentan explicar la inusual forma elíptica de Orcus Patera. Dos son más aceptadas. Una propone que ha podido tratarse de un atípico impacto, por parte de un objeto que ingresó al campo gravitacional marciano con una inclinación menor a los 5 grados, ocasionando la estela que dio origen al cráter. La otra sugiere que el cráter puede ser resultado de distintos impactos que, mediante procesos naturales de erosión, terminaron por darle al cráter la extraña forma que exhibe.
Pero ambas sugerencias no pasan de meras hipótesis porque hasta el momento nadie ha podido explicar satisfactoriamente los detalles geológicos implicados, de modo que, por el momento, Marte nos ofrece un nuevo enigma que tendrá ocupados a los expertos durante los próximos años.
La información completa, tal como fue emitida por la Agencia Espacial Europea (en idioma inglés, ni modo) el pasado 27 de agosto, en este enlace.


Caleidoscopio del desamor


Los actores Alberto García y Lucía Díaz en una de las escenas de Intimidad (Hugo Hiriart, 1984) en versión de Hasam Díaz y la agrupación moreliana Pólux Teatro.

Nunca es fácil aceptar al desamor cuando llega a nuestra vida: ese momento en el que agonizan la complicidad, el deseo y el entusiasmo que definen una relación de pareja. El desamor es el tema de Intimidad (Hugo Hiriart, 1984), la cual fue estrenada por el director Hasam Díaz y la agrupación Pólux Teatro a comienzos de este año en Morelia.
Pero si el desamor es el asunto muy particular del que se ocupa esta puesta en escena, su desencanto es caleidoscópicamente multiplicado a través de su paso por dos parejas que se desdoblan en cuatro, potenciado a partir de las situaciones patéticas o ridículas que protagonizan y resignificado por las distanciadas reflexiones que, en determinados momentos, emite cada personaje, insólitamente situado como observador frío e imparcial de la tragedia o el absurdo de los otros.
Intimidad fue la tercera de las seis obras morelianas que el pasado fin de semana audicionaron en Morelia ante dos jurados de la XXXI Muestra Nacional de Teatro, con miras a figurar en el escaparate de diciembre próximo en Guadalajara.

Uno
Acompañada por los lánguidos compases de un piano (música original de Heriberto Díaz), de la oscuridad surge una pareja que atraviesa el escenario, encaramada la una encima del otro, que la lleva a cuestas como entre ciertos insectos cuando cumplen sus ritos de apareamiento. Ese tránsito fugaz preside la primera escena de Intimidad, que nos lleva al espacio más íntimo de nuestros mundos domésticos: la alcoba en la que Martha (Cuauhtli Hernández) y Julio (Jaime Noguerón) despiertan y comienzan su día discutiendo por algo tan nimio como una extraviada aguja de coser.
Sin embargo, lo que parecería anunciarse de esta manera como una probable comedia de enredos, deja de serlo tan pronto como Martha y Julio se congelan en plena escena e ingresa una Pipa (Lucía Díaz) que estudia críticamente a los personajes e invita al público a escudriñar con más cuidado la circunstancia que protagonizan. En efecto, en el subtexto de la situación pulsa un intenso duelo de poder a través de reproches mutuos que son desmenuzados y analizados a detalle por la narradora.
Similares mecanismos de ruptura y distanciamiento serán permanentes a lo largo de la puesta en escena, enriquecidos por un juego de reiteraciones en el que una misma situación se repite en cuatro distintas conjugaciones entre los personajes (primero son las parejas de Martha y Julio y de Pipa y Pedro, luego las de Julio y Pedro y de Martha y Pipa), tan sólo para mostrar que en el desamor, como en ciertas operaciones matemáticas, el orden de los factores no altera el producto, que en este caso es una experiencia amorosa que se mantiene, agridulce, a medio camino entre el cielo y el infierno.

Dos
Lo anecdótico es, probablemente, lo de menos en una dramaturgia como la de Intimidad, ya se trate de la disputa por irresponsabilidades e incomprensiones mutuas (“¿En vez de emborracharte no crees que sería mejor que buscaras empleo? Sí, los sábados, domingos y fiestas de guardar. Porque no sé si habrás notado que no nos alcanza. En vez de andar pensando genialidades deberías darnos para comer. Porque no sé si has notado que hay que comer todos los días”) o por alardes varoniles de open mind que, a la hora de la hora, cuando viene la confesión pedida de parte de la pareja, no saben aguantar vara y dejan salir al “macho ilustrado” que al parecer todos llevamos dentro (“¡¿Perdiste tu virginidad arriba de un coche?!” “No. Adentro”. “¡¿Cómo es posible?!” “Era un coche muy grande”).
En cambio, lo que realmente importa es la estructura del trabajo, con esa sucesión de rupturas que nos permiten, como espectadores, ir poniendo en perspectiva experiencias bien conocidas, prácticamente universales, y que se transforman en una suma de situaciones muy exigentes porque obligan al público a confrontarse consigo mismo, a revisar sus propias actitudes ante el amor que agoniza.
De todos los cuadros escénicos dedicados a estas rupturas y distanciamientos (muy brechtianos, por cierto), recupero sólo el siguiente, que es uno de los más significativos y en el cual Julio propone el leit motiv de lo que es toda la obra:
“Permítaseme un símil: todos podemos diferenciar entre un color rojo y un color azul; pero hay ciertos tonos de color de los que no sabríamos decir si se trata de un rojo o un azul. Y es precisamente ese tono vacilante y ambiguo el que colorea la existencia de esta pareja indecisa entre el sufrimiento o el placer, entre la dicha o la pena. Álzanse uno frente a la otra como obstáculos, como el aire de la paloma de Kant, que se siente como un freno, pero sin el cual no se puede volar” (la metáfora aparece en la introducción de Crítica de la Razón Pura, Emmanuel Kant, 1781). “Y es aquí donde aparece la flor de las contradicciones: no puedo vivir contigo, no puedo vivir sin ti. La vida de la pareja es un callejón estrecho pero de doble sentido. Las cosas van y vienen. Vamos a ver”.
De manera que, desde esta estructura y desde las premisas que operan a través de ella, Intimidad se convierte, adicionalmente, en un interesante replanteamiento del viejo conflicto decimonónico entre las posiciones encontradas del empirismo y el racionalismo que hasta hoy juegan un papel tan grande en nuestra vida cotidiana.
Por lo demás, una última ruptura, que en gran medida nos convoca a poner a prueba la mecanicidad (algo bergsoniana en su sentido) de las matrices del amor, se convierte en una insólita especie de cuadro musical en el que las parejas bailan y representan, estilizadamente, los ritos del encuentro sexual, mientras la música es acompañada por una voz mecánica, autómata, que exhibe al amor como una mera fisiología de la pasión.

Tres
No es manda, desde luego; sin embargo, para disfrutar plenamente de Intimidad vale mucho la pena acercarse a un libro imprescindible de Hugo Hiriart: Los dientes eran el piano (Tusquets Editores, 1999), que reúne ensayos donde el autor reflexiona sobre el arte y la imaginación. Dos textos de ese libro, en particular, brindan claves decisivas para comprender la manera en que acomete sus procesos creativos este dramaturgo, poeta y escritor. Se trata de La oropéndola de plata y Más sobre las irregularidades.
Hiriart afirma que, generalmente, la imaginación trabaja articulando conjuntos de regularidades y que lo importante, creativamente, es alterar esas regularidades. ¿Qué pasa, por ejemplo, si en vez de proponer una imagen regular, como la de un perro que duerme sobre un tapete, ante la chimenea de una sala, la imagen que se propone es la de un caballo? Hiriart sostiene que mecanismos de este tipo conducen de inmediato al territorio de la fábula.
Y es esto, precisamente, lo que hace Hiriart en Intimidad. Todo el texto le apuesta a bordear ese aspecto de la imaginación: la alteración de las regularidades. De ahí la importancia de las rupturas y de los juegos de transiciones que ponen en tensión la lógica habitual de la simple comedia y desarrollan (estilística y genéricamente) configuraciones inéditas.
Evidentemente, tal propuesta dramatúrgica exige de la dirección un trabajo de problematización particularmente elaborado (aunque su resultado, en la puesta, sea de una muy decantada simplicidad). En este sentido, Hasam Díaz sale adelante con el compromiso: va a lo esencial indispensable, emprende una escenografía ligera, define su espacio como el de un teatro-arena y se respalda con un grupo de actores que asumen y saben responder al desafío, empezando por Lucía Díaz y un Jaime Noguerón que, por cierto, es el único actor que está participando en las audiciones por partida doble (en los elencos de Intimidad y de La verdadera venganza del gato Boris)... aunque también hay que decir que, durante la función sabatina, ante la dirección artística de la Muestra Nacional, la energía no siempre estuvo en su sitio y hubo ciertas premuras en el ritmo.

EN VIDEO

Algunos momentos de Intimidad en la función de la agrupación moreliana Pólux Teatro para el jurado de la MNT.


Los actores David Hurtado y Aidet Fuentes Mapourmé en una imagen de Round de sombras, correspondiente a la primera temporada de esta pieza, estrenada a comienzos del año pasado en Morelia.

Recién separados, el bioquímico Andrés Belaunzarán (David Hurtado) y la ejecutiva bursátil Julia (Aidet Fuentes Mapourmé) se reúnen una noche en la casa que compartieron. Él la ha invitado a cenar y durante el encuentro se muestra obsequioso, parece buscar una reconciliación. Ella, en cambio, se resguarda detrás de una calculada armadura de frialdad y sarcasmo por la que resbala cada intento de Andrés en pos de empatía.
La cena se desarrolla entre diálogos que transitan activamente de las confidencias al enfrentamiento y al reproche mutuo. Tal situación nos permite reconstruir la historia de los personajes y la naturaleza del momento que comparten: una vez perdido el amor y con las heridas vivas y abiertas, no queda más que revolcarse entre los escombros de un afecto que ya sólo será alevosía o no será.
Así: agria, irónica y con un doloroso twist final, la pieza Round de sombras (Carmina Narro, 1996) hace de sus protagonistas ejemplares perfectos para vivisectar al amor como duelo de poder. Un duelo en el que cada uno de los enamorados, en nombre de su amor perdido, buscará y conseguirá la cruel destrucción del otro.

Uno
Este trabajo, que forma parte de la trilogía Químicos para el amor, fue emprendido por Ramsés Figueroa el año pasado para la materia de Dirección II, en el octavo semestre de la licenciatura de Teatro de la Escuela Popular de Bellas Artes. La obra, de unos veinticinco minutos de duración en su formato original, hizo una corta temporada estudiantil, intramuros. Más tarde, durante un taller de dirección escénica impartido en Morelia por Fausto Ramírez y a modo de experimento, Ramsés Figueroa resolvió extenderla para poder inscribirla a la Muestra Estatal de Teatro de 2009 (una de cuyas cláusulas demandaba que las obras aspirantes tuvieran una duración mínima de 45 minutos). Este “extenderla” implicó proponer una segunda vuelta para la pieza, pero con los roles de los personajes invertidos.
Precisamente esta versión doble es la que el pasado fin de semana, en la segunda de las seis audiciones de obras morelianas aspirantes a la XXXI Muestra Nacional de Teatro, fue presentada por los integrantes del grupo Silencio Teatro en el foro La Bodega.

Dos
¿Sólo podemos poseer lo bello cuando lo destruimos? Esto es lo que propone la sinaloense Carmina Narro en Round de sombras. Hay ocasiones en las que aventurarse significa desventurarse más. A los personajes de esta pieza les ocurre precisamente eso. Una vez asumido el amor como duelo de poder, sólo conduce al abismo. Deberían detenerse, pero no pueden.
La pieza es también un cumplido breviario del maquiavelismo de la simulación, ya que el personaje que parece ser el más vulnerable es el que termina sometiendo al otro, derrotándolo en el último momento al destruir la belleza sobre la que fundaba su supremacía.
Y el hecho de que este personaje sea el varón en la primera vuelta de la obra y la mujer en la segunda vuelta, establece una tensión de género a la que el público resulta muy sensible. Desde este punto de vista, el experimento de Ramsés resulta muy provocador.
Por lo que atañe a los valores teatrales, la puesta del grupo Silencio Teatro es una pieza redonda en sus aspiraciones naturalistas, de una gran veracidad escénica, incluso en escenas tan difíciles como la del bofetón.
También importa tener en cuenta que se trata de un trabajo muy atento a su realidad, que toma una dramaturgia nacional y que aborda un tema que no es en absoluto ajeno o extraño, sino común, muy asequible al público: el de esas relaciones enfermas, destructivas, que se transforman en un asunto de sometimiento y dependencia.
Lo escribía aquí, en este mismo blog, el año pasado (los interesados en el texto y, sobre todo, en el video que registra más aspectos de esa puesta en escena, favor de dar un clic
aquí): En términos de actuación el aplauso sigue siendo para Aidet Fuentes Mapourmé, quien logra una potente caracterización. David Hurtado aparece correcto. Pero hay suficiente simetría y equilibrio entre los dos personajes para convencer y conmover. Además, los protagonistas afrontan una experiencia particularmente difícil porque tanto la dramaturgia como el concepto de la puesta en sí (como teatro arena, muy cerca del público) están pensados para que todo el trabajo recaiga en los personajes. Es un teatro de actores.
Como director, Ramsés Figueroa resuelve con limpieza y sencillez, dos atributos que nunca serán lo suficientemente festejados. Escenográficamente establece la mesa de la cena como centro de gravedad del espacio, con una taciturna lámpara pendiendo sobre ella y nada más.
Una experiencia de teatro estudiantil muy profesional: apasionada, responsable, inteligente y veraz.

EN VIDEO




Superviviente de la leucemia infantil, una Carmelita ya adulta (Yareli Muñoz) comparte con el público los recuerdos de su experiencia de casi cuatro años con la enfermedad, cuando tuvo entre siete y diez años de edad. Esta es la anécdota del monólogo Carmelita, la niña del mechón (Santa Herejía Producciones, 2008), que nos narra la historia de una pequeña confinada con otros niños en el pabellón oncológico de un hospital, pero también (y sobre todo) que nos muestra a un personaje que reconstruye y nos comparte los escenarios de su mundo de infancia.
Esta idea de recrear la niñez es el rasgo más sobresaliente de la dramaturgia emprendida por José Luis Pineda Servín dentro de un proyecto que ganó la convocatoria Apoyos al Fomento de la Producción Teatral, en la categoría de Teatro para Niños, emitida por el Departamento de Teatro de la Secretaría de Cultura de Michoacán en 2008.
El trabajo abrió este sábado 28 de agosto las audiciones en las que seis obras de teatro morelianas han competido para figurar en la XXX Muestra Nacional de Teatro, que este año se celebrará en Guadalajara.

Uno
Dirigida a un público específico, el de niños en situación de hospital, Carmelita es una obra esencialmente positiva y juguetona; su tema alude a la fuerza de un amor capaz de vencer incluso a la muerte (una muerte que se muestra ella misma afable o, en todo caso, mitigada a partir de los queridos rasgos de una abuela ya fallecida).
Mientras, la estructura se organiza en una sucesión de cuadros que, narrativamente, cumplen dos objetivos: hacer avanzar el relato y mostrar el mundo de Carmelita: un mundo que comienza hablando de la fugacidad de la existencia y de su cualidad ilusoria (“parecemos nubes que van y que vienen, que cambian de color con el día”) y que concluye con un voto de confianza hacia las razones de la vida (“hoy tengo la esperanza de que todos podemos ser felices, pase lo que pase”).
En medio de este arco, Carmelita, la niña del mechón es una sucesión de estampas que comienzan con la imagen de cierto ocaso, cuando la abuela de Carmelita abre una ventana para disfrutar de la noche y le anuncia a su nieta que un día morirá (“Carmelita, un día saltaré por esta ventanita y me iré cuando menos te lo esperes. Te aviso para que no te asustes ni te pongas triste porque yo estaré feliz […]. Cada quien tiene su ventanita, a cada quien se le aparece cuando llega el momento oportuno, ni antes ni después”). Pero la fatalidad también será compensada en el mismo cuadro escénico con el paso de una estrella fugaz y la petición de deseos que, hacia el final de la historia, redimirán tragedias y abrirán oportunidades a favor de la vida.
Entre una y otra cosa, Carmelita describirá los placeres y anécdotas de un día de campo familiar; nos compartirá su pasión por el futbol y el rechazo de Beto ante la idea de aceparla en las cascaritas callejeras; nos revelará su indiferencia a los juegos de muñecas; nos confesará su primer amor de infancia hacia Pepe (“el más guapo de la cuadra”), con quien sueña tener “una granja de hijos”; describirá los recurrentes desmayos que terminarán enviándola durante varios meses a un pabellón para el tratamiento de niños con cáncer, en el que nos presentará a los otros internos y desde el cual se enterará de la muerte de su amada abuela, a cuyo funeral no podrá acudir. Finalmente, restablecida y de vuelta al hogar paterno, Carmelita nos narrará el episodio, durante una tormenta, en el que estará a punto de morir, pero del que será salvada por una abuela que le indica que su hora no ha llegado y que es tiempo de volver al mundo para cumplir una vida plena.

Dos
Concebida como monólogo, Carmelita, la niña del mechón busca y logra implicar a su público (que, no hay que olvidarlo, es mayoritariamente infantil).
Desde el primer momento del trabajo, una Yareli Muñoz que suple con su desenvoltura natural ciertas carencias actorales, anuncia al público que va a necesitar de su colaboración para la creación de paisajes sonoros y “efectos especiales” a lo largo del relato. Un primer y ágil ensayo que captura el entusiasmo de la concurrencia conduce a recrear onomatopeyas que aluden al canto de un gallo o el rechinido de ventanas que se abren y se cierran. El ejercicio va aumentando paulatinamente su grado de complejidad al demandar sonidos que ilustren el paso de una estrella fugaz, la risueña presencia de un ermitaño o la lucha de una gallina que es devorada por un zorro, entre otras viñetas acústicas.
Otro elemento que acierta a conseguir la empatía del público es la música en vivo, a cargo del propio dramaturgo y director. José Luis Pineda se instala a un lado del espacio escénico, apenas visible, para acompañar a Yareli con un acordeón que lo mismo ambienta que acentúa matices con vivacidad.
En tanto, la escenografía se reduce a un atril que se emplea solamente durante el comienzo del monólogo y la presencia de tres estilizados rehiletes.
Pero dentro de la configuración anterior, el desafío más exigente de la dramaturgia es aquel que le impone a la actriz veloces transiciones para pasar de un personaje a otro, pues a lo largo de la obra Yareli debe representar a una docena de personajes o poco menos (desde un pequeño escarabajo-rinoceronte hasta los amiguitos de Carmelita en el pabellón del hospital, pasando por padres, abuela, médicos, ermitaño, un pájaro azul, etcétera).
Evidentemente, es difícil manejar los diversos pesos escénicos que exige tal anecdotario de presencias y, sobre todo, responder al tempo de interacción preciso entre ellas. No sólo hace falta la correcta administración de la energía en sí, sino el entrenamiento fisio-vocal más riguroso.
En este sentido, hay un momento de particular riqueza durante el episodio de Carmelita y el escarabajo que se posa en su brazo: aquel en el que nuestro personaje se desdobla entre la Carmelita que, asustada por la presencia del insecto y en crisis de pelos parados y dientes pelones, se demanda, histérica, a sí misma: “¡Pregúntale si es peligroso!”, mientras otra Carmelita, ecuánime, es la que interroga muy educadamente al pequeño coleóptero: “Disculpe, ¿es usted peligroso?”, las dos acotadas por una tercera Carmelita, totalmente dueña de la situación, que se dice a sí misma, observando sagaz y reflexiva al inofensivo insecto: “Ese cuernito no me inspira nada de confianza”.
Pero en realidad, y con absoluta franqueza, sólo recuerdo dos experiencias teatrales en las que esta elevada demanda de pesos escénicos y transiciones bien establecidas se ha cumplido a cabalidad: durante el monólogo Divino Pastor Góngora (visto en Morelia en 2003, durante la Muestra Nacional de Teatro de aquel año, protagonizado por Carlos Cobos) y durante el unipersonal Los días de Carlitos (visto en Ciudad Juárez en la Muestra Nacional de 2008 y aquí en Morelia en 2009, a cargo de Adrián Vázquez). Y en esos dos excepcionales casos estamos hablando, sin eufemismo, de súper-actores.
Sin embargo, si el desafío es muy alto, también es necesario puntualizar que Yareli Muñoz saca adelante el compromiso con una estrategia correcta, la de deslizar su desempeño actoral hacia otra dirección, desde la cual sus posibilidades sí le permiten cumplir con lo que se espera de ella: la de la fluida oralidad propia del cuentacuentos, desde cuya eficacia, a medio camino entre lo relatológico y la representación, logra ilustrar las situaciones que describe.
Es esta solución, desde mi punto de vista, la que consigue que el trabajo conserve un encanto indispensable y, sobre todo, una conexión genuina con el público (que es lo más importante en cualquier experiencia teatral), a despecho de las limitaciones que existen. Es claro que falta mucho más entrenamiento, pero el teatro está ahí.



Algunos instantes del monólogo de Santa Herejía Producciones, con el que abrieron las funciones de audición en las que seis grupos morelianos compiten para acudir a la Muestra Nacional de Teatro.