Anna Pavlova vive en Berlín

Los urbanitas nómadas




No sólo la atrabancada vida de la casi treintañera Anna Pávlova pierde y recobra su sentido alternativamente, mientras intenta vivir en lo inmediato, de fiesta en fiesta, día y noche, por las calles de un país que no es el suyo en el documental Anna Pávlova vive en Berlín (Theo Solnik, 2011). Al lado de la propia Anna, el espacio público de la capital alemana se desdibuja, reverbera, oscila y se reconfigura con todas las significaciones y contradicciones sociales del nuevo milenio. Este es el mayor valor que encuentro en esta película, que figura en la sección Observatorio de la gira Ambulante 2012, en Morelia.
Y es que la microhistoria de esta niña bien que se ha dedicado a fugarse de sí misma no se limita en absoluto al retrato narcisista de una joven que busca sobrevivir a la fugacidad, sino que a través de los paisajes y personajes con los que Anna interactúa se nos ofrece un retrato amplio y agridulce acerca de las relaciones que se configuran entre el individuo y el espacio público en estos tiempos en los que el espacio virtual (la web) y los espacios confinados destinados al consumo masivo (esos monstruos de impersonalidad llamados centros comerciales) se vienen convirtiendo en nuevos y poderosos paradigmas.

Desde este puto de vista, lo interesante de Anna Pávlova vive en Berlín es la doble lectura que permite. Sus contenidos más obvios, epidérmicos, tienen qué ver efectivamente con la crisis de sentido de las jóvenes generaciones, esas que pretenden hacer de su vida un reventón perpetuo, yendo de una a otra pachanga sin mayor compromiso que el de sobrevivir (de preferencia dormidos) hasta que llega la hora de colarse a la siguiente fiesta. En este tenor, la siguiente reseña da cuenta de los elementos más literales de la cinta de una forma inmejorable: “Música a todo volumen, bebidas, pastillas, paseos, cae la noche, comienza el día, más música a todo volumen y vuelta a empezar. Anna Pavlova vive para salir de festejo, se siente el alma de la fiesta, la que conoce y recorre la noche de Berlín como nadie. Hija de una familia rusa de gran prestigio, dedicada a las artes y de raíces aristocráticas, Anna ha elegido un camino algo más rebelde y bastante más destructivo. Theo Solnik la sigue durante meses y, a veces, interactúa con ella, con un nivel de intimidad que les permite halagarse y reprocharse hasta el punto de llegar a pelearse por dinero. Mientras la cámara esta prendida, se la puede ver de juerga permanente, buscando trabajos temporales que le den algo de dinero para seguir saliendo y contando su historia –los que han sido sus éxitos y también sus penas–. Hasta llega a reflexionar acerca de la sociedad alemana, la vida en Europa, sus excesos con el alcohol… sin olvidarse de dedicarle algunas palabras crueles a su abuela materna”.

Más allá de lo anterior, la almendra del filme tiene que ver con esa identidad-nómada con la que personajes de la generación de Anna y aún más jóvenes responden al reto de dialogar con espacios urbanos cada vez más despersonalizados, a los cuales resignifican con sus prácticas, encuentros y ritos de socialización.
Una parte importante de este proceso tiene que ver con la forma en que, en nuestras sociedades actuales, se diluyen los límites entre lo público y lo privado. El tema tiene muchísimas aristas, que pasan por el asunto de los estados policiacos y la “era de la vigilancia”, así como con los efectos de las nuevas tecnologías en materia de cámaras de seguridad e incluso de espectáculos que se transmiten por la red en tiempo real… pero también con las formas inéditas en que las personas ejercen prácticas que trastocan esa delicada frontera entre lo íntimo y lo colectivo a la hora de darle una nueva identidad a los ya multicitados espacios públicos.

Echando mano de los recursos del cine directo a la Wiseman, Theo Solnik se aplica inmejorablemente a recorrer el amplísimo abanico de estas nuevas configuraciones de la realidad, ya en lo luminoso, ya en lo grotesco, y lo hace desde la capital del país que es el ojo del huracán de las grandes contradicciones de la comunidad europea: la Alemania que no termina de conciliar la xenofobia con las legislaciones de integración.

Desde Jurgen Habermas sabemos que somos las personas quienes definimos el sentido del espacio público. Esto sigue siendo así, a pesar de la manera en que los espacios virtuales de actividad humana continúan una expansión que era inimaginable hace apenas treinta años.
Los nuevos paradigmas espaciales no parecen haber significado pérdidas para el uso y consumo del espacio público tradicional, que es el que contribuye a contar una historia común, una herencia, una pertenencia, una identidad, dentro del nuevo panorama de la globalización cultural.

De esto se ocupa el filme en sus entrelíneas más finas. Un testimonio que dejará huella.
Ámame encarnecidamente

En pos de carne feliz

Ámame encarnecidamente / Love meatender (Bélgica, 2011. Dirige Manu Coeman). Lunes 23, 18:00 horas. Museo del Dulce. Entrada libre.

Los estragos que ocasiona a la salud y al medio ambiente el actual modelo agropecuario industrial, así como distintas propuestas para volver a un modelo de explotación del campo y del ganado que sea más tradicional, ecológico y humanitario, son los asuntos de que se ocupa Ámame encarnecidamente (Bélgica, 2011): el primer documental del muy curtido y exitoso publicista Manu Coeman, al que respaldan casi quince años de carrera.
Y si alguien lo bastante suspicaz se pregunta si no hay cierta contradicción entre el quehacer de un hombre dedicado a la venta de imagen para todo tipo de empresas y el rodaje de un documental como este, que cuestiona los efectos de la sobreexplotación del campo por parte de corporativos grandes, medianos y pequeños, la respuesta es: Sí, claro. Pero lo cierto es que Manu Coeman no patea el pesebre o, mejor dicho, lo patea con cortesía, estilo y mucho humor. Estos rasgos están presentes desde el mismo título del filme, que juega con las palabras y trastoca el “love me tender” (“ámame tiernamente”) en “love meatender”. La traducción al español ha logrado conservar el retruécano al pasar del “ámame encarecidamente” al “ámame encarnecidamente”.
El detalle no es menor. En publicidad, el estilo lo es todo y Manu Coeman jamás lo pierde en este metraje de 63 minutos. Por ejemplo: jamás hace una apología de la crueldad a la hora de abordar el sacrificio de los animales. Nunca veremos imágenes explícitas en ese sentido. Por el contrario, el realizador busca y consigue un tono amable, simpático y positivo que, entre otros recursos, echa mano de la animación tradicional 2D para ilustrar el discurso del documental.
La película está llena de datos duros: cifras, estadísticas e incluso denuncias, la más fuerte de las cuales tiene que ver con el asesinato de campesinos miserables en Brasil, a manos de gatilleros contratados por trasnacionales que acaparan parcelas y zonas de pastoreo a inmediaciones del Amazonas. La legislación carioca –explica el filme– permite en ciertas circunstancias que quien desforeste un terreno y lo trabaje se convierta en su legítimo propietario. A fin de aprovechar esta oportunidad (pues lo terrenos son muy baratos), los latifundistas llevan por delante a sus ganaderos con todo y hatos… pero también con pistoleros que, llegado el caso, se ocupan de ponerle una solución definitiva y radical al problema de la competencia.
De modo –dice la película– que cuando alguien se lleva a la boca un buen pedazo de T-bone o de bistec en cualquier restaurante de Bélgica, Francia u otros países, esa carne de exportación, aparte de otros inconvenientes, está manchada con sangre humana.Por lo demás, Ámame encarnecidamente se ocupa de muy diversos problemas: entre ellos lo insostenible del actual modelo de sobreexplotación del campo, las crueles condiciones en que se cría a cerdos, vacas y gallinas, así como el daño que se provoca a los animales, al medio ambiente y a nosotros, los consumidores, a causa de la forma en que se sustituyen sus alimentos tradicionales por productos para la ceba y la engorda.
La exposición que ofrece el documental alterna entrevistas y capta el quehacer de todo tipo de especialistas, ganaderos retirados, pequeños y medianos empresarios, activistas y estrellas del pop que han abrazado la causa ecológica (el ex Beatle Paul McCartney por delante), en un recorrido que pasa por Francia, Bélgica, Brasil, Gran Bretaña, la India, Senegal y México.
Ámame encarnecidamente se estrenó el año pasado en la televisión belga. La estrella que ha acompañado al filme tiene mucho que ver con la manera en que su director evita el sombrío y a veces amarillista “mea culpa” clásico en los documentales de denuncia y procura, en cambio, la pro-actividad con su público en los mejores términos. Un ejemplo de esta intención lo da una de las entrevistadas, al final de la película, cuando habla sucintamente de la necesidad de modificar nuestros hábitos de consumo para ser capaces de llevarnos a la panza, no un filete lleno de estrés, toxinas y manipulaciones de todo tipo, sino un buen pedazo de “carne feliz”. ¿Una boutade? Así es. Pero es el lenguaje de los tiempos que corren.
Para concluir les comparto algo que probablemente nadie más les dirá. Un problema de este filme, rodado en 2011, es que se parece muchísimo a un documental previo: Global Warming: Meat, the truth (Países Bajos, 2007; dirigen Karen Soeters y Gertjan Zwanikken), no sólo por su contenido, que en más de un caso cita cifras y parámetros idénticos, sino por su tratamiento… dibujos animados incluidos. El director Manu Coeman logra, eso sí, mayor elegancia y ludismo que el del citado documental predecesor, así como un discurso más ágil y sintético, aunque lo cierto es que la mitad de su chamba ya estaba hecha. Digamos que tomó el hábito prestado pero, dado el antecedente, aún le falta confirmarnos si realmente tiene al monje. Tendremos que aguardar sus siguientes filmes (Coeman ha afirmado que piensa reducir su trabajo publicitario para realizar más cine) a fin de comprobarlo.Por lo pronto, les dejo este enlace que conduce al filme Global Warming: Meat, the truth, alojado en el portal de Youtube en HD. Esta versión on line de la película ofrece subtítulos en alemán, inglés y eslovaco, pero con la función BETA, asequible en la barra inferior del video, también es posible subtitular manualmente al español.
Con Post Tenebras, Lux y Después de Lucía
Vuelven a Cannes Michel
Franco y Carlos Reygadas

Un plano del filme Post Tenebras, Lux (Después de las tinieblas, la luz), con el que Carlos Reygadas vuelve a la competencia oficial de Cannes.

El director mexicano Carlos Reygadas competirá en la próxima edición del Festival de Cannes, en mayo, por la Palma de Oro con su filme Post tenebras, lux, según anunció este jueves la organización del evento cinematográfico. Reygadas ya estuvo en Cannes en 2010, cuando participó con un corto en el filme colectivo Revolución.
Ahora, la película de Reygadas es una de las 22 que intentarán hacerse con el premio más importante de este evento cinematográfico, entre ellas, Moonrise Kingdom, de Wes Anderson; Cosmopolis,de David Cronenberg; The angels´ share, de Ken Loach; Vous N´avez Encore Rien Vu, de Alain Resnais; On the road de Walter Salles y Thérèse Desqueyroux de Claude Miller.
Mientras tanto, el cineasta mexicano Michel Franco también estará presente en la sección Una cierta Mirada con el filme Después de Lucía. Franco también tiene experiencia en el festival de cine francés, donde en 2010 exhibió Daniel y Ana, en la Quincena de Realizadores, una de las secciones paralelas del evento de Cannes.

Post Tenebras Lux
Conaculta, a través del Instituto Mexicano de Cinematografía compartió lo anterior en un comunicado de prensa en el que detalla, a la letra:
Post Tenebras, Lux, (Después de las tinieblas, la luz) cuenta la historia de Juan y su joven familia, retratando su vida en el campo de México. Ahí disfrutan y sufren un mundo que entiende la vida de otra forma. Juan se pregunta si estos mundos se complementan o, en realidad, luchan inconscientemente por eliminarse el uno al otro.
Con su tercera participación en competencia oficial, Reygadas ganó en 2007 el premio del Jurado con su película Stellet Licht (Luz silenciosa). Asimismo, en 2002 con Japón, fue seleccionado en la Quincena de realizadores.
"Me siento muy agradecido con el Festival de Cannes por haber invitado a Post Tenebras, Lux lo que contribuye a lograr una mayor difusión internacional de la película. Espero poder estrenarla en México en otoño. Y una felicitación a mi colega Michel Franco que irá a Un Certain Regard" afirmó Reygadas.

Después de Lucía
Después de Lucía, narra la historia de Roberto quien enviudó y ha descuidado a su hija Alejandra de quince años. Sumido en su depresión decide mudarse a la ciudad de México. En la nueva escuela, la chica tolerará en silencio abusos emocionales, sexuales y humillaciones de todo tipo con tal de no llevar problemas a casa. Padre e hija se separan cada vez más, la violencia está presente en todos los aspectos de sus vidas.
Michel Franco fue seleccionado por segunda ocasión en Cannes, ya que en 2009 participó con su película Daniel y Ana en la Quincena de Realizadores.
Para Franco Despúes de Lucía habla sobre la violencia que se vive cotidianamente en las escuelas, en la calle, en entornos laborales y familiares “estoy seguro de que la participación en la selección oficial de Cannes, ayudará a que tenga una mayor distribución en México y a nivel internacional. Lo más importante de la selección, es que me anima a seguir escribiendo y filmando películas, estoy muy emocionado” y continuó diciendo “soy un admirador del cine de Carlos Reygadas, espero poder ver su nueva película en el festival.”
En total, México ha ganado 19 premios en Cannes, entre los que se encuentran películas como Los olvidados, Macario, El héroe, Luz silenciosa, El violín, el cortometraje Ver llover y, recientemente, Año Bisiesto, ganadora de la primera "Cámara de Oro" para el cine mexicano. El Festival de Cannes se celebrará del 16 al 27 de mayo.

Ambulante: calendario oficial


Para facilitarles la vida he editado el calendario oficial de Ambulante 2012 en Morelia. Las dos imágenes de este post han sido tomadas del programa de mano de la gira de documentales. Dando un click en ellas se obtiene una imagen ampliada y legible.
Para los interesados en conocer las reseñas oficiales de los títulos de este año, les dejo también la liga para que bajen el programa de mano completo. El enlace directo para descargar el programa de mano en formato PDF está aquí
Por cierto, en la imagen de abajo, en el apartado correspondiente al dìa 26 de abril, notarán una errata obvia: en Morelia no existe ningún Cinépolis Centro Magno: ese complejo se localiza en la capital oaxaqueña. El lapsus no tiene mayor problema, alude a Cinépolis Morelia centro.

Abuelita Lo-Fi
La risueña realización

EN VIDEO g Abuelita Lo-Fi

Abuelita Lo-Fi (Islandia/Dinamarca, 2011. Dirigen K. B. Kristjánsdóttir, O. Jónsson, e I. Birgisdóttir) g Sábado 21, 19:00 horas, Auditorio José Rubén Romero g Domingo 22, 18:00 horas, Museo del Dulce.


Bienvenidos a la casa de la abuelita más locochona y emprendedora de Islandia, en el noreste europeo; una amable ancianita que, ya octogenaria, en los últimos diez años se ha ido transformando en una figura de culto dentro de la música pop de aquel país.
Armada tan sólo con un vetusto teclado Casio de allá por el neolítico, implementos de cocina, juguetes, aparatos electrodomésticos, sonidos de su entorno (de la batidora a las aspas del helicóptero o el arrullo de las palomas), tecnología informática y una candorosa creatividad despojada de cualquier pudor, esta risueña mujer ha hecho realidad el más amable de los sueños del Siglo XXI: desde la comodidad de su hogar se ha transformado en una prolífica compositora que a partir del año 2001 ha grabado unas 600 melodías y canciones recopiladas en casi sesenta álbumes. Algunos de estos trabajos han tenido el honor de inspirar a artistas como Björk, Slow Bolw, Sigur Rós y Múm.
Su nombre es Sigridur Níelsdóttir y protagoniza un documental absolutamente jocoso, ligero e inspirador: Abuelita Lo-Fi, con el que la gira Ambulante inauguró esta noche de jueves sus actividades en Morelia.
Inscrito dentro de la sección Observatorio, en la que figuran títulos que plantean formas alternativas de advertir y plasmar realidades, Abuelita Lo-Fi (Amma Lo-Fi, 2011, de los incipientes cineastas Istín Björk Kristjánsdóttir, Orri Jónsson e Ingibjörg Birgisdóttir dirigiendo al alimón) es un filme que se concentra en registrar el proceso creativo de esta mujer de la tercera edad y en jugar mucho con las posibilidades visuales. Varias animaciones y collages inspirados en dibujos y diseños realizados por la propia Sigridur Níelsdóttir sazonan el metraje de apenas 62 minutos y acompañan canciones, melodías y anécdotas.
Fríamente visto, el filme es apenas otra historia de éxito. El retrato fugaz de una triunfadora. Digamos, un largo pero ameno comercial. El material nunca nos dará, por ejemplo, una semblanza amplia y significativa de la historia de esta mujer. Se limita a mostrar unos cuantos episodios de su vida (como su estancia de ocho años en Sudamérica o el más significativo de sus amores) y el resto del tiempo se va en ocurrencias… muy simpáticas, para qué negarlo, pero nada más.
El resultado es un fresco muy ameno y entretenido, pero no tan sustancioso como cabría esperar… especialmente si uno considera que el filme ha sido emprendido con tomas registradas a lo largo de un proceso de ocho años.
Entre los puntos a favor del filme se encuentra su nostálgico pero eficaz rodaje en antiquísimos formatos de 16 mm y súper-8, para ir a tono con la generación a la que pertenece la protagonista (quien es mitad danesa y mitad alemana), así como el desenfado del discurso, que no aspira a mayores pretensiones. Este último rasgo se puede extender muy bien la música compuesta por la insólita abuelita, que en lo general elabora piezas pop pegajosas y machaconas, atractivas por el timbre de sus no menos insólitos “instrumentos”.
Una película entretenida, que nos muestra a una mujer cuya vida cotidiana tiene algunos rasgos tan divertidos e insólitos como la música que compone y cuyo mayor atractivo, para el cual las palabras sobran, es el cautivador y permanente brillo de su mirada. Una película documental que roba corazones… aunque al cerebro le quede a deber.

Premier esta noche; mañana inician funciones

Ambulante 2012 en Morelia



Con un programa de poco más de 80 títulos procedentes de 24 países y distribuidos en 12 secciones, la séptima edición de la gira de documentales Ambulante da comienzo esta noche de jueves en Morelia con la proyección del documental Abuelita Lo-Fi (Dinamarca, Islandia, 2011, dirigida por Kristín Björk Kristjánsdóttir, Orri Jónsson e Ingibjörg Birgisdóttir). Esta función comienza a las 20:00 horas en Cinépolis Morelia centro y la entrada es gratuita.
Posteriormente, a partir del viernes, las proyecciones se extenderán por una semana y tendrán como sedes, aparte de Cinépolis centro, la Escuela Popular de Bellas Artes plantel centro histórico, el Centro Mexicano para la Música y las Artes Sonoras (CMMAS), el Museo del dulce, el teatro José Rubén Romero y dos universidades: la Vasco de Quiroga y la Universidad de Morelia (UdeM), así como el Tecnológico de Monterrey campus Morelia. A estas sedes se añaden dos foros en la vecina comunidad de Pátzcuaro: el Antiguo Colegio Jesuita y la videoteca Isabel Soto la Marina.

Dos nuevas secciones se suman este año a las diez con las que ya contaba el festival: Ambulante 3D y Ambulante reflexiones. La primera de ellas, dicen los organizadores, “explora las posibilidades de la tecnología y la versatilidad del documental”. Lo cierto es que los títulos que abren esta sección han sido realizados por dos de los mayores cineastas alemanes: Werner Herzog (de quien se exhibe La cueva de los sueños olvidados) y Wim Wenders (del que se estrena el documental Pina, inspirado en coreografías de Pina Bausch, puestas en escena con la colaboración de los bailarines del Tanztheater Wuppertal Pina Bausch, quienes se formaron con la renombrada artista fallecida en el verano del 2009). Ambos títulos, sobra decirlo, son de visita obligatoria. Aquí abajo dejo el tráiler oficial del filme Pina.


Tráiler del filme Pina (Wim Wenders, Alemania, 2011). Se exhibe el jueves 26 de abril a las 17:50 horas en Cinépolis Morelia Centro

El resto de las secciones de este año se distribuye de la siguiente manera:

ENFOQUE. Un bloque de reflexión temática que este año se titula Utopías: el impulso de las ideas. Lo conforman siete títulos (Araya, Los cosechadores y yo, Isla de las flores, Lebenswelt, Línea roja, Mundo remoto, salvaje y azul, así como Pesadilla perfumada), que se relacionan con el pensamiento utópico y su potencial de transformación. De acuerdo al programa, los contenidos de esta sección operan este año como la idea articuladora de las demás secciones.

DEDAZO. Aquí se exhiben los documentales más aplaudidos, celebrados y votados por el gran público. No siempre serán los mejores, pero sí los más populares. Esta sección incluye esta vez seis títulos: Anna Pavlova vive en Berlín, The Arbor, La balada de Genesis y Lady Jaye, Bombay Beach, La gente vs. George Lucas y Tiroteo.

PULSOS. Un escaparate para la producción documental realizada en México. Incluye seis títulos de los que sobresale señeramente el documental Cuates de Australia. Los demás materiales (varios vistos ya en el Festival Internacional de Cine de Morelia en 2011), son Florería y edecanes, Lecciones para una guerra, Ríos de hombres, Silvestre Pantaleón y El Velador.

OBSERVATORIO. Sección dedicada a documentales que plantean formas alternativas de advertir y plasmar realidades. Incluye seis títulos, entre ellos el que esta noche abre las proyecciones: Abuelita Lo-fi. En los días siguientes se exhibirán Acción lenta, Bajo nieve, Bosque irreal, Tabloide y ¡Vivan las antípodas!

DICTATOR’S CUT. Documentales que exploran distintos aspectos de los derechos humanos y promueven la reflexión. Los seis títulos de este año son: Cinco cámaras rotas, No es una película, Ámame encarnecidamente, Reportero, Sobreviviendo al progreso y Urbanizado

INJERTO. Esta es la sección experimental de Ambulante, que este año se dedica al tema El espacio de las afecciones y propone una revisión del momento creado a partir de la proyección cinematográfica: un espacio-tiempo específico, resultado del proceso compartido entre audiencia/observador y artista, que potencía de manera efectiva y afectiva nuestra percepción de la realidad, tanto como cambia/transforma/trastoca la idea que tenemos de nosotros mismos. Figuran trabajos de Maja Borg, Pat O’Neill, el antológico John Price, Ben Russell, John Smith y el dúo Melanie Smith & Rafael Ortega.

SONIDERO. He aquí el lado musiquero de Ambulante. Para esta ocasión vienen seis títulos: George Harrison: viviendo en el mundo material, LCD Soundsystem: cállate y toca los éxitos, The Libertines: no hay testigos inocentes, Una noche en el 67, Le Tigre: Who Took the Bomp? y Los viajes de A Tribe Called Quest

AMBULANTITO. Sección creada como punto de entrada a distintas realidades a través del cine, creando un espacio de encuentro para niños. Los títulos que incluye son: Migrópolis, Botella, La película de animales, Cuatro ojos, En Calle, Hermanito, Me dicen Breakstein y Anne voladora.

RESTROSPECTIVA. Un espacio que este año se le dedica al polifacético artista carioca Arthur Omar, cuya obra constituye una de las más sólidas influencias en la cultura audiovisual brasileña.

AMBULANTE REFLEXIONES. Nueva sección presentada por Cuauhtémoc Moctezuma; un espacio que busca generar un cuestionamiento crítico y constructivo de la sociedad en temas relevantes como el medio ambiente y la educación. Con ese fin se realizarán diversos encuentros con reconocidos ponentes, que tendrán lugar después de la proyección de algunos documentales que abordan estos temas.

IMPERDIBLES. Sección de actividades y presentaciones especiales creada hace un año, se consolida como una de las más importantes e incluye una serie de eventos diversos. En Morelia, en colaboración con el CMMAS, se presenta Antropotrip, un documental experimental en vivo, que nos muestra la vida cotidiana en Tijuana.

Lo anterior resume en lo general la propuesta de Ambulante en su gira de este año. Estoy en la cobertura.
Las musas huérfanas

Maternidades negadas

EN VIDEO

Después de muchos años, los cuatro hermanos Tanguay (Martina, Catalina, la joven Isabel y Luc) se reencuentran en la casa familiar, una vez que el padre ha muerto, con la perspectiva de volver a ver a la madre que los abandonó a todos veinte años atrás para fugarse con un seductor ingeniero español. Durante la reunión los hermanos convocan los fantasmas, monstruos y demonios propios de una familia desintegrada. Esta es la anécdota de Musas huérfanas, del dramaturgo quebequense Michel Marc Bouchard, que a su vez da paso a los temas de la maternidad y la mentira… o, si se prefiere, de la orfandad y la mentira. La pieza, en dirección de Alfredo Durán y emprendida por alumnos del grupo 4-02 de la Escuela Popular de Bellas Artes, figuró entre los casi veinte títulos presentados durante las jornadas dedicadas a celebrar el Día Mundial del Teatro en Morelia.
Teatro realista, el bello texto de Bouchard es un verdadero diamante cuyas facetas más finas se pierden por una puesta en escena más plana de lo conveniente y por personajes que aún no alcanzan una construcción sólida y profunda. Recién estrenado en marzo, el trabajo tiene la oportunidad de calentarse y crecer a lo largo de una temporada que se extenderá hasta mayo entrante. Mientras tanto, aquí se da cuenta de la cuarta función, celebrada el pasado 17 de marzo en el auditorio Silvestre Revueltas de la Escuela Popular de Bellas Artes.
Ambientada en el pueblito quebequense de Saint-Ludger de Milot, en 1965, Las musas huérfanas habla en principio de la forma en que estos cuatro hermanos han sobrellevado el desamparo de su orfandad. Las tres hermanas mujeres y el hermano varón (poéticamente feminizado al portar los atuendos de la madre ausente), representan, cada uno, las desviaciones ocasionadas por la desaparición de la progenitora: las posibilidades fallidas de distintas alternativas de maternidad.
Conforme avanza la historia, aparece y cobra fuerza el segundo tema, el de la mentira, porque el encuentro de estos hijos de la ausencia los va a obligar a “enmendar la plana” y a develarse verdades que fueron ocultas hasta entonces con la idea de “proteger” a la menor de las hijas, Isabel.
En el inter, la dramaturgia nos irá mostrando la naturaleza de cada uno de los personajes. Sus muletas esenciales, su cuota de dolor. Así conoceremos al Luc que idealiza a la imagen materna equiparándola con cierta reina de España que sostuvo una conmovedora comunicación epistolar con un hijo distante y que además se esfuerza por asimilarse a la sombra maternal portando sus vestidos. Descubriremos la esterilidad de Catalina, que a pesar de sus muchos amantes ha sido incapaz de engendrar un hijo y cuya maternidad fracasada se vuelca en la sobreprotección que le dedica a la menor de sus hermanas. Veremos, en fin, a la hombruna Natalia, oficial del ejército cuyo lesbianismo es, en sí mismo, una negación de la maternidad.
Queda, finalmente, la pequeña Isabel, eterna refugiada de libros, enciclopedias y diccionarios; la niña que toca el piano, que hace preguntas a las que pocos responden y cuya candidez termina por dar un giro extremo en el desenlace de la obra, como réplica insólita pero inevitable a tantos engaños y autoengaños.
Un gran texto, insisto, porque hace de cada uno de sus personajes entidades multidimensionales, de matices muy finos, pero al que la dirección de actores, –por ahora– no alcanza a cumplirle a la hora de bordar los catetos del abandono, del desengaño y de la redención.
Bestias, criaturas y perras / BAPE Teatro

Orfandad de fieras

¡Oh, amor poderoso, que a veces haces de una bestia un hombre y a veces de un hombre una bestia!
W. Shakespeare / Las alegres comadres de Windsor



Instalados en el sótano de la marginalidad, lúmpenes entre los lúmpenes y sumidos en la más absoluta jodedumbre existencial, los personajes de Bestias, criaturas y perras (Legom [Jalisco, 2002] en versión de BAPE Teatro [Morelia, 2011]), son dos presencias al mismo tiempo fuertes y vulnerables, grotescas y conmovedoras, violentas y contemplativas. Pasan también, a cada tanto, de lo sórdido y de lo sombrío a lo procazmente hilarante. El registro de tales matices desde un tono naturalista es su gran atractivo como dramatis personae.
He aquí, pues, a un par de ruinas humanas tan despojadas de todo que carecen incluso de cualquier disfraz. Son lo que son: ella una sombra larga, él una mecha corta, los dos acotados por la desolación de un triste y umbroso departamento que a él le sirve de refugio y al que ella quisiera llamar “hogar”.
Nunca sabremos sus nombres. Sólo podremos reconocerlo a él como la bestia (Armando Serrato), dedicado permanentemente a pintar su raya y a denigrar a su compañera (Raiza C. Robles) [“La casera dijo que no quiere a nadie más en esta casa y menos a ti con tu… cosa”. “¿Eso dijo?” “¡Lo puso en el contrato! (…): la cláusula siete dice ‘No bestias, no criaturas y no perras’ ”]. Mientras, la criatura es una entidad invisible pero muy presente en el discurso: el hijo de tres años de la mujer, siempre recluido en la cocina.
De modo que nuestros personajes, pobres como ratas, son un par de sobrevivientes. No sólo de la miseria como algo material y cotidiano, sino de una agotada relación de dos años que está a punto de cerrar su telón.
Esta es la circunstancia de la que parten las acciones de una pieza demoledora, distribuida en tres o cuatro cuadros y en la que la limpia dirección de Diego Montero Vargas (quien ha comprendido el texto extraordinariamente bien) hace que la crueldad roce el virtuosismo.

La solución escenográfica para este trabajo es uno de sus puntos fuertes. El departamento donde discurre toda la anécdota es un espacio sombrío y despojado. Un retrete y un catre son todo el mobiliario. Un retrete que nos recuerda continuamente que cuanto vemos es una enorme purga; un catre que nunca es la cama generosa del descanso y de los amantes, sino el lecho donde yacen los locos y los enfermos. Los personajes van de uno a otro, siempre muy cerca del público, desde una configuración de teatro-arena. Todo se ha dispuesto para generar una atmósfera de desamparo. En el piso, a la Dogville (Lars Von Trier, 2003) se ha establecido con tiza el perímetro del departamento; los mismos trazos operan también como el plano de la inalcanzable casita de interés social a la que aspiran los personajes en distintos momentos.
De lo demás hay poco qué decir porque todo opera, ensambla y está en su sitio. Como los dos actores han hecho su tarea a conciencia, en el escenario hay personajes absolutamente reales y, en consecuencia, el ritmo de la puesta discurre sin el menor contratiempo. Luminotecnia y música acotan sin ilustrar ni sobreexplicar y todo el trabajo ha sido configurado para concentrar la atención en el ejercicio actoral, que sabe responder al desafío.

Luego de un año de preparación y de una temporada de funciones que comenzó en julio del año pasado, Bestias criaturas y perras se presentó durante las jornadas dedicadas al Día Mundial del Teatro en el foro La Bodega. Una experiencia galvanizante, con dos personajes impecablemente construidos por los actores Raiza Carolina Robles Aceves y Armando Serrato Martínez.
La puesta en escena nació como un ejercicio escolar para aprobar la materia de Dirección II en la licenciatura de teatro de la Escuela Popular de Bellas Artes (EPBA); fue el proyecto final de montaje de Raiza Robles como actriz y de Diego Montero como director en 2011, con el que egresaron del octavo semestre de la carrera. A partir de su estreno intramuros, la obra ha estado en permanente movimiento; ha viajado a Querétaro, a San Luis Potosí y ha participado en distintos festivales.

Original del dramaturgo tapatío Luis Enrique Gutiérrez Ortiz Monasterio (Legom), Bestias, criaturas y perras es la obra que, hace una década, lo hizo de un nombre y de un lugar en el teatro nacional. La pieza es uno de los textos dramáticos más importantes de la escena mexicana del siglo XXI porque le abrió la puerta a un movimiento que enfoca su mirada en los bajos fondos y hace suyas las vidas de los parias, los desarraigados y los distintos; todos esos a los que el sistema suele clasificar como mexicanos “en pobreza extrema” o etiquetar como “grupos vulnerables” y a los que nadie voltea a ver dos veces. Descendiendo a los abismos de la pirámide social y otorgándole voz a quienes allí subsisten, Legom ha puesto en el escenario las parcelas más extremas y dolorosas de nuestra realidad: aquellas en las que el desamparo es tan absoluto que no cabe el menor disimulo. Esto es importante: digamos que las disfuncionalidades ambientadas entre personajes de la clase media o de familias pudientes tienen siempre la coartada del maquillaje o de la caricatura, que pueden atenuar su verdadera monstruosidad e incluso darle cierta dignidad; aquí, en cambio, todo está tan despojado, tan en bruto, tan en directo, que no es posible ningún velo que mitigue la sordidez de cuanto ocurre. Hasta el humor (un humor que no fluye a partir de intenciones fársicas, sino de un retrato fiel a los giros, retruécanos y dobles sentidos del caló popular de barrio y a cierta forma de sarcasmo cruel) opera como un mecanismo de desnudamiento. Es una dramaturgia sin concesiones.

El amor es el gran tema de Bestias, criaturas y perras. Un amor enfermo, oscuro y desahuciado. En breve, la pieza se ocupa de una mujer sola y sin perspectivas que con su hijo a cuestas persevera en ser aceptada por un misántropo que, a su vez, es incapaz de comprometerse en una relación, totalmente abandonado de sí mismo.
Ella aspira a un hogar, sueña con una familia, con una casita de interés social. Encadenada a ese deseo visita continuamente a su prospecto y soporta todo, violencia y humillaciones, con un estoicismo casi épico. Al final, sin embargo, la magnitud del rechazo la hace tocar fondo y un giro del azar le permite romper el círculo vicioso y optar por una alternativa.
A su vez, él es un personaje que por debajo de su temperamento hosco e incendiario está profundamente solo. Es una bestia, sí… pero enjaulada. No cuesta mucho descubrir que su ferocidad es un muro de contención para evitar heridas. Echado al olvido (su departamento bien se puede llamar Leteo), su único placer es pasar la tarde a solas, engullendo huevos pasados por agua y viendo el béisbol por la TV.
Lo triste de este personaje es que, en el fondo, también la necesita a ella. Tanto, que lo que más espera es que ella lo resuelva todo. Hay suficientes indicios en el desarrollo de la anécdota para advertir que esta bestia se deja desbarrancar deliberadamente para obligarla a ella a actuar en su lugar y venir en su rescate.
Lo trágico es que, tal como se dan las cosas, entre estos dos personajes y su muy agónica relación va a darse una radical inversión de fuerzas. Conforme avanza la acción la bestia se disminuye y la perra gana seguridad y confianza en sí misma, alcanza a abrirse de nuevo a la vida. Lo que va a quedar al final es una bestia abandonada. Vulnerable y vulnerada. Sola en su orfandad de fiera.
Logo mono / grupo Abrigo-Bubamara

La inmolación como

declaración estética

EN VIDEO / Logo mono, fragmentos


Un anhelo permanente y subversivo de romper con la cuarta pared teatral impulsa y pone en tensión los contenidos del monólogo Logo Mono (Alfonso Plou, 2006). En primera instancia, esa voluntad procura rescatar a la experiencia escénica del mero entretenimiento (superficial, epidérmico, anecdótico) y devolverle su papel como una revelación (existencial, mítica, ritual, política, dionisíaca), pero esta primera vocación muestra pronto alcances más ambiciosos.
Logo Mono es ante todo un acto de desenmascaramiento como reafirmación estética, pero también como declaración política. He aquí a la actriz q ue sale a escena, sabedora de que dispone apenas de ocho minutos para decir lo que tenga qué decir y proponer un momento trascendente para sí y para su público. Su primera determinación es rechazar artificios: descarta cualquier pose que le asegure la atención de los espectadores y, en cambio, asume el riesgo de mostrarse tal cual es. Desde esa postura su primer acto deliberadamente teatral es prender un cigarro y fumar.
El gesto, tan anodino, pero preñado de veracidad escénica, desencadena una sucesión de agrias reflexiones acerca del compromiso artístico y de la violencia en nuestro mundo actual. Lo hermoso del texto es que, a través de estos y otros tópicos (el esnobismo contemporáneo, el cinismo, la hipocresía…), el autor de Picasso adora la mar (2002) y Esperando un mundo (2003) va templando por grados sucesivos el desarrollo y consumación de su gran tema de fondo: el del compromiso y la responsabilidad de cada quien para impedir que la realidad (y no solamente el teatro) siga siendo ese otro espectáculo de vesianismo y frialdad indiferente en que la hemos convertido.

El monólogo, en dirección de José Ramón Segurajáuregui y con la actuación de Sheyla A. Rodríguez, tuvo su temporada de estreno en el foro Bubamara A.C., que se localiza en la avenida Acueducto en Morelia. El lugar se viene sumando a otros espacios escénicos alternativos en la capital michoacana y es importante citar esto porque de la mano de tales recintos se abre el camino de una diversidad muy necesaria en la ciudad. La producción ha corrido a cargo de Fabritzio Gutiérrez Bucio.

Acerca de la puesta en sí sobresale una escenografía concebida a partir de una decena de sillas: pequeño laberinto de nodos, pero también sucesión de puntos de espacio vacío y, por tanto, potenciales para cualquier posibilidad y para cualquier ocupante. La dirección de Joserra, muy limpia, necesita terminar de madurar a partir de una temporada aún larga de funciones para que los trazos y marcajes dejen de notarse y el ritmo fluya con mayor naturalidad. Por lo que hace a la actuación en sí, Sheyla hace un buen esfuerzo pero cierto persistente problema de engolamiento con su voz le impide alcanzar los momentos de intensidad necesarios. Por suerte, este engolar la voz no es en ella un asunto de ampulosidad o afectación, sino una cuestión más bien fisiológica: hay que trabajar todavía bastante para terminar de educar ese diafragma.

Logo Mono tiene un desenlace trágico. Esta no es la primera vez que el tema de la muerte de un personaje se emprende desde una experiencia parateatral (que procura disolver la frontera representación / realidad): ya hace algunos añitos se estuvo representando en el Palacio Municipal moreliano El veneno del teatro, de Rudolph Sirera, que se ocupaba de un asunto similar. Sin embargo, en Logo Mono el tema de la muerte tiene una clara resonancia social y política. No se trata de la muerte del personaje en sí, sino de la posibilidad latente de la muerte y del por qué o del para qué de ella como un acto de protesta soberana y voluntaria. La alternativa del suicidio, no como gesto de desesperación, de debilidad o de abandono, sino como reivindicación de cuanto es dionisiaco e irracional en un mundo marcado por la maldición del cálculo, la oferta y la ganancia.
Lilith / Colectivo Luna Llena

Vestales de viento y fuego

Yo soy Lilith, la innombrable, la Shejinah, la primera mujer de Adán. Soy mujer y soy demonio; el demonio del deseo, la mujer que se introduce en los sueños lúbricos, la de pubis de fuego; el demonio de la rebeldía, la mujer insumisa; el demonio de la libertad, la mujer nocturna de barro de la tierra; mis Lilim se han mezclado con las hijas de Eva. Los vástagos de Adán me niegan porque, incapaz de reflejar mi imagen, soy el espejo de sus miedos.

Lilith / Teresa Dey

En Video / Lilith, del colectivo Luna Llena


Son cuatro presencias o, mejor aún: una sola presencia fragmentada en las cuatro letras sagradas e impronunciables del nombre de Yahvé o en los cuatro elementos de la antigüedad clásica que gravitan a su vez en el éter, el inaprehensible quinto elemento que configura y hace posible la realidad. O son los cuatro puntos cardinales indispensables para calcular la órbita de un eterno femenino maldito desde el principio de los tiempos: ese verbo secreto de Dios que se rebeló contra Dios mismo y cuyo nombre ha surcado las edades, la noche y las culturas para llegar hasta nosotros como sinónimo de lamia, súcubo, vampira o ramera: Lilith.
Estas y otras posibilidades concretan el contenido de la puesta en escena del grupo Luna Llena. Y esta multiplicidad de sentidos sólo es posible gracias a la libertad polivalente propia del lenguaje gestual y corporal que se despliega como pura alegoría desde un género casi virgen en Morelia: el del teatro aéreo.
Pero tampoco caeré en el perezoso relajamiento intelectual de aceptar al azar cualquier cosa. Libremente inspirada en La historia de Lilith, un cuento de Teresa Dey en su libro de relatos Mujeres transgresoras (editorial Punto de Lectura, México, 1997), esta Lilith de Luna llena es una aproximación a sensaciones, estampas e improntas que fluyen a partir de la plataforma anecdótica de aquel texto y en tal sentido es una historia de ángeles y humanos, de ascensos y caídas, de estigmas patriarcales y, sobre todo, de poderosas reivindicaciones de igualdad entre lo masculino y lo femenino. Sin embargo, para comprender todo esto es necesario, naturalmente, acudir primero al cuento.

La historia de Lilith se ocupa de la mujer que fue creada al mismo tiempo que Adán para compartir a su lado el Paraíso. Empero, dotada de los mismos atributos de su hombre, Lilith se negó a someterse a él. Los temas de la dignidad y de la igualdad entre géneros son el sustento del relato: Lilith exige equidad, Adán y Dios se la niegan y Lilith decide abandonar el jardín del Edén. Deliberadamente se va al desierto y allí encuentra a Samael (un ángel caído que más tarde la ayudará a vengarse de Adán convertido en la célebre serpiente).
Adán le suplica a Dios que haga regresar a Lilith y Yavéh envía a sus ángeles por ella. Hay línea memorable en esa parte del relato. Lilith se niega a volver; les argumenta: “¿Acaso ignoran que Elohim me regaló también la voluntad?”
De modo que Dios toma una costilla de Adán y crea a Eva. Habría sido un “final feliz” de no ser por el episodio de la serpiente y el fruto prohibido, con el que Lilith y Samael hacen que la pareja “abra los ojos” y reciba la maldición de Dios: aquella que, entre otras cosas, condena a Eva a ser dócil y sumisa a los deseos de su hombre. Adán, por su parte, recibe la orden de enseñorearse de ella, pero este ascendente conlleva también su maldición: “enseñorearse” de su mujer implica unos celos sin reposo.
Así pues, el cuento muestra el origen del antagonismo entre hombres y mujeres, así como la búsqueda de la igualdad, la equidad y la libertad. Toma a Lilith para convertirla en un arquetipo de la dignidad y para proponer lo indispensable de valorar la diferencia dentro de la igualdad. Estos temas están presentes en el trabajo escénico del colectivo Luna Llena.

Pero tampoco basta la referencia del cuento original para comprender este ejercicio que, entre otros elementos, introduce en uno de sus cuadros escénicos un índice de música precolombina. La referencia me ha remitido a una de las deidades más bellas y sobrecogedoras de las culturas mesoamericanas y muy concretamente del panteón azteca, donde recibió el nombre de Coatlicue: la de la falderilla de serpientes, la madre terrible de rostro bifronte que es al mismo tiempo engendradora y verdugo de la humanidad y sus destinos. La gran dadora de la vida y de la muerte. Blanca runa maternal, oscura calavera de obsidiana.

Más allá de las lecturas de contenido en las que es posible reencontrar una y otra vez a los cuatro significantes anecdóticos como unas vestales al servicio del sentido oculto y sagrado de Hécate (como vestales de viento y fuego), Lilith importa por los soportes y técnicas a los que acude el grupo Luna Llena para expresarse, en especial el sustento de largas telas para la práctica de teatro aéreo, un género casi inédito en nuestra ciudad.
Lo interesante es que no hay capricho en esta elección. El teatro aéreo es una plataforma escénica absolutamente híbrida que, por un lado, permite aprovechar y enriquecer lo meramente teatral con técnicas que provienen de lo circense, de la acrobacia y de la danza, y cuyo mayor valor es el de ofrecer un soporte muy generoso para desplegar cuadros plásticos de gran formato. Por otro lado, el echar mano de este “escenario vertical” (como suele describírsele) permite desarrollar un concepto teatral más amplio, que potencía el estudio de formas, conceptos, símbolos y situaciones. Una fusión de técnicas y dimensiones que le abre novedosos caminos a la escena.
Mucho camino hay que recorrer, porque lo cierto es que la experiencia ofrecida por el colectivo Luna Llena aún es incipiente. Pero también es cierto que ellas están abriendo una puerta. Marcan un hito. Y lo menos que uno puede hacer, con humildad y ojos limpios, es aceptar la invitación para conocer lo que cocinan detrás de esa puerta. Ha sido una bella función.
Superpoderes y Tropel de Juegos

El ludismo por delante

EN VIDEO / Superpoderes


Los festejos escénicos por el día mundial de teatro, este martes 27 de marzo, tuvieron un comienzo fresco, ligero y juguetón con la puesta en escena de la pieza Superpoderes, en la que un grupo de jóvenes recuerda sus juegos de infancia al interior de un colegio de monjas y los constantes esfuerzos de la madre superiora por castrar la natural alegría de los chiquillos, al imponerles rudos castigos cada vez que ellos echan a volar su imaginación.
Superpoderes es uno de los trabajos que, al lado de Tropel de Juegos (compañía Espacio Vacío Teatro), Carmelita, la niña del mechón (Santa Herejía Producciones) y María y el reino el Kurrú (grupo Uno más otros, única compañía que este año está repitiendo la misma obra con la que participó en el festejo del año pasado), se han ocupado del tema de la infancia y de los desafíos de madurar en el programa de 19 funciones conmemorativas del teatro, que se desarrollan esta semana.
Mientras, para empezar con estos apuntes a las obras, vale llamar la atención a las afinidades y distancias que, al mismo tiempo, hermanan y distancian a trabajos como Superpoderes y Tropel de juegos.

En Superpoderes estamos ante un puñado de talleristas de teatro, procedentes de la Universidad Latina de América, campus Morelia, quienes bajo la asesoría de Teresa Sánchez se han constituido en un grupo que ya tiene sus horas de vuelo. Aceptables como exponentes de un teatro estudiantil, el mejor rasgo de estos jóvenes es la fluidez lúdica con la que resuelven el desafío de reconstruir sus vivencias infantiles para alimentar a sus incipientes personajes. A pesar de las carencias técnicas, son presencias absolutamente vivas, vitales, arriba del escenario. El acierto no es menor y hay que agradecérselo a Tere Sánchez y al poderoso duende que ha distinguido su carrera durante más de tres lustros. El más puro placer por lo escénico es y ha sido su patria y el juego es su bandera. Los frutos hablan por sí solos.

EN VIDEO / Tropel de Juegos (cuadros finales)


Por otro lado, Tropel de Juegos nos brinda la oportunidad de encontrarnos con dos actrices absolutamente profesionales, quienes se ocupan de animar con gran pericia a Yohandrix y Asterix, dos niñas que han hecho del juego su vía de salvación contra las acechanzas del mundo adulto. El trabajo nos permite acompañarlas y compartir con ellas las aventuras que emprenden armadas con la enorme riqueza de su mundo interior. La obra adapta libremente un texto del cubano Alfredo Pérez Contreras, mientras que la dramaturgia de Superpoderes ha sido colectiva
Si Superpoderes es una historia lineal y sencilla que pone sobre el tapete el permanente conflicto entre el juego y la autoridad, Tropel de Juegos va más allá y se concentra en la pura potencia creadora de la imaginación. Una potencia tan soberana que es perfectamente capaz de engendrar realidades, sobreponiéndose a las obtusas lecturas que nos endilga el sentido común. Un trabajo que, a partir de la proverbial “pareja dispareja”, ensalza además la camaradería, la lealtad y la confianza.

EN VIDEO / Palabras de inauguración


La inauguración oficial de estas jornadas escénicas, con motivo del Día Mundial del Teatro, corrió a cargo de Fernando Ortiz, jefe del departamento de Teatro de la Secretaría de Cultura, y de Alan Delgado como representante de la comunidad teatral moreliana. El muy veloz protocolo tuvo como sede el foro La Bodega. Allí, Fernando Ortiz celebró el encuentro de los teatristas con el público. A su vez, Alan Delgado dio lectura al mensaje del actor John Malcovich (de quien, por cierto, nadie pronuncia correctamente su apellido: “Málcovic”, sin la hache final y con acentuación esdrújula). Al término del breve protocolo dio comienzo el festín, del que estaré publicando los pormenores.
Malaventura / Michel Lipkes

Malaventura: epifanías

de esplendor y decadencia


Isaac López, el protagonista de Malaventura, intenso y acertado debut del cineasta Michel Lipkes en el 9° Festival Internacional de Cine de Morelia.

Cine de atmósferas en el más cumplido sentido del término, relato agridulce y polivalente en correspondencia a nuestro incierto mundo actual, el largometraje Malaventura, del muy intuitivo Michel Lipkes, es una pieza de cine alegórico que ha despertado mi mayor interés. El filme se proyectó el viernes en la penúltima función de la sección de largometrajes mexicanos en competencia, dentro del Festival Internacional de Cine de Morelia.
He aquí un fresco que registra los andares de un anciano solitario entre los ruinosos esplendores del centro histórico de la ciudad de México. Una sombra que se desliza entre las sombras, develando a su paso un mundo paralelo, invisibilizado pero cercano, distante e íntimo, sembrado de gestos, claves y signos que continuamente le dan sentido a algo siempre mayor que la mera anécdota.
Hace rato que no veía en pantalla un relato como este, capaz de continuos momentos de intensidad (algunos incipientes, otros excelentemente consumados), que resultan tan expresionistas como surreales al mismo tiempo: siempre balanceándose entre el existencialismo más explícito y la alegoría más esquiva (o, si se prefiere, abierta), generando así una dimensión propia para el extrañamiento, para un estado de alerta que en sus momentos privilegiados puede tocar en lo más vivo a un espectador atento.
Como una suerte de taciturno alter ego del entrañable profe Isak Borg (Fresas Silvestres, Bergman 1957), el octogenario don Isaac López, protagonista de Malaventura, emprende un recorrido por los barrios que acotan su vida. El personaje nos conduce de ese modo a un tránsito a pie por resquicios de La Merced, La Ciudadela y las inmediaciones de Palacio Nacional.
A lo largo de este viaje, los vetustos paisajes a veces lyncheanos (esa rata muerta entre la tierra y el pasto del baldío, que me remite tanto a la oreja de Terciopelo Azul), a veces Anderssianos (esa cantina de ancianos crepusculares recitando fragmentos de Los proverbios del Infierno, de Willian Blake, que me lleva a recordar el bar de despojos humanos de Canciones del segundo piso o, de ese mismo filme noruego, la secuencia del metro) y a veces Oliveiranos (la permanente pátina de un tiempo en suspensión durante la travesía de Viaje al principio del mundo) devienen suma, muerte y transfiguración de los horrores y desolaciones de una ciudad presente que refleja a sus habitantes en el gozne de un tiempo de cambios y metamorfosis.
En más de un sentido, pues, el recorrido de este anciano que procura por la noche llamadas telefónicas fallidas a un ser querido; que languidece con el ocaso de su propio pulso en calles donde sangres más jóvenes gritan, anónimamente, “¡Poncho, vámonos a la Revoluciooón!” o vocean un intencionado “mexicanos al grito de guerra”, es una suerte de testimonio / testamento al bit de un mundo completo que languidece y le va cediendo el paso a un Porvenir desconocido, pero previsible. El canto del cisne de un México que agoniza definitivamente para que termine de parirse a sí mismo el México que lo sucederá.
¿Subjetivo? De acuerdo. Pero esta es precisamente una de las virtudes legítimas del notable debut de Lipkes: su largometraje se mueve con un envidiable equilibrio entre lo ambigüo y lo preciso. Y la riqueza polisémica (pero no necesariamente arbitraria) de esta bella conquista, permite una y otra vez que desde lo preciso individual se abran amplias parcelas de interpretación general. Todo un logro, ya muy bien prefigurado por el más reciente corto del cineasta: El niño sin piernas no puede bailar y la demoledora metáfora de ese lánguido gordito huérfano en pos de certezas emotivas e identitarias a las cuales aferrarse, por grotescas o violentas que pudieran ser.
Mientras tanto, el filme de Lipkes abre con un deslumbrante plano-secuencia que registra el modesto cuartito donde vive don Isaac. Un encuadre perfecto, frontal, que de manera muy teatral capta cuanto es preciso ver (ventana de tenues cortinas incluida al centro de la toma), y con el cual nos atrapa en un amanecer que es pura sustancia cinematográfica gracias a la manera en que Lipkes exacerba calculadamente la sensorialidad de claroscuros, de ruidos incidentales, de acciones cotidianas y de una música a menudo construida con un empleo muy poco ortodoxo pero muy efectivo de las percusiones de metal.
El tratamiento continuará en imágenes tan impactantes como la de ese edificio en ruinas, superviviente del sismo del ’85 (¡26 años más tarde!) en cuya fachada perdura un nicho y su virgen, imagen que me antoja mucho a pensar en los patéticos pero genuinos elementos que todavía permiten que nuestra idea de México se mantenga endeblemente en pie en medio de todo aquello que erosiona pactos sociales, identidades, modelos de convivencia o ideales colectivos.
Sí. “El gusano perdona al arado que lo troza”. Pero qué otra le queda, ¿no? Quien piense lo contrario confirmaría, por ese sólo hecho, que “el necio no ve el mismo árbol que ve el sabio”. Pero los matices también existen. En este aparente vaivén de relativismos, los carros de la basura se antojan más bien ambulancias o carrozas fúnebres, pero los gandallas cobradores del Nuevo Orden son simplemente lo que parecen: los anodinos lacayos de un poder también invisibilizado pero espeluznantemente real.
Moviéndose así: entre viacrucis individuales y ruinas colectivas, entre complicidades y remordimientos, entre impotencias y culpas, Malaventura termina por transformarse en un viaje por el más clásico y bienvenido de los temas: el de las lacrimae rerurm que tan bien conocían los griegos y que no son sino las lágrimas del mundo, el dolor en las cosas como el secreto más íntimo y profundo de cada existencia, y ante cuya imagen o intuición es difícil evadir el apremio de cuestionamientos muy demandantes hacia uno mismo, por aquello del como me ves te verás. Un bello, muy bello debut. Felicidades.

Malaventura / Conferencia de prensa

Mi universo en minúsculas / Hatuey Viveros

Luces de la ciudad



En busca de su padre y de los recuerdos de su primera infancia, la veinteañera enfermera catalana Aina arriba a la Ciudad de México, procedente de Europa, y comienza la azarosa búsqueda de una dirección: el número 37 de la calle Juárez. Es el único dato que posee para dar con el posible paradero de su progenitor, escrito al reverso de una vieja foto.
Así comienza el muy aceptable drama Mi universo en minúsculas, debut en largometraje del realizador Huatey Viveros, egresado del Centro de Capacitación Cinematográfica (CCC), el cual se proyectó casi en la recta final de la sección de Largometraje mexicano en competencia dentro del Festival Internacional de Cine de Morelia.
Lo primero que cautiva en este filme es la desmesura de la hazaña que pretende cumplir el personaje de Aina. He consultado la Guía Roji en la internet; el criterio de búsqueda “calle Juárez” para el DF y su área conurbada arroja 1,328 resultados. Así pues, ¿cómo dar con una nostalgia, con un fantasma o con un recuerdo en ese laberinto gris, tan monstruoso y fascinante?
Eventualmente, Aina no dará con su padre ausente, pero lo interesante es que va a encontrar en esta ciudad tan riesgosa y desconocida para ella es algo casi tan improbable como lo habría sido aquel hallazgo. Va a descubrir / construir complicidades, camaradería, fraternidad y confianza. Fe en lo Porvenir.
Y es que, despojada de su mochila de viaje y de todos sus documentos por un anónimo ladrón callejero cuando apenas promedia su segundo día en la capital mexicana, Aina queda súbitamente abandonada a sus propias fuerzas. Pero el azar la pone en manos de Josefina: una madura mesera de café que le tiende la mano y la aloja en su casa, donde ha quedado libre la habitación de su hijo. A través de Josefina, Aina conoce a la anciana Elba y el resto del filme va detallando la manera en la que estas tres mujeres solitarias y pertenecientes a tres generaciones muy distintas se abren paso en medio de una ciudad de tantos contrastes como la capital de México.
Trazado de este modo, el filme Mi universo en minúsculas tiene una virtud que no es menor: luminosidad. Y el acierto del todavía muy joven pero hábil Huatey Viveros es que consigue imprimirle una absoluta credibilidad a esta nota luminosa, a pesar del sombrío país en el que vivimos. Es decir: es capaz de contarnos una historia de solidaridad y camaradería sin que ese tema parezca estúpido o ridículo sino, por el contrario, auténtico y necesario. Para mí, este es el mayor triunfo de un filme que habla de pérdidas y decepciones, pero también de lealtades genuinas.
Si se explora el asunto desde otro ángulo, los resultados siguen siendo halagüeños. En más de un sentido, la verdadera búsqueda de Aina tiene qué ver con el desciframiento de su propio lugar en el mundo. Las pesquisas en pos de un padre ausente no son sino la manera en que el personaje concreta esa necesidad de dilucidar quién es ella y cómo puede relacionarse con cuanto la rodea. De aquí la importancia de todas las pequeñas estampas de vida en las que Aina aprende a dialogar con una ciudad que, al comienzo, le es absolutamente extraña y de la cual no tendría por qué esperar nada.
La crónica de sus hallazgos, de los personajes que ingresan a su ámbito personal y de las relaciones que se van tejiendo a ese compás, no es sino el relato de una vida que encuentra los nortes para ir construyendo su propia historia.
Por otro lado, durante la conferencia de prensa, el joven cine realizador formuló un jocoso apunte que explica bien el por qué de filmes como este, con personajes que emprenden pequeños o grandes viajes en pos de alguna respuesta. No es que el cineasta haya encontrado el “hilo negro”, desde luego, pero lo que sí es cierto es que el realizador comprende el asunto “con toda su masa”, hasta el tuétano de sus huesos.
“Hay entre los directores de mi generación –dijo, como se puede ver en el video, más abajo– esta idea de personajes que buscan. Creo que hemos inventado un género: el del personaje que camina y siente. Hay muchas películas de directores de mi generación que se tratan de esto, de personajes que caminan y buscan. Me parece que eso tiene que ver con el reflejo de una generación que busca sentido, identidad”.
En cuanto a lo demás, es un placer ver en plena forma a una mujer tan significativa para el teatro mexicano de los años cincuenta del Siglo XX como Tara Parra, quien debutó en el emblemático programa Poesía en Voz Alta y poco más tarde encarnó a Crisotemis en la Elektra de hace tantos años, en dirección de Diego de Mesa: una puesta inolvidable, entre otras cosas, por la audaz escenografía del maestro Juan Soriano.
Un placer similar despierta la siempre cálida y risueña Diana Bracho y la presencia fresca y profesional de Aida Folch. Un buen debut para Huatey Viveros.

Conferencia de prensa
Paraísos artificiales / Yulene Olaizola

Fraternidades naturales

“No comprendo por qué el hombre racional y espiritual se sirve
de medios artificiales
para llegar a la beatitud poética, ya que el
entusiasmo y la voluntad bastan para elevarlo a una existencia
supernatural. Los grandes poetas, los filósofos y profetas son

seres que por el puro y libre ejercicio de la voluntad consiguen
llegar a un estado
en el que son a la vez causa y efecto, sujeto
y objeto, hipnotizador y sonámbulo”.

Charles Baudelaire
Los Paraísos Artificiales



Con un ludismo austero (pero ludismo al fin) Paraísos artificiales (Yulene Olaizola, 2011) pendulea entre las estructuras del documental y las del relato ficcional. La cinta, inscrita dentro de la competencia oficial del Festival Internacional de Cine, recupera un título muy familiar que, además, fundó un cliché: el del célebre ensayo baudelariano de 1860 dedicado a las singularidades del vino, la marihuana y el hachís.
La correspondencia no es casual, ya que los dos personajes del filme son adictos y, desde tal perspectiva, son capaces de comprenderse mutuamente, a pesar de que sean radicalmente diferentes en todo lo demás.
Luisa, por ejemplo, es una joven veinteañera y cosmopolita que, adicta a la heroína y en un intento por romper con esa dependencia, arriba a las selváticas playas de Jicacal, en la reserva de Los Tuxtla, en el sur veracruzano, en pos de ese tipo de soledad en la que uno puede ser más uno mismo y buscar respuestas. Salomón, en cambio, es un lugareño ya sexagenario que se gana la vida desarrollando distintas actividades y que acepta sin grandes conflictos su adicción a la marihuana.
La anécdota es mínima: Luisa y Salomón se conocen y el filme documenta su convivencia de varios días, a través de los cuales comparten vulnerabilidades y hallazgos que desembocan en una fraternidad que es, al mismo tiempo, distante y profunda.
Paraísos artificiales es, pues, un filme de contrastes. El más significativo es extra cinematográfico: Luisa es un personaje de ficción (construido por la actriz Luisa Pardo), en tanto que don Salomón Hernández simplemente se interpreta a sí mismo. La tensión que genera esto es sin duda el elemento más interesante de una película que establece su estilo visual y narrativo a partir de secuencias de largo aliento, habitadas a su vez por otros contrastes y matices.
Uno de los más afortunados tiene que ver con las atmósferas un tanto desahuciadas que la realizadora sabe captar, pero sin arrebatarle un ápice de su gloriosa exuberancia, a los espectaculares paisajes de Los Tuxtla: he allí un universo literalmente edénico, pero preñado de melancolía.
No he tenido, hasta ahora, la oportunidad de conocer el filme anterior de Olaizola, Intimidades de Shakespeare y Victor Hugo, realizado en 2008 y presente en una edición previa del FICM, pero en la sección documental. Sin embargo, hay una cautivante ambigüedad en la permanente vocación de Paraísos artificiales por explorar escenarios frondosos y mundos interiores despojados, soledades que se comparten y discretas camaraderías que aligeran culpas y desafíos, aunque también permanezcan distantes, como en sordina, pertenecientes a tiempos y mundos distintos.
En este último sentido, ver el filme de Olaizola me ha despertado una sensación que no sentía desde mi lectura juvenil de Crónicas marcianas (Ray Bradbury, 1950), y lo digo como un elogio. El encuentro entre Luisa y Salomón me ha recordado intensamente a Tomás Gómez y Muhe Ca, los personajes del relato Encuentro nocturno, a la vez tan cercanos y tan distantes, separados no por la geografía, sino por algo más definitivo: el tiempo.
Releyendo el clásico de Bradbury, me topo con este párrafo:
Esta noche había en el aire un olor a tiempo. Tomás sonrió. ¿Qué olor tenía el tiempo? El olor del polvo, los relojes, la gente. ¿Y qué sonido tenía el tiempo? Un sonido de agua en una cueva, y una voz muy triste y unas gotas sucias que caen sobre cajas vacías y un sonido de lluvia. Y aún más, ¿a qué se parecía el tiempo? A la nieve que cae calladamente en una habitación oscura, a una película muda en un cine muy viejo, a cien millones de rostros que descienden como esos globitos de Año Nuevo, que descienden y descienden en la nada. Eso era el tiempo, su sonido, su olor. Y esta noche (y Tomás sacó una mano fuera de la camioneta), esta noche casi se podía tocar el tiempo.
Por lo demás, no dejo pasar de largo que, más allá del explícito asunto de la farmacodependencia, Paraísos artificiales termina ocupándose más bien de la posibilidad de reconocer y aceptar a los otros, por distintos que sean de nosotros mismos. Es la crónica de un encuentro, digamos, muy natural, y cuya belleza es la de consumar esa fraternidad por encima de todas las barreras culturales, generacionales y clasistas que nos imponen otros paraísos artificiales, tan adictivos como las drogas pero menos obvios y, por tal motivo, más incisivos.

Paraísos Artificiales / Conferencia de prensa

El sueño de Lu / Carlos Hari Sama

La crónica de un buen duelo




Es mentira que el tiempo cure las heridas, como dice cierta sentencia popular. Lo que realmente hace, si se dan los procesos correctos, es enseñarnos a vivir con ellas. De esto se ocupa el segundo largometraje de ficción del cineasta Carlos (Hari) Sama, El sueño de Lu (México, 2011). El realizador ha dirigido previamente los cortos Una suerte de galleta (1996), La cola entre las patas (2005) y Tiene la tarde ojos (2007), así como el largometraje Sin ton ni Sonia (2003).
Lejos, muy lejos del ritmo, tono y tratamiento del último título, pero no tanto de sus temas, El sueño de Lu es una crónica de sanaciones.
Abrazando permanentemente a su oso de peluche, al que lleva consigo de un lado a otro como metáfora de su pena y como fetiche para mitigar el vacío, la Lu del título deambula como una zombie tras la muerte de su hijo Sebastián, de apenas cinco años de edad.
Entre apuntes realistas que documentan el día a día de la protagonista y las difíciles estaciones que surca en sus relaciones con su familia y el resto del mundo, así como entre otros apuntes de corte cósmico, trascendente, que se decantan en las secuencias dedicadas a las ballenas grises del Mar de Cortés (con una intencionalidad muy parecida a las escenas similares de Jinete de ballenas [Niki Karo. Nueva Zelanda, 2002]), el filme registra el proceso de duelo que sigue Lu al entrar en contacto con un grupo de autoayuda para “madres desmadradas y desmadrosas” que se apoyan mutuamente para salir adelante.
Eventualmente, como es natural, la propia Lu saldrá adelante. Para lograrlo surcará y nos invitará a compartir con ella ese viaje por las fases del proceso de curación que comienza con el aturdimiento del shock y concluye con la plena aceptación de la realidad y el reacomodo de la vida en función de ello.
Pero la descripción anterior es demasiado fría y técnica. Por el contrario, el acierto del director y de su sobresaliente actriz protagónica, Úrsula Pruneda, es darle dimensión y emotividad a este tránsito.
Un elemento importante es la música de Darío González Valderrama (Cinco días sin Nora, 2008. Episodios de Revolución, 2010, al lado de Andrew Grush y de The Newton Brothers; así como los cortos La cola entre las patas y Tiene la tarde ojos, del propio Sama). Su composición para guitarra en tres movimientos, cada uno de los cuales abraza los correspondientes actos del filme, es un discreto pero hermoso himno a la vida que puntúa delicados matices que enriquecen cuanto vemos en pantalla.
El momento estelar del filme, sin embargo, tiene como acompañamiento musical un tema que surge del foclor popular jarocho: La bruja (“Me agarra la bruja / me lleva a su casa / me vuelve maceta / me da calabaza. / Y dígame, dígame, / Y dígame usted: / ¿cuántas criaturitas / se ha chupado usted? / Ahora sí, maldita bruja / ya te chupaste a mi hijo; / ya te chupaste a mi hijo, / ahora sí, maldita bruja, / ¡Ay mamá!).
Un ejercicio riguroso, tanto en sus momentos vociferantes como en sus lapsos de ternura y delicadeza. Vale la pena seguir los pasos de un cineasta capaz de esos registros, dentro de la construcción de un lenguaje en movimiento.

El sueño de Lu / Conferencia de prensa
Fecha de caducidad / Kenya Márquez

Caras vemos…

La actriz Ana Ofelia Murguía en una imagen de la comedia negra Fecha de caducidad. La actriz interpreta a doña Ramona.

No sólo tres vidas, sino sus tres perspectivas correspondientes, convergen y le dan su sombrío sentido a la eficaz comedia negra Fecha de Caducidad (Kenya Márquez, 2011), ópera prima en largometraje de la inquieta cineasta tapatía, a la que le tomó once años cristalizar este proyecto en la pantalla grande.
La espera ha valido la pena. Y aunque el tiempo también ha pasado sus facturas, el resultado es definitivamente alentador.
Fecha de caducidad es una historia acerca del relativismo de las apariencias y del costo de las confusiones que esto acarrea. Es una historia de equívocos donde aparentes víctimas devienen verdugos y donde los personajes más sospechosos se convierten en víctimas. La virtud de semejante estado de cosas consiste en que, sin los aspavientos, las sofisticaciones ni los desplantes de “crudo realismo” de otros filmes muy sobrevalorados (y estoy pensando en una lista larga, que va de Amores perros a El Infierno), Fecha de caducidad nos ofrece un retrato más sincero e inquietante del México en el que vivimos.

FECHA DE CADUCIDAD / Tráiler


Fecha de caducidad es la historia de Ramona, prototípica madre abnegada mexicana, quien consiente a su desobligado y treintañero hijo, el labregón Oswaldo. Cuando este buenoparanada desaparece un día, devorado por la marea de violencia irracional que surca al país, doña Ramona emprende su búsqueda con un ahínco encomiable, el cual la conduce a las instalaciones del servicio médico forense local, donde conoce a la secretaria Milagros, quien se vuelve su amiga y trata de ayudarla y aconsejarla en la tarea de localizar al hijo perdido.
Pero Fecha de caducidad es también la historia de Mariana, una joven pueblerina que ha huido a Guadalajara para evadir a la justicia luego de asesinar a Braulio, su machista y golpeador marido. Mariana llega azarosamente al mismo edificio donde vive doña Ramona; se convierte en su vecina, en el departamento de al lado, e involuntariamente se vuelve también la recipiendaria de los afectos de la anciana.
Para cerrar el círculo, la película se ocupa de Genaro: un marchoso Milusos (Roberto G. Rivera, 1981) venido a menos, quien padece una clara disfunción en su habilidad para socializar pero que a cambio disfruta de ciertos conocimientos en medicina legista, quien frecuenta las instalaciones del forense, gracias a lo cual conoce a doña Ramona y, más adelante, a Mariana y a… una parte de Oswaldo.
He aquí, pues, a tres personajes solitarios y que sobrellevan duras pérdidas: una madre desesperada por el hijo desaparecido, una auto-viuda prófuga y un superviviente de la miseria urbana.
La violencia es el detonador de las tres historias. Violencia criminal en el caso del perdido Oswaldo, quien ha muerto decapitado por quién sabe qué motivos o azares de nuestro México lindo y herido, dejando a la anciana madre en una desesperada incertidumbre. Violencia doméstica y de género en el caso de Mariana, quien huye de la justicia tras librarse de las continuas agresiones falócratas de su machista esposo. Violencia social, en fin, en la mendicidad que sobrelleva Genaro y que lo ha reducido a la condición de un fachoso despojo lumpen, capaz de la generosidad más desinteresada, pero cuyo descuidado aspecto lo hace blanco de las suspicacias más oscuras.
Dice el proverbio que lo más sencillo es lo más decente. También es lo más elegante. La cineasta Kenya Márquez se rodea de excelentes actores, comenzando por sus dos actores fetiches, Ana Ofelia Murguía y Damián Alcázar, y construye personajes entrañables y creíbles.
Por otro lado, también acude a los clásicos y les rinde un discreto homenaje, ya que la propuesta de tomar a tres personajes con sus puntos de vista distintos en torno a un mismo hecho es un guiño muy sensible a Rashomon (Kurosawa, 1950) y, por añadidura, a The Killing (Kubrick, 1956, quien ya homenajeaba a su vez a Kurosawa con ese filme).
Es también importante llamar la atención a la mirada que la cineasta le dedica al paisaje urbano tapatío, muy bien aprovechado tanto en sus locaciones recurrentes como en sus tomas incidentales, de la mano con unos arcos de personaje que transcurren ágiles y eficaces para cada uno de los significantes anecdóticos de la película.
El miedo mata, podría ser una de las moralejas de este oscuro relato, si acaso fuera preciso hallar moraleja alguna. En todo caso, es evidente que el miedo es el peor de los consejeros: endurece corazones, levanta prejuicios, destruye relaciones, estigmatiza a los diferentes y transforma dolores legítimos en crueldades alevosas.
Una pequeña joya, digna de buenas corridas en los circuitos de exhibición dedicados a la pauperizada industria fílmica nacional, más aún cuando se trata de una experiencia cinematográfica emprendida desde el interior del país, en la médula más bravía de la cultura tapatía.


CONFERENCIA DE PRENSA
El premio / Paula Markovitch

Crecerse al castigo

Las pequeñas Laura Agorreca y Paula Galinelli en una imagen del filme El Premio, de Paula Markovitch.

La pequeña Cecilia Edelstein tiene siete años, pero a tan corta edad ya guarda secretos que matizan su existencia y que contribuirán a modelar su camino hacia la madurez, pues es hija de disidentes en la Argentina de tiempos de la dictadura y su padre es un perseguido político.
La crónica del primer año de Cecilia en la comunidad balnearia de San Clemente del Tuyú, en Argentina, donde su madre ha decidido ocultarse, así como el clandestino ingreso de la niña a la escuela de Enseñanza General Básica Serafín Dávila, establecen la situación de El Premio, debut en largometraje de la escritora y guionista mexico-argentina Paula Marcovitch (Sin remitente, Elisa antes del fin del mundo, Temporada de patos y Lago Tahoe, entre otras historias y/o libretos).
El premio se proyectó el martes, en la tercera función dedicada a los títulos que compiten por El Ojo en la categoría de Largometraje mexicano de Ficción en el Festival Internacional de Cine de Morelia (FICM).
Rodada con las estrategias del Cine Directo que hace dos años le dieron el triunfo en el FICM a Alamar (Pedro González Rubio, 2009), El premio es una historia que se inserta con buena estrella en una vertiente cinematográfica que habla de la infancia en condiciones extremas de persecución o de violencia. En esta línea vale recordar a dos diamantes inolvidables: los títulos Ven y mira (Elem Klimov, 1985) y Adiós a los niños (Louis Mallé, 1987), así como a una pieza de cine-chatarra de mucha fortuna mediática: La vida es bella (Roberto Benigni, 1997, robándose alevosamente las ideas del script de El tren de la vida, de Radu Mihaileanu, que tardaría un año más en ver la luz, en 1998, pero cuyo plagio también fue su castigo porque Benigni no volvió a filmar nada que valiera la pena).
Lo interesante en El premio es que la debutante directora logra compartirnos un mundo mínimo, pero intensamente significante al ir construyendo el retrato de esa pequeña Cecilia que añora a su padre ausente; que pasa largos ratos en la playa, afrontando a solas los tempestuosos vientos anunciadores del porvenir y que, en pequeñas estampas de experiencia cotidiana, va construyendo su lugar en el mundo mientras cuestiona o trata de comprender el mundo de adultos que la rodea.
Habitando la edad de las iniciaciones, Cecilia memorizará su primera mentira, instruida por su propia madre (“Mi padre vende cortinas, mi mamá es ama de casa”), mientras las dos habitan un maltrecho caserío playero que se inunda constantemente durante los temporales. Ingresará a la escuela local del pueblito (que hoy es un polo turístico en el país de bandera albiceleste) y compartirá la práctica materna de ocultar aquellos libros comprometedores por las ideas que manifiestan, aunque también le confiará a su madre la maravilla de sus nacientes habilidades intelectuales ("mamá, pienso descripciones"). Afrontará la primera deslealtad de parte de su amiga y condiscípula, la morenita González, quien la delata en la escuela por pasarle los resultados de cierto examen a un compañero y, entre otros episodios en los que está presente la constante tensión entre el impulso natural de ser sincera y la necesidad de proteger su identidad y la de su madre, finalmente encarará el mayor de los peligros cuando escriba una composición escolar en la que dejará salir todo el horror y miedo que realmente le inspira la situación en la que vive, y por la cual obtendrá el premio que da título al filme.
La película de Paula Markovitch es una producción de FOPROCINE, Kung Works, IZ Films (por México), Mille et Une Productions (por Francia), Staron Films (por Polonia) y Niko Films (por Alemania) y está resultando una muy agradable sorpresa dentro del programa de largometraje mexicano en competencia en esta edición del festival.
Por lo pronto, la película es una experiencia muy honesta y, en ese mismo sentido, muy emotiva. Pienso que el Truffaut de Los 400 golpes (Francia, 1959), por ejemplo, estaría complacido de ver lo que nos propone Markovitch en esta cinta acudiendo a apuntes que, si bien son autobiográficos, también están debidamente ficcionalizados. Y acentúo esto último porque, si bien la historia se inspira en recuerdos y, sobre todo, sensaciones de la infancia de la cineasta, El premio, como película, no es un simple testimonio o documento de tales memorias, sino un filme que consigue crear todo un universo propio, con el cual es coherente y definitivamente iluminador para narrarnos esta historia de una niña que se crece al castigo de los rigores cotidianos, inmersa, como tantos argentinos de los setenta, en una dictadura que no solamente asesinó personas, sino ideas, anhelos y pensamientos libres.

CONFERENCIA DE PRENSA