Malaventura / Michel Lipkes

Malaventura: epifanías

de esplendor y decadencia


Isaac López, el protagonista de Malaventura, intenso y acertado debut del cineasta Michel Lipkes en el 9° Festival Internacional de Cine de Morelia.

Cine de atmósferas en el más cumplido sentido del término, relato agridulce y polivalente en correspondencia a nuestro incierto mundo actual, el largometraje Malaventura, del muy intuitivo Michel Lipkes, es una pieza de cine alegórico que ha despertado mi mayor interés. El filme se proyectó el viernes en la penúltima función de la sección de largometrajes mexicanos en competencia, dentro del Festival Internacional de Cine de Morelia.
He aquí un fresco que registra los andares de un anciano solitario entre los ruinosos esplendores del centro histórico de la ciudad de México. Una sombra que se desliza entre las sombras, develando a su paso un mundo paralelo, invisibilizado pero cercano, distante e íntimo, sembrado de gestos, claves y signos que continuamente le dan sentido a algo siempre mayor que la mera anécdota.
Hace rato que no veía en pantalla un relato como este, capaz de continuos momentos de intensidad (algunos incipientes, otros excelentemente consumados), que resultan tan expresionistas como surreales al mismo tiempo: siempre balanceándose entre el existencialismo más explícito y la alegoría más esquiva (o, si se prefiere, abierta), generando así una dimensión propia para el extrañamiento, para un estado de alerta que en sus momentos privilegiados puede tocar en lo más vivo a un espectador atento.
Como una suerte de taciturno alter ego del entrañable profe Isak Borg (Fresas Silvestres, Bergman 1957), el octogenario don Isaac López, protagonista de Malaventura, emprende un recorrido por los barrios que acotan su vida. El personaje nos conduce de ese modo a un tránsito a pie por resquicios de La Merced, La Ciudadela y las inmediaciones de Palacio Nacional.
A lo largo de este viaje, los vetustos paisajes a veces lyncheanos (esa rata muerta entre la tierra y el pasto del baldío, que me remite tanto a la oreja de Terciopelo Azul), a veces Anderssianos (esa cantina de ancianos crepusculares recitando fragmentos de Los proverbios del Infierno, de Willian Blake, que me lleva a recordar el bar de despojos humanos de Canciones del segundo piso o, de ese mismo filme noruego, la secuencia del metro) y a veces Oliveiranos (la permanente pátina de un tiempo en suspensión durante la travesía de Viaje al principio del mundo) devienen suma, muerte y transfiguración de los horrores y desolaciones de una ciudad presente que refleja a sus habitantes en el gozne de un tiempo de cambios y metamorfosis.
En más de un sentido, pues, el recorrido de este anciano que procura por la noche llamadas telefónicas fallidas a un ser querido; que languidece con el ocaso de su propio pulso en calles donde sangres más jóvenes gritan, anónimamente, “¡Poncho, vámonos a la Revoluciooón!” o vocean un intencionado “mexicanos al grito de guerra”, es una suerte de testimonio / testamento al bit de un mundo completo que languidece y le va cediendo el paso a un Porvenir desconocido, pero previsible. El canto del cisne de un México que agoniza definitivamente para que termine de parirse a sí mismo el México que lo sucederá.
¿Subjetivo? De acuerdo. Pero esta es precisamente una de las virtudes legítimas del notable debut de Lipkes: su largometraje se mueve con un envidiable equilibrio entre lo ambigüo y lo preciso. Y la riqueza polisémica (pero no necesariamente arbitraria) de esta bella conquista, permite una y otra vez que desde lo preciso individual se abran amplias parcelas de interpretación general. Todo un logro, ya muy bien prefigurado por el más reciente corto del cineasta: El niño sin piernas no puede bailar y la demoledora metáfora de ese lánguido gordito huérfano en pos de certezas emotivas e identitarias a las cuales aferrarse, por grotescas o violentas que pudieran ser.
Mientras tanto, el filme de Lipkes abre con un deslumbrante plano-secuencia que registra el modesto cuartito donde vive don Isaac. Un encuadre perfecto, frontal, que de manera muy teatral capta cuanto es preciso ver (ventana de tenues cortinas incluida al centro de la toma), y con el cual nos atrapa en un amanecer que es pura sustancia cinematográfica gracias a la manera en que Lipkes exacerba calculadamente la sensorialidad de claroscuros, de ruidos incidentales, de acciones cotidianas y de una música a menudo construida con un empleo muy poco ortodoxo pero muy efectivo de las percusiones de metal.
El tratamiento continuará en imágenes tan impactantes como la de ese edificio en ruinas, superviviente del sismo del ’85 (¡26 años más tarde!) en cuya fachada perdura un nicho y su virgen, imagen que me antoja mucho a pensar en los patéticos pero genuinos elementos que todavía permiten que nuestra idea de México se mantenga endeblemente en pie en medio de todo aquello que erosiona pactos sociales, identidades, modelos de convivencia o ideales colectivos.
Sí. “El gusano perdona al arado que lo troza”. Pero qué otra le queda, ¿no? Quien piense lo contrario confirmaría, por ese sólo hecho, que “el necio no ve el mismo árbol que ve el sabio”. Pero los matices también existen. En este aparente vaivén de relativismos, los carros de la basura se antojan más bien ambulancias o carrozas fúnebres, pero los gandallas cobradores del Nuevo Orden son simplemente lo que parecen: los anodinos lacayos de un poder también invisibilizado pero espeluznantemente real.
Moviéndose así: entre viacrucis individuales y ruinas colectivas, entre complicidades y remordimientos, entre impotencias y culpas, Malaventura termina por transformarse en un viaje por el más clásico y bienvenido de los temas: el de las lacrimae rerurm que tan bien conocían los griegos y que no son sino las lágrimas del mundo, el dolor en las cosas como el secreto más íntimo y profundo de cada existencia, y ante cuya imagen o intuición es difícil evadir el apremio de cuestionamientos muy demandantes hacia uno mismo, por aquello del como me ves te verás. Un bello, muy bello debut. Felicidades.

Malaventura / Conferencia de prensa

Mi universo en minúsculas / Hatuey Viveros

Luces de la ciudad



En busca de su padre y de los recuerdos de su primera infancia, la veinteañera enfermera catalana Aina arriba a la Ciudad de México, procedente de Europa, y comienza la azarosa búsqueda de una dirección: el número 37 de la calle Juárez. Es el único dato que posee para dar con el posible paradero de su progenitor, escrito al reverso de una vieja foto.
Así comienza el muy aceptable drama Mi universo en minúsculas, debut en largometraje del realizador Huatey Viveros, egresado del Centro de Capacitación Cinematográfica (CCC), el cual se proyectó casi en la recta final de la sección de Largometraje mexicano en competencia dentro del Festival Internacional de Cine de Morelia.
Lo primero que cautiva en este filme es la desmesura de la hazaña que pretende cumplir el personaje de Aina. He consultado la Guía Roji en la internet; el criterio de búsqueda “calle Juárez” para el DF y su área conurbada arroja 1,328 resultados. Así pues, ¿cómo dar con una nostalgia, con un fantasma o con un recuerdo en ese laberinto gris, tan monstruoso y fascinante?
Eventualmente, Aina no dará con su padre ausente, pero lo interesante es que va a encontrar en esta ciudad tan riesgosa y desconocida para ella es algo casi tan improbable como lo habría sido aquel hallazgo. Va a descubrir / construir complicidades, camaradería, fraternidad y confianza. Fe en lo Porvenir.
Y es que, despojada de su mochila de viaje y de todos sus documentos por un anónimo ladrón callejero cuando apenas promedia su segundo día en la capital mexicana, Aina queda súbitamente abandonada a sus propias fuerzas. Pero el azar la pone en manos de Josefina: una madura mesera de café que le tiende la mano y la aloja en su casa, donde ha quedado libre la habitación de su hijo. A través de Josefina, Aina conoce a la anciana Elba y el resto del filme va detallando la manera en la que estas tres mujeres solitarias y pertenecientes a tres generaciones muy distintas se abren paso en medio de una ciudad de tantos contrastes como la capital de México.
Trazado de este modo, el filme Mi universo en minúsculas tiene una virtud que no es menor: luminosidad. Y el acierto del todavía muy joven pero hábil Huatey Viveros es que consigue imprimirle una absoluta credibilidad a esta nota luminosa, a pesar del sombrío país en el que vivimos. Es decir: es capaz de contarnos una historia de solidaridad y camaradería sin que ese tema parezca estúpido o ridículo sino, por el contrario, auténtico y necesario. Para mí, este es el mayor triunfo de un filme que habla de pérdidas y decepciones, pero también de lealtades genuinas.
Si se explora el asunto desde otro ángulo, los resultados siguen siendo halagüeños. En más de un sentido, la verdadera búsqueda de Aina tiene qué ver con el desciframiento de su propio lugar en el mundo. Las pesquisas en pos de un padre ausente no son sino la manera en que el personaje concreta esa necesidad de dilucidar quién es ella y cómo puede relacionarse con cuanto la rodea. De aquí la importancia de todas las pequeñas estampas de vida en las que Aina aprende a dialogar con una ciudad que, al comienzo, le es absolutamente extraña y de la cual no tendría por qué esperar nada.
La crónica de sus hallazgos, de los personajes que ingresan a su ámbito personal y de las relaciones que se van tejiendo a ese compás, no es sino el relato de una vida que encuentra los nortes para ir construyendo su propia historia.
Por otro lado, durante la conferencia de prensa, el joven cine realizador formuló un jocoso apunte que explica bien el por qué de filmes como este, con personajes que emprenden pequeños o grandes viajes en pos de alguna respuesta. No es que el cineasta haya encontrado el “hilo negro”, desde luego, pero lo que sí es cierto es que el realizador comprende el asunto “con toda su masa”, hasta el tuétano de sus huesos.
“Hay entre los directores de mi generación –dijo, como se puede ver en el video, más abajo– esta idea de personajes que buscan. Creo que hemos inventado un género: el del personaje que camina y siente. Hay muchas películas de directores de mi generación que se tratan de esto, de personajes que caminan y buscan. Me parece que eso tiene que ver con el reflejo de una generación que busca sentido, identidad”.
En cuanto a lo demás, es un placer ver en plena forma a una mujer tan significativa para el teatro mexicano de los años cincuenta del Siglo XX como Tara Parra, quien debutó en el emblemático programa Poesía en Voz Alta y poco más tarde encarnó a Crisotemis en la Elektra de hace tantos años, en dirección de Diego de Mesa: una puesta inolvidable, entre otras cosas, por la audaz escenografía del maestro Juan Soriano.
Un placer similar despierta la siempre cálida y risueña Diana Bracho y la presencia fresca y profesional de Aida Folch. Un buen debut para Huatey Viveros.

Conferencia de prensa
Paraísos artificiales / Yulene Olaizola

Fraternidades naturales

“No comprendo por qué el hombre racional y espiritual se sirve
de medios artificiales
para llegar a la beatitud poética, ya que el
entusiasmo y la voluntad bastan para elevarlo a una existencia
supernatural. Los grandes poetas, los filósofos y profetas son

seres que por el puro y libre ejercicio de la voluntad consiguen
llegar a un estado
en el que son a la vez causa y efecto, sujeto
y objeto, hipnotizador y sonámbulo”.

Charles Baudelaire
Los Paraísos Artificiales



Con un ludismo austero (pero ludismo al fin) Paraísos artificiales (Yulene Olaizola, 2011) pendulea entre las estructuras del documental y las del relato ficcional. La cinta, inscrita dentro de la competencia oficial del Festival Internacional de Cine, recupera un título muy familiar que, además, fundó un cliché: el del célebre ensayo baudelariano de 1860 dedicado a las singularidades del vino, la marihuana y el hachís.
La correspondencia no es casual, ya que los dos personajes del filme son adictos y, desde tal perspectiva, son capaces de comprenderse mutuamente, a pesar de que sean radicalmente diferentes en todo lo demás.
Luisa, por ejemplo, es una joven veinteañera y cosmopolita que, adicta a la heroína y en un intento por romper con esa dependencia, arriba a las selváticas playas de Jicacal, en la reserva de Los Tuxtla, en el sur veracruzano, en pos de ese tipo de soledad en la que uno puede ser más uno mismo y buscar respuestas. Salomón, en cambio, es un lugareño ya sexagenario que se gana la vida desarrollando distintas actividades y que acepta sin grandes conflictos su adicción a la marihuana.
La anécdota es mínima: Luisa y Salomón se conocen y el filme documenta su convivencia de varios días, a través de los cuales comparten vulnerabilidades y hallazgos que desembocan en una fraternidad que es, al mismo tiempo, distante y profunda.
Paraísos artificiales es, pues, un filme de contrastes. El más significativo es extra cinematográfico: Luisa es un personaje de ficción (construido por la actriz Luisa Pardo), en tanto que don Salomón Hernández simplemente se interpreta a sí mismo. La tensión que genera esto es sin duda el elemento más interesante de una película que establece su estilo visual y narrativo a partir de secuencias de largo aliento, habitadas a su vez por otros contrastes y matices.
Uno de los más afortunados tiene que ver con las atmósferas un tanto desahuciadas que la realizadora sabe captar, pero sin arrebatarle un ápice de su gloriosa exuberancia, a los espectaculares paisajes de Los Tuxtla: he allí un universo literalmente edénico, pero preñado de melancolía.
No he tenido, hasta ahora, la oportunidad de conocer el filme anterior de Olaizola, Intimidades de Shakespeare y Victor Hugo, realizado en 2008 y presente en una edición previa del FICM, pero en la sección documental. Sin embargo, hay una cautivante ambigüedad en la permanente vocación de Paraísos artificiales por explorar escenarios frondosos y mundos interiores despojados, soledades que se comparten y discretas camaraderías que aligeran culpas y desafíos, aunque también permanezcan distantes, como en sordina, pertenecientes a tiempos y mundos distintos.
En este último sentido, ver el filme de Olaizola me ha despertado una sensación que no sentía desde mi lectura juvenil de Crónicas marcianas (Ray Bradbury, 1950), y lo digo como un elogio. El encuentro entre Luisa y Salomón me ha recordado intensamente a Tomás Gómez y Muhe Ca, los personajes del relato Encuentro nocturno, a la vez tan cercanos y tan distantes, separados no por la geografía, sino por algo más definitivo: el tiempo.
Releyendo el clásico de Bradbury, me topo con este párrafo:
Esta noche había en el aire un olor a tiempo. Tomás sonrió. ¿Qué olor tenía el tiempo? El olor del polvo, los relojes, la gente. ¿Y qué sonido tenía el tiempo? Un sonido de agua en una cueva, y una voz muy triste y unas gotas sucias que caen sobre cajas vacías y un sonido de lluvia. Y aún más, ¿a qué se parecía el tiempo? A la nieve que cae calladamente en una habitación oscura, a una película muda en un cine muy viejo, a cien millones de rostros que descienden como esos globitos de Año Nuevo, que descienden y descienden en la nada. Eso era el tiempo, su sonido, su olor. Y esta noche (y Tomás sacó una mano fuera de la camioneta), esta noche casi se podía tocar el tiempo.
Por lo demás, no dejo pasar de largo que, más allá del explícito asunto de la farmacodependencia, Paraísos artificiales termina ocupándose más bien de la posibilidad de reconocer y aceptar a los otros, por distintos que sean de nosotros mismos. Es la crónica de un encuentro, digamos, muy natural, y cuya belleza es la de consumar esa fraternidad por encima de todas las barreras culturales, generacionales y clasistas que nos imponen otros paraísos artificiales, tan adictivos como las drogas pero menos obvios y, por tal motivo, más incisivos.

Paraísos Artificiales / Conferencia de prensa

El sueño de Lu / Carlos Hari Sama

La crónica de un buen duelo




Es mentira que el tiempo cure las heridas, como dice cierta sentencia popular. Lo que realmente hace, si se dan los procesos correctos, es enseñarnos a vivir con ellas. De esto se ocupa el segundo largometraje de ficción del cineasta Carlos (Hari) Sama, El sueño de Lu (México, 2011). El realizador ha dirigido previamente los cortos Una suerte de galleta (1996), La cola entre las patas (2005) y Tiene la tarde ojos (2007), así como el largometraje Sin ton ni Sonia (2003).
Lejos, muy lejos del ritmo, tono y tratamiento del último título, pero no tanto de sus temas, El sueño de Lu es una crónica de sanaciones.
Abrazando permanentemente a su oso de peluche, al que lleva consigo de un lado a otro como metáfora de su pena y como fetiche para mitigar el vacío, la Lu del título deambula como una zombie tras la muerte de su hijo Sebastián, de apenas cinco años de edad.
Entre apuntes realistas que documentan el día a día de la protagonista y las difíciles estaciones que surca en sus relaciones con su familia y el resto del mundo, así como entre otros apuntes de corte cósmico, trascendente, que se decantan en las secuencias dedicadas a las ballenas grises del Mar de Cortés (con una intencionalidad muy parecida a las escenas similares de Jinete de ballenas [Niki Karo. Nueva Zelanda, 2002]), el filme registra el proceso de duelo que sigue Lu al entrar en contacto con un grupo de autoayuda para “madres desmadradas y desmadrosas” que se apoyan mutuamente para salir adelante.
Eventualmente, como es natural, la propia Lu saldrá adelante. Para lograrlo surcará y nos invitará a compartir con ella ese viaje por las fases del proceso de curación que comienza con el aturdimiento del shock y concluye con la plena aceptación de la realidad y el reacomodo de la vida en función de ello.
Pero la descripción anterior es demasiado fría y técnica. Por el contrario, el acierto del director y de su sobresaliente actriz protagónica, Úrsula Pruneda, es darle dimensión y emotividad a este tránsito.
Un elemento importante es la música de Darío González Valderrama (Cinco días sin Nora, 2008. Episodios de Revolución, 2010, al lado de Andrew Grush y de The Newton Brothers; así como los cortos La cola entre las patas y Tiene la tarde ojos, del propio Sama). Su composición para guitarra en tres movimientos, cada uno de los cuales abraza los correspondientes actos del filme, es un discreto pero hermoso himno a la vida que puntúa delicados matices que enriquecen cuanto vemos en pantalla.
El momento estelar del filme, sin embargo, tiene como acompañamiento musical un tema que surge del foclor popular jarocho: La bruja (“Me agarra la bruja / me lleva a su casa / me vuelve maceta / me da calabaza. / Y dígame, dígame, / Y dígame usted: / ¿cuántas criaturitas / se ha chupado usted? / Ahora sí, maldita bruja / ya te chupaste a mi hijo; / ya te chupaste a mi hijo, / ahora sí, maldita bruja, / ¡Ay mamá!).
Un ejercicio riguroso, tanto en sus momentos vociferantes como en sus lapsos de ternura y delicadeza. Vale la pena seguir los pasos de un cineasta capaz de esos registros, dentro de la construcción de un lenguaje en movimiento.

El sueño de Lu / Conferencia de prensa
Fecha de caducidad / Kenya Márquez

Caras vemos…

La actriz Ana Ofelia Murguía en una imagen de la comedia negra Fecha de caducidad. La actriz interpreta a doña Ramona.

No sólo tres vidas, sino sus tres perspectivas correspondientes, convergen y le dan su sombrío sentido a la eficaz comedia negra Fecha de Caducidad (Kenya Márquez, 2011), ópera prima en largometraje de la inquieta cineasta tapatía, a la que le tomó once años cristalizar este proyecto en la pantalla grande.
La espera ha valido la pena. Y aunque el tiempo también ha pasado sus facturas, el resultado es definitivamente alentador.
Fecha de caducidad es una historia acerca del relativismo de las apariencias y del costo de las confusiones que esto acarrea. Es una historia de equívocos donde aparentes víctimas devienen verdugos y donde los personajes más sospechosos se convierten en víctimas. La virtud de semejante estado de cosas consiste en que, sin los aspavientos, las sofisticaciones ni los desplantes de “crudo realismo” de otros filmes muy sobrevalorados (y estoy pensando en una lista larga, que va de Amores perros a El Infierno), Fecha de caducidad nos ofrece un retrato más sincero e inquietante del México en el que vivimos.

FECHA DE CADUCIDAD / Tráiler


Fecha de caducidad es la historia de Ramona, prototípica madre abnegada mexicana, quien consiente a su desobligado y treintañero hijo, el labregón Oswaldo. Cuando este buenoparanada desaparece un día, devorado por la marea de violencia irracional que surca al país, doña Ramona emprende su búsqueda con un ahínco encomiable, el cual la conduce a las instalaciones del servicio médico forense local, donde conoce a la secretaria Milagros, quien se vuelve su amiga y trata de ayudarla y aconsejarla en la tarea de localizar al hijo perdido.
Pero Fecha de caducidad es también la historia de Mariana, una joven pueblerina que ha huido a Guadalajara para evadir a la justicia luego de asesinar a Braulio, su machista y golpeador marido. Mariana llega azarosamente al mismo edificio donde vive doña Ramona; se convierte en su vecina, en el departamento de al lado, e involuntariamente se vuelve también la recipiendaria de los afectos de la anciana.
Para cerrar el círculo, la película se ocupa de Genaro: un marchoso Milusos (Roberto G. Rivera, 1981) venido a menos, quien padece una clara disfunción en su habilidad para socializar pero que a cambio disfruta de ciertos conocimientos en medicina legista, quien frecuenta las instalaciones del forense, gracias a lo cual conoce a doña Ramona y, más adelante, a Mariana y a… una parte de Oswaldo.
He aquí, pues, a tres personajes solitarios y que sobrellevan duras pérdidas: una madre desesperada por el hijo desaparecido, una auto-viuda prófuga y un superviviente de la miseria urbana.
La violencia es el detonador de las tres historias. Violencia criminal en el caso del perdido Oswaldo, quien ha muerto decapitado por quién sabe qué motivos o azares de nuestro México lindo y herido, dejando a la anciana madre en una desesperada incertidumbre. Violencia doméstica y de género en el caso de Mariana, quien huye de la justicia tras librarse de las continuas agresiones falócratas de su machista esposo. Violencia social, en fin, en la mendicidad que sobrelleva Genaro y que lo ha reducido a la condición de un fachoso despojo lumpen, capaz de la generosidad más desinteresada, pero cuyo descuidado aspecto lo hace blanco de las suspicacias más oscuras.
Dice el proverbio que lo más sencillo es lo más decente. También es lo más elegante. La cineasta Kenya Márquez se rodea de excelentes actores, comenzando por sus dos actores fetiches, Ana Ofelia Murguía y Damián Alcázar, y construye personajes entrañables y creíbles.
Por otro lado, también acude a los clásicos y les rinde un discreto homenaje, ya que la propuesta de tomar a tres personajes con sus puntos de vista distintos en torno a un mismo hecho es un guiño muy sensible a Rashomon (Kurosawa, 1950) y, por añadidura, a The Killing (Kubrick, 1956, quien ya homenajeaba a su vez a Kurosawa con ese filme).
Es también importante llamar la atención a la mirada que la cineasta le dedica al paisaje urbano tapatío, muy bien aprovechado tanto en sus locaciones recurrentes como en sus tomas incidentales, de la mano con unos arcos de personaje que transcurren ágiles y eficaces para cada uno de los significantes anecdóticos de la película.
El miedo mata, podría ser una de las moralejas de este oscuro relato, si acaso fuera preciso hallar moraleja alguna. En todo caso, es evidente que el miedo es el peor de los consejeros: endurece corazones, levanta prejuicios, destruye relaciones, estigmatiza a los diferentes y transforma dolores legítimos en crueldades alevosas.
Una pequeña joya, digna de buenas corridas en los circuitos de exhibición dedicados a la pauperizada industria fílmica nacional, más aún cuando se trata de una experiencia cinematográfica emprendida desde el interior del país, en la médula más bravía de la cultura tapatía.


CONFERENCIA DE PRENSA
El premio / Paula Markovitch

Crecerse al castigo

Las pequeñas Laura Agorreca y Paula Galinelli en una imagen del filme El Premio, de Paula Markovitch.

La pequeña Cecilia Edelstein tiene siete años, pero a tan corta edad ya guarda secretos que matizan su existencia y que contribuirán a modelar su camino hacia la madurez, pues es hija de disidentes en la Argentina de tiempos de la dictadura y su padre es un perseguido político.
La crónica del primer año de Cecilia en la comunidad balnearia de San Clemente del Tuyú, en Argentina, donde su madre ha decidido ocultarse, así como el clandestino ingreso de la niña a la escuela de Enseñanza General Básica Serafín Dávila, establecen la situación de El Premio, debut en largometraje de la escritora y guionista mexico-argentina Paula Marcovitch (Sin remitente, Elisa antes del fin del mundo, Temporada de patos y Lago Tahoe, entre otras historias y/o libretos).
El premio se proyectó el martes, en la tercera función dedicada a los títulos que compiten por El Ojo en la categoría de Largometraje mexicano de Ficción en el Festival Internacional de Cine de Morelia (FICM).
Rodada con las estrategias del Cine Directo que hace dos años le dieron el triunfo en el FICM a Alamar (Pedro González Rubio, 2009), El premio es una historia que se inserta con buena estrella en una vertiente cinematográfica que habla de la infancia en condiciones extremas de persecución o de violencia. En esta línea vale recordar a dos diamantes inolvidables: los títulos Ven y mira (Elem Klimov, 1985) y Adiós a los niños (Louis Mallé, 1987), así como a una pieza de cine-chatarra de mucha fortuna mediática: La vida es bella (Roberto Benigni, 1997, robándose alevosamente las ideas del script de El tren de la vida, de Radu Mihaileanu, que tardaría un año más en ver la luz, en 1998, pero cuyo plagio también fue su castigo porque Benigni no volvió a filmar nada que valiera la pena).
Lo interesante en El premio es que la debutante directora logra compartirnos un mundo mínimo, pero intensamente significante al ir construyendo el retrato de esa pequeña Cecilia que añora a su padre ausente; que pasa largos ratos en la playa, afrontando a solas los tempestuosos vientos anunciadores del porvenir y que, en pequeñas estampas de experiencia cotidiana, va construyendo su lugar en el mundo mientras cuestiona o trata de comprender el mundo de adultos que la rodea.
Habitando la edad de las iniciaciones, Cecilia memorizará su primera mentira, instruida por su propia madre (“Mi padre vende cortinas, mi mamá es ama de casa”), mientras las dos habitan un maltrecho caserío playero que se inunda constantemente durante los temporales. Ingresará a la escuela local del pueblito (que hoy es un polo turístico en el país de bandera albiceleste) y compartirá la práctica materna de ocultar aquellos libros comprometedores por las ideas que manifiestan, aunque también le confiará a su madre la maravilla de sus nacientes habilidades intelectuales ("mamá, pienso descripciones"). Afrontará la primera deslealtad de parte de su amiga y condiscípula, la morenita González, quien la delata en la escuela por pasarle los resultados de cierto examen a un compañero y, entre otros episodios en los que está presente la constante tensión entre el impulso natural de ser sincera y la necesidad de proteger su identidad y la de su madre, finalmente encarará el mayor de los peligros cuando escriba una composición escolar en la que dejará salir todo el horror y miedo que realmente le inspira la situación en la que vive, y por la cual obtendrá el premio que da título al filme.
La película de Paula Markovitch es una producción de FOPROCINE, Kung Works, IZ Films (por México), Mille et Une Productions (por Francia), Staron Films (por Polonia) y Niko Films (por Alemania) y está resultando una muy agradable sorpresa dentro del programa de largometraje mexicano en competencia en esta edición del festival.
Por lo pronto, la película es una experiencia muy honesta y, en ese mismo sentido, muy emotiva. Pienso que el Truffaut de Los 400 golpes (Francia, 1959), por ejemplo, estaría complacido de ver lo que nos propone Markovitch en esta cinta acudiendo a apuntes que, si bien son autobiográficos, también están debidamente ficcionalizados. Y acentúo esto último porque, si bien la historia se inspira en recuerdos y, sobre todo, sensaciones de la infancia de la cineasta, El premio, como película, no es un simple testimonio o documento de tales memorias, sino un filme que consigue crear todo un universo propio, con el cual es coherente y definitivamente iluminador para narrarnos esta historia de una niña que se crece al castigo de los rigores cotidianos, inmersa, como tantos argentinos de los setenta, en una dictadura que no solamente asesinó personas, sino ideas, anhelos y pensamientos libres.

CONFERENCIA DE PRENSA
Nos vemos, papá / Lucía Carreras

Parafílicos fantasmas

Pilar y su reflejo, en una de las imágenes del largometraje Nos vemos, papá, que figura en la competencia oficial de largometraje mexicano del FICMM 2011.

Ya treintañera, la introvertida Pilar Guillén (Cecilia Suárez más ratonil que nunca) es incapaz de sobreponerse a la muerte de su amado padre, al que ha cuidado desde que su madre murió, cuando ella era una niña. Así, luego del funeral, Pilar comienza una espiral introyectiva que la lleva a proyectar la imagen del padre ausente y a convivir con ese espectro mientras se acurruca en un aislamiento radical. La mujer comienza a romper deliberadamente todos los lazos afectivos que la unían al mundo, se enclaustra en la enorme casona porfirista familiar y, paulatinamente, va cumpliendo con el fantasma paterno una serie de fantasías y actos rituales que satisfacen necesidades diversas.
Esta es la línea que sigue el personaje protagónico de Nos vemos, papá, la ópera prima de la guionista Lucía Carreras (Año Bisiesto, Suerte de Eternidad, Ofelia, así como Tamara y la Catarina, entre otros, algunos de ellos en proyecto y otros sin filmar). El filme se presentó el lunes en la segunda función de la competencia de largometraje mexicano en el Festival Internacional de Cine de Morelia.
Cine crepuscular, Nos vemos, papá es una taciturna historia de enfermizo amor. De hecho, se ocupa (aunque sea de modo metafórico) de una parafilia: el incesto que Pilar consuma con la sombra de su padre muerto. Lo desconcertante, así las cosas, es que el libreto de la directora y guionista sea incapaz de llevar el asunto más allá de lo anecdótico o incluso de alcanzar, desde esa mera dimensión, la suficiente astucia para lograr la credibilidad pertinente.
Hay varias cosas que, definitivamente, no me convencen en esta película. Pero antes de pasar a ellas, hay qué hablar de lo que, creo, vale la pena.
La muy planificada puesta en escena, en términos de encuadres y composición es, por ejemplo, una buena experiencia. La cineasta adopta para este filme, en varios momentos, la táctica de la cámara al hombro y la estrategia logra el enganche deseado, al menos desde un punto de vista técnico.
Otro punto sobresaliente son las actuaciones, comenzando por la de una Cecilia Suárez que sabe imprimirle a su personaje toda la vulnerabilidad e incertidumbre que hacen falta… aún a costa de irse encasillando (como la propia actriz señalaría en algún momento de la conferencia de prensa) en personajes “raritos”. Pero, en general, todos los actores cumplen.
El departamento de arte también tiene buenos puntos, que se suman a los de una fotografía que aprovecha bien la desolada expresividad de los claroscuros en interiores. También hay una edición cuyo ritmo es acezante o contemplativo en los momentos precisos.

NOS VEMOS, PAPÁ / Avance

La escena en que Pilar imagina jugar ajedrez con el espectro de su padre, antes de la llegada de su hermano, José.

Pero –se preguntarán– si todo lo anterior funciona, qué es lo que no me convence de la película.
Siento que, a la hora de abordar el tema del incesto o, como proponían la actriz protagónica, el productor y la directora: a la hora de hablar del complejo de Elektra, los responsables del filme no se han atrevido a ensuciarse lo suficiente y, por lo tanto, el resultado final es más bien ascéptico y, en la misma medida, inofensivo.
Esto me queda claro con el muy autocomplaciente final que, me parece, traiciona lo poco o mucho que se ha ido construyendo durante el metraje: el hermano de la protagonista, quien a lo largo de la historia ha mostrado su preocupación por su hermana y que en algún momento ha optado incluso por vender la propiedad paterna para alejar a Pilar de los recuerdos que la enferman, decide finalmente entregarle a Pilar las llaves de la casa y, en un happy end digno de Disney, dejar que la mujer viva su vida y sea feliz a su manera, enclaustrada en su burbuja de cristal.
Durante el encuentro con los medios e interrogada al respecto, la cineasta reivindicaba con ese final el derecho que todos tenemos a ser felices, incluso hundidos en la irracionalidad. Estoy de acuerdo. El problema es que esa argumentación tampoco se ve plasmada en la película.
Porque, vamos a ver: Pilar vive una fantasía. ¿Está loca? Es una manera de decirlo. Pero lo cierto es que hay formas correctas de volverse loco y hay otras que no lo son. El fiel de la balanza es el mismo que distingue al genio del alucinado: uno puede enloquecer en un espasmo de ceguera, cuando todo pierde sentido, pero también puede enloquecer por un arrebato supremo de videncia, cuanto todo tiene sentido.
Y entre esos dos extremos, por ninguno de los cuales se decanta la historia de Pilar, tenemos una consideración adicional: La tentación del incesto es, al menos en principio, la seducción del espejo. Es decir, una confusión narcisista. ¿El conflicto de tal estado de cosas? Bueno, pues que ninguna palabra es posible ante un reflejo, ante un doble o ante cualquier ser u objeto privado de alteridad. Esta es precisamente la razón –dicho sea de paso– por la que la amante ideal entre los románticos del siglo XIX era en realidad el signo de la Muerte. Y en este sentido, los complejos denominados de Edipo y de Elektra son también índices de ese Absoluto y pueden servir para erizarnos de horror con sus abismos, o para iluminarnos con sus cimas… pero claro: a condición de que sean objeto de una correcta problematización a la hora de abordarlos. Esa problematización es la que falta en Nos vemos, papá y deja todo en mero preámbulo.
Para comprenderlo cabalmente, basta acudir a las piezas maestras que otras artes y otros títulos le han aportado al tema. En cine la referencia obligada (e insuperable) la da el realizador sueco Ingmar Bergman, así como en teatro un momento supremo de horror y crueldad lo encontramos en las Clara y Solange de Las Criadas (Jean Genet, 1947), mientras que en la narrativa hay que remitirse sin posibilidad de escalas a Anaïs Nin, que le aporta al tema tanta ternura como inquietud en sus Diarios y en su texto Incesto, por citar solamente tres momentos supremos, precedidos por todas las Delgadinas que surcan la tradición juglaresca de la España feudal.
Estas honduras son las que nos queda a deber el filme. En rigor, desde términos exclusivamente terapéuticos, la situación en Nos vemos, papá es muy elemental. Quiero decir, didáctica (y, en ese sentido, pertinente para exhibirse en ciclos o circuitos temáticos de cine y psicoanálisis, pero poco más): A la muerte de su madre, la pequeña Pilar se hace prematuramente responsable de su amado padre, supliendo el rol de la mamá en términos afectivos, pero al hacerse adulta semejante esquema le impide realmente crecer (porque, como escribe Jung, a quien por cierto le debemos el concepto clínico del complejo de Elektra: “Antes de ser padre, es preciso dejar de ser hijo”).
De modo que, en cierto sentido, el personaje de Cecilia Suárez en este filme es el de una niña. Físicamente Pilar podrá andar en los treinta y tantos, pero mentalmente no pasa de los ocho años de edad y aunque este hecho (que podría haberle dado muchas posibilidades al libreto) es aprehensible intelectualmente en el filme, nunca se alcanzan a disponer las cosas con el suficiente rigor para que realmente lo sintamos.
De allí, pienso, viene mi irritación con ese final de buenas intenciones pero por completo tramposo. Es un final Disney. Oscuro, sí, pero a la Disney.
Un último apunte. A pesar de todo lo citado, Nos vemos, papá, sigue teniendo su valor. Creo que si leo esta película como la metáfora de un México actual temeroso de su realidad y que prefiere habitar entre fantasmas del pasado (aún a costa de convertirse él mismo en un fantasma), puedo decir que la cinta sigue hablando de una realidad, aunque haga todo lo posible por darle la espalda.

Conferencia de prensa


Los últimos cristeros / Matías Meyer

Retablo y memoria


Una secuencia de Los últimos cristeros, filme que abrió la sección de Largometraje Mexicano en competencia, en el Festival Internacional de Cine de Morelia.

A fines de los años treinta, en el ocaso del segundo acto de la Guerra Cristera (1926-1929 y 1932-1938), el coronel Florencio Estrada y sus últimos cinco hombres vagan por la sierra del Mezquital, en Durango. Se han negado a claudicar y ahora, perseguidos por el gobierno, aguardan la llegada de un cargamento de municiones para continuar la resistencia. A pesar de esa esperanza, la sobrevivencia del pequeño grupo y la de sus familias, concentradas en un campamento clandestino y ambulante, está marcada por la desolación. Los alzados consideran que la única oportunidad de que sus familiares salgan adelante es cruzar la frontera con Nayarit.
Esta es la situación en la que se desarrolla el tercer largometraje del realizador Matías Meyer (Wadley, 2008 y El calambre, 2009, filmes precedidos por seis cortometrajes y documentales que se remontan a 2002 con San Vicente de Chupaderos), quien adapta libremente los contenidos de la novela Rescoldos (Antonio Estrada, 1959 / editorial Jus, 1961).
Pero si la desolación es la nota que envuelve a este relato minimalista, tal emoción es el fondo sobre el cual se puntúa y propone una lectura distinta, que se aleja a partes iguales de la crónica histórica, del realismo o del documental.
Como ya sucedía en Waldey y en El calambre, Los últimos cristeros es, para cada uno de los personajes, un viaje de encuentro consigo mismo; una experiencia que pone en perspectiva el ruido y la interferencia exteriores, hasta alcanzar una serenidad en la que cada cual puede poner orden a su vida y encontrar su sentido.
De este modo, es poco –realmente poco– lo que sucede en la pantalla en términos anecdóticos. De hecho, para quien pretenda ver el filme anecdóticamente, Los últimos cristeros no es sino el mero deambular, más o menos sin rumbo, de un puñado de desharrapados.
Con más atención, la cosa cambia. Meyer lo apuesta todo al lenguaje de la composición y, sobre todo, a las sensaciones e ideas que puede proponer desde el encuadre de sus planos-secuencia. Este estilo, que ya acompañaba a Wadley y a El calambre, y que comparte perspectivas propias del Cine Directo, le da ahora a Matías Meyer la posibilidad de construir una discreta epifanía que se esmera por tocar y compartirnos la médula de lo que fue el movimiento cristero en el México del Siglo XX.

Un apunte a la Cristiada
Esta intención no es menor, pero para comprenderla es preciso revisar someramente la casi desconocida segunda guerra civil mexicana de la primera mitad del siglo pasado.
Y es que la Cristiada (como también se le conoce), fue ante todo un movimiento genuinamente popular, conformado mayoritariamente por una población campesina y/o rural que había sido tocada en lo más vivo: sus creencias y su fe.
La crisis la desató hacia 1926 el gobierno del presidente Plutarco Elías Calles y la “mano dura” con la que se propuso hacer valer todas las restriccciones que contemplaba para el clero el artículo 130 de la Constitución Mexicana. Estas restriciones iban desde la prohibición de ejercer el culto fuera de los templos hasta el desconocimiento de cualquier personalidad jurídica a la iglesia. Las medidas erizaron el descontento del clero, desde luego, pero sobre todo de una población mayoritariamente católica y guadalupana que no soportó el veto a sus rituales ni el estigma a sus creencias, todo lo cual se entremezcló con demandas sociales auténticas.
Fue así, como en la parte más álgida del conflicto, el ejército mexicano se las tuvo que ver con milicias de laicos alzados hasta en 15 estados del país y que, al grito de “¡Viva Cristo rey!”, llegaron a sumar hasta 50 mil almas.
El conflicto concluyó oficialmente a fines de los años veinte, aunque varias chispas guerrilleras se mantuvieron activas hasta bien entrados los años treinta, cuando el gobierno del presidente Lázaro Cárdenas tuvo la suficiente sabiduría política para pactar la paz.
A pesar de su virulencia, de su intensidad, el conflicto cristero fue probablemente el mayor tema-tabú de la historiografía mexicana del siglo pasado. El investigador alsaciano Jean Meyer, pionero en la exploración y difusión del tema, afirma en entrevista: “Cuando yo comencé mi investigación, hace cuarenta años, los cristeros ni siquiera existían para la izquierda mexicana de la época; o bien, si a pesar de todo se les reconocía su existencia física, eran considerados meros paramilitares de derechas, guardias blancas de los latifundistas o, en el mejor de los casos, peones estúpidos o braceros manipulados por el clero y los propietarios para impedir la reforma agraria en México”.
En cambio, durante los últimos años, tanto historiadores como sociólogos ya comienzan a reconocer, en fundamento a los datos que se poseen, que la Cristiada fue un movimiento popular y que el aspecto religioso fue una motivación importante y sincera de esa insurrección.

MATÍAS MEYER / entrevista y conferencia


Retablo, trascendencia, memoria
A partir de lo anterior, puedo volver al filme de Matías Meyer.
Lo primero es que, en Los últimos cristeros, al cineasta no le interesa formular una reconstrucción histórica del movimiento en el sentido lineal del término. La vocación de su película no es “reconstruir” ni “cronicar” sino, ante todo, develar y compartir los resortes íntimos del tema.
Y como, a fin de cuentas, el ideal de los cristeros era seguir a Cristo, imitarlo, Meyer asume esa intencionalidad y hace de su breve crónica un retablo que, en términos de gramática icónica, formula muchísimos lazos intertextuales entre las estaciones de ese deambular de los rebeldes por la sierra y episodios de la vida de Jesús y de sus apóstoles extraídos de fuentes que van desde los Evangelios hasta la tradición popular.
He ahí, por citar sólo un ejemplo, el momento en el que el coronel Florencio Estrada reflexiona de noche sobre el inminente descenlace del movimiento y de sí mismo, inmóvil y austero cual menhir sembrado en la tierra, tal como se nos ha dicho que Cristo oró en el Getsemaní antes del prendimiento.
En otras ocasiones, Meyer le apuesta al secreto poder de lo aurático y filma en locaciones que fueron escenarios reales de episodios de la Cristiada, como la caverna en la que los personajes del filme se guarecen de la lluvia y que conserva en sus muros de basalto testimonios de sus ocupantes.
La selección de intérpretes para el filme ha seguido una lógica similar al acudir a personajes cuyas familias tuvieron realmente qué ver en la guerra cristera.

JEAN MEYER / Entrevista


Por lo demás, ya desde Wadley era bastante explícita la idea del cineasta por articular un lenguaje inspirado en el denominado estilo trascendente. Esa vocación se ha ido afinando en sus demás filmes, pero esto también ocupa un breve paréntesis.
Han pasado casi cuarenta años desde que, en 1972, el realizador Paul Schrader articuló analíticamente las características de lo que hoy se conoce en el cine como el “estilo trascendental”, que consiste en la revelación o expresión de lo sagrado, de lo numinoso en la existencia. La palabra “numinoso” es particularmente interesante, proviene de númen y hoy se le emplea para describir una experiencia en la cual hay un elemento de naturaleza sagrada, pero sin que en esa interpretación interfiera la pesada loza de algún dogma.
Bien. La categorización de Schrader fue concebida estudiando los filmes de Ozu, Dreyer y Tarkovski, pero los tres requisitos de ese estilo están bien presentes en Los últimos cristeros: se trata de su desarrollo entre las estaciones de lo cotidiano, la disparidad y la estásis.
Siguiendo a Schrader, lo cotidiano plasma los momentos comunes de la vida con sus resonancias existenciales, culturales, políticas y sociales. Este punto de partida nos prepara para un hecho difícil de explicar o milagroso, que se manifiesta a través de las estructuras de representación de lo rutinario, lo familiar y lo cercano.
A esta manifestación de lo sobrehumano corresponde la disparidad, que no es sino una suma de elementos poéticos que nos permiten atisbar una realidad distinta respirando a través de lo aparente. Las metáforas, desde luego, son indispensables en esta operación, en la que se plantea una relación intrigante entre el mundo de lo humano y el mundo natural
Esta disparidad en el estilo trascendental se cierra con cierta acción decisiva que, escribe Schrader, nos conduce a “una explosión de emoción espiritual totalmente inexplicable dentro del contexto de ‘lo cotidiano’ ”, aunque la disparidad también puede basarse en un sufrimiento profundo que se da en medio del conflicto humano.
Finalmente, la tercera y última fase del estilo trascendental, la estásis, es una mirada reposada y casi estática de la vida que trasciende la disparidad. Esta estación del estilo trascendente nos muestra de qué manera el ser humano vuelve a ser unidad con la naturaleza (y a través de ella, con “el espíritu” o con todo lo que es sagrado) hasta que ambos devienen una sola entidad. Por ello, “lo que rodea al hombre deja de verse de la misma manera”.
Recuperando este esquema para el caso de Los últimos cristeros, quizás se vuelva evidente cómo entre los personajes del comienzo del filme, sucios, introspectivos y llenos de incertidumbres, y los personajes del final, en ese episodio-purificación cuando se han bañado en el estanque y se muestran limpios y puros como después de un bautismo, se ha cumplido el arco que lleva de lo cotidiano a lo maravilloso, incluso a costa de dejar a la película con un final abierto. A Matías Meyer no le preocupa si el coronel y sus hombres sobreviven o son asesinados, si logran reunirse o no con sus familias en el anhelado y nunca visto exilio nayarita (que es como la Tierra Prometida de los relatos mosaicos del Antiguo Testamento). Lo que le importa es cumplir esa cita con una experiencia que nos permita sobreponernos a nosotros mismos y mostrarnos en la dimensión idílica del pequeño milagro cumplido o, si se prefiere, en el territorio reivindicatorio del ideal alcanzado, así sea de manera delicada y fugaz.
PROTOCOLO Y APERTURA DEL IX FICM
De motivos para el canto, embajadores
y algunos adelantos al último Informe

La foto institucional. El gober inaugurando el IX Festival Internacional de Cine de Morelia. Esta es la última de cuatro ediciones del encuentro fílmico mundial que se celebra bajo su administración.

El gobernador de Michoacán, Leonel Godoy, inauguró esta noche el IX Festival Internacional de Cine de Morelia en el teatro José María Morelos y durante su discurso calificó a organizadores y asistentes como “los mejores embajadores y voceros para nuestro estado”. El funcionario aprovechó la ocasión para ofrecer, con sabor a despedida, el equivalente a un adelanto del que será su último informe de gobierno, al describir algunas de las acciones que, desde su punto de vista, ha emprendido su administración para fortalecer el quehacer cultural de la entidad y de la capital michoacana, así como para abatir índices de pobreza y de inseguridad.
De entrada, el funcionario recordó que “nuestro estado estará siempre agradecido con la comunidad cinematográfica: fueron ustedes quienes después de los lamentables hechos terroristas del 2008 alzaron la mano para decir ‘vamos a Michoacán, vamos a Morelia, estamos con ustedes’, y con sus visitas han constatado que, si bien Michoacán, al igual que muchas partes del país, tiene problemas en algunos rubros, somos más las michoacanas y los michoacanos que con nuestro trabajo y esfuerzo diario buscamos un Michoacán mejor”.
Por lo que atañe a su informe por adelantado, el mandatario afirmó que el compromiso de su gobierno con la cultura ha sido una constante. “Fortalecimos –dijo– el programa de festivales: Jazztival, Música Contemporánea, Internacional de Guitarra, Danza Contemporánea, RockFest, Concurso Artístico de la Raza Purhépecha, extensiones del Festival Internacional Cervantino en Morelia y en el interior del Estado, así como el Festival de Música de Morelia Miguel Bernal Jiménez, también con extensiones a diferentes municipios”.
Afirmó asimismo que “se dio estructura a la creación de Centros Culturales como el Antiguo Colegio Jesuita en Pátzcuaro, el Centro Dramático de Michoacán, el Centro Mexicano para la Música y las Artes Sonoras en Morelia, el Centro Cultural Clavijero también en Morelia, el Centro regional de las Artes en Zamora y la Casa de la Cultura de Morelia, que se destinó para la realización de actividades artístico-culturales”.
Citó del mismo modo el impulso al Sistema Estatal de Creadores, y afirmó que se amplió la cobertura de programas inscritos en el mismo, como el de Coinversiones a la Producción Artística, el Premio Estatal de las Artes Eréndira y Programa de Desarrollo Cultural Municipal, entre otros.
Concluyó recordando que para este año la Feria del Libro y la Lectura local “tiene el carácter de nacional”.

Por otro lado, abandonando el tema anterior (que en realidad tiene que ver con las estrategias destinadas al fortalecimiento turístico de la entidad, ya que los circuitos de festivales y la infraestructura cultural apuntan directamente a ese fin), Godoy Rangel sostuvo que, de acuerdo a datos del Consejo Nacional de Evaluación de la Política del Desarrollo Social (CONEVAL), “Michoacán fue uno de los cuatro estados que lograron disminuir la pobreza en el periodo 2008- 2010 y fue el segundo estado, sólo por detrás de Puebla, que logró disminuir la pobreza extrema en la entidad”.
Quién sabe, me digo yo. Habrá que preguntarle a los monederos de las amas de casa, a ver si las cifras “macro” realmente se reflejan en las realidades “micro” de todos los días. En fin.
Habló también de los resultados dados a conocer por el INEGI en su Encuesta Nacional de Victimización y Percepción sobre Seguridad Pública 2011 (ENVIPE), presentada el pasado septiembre, de acuerdo a la cual “Michoacán es el segundo estado con menos delitos del fuero común por cada 100 mil habitantes”.

Cuauhtémoc Cárdenas Batel
y una cita a Por qué cantamos

Por su parte, el vicepresidente del festival, arquitecto Cuauhtémoc Cárdenas Batel, tuvo una breve pero vivaz intervención, en la que consideró que “festivales como este son un canto en un país en donde, de norte a sur, el ruido de las balas quiere acallar al ciudadano común. Festivales como este son un canto esperanzador en medio del estruendo”.
“Hay temas ineludibles –comenzó– en este maravilloso México que algunos sinvergüenzas pretenden convertir nada más que en un obsceno baño de sangre”.
“Quisiera vivir en un país en donde no fuera necesario hablar de estas cosas, pero hoy nuestro deber ciudadano es alzar la voz contra la violencia, contra el tráfico de armas, de drogas, de personas. Contra la cotidianeidad de la muerte sin sentido, contra quienes no conocen ni reconocen otra autoridad que la del fusil. Contra la simulación y la falta de rumbo”.
“Quienes nos desarrollamos en el quehacer cultural no somos ajenos al dolor de nuestra patria ultrajada, pero sabemos que es la educación, la cultura, las oportunidades de trabajo, la solidaridad, y no la brutalidad, venga de donde venga, lo que nos llevará a detener la violencia”.
Sostuvo que “estamos hartos de ese futuro mejor que prometen los demagogos. Queremos y exigimos un México con presente digno y en paz. Solo entonces construiremos un mejor futuro”.
Fue al concluir su intervención cuando dijo que experiencias como el FICM “son como un canto” y remató: “Hay quienes piensan que rodeados de tanto dolor es mejor guardar silencio. Enmudecer con la mordaza del miedo, y hay quienes se preguntan por qué nos obstinamos en seguir cantando”.
Para responder a esa pregunta, cerró su intervención con el célebre poema de Mario Benedetti Por qué cantamos, que a la letra dice:

Por qué cantamos
Mario Benedetti

Si cada hora viene con su muerte
si el tiempo es una cueva de ladrones
los aires ya no son los buenos aires
la vida es nada más que un blanco móvil
usted preguntará por qué cantamos.

Si nuestros bravos quedan sin abrazo
la patria se nos muere de tristeza
y el corazón del hombre se hace añicos
antes aún que explote la vergüenza
usted preguntará por qué cantamos.

Si estamos lejos como un horizonte
si allá quedaron árboles y cielo
si cada noche es siempre alguna ausencia
y cada despertar un desencuentro
usted preguntará por qué cantamos.

Cantamos porque el río está sonando
y cuando suena el río / suena el río
cantamos porque el cruel no tiene nombre
y en cambio tiene nombre su destino.

Cantamos por el niño y porque todo
y porque algún futuro y porque el pueblo
cantamos porque los sobrevivientes
y nuestros muertos quieren que cantemos.

Cantamos porque el grito no es bastante
y no es bastante el llanto ni la bronca
cantamos porque creemos en la gente
y porque venceremos la derrota.

Cantamos porque el sol nos reconoce
y porque el campo huele a primavera
y porque en este tallo en aquel fruto
cada pregunta tiene su respuesta.

Cantamos porque llueve sobre el surco
y somos militantes de la vida
y porque no podemos ni queremos
dejar que la canción se haga ceniza.








































Ha sido así, entre la política y la poesía, como ha abierto oficialmente sus actividades el noveno Festival Internacional de Cine de Morelia.
Una vida mejor abre el FICM

Vivir y morir en L.A.



Como ya se ha vuelto tradición (una costumbre solamente rota durante 2007, cuando se exhibió la producción hispana El orfanato), le corresponde a un filme independiente norteamericano abrir esta noche las actividades del Festival Internacional de Cine de Morelia, que en este 2011 alcanza su novena edición. Se trata del correcto drama Una vida mejor, un insólito filme de Chris Weitz (Nueva York, 1969)… y digo “insólito” porque el realizador es mayoritariamnte conocido por filmes como Crepúsculo (EU, 2009, de la saga Luna Llena), American Pie (EU, 1999) y La brújula dorada (EU, 2007). Los títulos lo dicen todo: un cine de cierta pretención, con algunas inspiraciones literarias (sólo me refiero, que conste, a La brújula dorada), pero decididamente sus filmes son artículos predigeridos y orientados a esa macabra vertiente del showbussines llamada “el sano esparcimiento”.
Una excepción serían, quizás, algunos momentos de otro filme suyo: De vuelta a la Tierra (EU, 2001) en la que un aspirante a realizador de cómics moría y recibía una seguna oportunidad de cumplir sus anhelos, para lo cual reencarnaba como un empresario. Pero incluso en este discreto y bien llevado relato fantásico se imponían los modismos propios del melodrama hollywoodense en uso.
Por eso sorprende ver a un cineasta de este tipo adoptando una postura más seria, digamos, más formal o, para decirlo de otro modo, con un contenido social explícito.
Sin duda, en la elección de este proyecto al cineasta le han pesado las raíces, ya que Weitz es nieto de la actriz mexicana Lupita Tovar: una estrella de comienzos de nuestro cine sonoro.
El hecho es que Weitz es el invitado de este año para la apertura, y aunque al conocer el tema de Una vida mejor lo primero que uno hace es encogerse de hombros y preguntarse si nos hacía falta otro docu-drama de tema migrante y con buenas intenciones, lo cierto es que el realizador no lo hace mal y consigue algunos toques profundos acerca de una lealtad que se abre paso en medio del fatalismo cotidiano a la hora de contarnos la historia de Carlos Galindo (Demián Bichir), un jardinero de origen mexicano que trabaja ilegalmente en el este de Los Ángeles y que se esmera por sacar adelante a su hijo adolescente en medio de un ambiente difícil.
Lo verdaderamente sobresaliente en este trabajo, si lo hay, es la actuación de Demián Bichir, quien construye a su personaje con intensidad y logra hacer visible y muy emotivo a un hombre al que la mayoría de la gente no voltea a ver dos veces.
Presumiblemente, Demián Bichir estará presente esta tarde de gala. Habrá novedades. Estamos al tanto.
Y como es una función de gala, no habrá acceso al público sino sólo a invitados especiales. Les dejo el tráiler, pero no se apuren: la cinta no tarda en ser estrenada comercialmente.

PROGRAMA MÓRBIDO 2011 / 3

La oferta mexicana

LAS LÁGRIMAS DE KALI

Un fragmento de la secuencia introductoria del filme alemán que se proyectará en Morelia, en la extensión que tendrá Mórbido este año para la capital michoacana. Un filme importante porque, aunque se mueve en los terrenos de la ficción, contiene elementos casi documentales en su propuesta de tres historias que reflexionan rudamente sobre las sectas. Y lo sé: este post se dedica al cine mexicano que veremos en Mórbido y yo empiezo con esto... pero en alguna parte tenía que ponerlo. Y ahora sí: va la información.

Al lado de Sleepdealers (Alex Rivera, 2009) y Alucardos, retrato de un vampiro (Ulises Guzmán, 2010), de los que hablé en un post anterior, la oferta de cine mexicano de género es particularmente variada para la IV edición de Mórbido.
El festival de cine de fantasía, terror y ciencia ficción, que se realizará del 27 al 30 de octubre en Tlalpujahua, Michoacán, propone trece filmes, de los que aquí detallo los siguientes once, con todo y material de apoyo audiovisual, para que vayan organizando su agenda.

El quinto mandamiento (Rafael Lara, 2011)
No matarás, es lo que sentencia el quinto mandamiento del Decálogo o Ley Mosaica. Pero esto es precisamente lo que no hace el protagonista de este filme. Su realizador, Rafael Lara, es un cineasta que ha venido incursionando en distintos géneros (Labios rojos, La milagrosa, Bienestar para tu familia, además de la serie Al filo de la ley y el corto Nadie escucha). Ahora, con este nuevo título, Lara ingresa al terreno del thriller. La película debió haber visto la luz hace cinco años, en 2006, de no ser por la presionada situación de la industria fílmica nacional. Pero la espera ha valido la pena. Como pueden ver en el siguiente tráiler, el autor posee una mirada fílmica muy madura. El largometraje se ocupa de un asesino serial que fue abusado sexualmente por un sacerdote cuando era niño.



Pastorela (Emilio Portes 2011)
Cuando el judicial Jesús Juárez (qué combinación de nombre y apellido, caray, je, je, je) se ve despojado del papel de diablo que ha interpretado desde siempre en la pastorela de su barrio, a causa de las maniobras del nuevo cura local, se decide a hacer todo lo posible por recuperarlo, pero la decisión lo lleva a enfrentar a su amigo y compadre de toda la vida, Ernesto. Grosso modo este es el muy prometedor meollo del filme Pastorela, con el que Emilio Portes reflexiona sobre las relaciones humanas. El proyecto fue el ganador de 20 mil dólares y otros apoyos en el “Guadalajara Construye 4”, del 2010, durante el festival de cine tapatío. El tráiler de esta ácida comedia, a continuación, la hace definitivamente apetecible. Vean si no:



Libera tu Alma ( Isaac Martínez, 2008-2009)
Un buen ejercicio mexicano que procura montarse en experiencias de falso documental e interacción con la web a la El proyecto de la bruja de Blair. Unos jóvenes documentalistas filman y exploran un bizarro episodio supuestamente ocurrido en 2008, cuando una empresa lleva a cabo, en el DF. una compra masiva de almas. El tráiler, como verán, está muy bien armadito. Habrá que conocer este trabajo con el que debuta Isaac Martínez.



Los Infectados (Alejandro G. Alegre, 2011)
Cuando una epidemia asuela a la ciudad de México y transforma a sus habitantes en zombies, tres sobrevivientes huyen y se refugian en una cueva, en despoblado, mientras la amenaza que los acecha se aproxima implacablemente. Una película que, a pesar de tratar un tema visitado y revisitado por el cine de todo el mundo, tiene su buena dosis de frescura. A continuación, no el tráiler, sino una entrevista de Cinesecuencias con el realizador:



Porvenir (Manuel Alejandro Anell, 2011)
Los siete primeros episodios de la serie-web del mismo título conforman este largometraje emprendido por Anell y Miguel García Yee, bajo los auspicios de El vigilante films, la productora creada en 2008 por ellos en Tijuana y dedicada al desarrollo y realización de producciones comerciales e independientes para cine, televisión e Internet. La serie es una producción independiente realizada con el apoyo de pequeños empresarios, marcas locales y el talento de la gente ante y detrás de cámaras. Un ejercicio sobresaliente en una vertiente de incipiente exploración en México, prima de series fantásticas como el proyecto Primeval, que transmite la BBC por la web.



Dos Fantasmas y una Muchacha (Rogelio A. González, 1958)
¡Esta es entrañable! Los catrines Pérez y López fallecen al batirse en duelo por una bella joven y sus espíritus son condenados a deambular por el teatro donde se mataron, hasta que aprendan a ser amigos. Ahí la llevan, hasta que aparece otra mujer que pone a prueba el buen juicio de los espectros. Una de las comedias más memorables de Tin Tán, al lado de su hermano Manuel El Loco Valdés. También conocida como Los fantasmas burlones, esta comedia fantástica se puede ver en tv y en internet… ¡pero nada como verla de nuevo en pantalla grande! Un bello homenaje.



Santa (Antonio Moreno, 1931)
Aquí tenemos a la primera película mexicana filmada con sonido directo, que adapta la novela de Federico Gamboa (luego del filme silente de Luis G. Peredo de 1917-18). La historia de esta prostituta de Chimalistac es bien conocida; es un melodrama trágico que detalla las desventuras de Santa (Lupita Tovar), una virginal pueblerina que es engañada por el militar Marcelino, expulsada de su casa por sus ofendidos hermanos y luego convertida en prostituta por la enérgica matrona doña Elvira (la legendaria Mimí Derba), en cuyo burdel el pianista ciego Hipólito se enamora de ella y la ayuda a sobrellevar sus desgracias. Un clásico de visita obligatoria.



Club Eutanasia (Agustín Tapia, 2005)
Este filme de humor negro fue el debut de Agustín Oso Tapia. La anécdota es simple: cuando muere el benefactor de un asilo, la déspota directora raciona al mínimo medicinas y alimentos; tratando de mejorar su vida, cuatro astutos internos fundan el Club Eutanasia y se dedican a asesinar a los demás ancianos para disfrutar de mejor atención. El asunto funciona, hasta que uno de los miembros del club aparece muerto y se desata el conflicto. Realizado con sensibilidad y buena mano, lo mejor de la película es la reunión de un grupo de actores antológicos para el imaginario nacional de al menos cinco décadas, entre ellos Xavier López Chabelo, Eduardo Manzano El Polivoz, Sergio Corona, Ofelia Medina, Lorenzo de Rodas, Magda Guzmán y Héctor Gómez. Maravilloso, el momento con Rosita Quintana parodiándose a sí misma como vampira.



Bajo la Sal (Mario Muñoz, 2008)
En el ficticio pueblito de Santa Rosa de la Sal comienzan a aparecer cadáveres de mujeres en las desoladas salinas. Un detective capitalino llega al pueblo para tratar de resolver los crímenes ante una serie de personajes, todos los cuales tienen algo qué ocultar. Uno de los más interesantes es Víctor, el joven hijo del dueño de la funeraria local, a quien le gusta filmar películas caseras en stop motion y es lo bastante freekie como para levantar muchas sospechas. Un filme técnicamente correcto, aunque austero, que adapta La venganza en el valle de las muñecas y al que le alcanza a pesar la presencia de Humberto Zurita en el protagónico. Sin embargo, la propuesta es aceptable al barajar los códigos del thriller anglosajón tradicional… pero a la mexicana.



Nikté (Ricardo Arnaiz, 2009)
Luego de La leyenda de la Naguala, la firma Animex emprendió este proyecto que tiene sus virtudes técnicas, pero que definitivamente queda a deber en lo que atañe a un libreto realmente sólido. La Nikté del título es una niña que, para convertirse en una princesa olmeca, debe aprender una lección: “para ser el más grande, antes hay que ser el más pequeño”. Muy bien intencionado, pero poco más, el filme cuenta con la intervención de Alex Lora, quien presta su voz a uno de los personajes. Aquí, un segmento:



Santa Claus (René Cardona, 1959)
Esta verdadera rareza de Cardona I llega a Mórbido y me toma por sorpresa hasta a mí. Nunca la había visto. Por suerte, YouTube la tiene alojada, completa, en sus versiones en inglés y español. El filme se centra en el duelo entre Santa Claus y el diablo Precio por la felicidad y buen comportamiento de los niños. ¿Qué diré? Hay de todo: estereotipos maniqueístas, pero también el plus de canciones populares de los niños de todo el mundo y algunas revisiones y ajustes al personaje protagónico que se mueven a medio camino entre lo kistch y lo inspirado. Aquí les dejo un fragmento (doblado al inglés porque es el que tenía mejor calidad de imagen):



Y concluyo este post subiendo los datos de las actividades paralelas en Tlalpujahua, los cuales provienen –íntegros– del comunicado de prensa elaborado por el festival:

Homenaje a los 80 años del cine sonoro
en México y al compositor Raúl Lavista
Al ser el año de la música, nuestro homenaje no podría ser otro que a Don Raúl Lavista, quien como compositor tiene más de 274 títulos, entre los que se encuentran varias obras de nuestro director consentido, Carlos Enrique Taboada: Rapiña, Más negro que la noche, y otras que también hemos ya presentado en Mórbido: La noche de los mil gatos, La muñeca perversa, Doña Macabra, La loba, entre muchas otras. Estará presente para recibir el reconocimiento su hija Paulina Lavista.
Para el homenaje a los 80 años del cine sonoro en México nos acompañara nuestro querido Pepe Romay, para recibir el reconocimiento al trabajo de su padre, el Ing. Joselito Rodríguez.

Exposiciones
MASCARAS: en los grupos de Rock, presentada por Grupo REV, uno de los exponentes más importantes del diseño de máscaras y maquillaje a nivel internacional.
TATTOOS & ROCK: por colectivo AMRASTYLE. Una exposición de fotografía en donde queda plasmada la relación tatuador y cliente para lograr una experiencia única y trascendental.
PETRUVIA: por Nabila. Serie de diez cuadros en donde la autora narra su experiencia en una pequeña isla de Plutón, haciendo partícipe al espectador de las respuestas a la soledad, la melancolía, el terror a crecer, miedo a la inmensidad del universo y de lo difícil que es comprender a la raza humana.
PORTADAS DE ACETATOS LP: una curaduría de 33 portadas seleccionadas por el músico Camilo Lara, del Instituto Mexicano del Sonido (IMS): Imágenes que han dejado una huella para este artista.
35MM DE ARTE Y PASIÓN por Miguel Schumman: una colección de los rostros de la industria del cine que incluye, directores, actores, productores, guionistas, músicos, y todos aquellos involucrados en la realización y difusión del séptimo arte
FOTOGRAFIA por el colectivo independiente CYAN Estenopo: “Música una imagen de terror o fantasía”, movimiento y colectivo fotográfico, nos presentan la relación entre la música y el cine a través de la fotografía.

Otras actividades
TEATRO: Gracias al apoyo del CONACULTA, el reconocido director, Eduardo Ruíz Saviñón, presentará su obra Una velada con Vincent Price en honor al centenario del natalicio del actor estadounidense.
TALLER DE ANIMACIÓN PARA NIÑOS: Será impartido por nuestro hermano menor “El Morbito” quienes desde el 2010 son parte de esta fiesta de historias espeluznantes y que este año se animaron a participar con una selección de cortos producidos por OQO basados en los libros ilustrados de esa editorial española. Al mismo tiempo, compartirán sus secretos como contadores de historias: como ilustradores y animadores, mediante un breve taller de animación para niños.
LUCHA LIBRE: “AAA, Promociones Antonio Peña” presenta el viernes 28 de octubre en la Plaza Hnos. Rayón, una función de lucha libre entre técnicos y rudos. Dentro de la cual, nuestro luchador Mórbido se despedirá del ring en memorable batalla.
PRESENTACIÓN EDITORIAL: La escritora, Norma Lazo, presentará la re-edición de su novela “El mecanismo del miedo” la que actualmente está siendo adaptada para el cine.

Invitados
Estará en México Richard Elfman, presentando la película clásica de música y fantasia Forbidden Zone / La zona prohibida, con música y actuación de su hermano Dany Elfman, uno de los más grandes compositores para el cine y la TV en el mundo.
Por primera vez llegan invitados de Cuba, Brasil, Estados Unidos y Canadá a Mórbido, estableciendo nuevos puentes de comunicación y consolidando una representación continental.
Extranjeros: Rodrigo Aragão, Brasil; Todd Brown, Canadá; Richard Elfman, Estados Unidos; Adrián García Bogliano, Argentina; Miguel Gómez, Costa Rica; Tim Luna, Alemania; Jorge Molina, Cuba; Carlos Torrens, España.
Mexicanos: Rafa Lara, Emilio Portes, Agustín "Oso" Tapia, Pepe Romay, Eduardo Ruiz Saviñon, Guillermo Henry, Rigoberto Castañeda, Paulina Lavista, Rene Cadona III, Sergio Arau, Camilo Lara, Sasha Montenegro, Eduardo España.
Las familias del cine mexicano estarán de nuevo presentes, entre ellas: Los Cardona, Grovas, Ripstein, Taboada, Montes, Arau, Rodríguez, Lavista, Aura, García, Bross y Guisa entre otras.

Extensión de Mórbido en Morelia
Gracias al apoyo de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, en el Teatro José Rubén Romero, del 30 de octubre al 2 de noviembre tendremos nuestra primera muestra en la ciudad de Morelia.
Presentación del libro Taboada con Pablo Guisa Koestinger y Adrián García Bogliano
10 largometrajes: 2 presentadas por su director: Miguel Gómez, de Costa Rica presentará El fin y Tim Luna, de Alemania, Tears of Kali.
2 bloques de cortometrajes
Mórbido promueve la marcha zombie Zombie Walk Morelia el sábado 29 de octubre; dentro del homenaje a los no-muerto se exhibirá la cinta Los Infectados el día 30.
PROGRAMA MORBIDO 2011 / 2

Al compás del fantástico


Aspectos de la conferencia de prensa en la que se dieron a conocer los contenidos de Mórbido 2011. El festival alcanza su cuarta edición.

Mórbido llega de nuevo al oriente michoacano. Tal como detallan los aspectos del video, arriba de estas líneas, el festival de cine de fantasía y terror va subiendo sus bonos exponencialmente y demostrando no sólo su capacidad de seducción para públicos cada vez más amplios en México, Latinoamérica, Estados Unidos y Europa, sino confirmando su potencial como atracción turística y como factor de activación económica en la región.
La divertida conferencia de prensa, sazonada por la presencia de dos zombies, da cuenta de algunos datos duros acerca del crecimiento del festival, del desarrollo de la infraestructura turística en Tlalpujahua y comunidades vecinas, así como del volumen de títulos invitados y de artistas que complementan programas paralelos.
Para hoy, aparte de tales apuntes, un repaso exclusivo y a detalle a la sección de filmes internacionales de Mórbido, con los siguientes títulos:

Empusa (Jacinto Molina, España, 2010)
Nuestros muertos por delante. Aunque la dirección de este filme hispano la firma Jacinto Molina (quien solamente la concluyó), en realidad este ejemplo de cine-B que se ambienta en la costa blanca española fue un proyecto emprendido desde 2007 por el director Carlos Aured (su mejor filme: Los ojos azules de la muñeca rota, de 1973). Pero la muerte de Aured truncó el rodaje, que fue retomado por su amigo y compañero Paul Naschy, un reconocido actor de filmes de género en Europa. Desgraciadamente, Naschy también murió antes de concluir el filme, en diciembre de 2009. El mayor valor de este filme es, pues, que se trata de la última película escrita, interpretada y dirigida por Paul Naschy. Las empusas del título son seres míticos, mitad sirenas, mitad vampiras. No hay mucha calidad (aunque sí muchas chicas topless), pero el homenaje es el homenaje. Eso que ni qué. Y va el tráiler:



La zona prohibida (Forbidden Zone. Richard Elfman, EUA, 1982)
Quienes hayan gozado de esa joyita británica llamada El show de terror de Rocky (Jim Sharman, 1975, sobre el musical homónimo de Richard O'Brien, de 1973), disfrutarán como enanos de este filme norteamericano que, sin ser necesariamente derivativo, sí comparte el mismo espíritu erotómano, subversivo e irreverente de aquella. Cuando la familia Hércules se muda a una nueva casa en California, descubre en el sótano una puerta de acceso a La Sexta Dimensión, un lugar fantástico, muy similar al País de las Maravillas del clásico de Lewis Carroll, donde todos los deseos se cumplen. Un entrañable filme que celebra y da vida a los estrambóticos mundos creados por la banda performancera-musical Los caballeros místicos de Oingo Boingo, de la que formó parte Danny Elfman antes de emprender su carrera como músico programático. Simplemente extraordinaria. Ignoro si a Tlalpujahua llegará la versión original en blanco y negro o la versión digitalizada en color. Como sea, he aquí, no el tráiler, sino una de las escenas célebres del filme (canta Susan Tyrrell, pero no dejarán de notar a Hervé Villechaize, el actor de origen francés que participó en más de cien episodios de la teleserie La isla de la Fantasía):



La noche del Chupacabras (Rodrigo Aragão, Brasil, 2011)
El director Rodrigo Aragão, realizador de la muy buena Mangue Negro (vista aquí en el Mórbido de 2009), vuelve a Michoacán con este filme en el que sigue combinando temas grotescos y situaciones fantásticas con preocupaciones sociales muy despiertas, atentas a la realidad., que además no pierden ocasión para intenciones paródicas muy inspiradas. En Mangue Negro se trataba de un pueblito infestado de zombies y asolado por la contaminación. Aquí es la aparición del monstruo más latinoamericano de fines del siglo XX, cuya presencia va de la mano con conflictos rurales entre familias. Un platillo que vale la pena degustar, además, por el muy personal tratamiento narrativo y visual del cineasta brasileño. Les comparto un Detrás de cámaras realmente delicioso, de puritito sabor carioca (festivo y colorido):



Y, desde luego, el tráiler:



Pescado frío (Tsumetai Nettaigyo, Shion Sono, Japón, 2010)
El poeta y director de cine nipón Shion Sono (sus piezas maestras hasta ahora: El club suicida, de 2001, y El circo extraño, de 2005, aparte de todo su quehacer en las letras y en el arte público) engalana este año al festival Mórbido, que proyecta por primera vez un filme asiático. Pescado frío es un thriller de textura gore acerca de asesinatos seriales inspirados en hechos verídicos del Japón actual. El filme participó en el 67º Festival Internacional de Venecia, en 2010. También recibió el premio al mejor guión en el Fantastic Fest del año pasado. Un filme que viene con garantía de calidad.



Máscaras (Masks. Andreas Marschall, Alemania, 2011)
Aquí me pongo de pie. El espíritu del Fausto de Goethe gravita ominosamente en este filme cuyo tráiler tiene algo que ya cautiva: elegancia y punch para las ideas visuales. La sinopsis habla de una ambiciosa aspirante a actriz que descubre las pistas de un prohibido método de actuación que garantiza el éxito. El gran tema de la hybris griega, alimento de todas las tragedias, le da sentido a este filme del autor de Las lágrimas de Kali. Indispensable.



Ferozz (Jorge Molina, Cuba, 2010)
Una extraordinaria aportación a Caperucita Roja, ese clásico anónimo de la tradición germana, popularizado como cuento infantil por los hermanos Grimm, pero al cual Jorge Molina le devuelve todo su brutal viceralismo original. Miranda, la Caperucita Roja de esta historia, no tiene nada de pudorosa. Su abuela no tiene nada (¡pero nada!) de benévola. Y la historia no se anda por las ramas, sino que registra un mundo rural tan lujurioso como las exhuberantes selvas de la isla cubana. Una experiencia fuerte que reflexiona acerca del sexo como una forma de poder al seno de una familia altamente disfuncional y que también explora, como pocas veces se ha visto, el imaginario mítico-rural del país caribeño. Yo sigo enamorado de la potencia numinosa (a la vez sagrada y subversiva, mítica e instintiva, subliminal y fabulesca, gótica y luminosa) del clásico En compañía de los lobos (Neil Jordan. Inglaterra, 1980), pero dentro de su propia e intensa textura, Ferozz es una experiencia de poderosa estrella. Y no apta para mojigatos. El tráiler, aqui abajo, se queda corto.



El color (Die Farbe. Huan Vu, Alemania, 2010)
He aquí una auténtica curiosidad. Esta es la versión más reciente de un relato clásico de H. Phillip Lovecraft: El color que cayó del Cielo. No es un filme comercial, sino el trabajo de titulación de Huan Vu, cineasta alemán pero de herencia vietnamita. Uno de los rasgos que inmediatamente llama la atención en este notable trabajo (nunca estrenado en cines pero ya asequible en DVD), es su tratamiento general en blanco y negro, que hace más dramática la aparición del color en momentos precisos. Una propuesta fresca y que se lleva de calle a muchos títulos anglosajones emprendidos en torno al genio de Lovecraft. Aquí el tráiler.



El huérfano asesino (The Orphan Killer. Matt Farnsworth, EUA, 2011)
Derivativa como ella sola, hasta en el tratamiento psicologista que le dedica a sus personajes, esta cinta del artista independiente Matt Farnsworth se ocupa de un tortuoso personaje, traumado en su infancia al presenciar el asesinato de sus padres y castigado en el resto de su niñez y juventud por su confinamiento en un orfanato de monjas. Algo así como el retrato íntimo del Cara-de-cuero de The Texas Chainsaw Massacre (Tobe Hopper, 1974).



Penumbra (Adrián y Ramiro García Bogliano, Argentina, 2011)
Los hermanos García Bogliano regresan este año a Mórbido con este filme que, acorde a su filmografía, sigue reflexionando en torno al tema de “el monstruo en los otros”, esta vez a partir de un thriller cuya protagonista es una agente inmobiliaria que se topa con los clientes equivocados. Promete.



La Cosa (The Thing. Matthjis van Heijningen Jr. EU, 2011)
He aquí una nueva versión de un clásico del cine de horror, que tiene la novedad de proponerse como una precuela. Todos, supongo, conocen el espeluznante trabajo de John Carpenter de 1982 (The Thing), que a su vez era un remake del filme original de 1951, de Howard Hawks. Estos dos títulos se inspiraban a su vez de un relato antológico de la Edad de Oro de la Ciencia Ficción estaunidense (¿Quién está allí?, publicado en 1938 en la revista Analog por el editor y escritor John W. Campbell). Esta nueva película se sujeta más bien a la versión de John Carpenter y nos cuenta a detalle la suerte de la expedición noruega que se citaba en el filme del '82, que es la que enfrenta por primera vez el hallazgo de la nave extraterrestre varada en los hielos de la Antártida y lucha contra el parásito alienígena capaz de asimilar la forma de sus víctimas. Habrá que ver. Aquí, el tráiler:



El Fantasma del Paraíso (Phantom of Paradise. Brian de Palma, EUA, 1974)
Un clásico del inolvidable director de Carrie, instalado en la misma sintonía de filmes tan provocativos de la época como Cielo líquido, El show de terror de Rocky o (la obra maestra del periodo) Hair, de Milos Forman. Este filme adapta libremente El fantasma de la Opera, con algunos toques del Fausto de Goethe en versión rock-pop. ¿La trama? Cuando Winslow Leach (William Finley), un joven y talentoso compositor de rock, ve su vida profesional y privada destruida por el implacable magnate Swan (Paul Williams), que a su vez ha vendido su alma a cambio del éxito en el rock&roll, Leach se convierte en “Phantom”, quien se empeña en destruir a Swan, justo cuando el empresario se prepara para abrir su mayor negocio: el palacio de rock El Paraíso.



Cazador de trolls (Trolljegeren. Andre Øvredal, Noruega, 2010)
Un estreno procedente de Noruega, cuyo espíritu está en la más pura tradición del Cine-B, pero cuyo tratamiento formal se apoya en la docu-ficción (a la manera de El proyecto de la bruja de Blair, Cloverfield y Actividad paranormal 2). Cuando los granjeros locales se desesperan por las continuas desapariciones de ovejas, tres estudiantes que indagan el caso siguen a un cazador furtivo que resulta ser un cazador de trolls, quienes son los responsables del desastre agrícola. Una puesta al día, con suspenso, pero también con desparpajo y humor paródico, de criaturas muy populares en el folclor de Europa.



La mujer (The Woman. Lucky Mckee, EUA, 2011)
He aquí un filme que puede ser, al mismo tiempo, el paraíso de los misóginos y de los defensores de temas de género. Cuando un cazador furtivo captura a la última sobreviviente de un clan salvaje, decide llevarla a su casa, con su familia, para salvarla de sí misma, domesticarla y devolverle su condición humana. Obviamente, las cosas no son tan simples. Un interesante duelo al “tú por tú” entre las potencias de lo feral y lo silvestre en contra de los atavismos posibles dentro de una cultura occidental “civilizada”. Un filme importante, reconocido en festivales como el Sundance.



La herida (Wound. David Blyth, Nueva Zelanda, 2010)
Del veterano neozelandés David Blyth llega a Mórbido este filme en el que una mujer enfrenta recuerdos, traumas y demonios internos y externos. Una exploración, a través del terror más ambiguo, los oscuros mundos propios de una mente enferma. Temas como el incesto, la venganza y la muerte arropan a este filme que, como curiosidad, cuenta con una de las escenas de castración más bizarras del cine contemporáneo.



Baby Shower (Pablo Illanes, Chile, 2011)
El guionista y escritor Pablo Illanes debuta como director con este largometraje de terror que se inspira en las tradicionales películas slasher en las que un sicópata trastoca el orden cotidiano y va asesinando de forma sangrienta a un grupo de personajes. En este caso, el coto de caza de nuestro villano tiene como escenario la reunión de un grupo de amigas, quienes se han encontrado para celebrar a una de ellas, embarazada de mellizos.



Emergo (Carlos Torrens, España, 2010)
De este filme no poseo mucha información, pero hay un dato crucial: el libreto es de Rodrigo Cortés, el mismo de Buried (Enterrado), que es un gran ejercicio en términos de desarrollo anecdótico en un espacio confinado. Esta cinta es el debut de Carles Torrens y ha sido bien acogida en el festival de Sitges. Se trata, en breve, de un falso documental acerca de un equipo que acude al hogar de una familia a investigar un fenómeno de poltergeist. Habrá que ver. Les debo el tráiler.

La Granja (Ernesto Aguilar, Argentina, 2008)
Cuando Guillermo es despedido de su empleo y decide irse con su esposa y su hija al campo, los tres se alojan en una granja administrada por un excéntrico personaje de origen sueco y sus asistentes, todas ellas mujeres. Un filme que se mueve en el subgénero de las sectas. También les quedo a deber el clip.

Malditos sean (Fabián Forte & Demian Rugna, Argentina, 2011)
Con algo de retraso, pero llega a México, a través de Mórbido, este filme que ha sido muy festejado en Sitges y otros festivales, el cual se estructura a partir de tres historias cortas (de las cuales una anda asequible por la internet, pero búsquenla ustedes mismos). Lo que he podido ver tiene contundencia y un envidiable ritmo narrativo. Los tres episodios del filme, hilvanados por un personaje que entreteje los destinos fastos o nefastos de los demás, son Cafeomancia (rodado en 2008), Alimenta la caja (filmado en 2009) y El curandero (concluido en 2010). Aquí sí les dejo el tráiler oficial:



Extraterrestre (Nacho Vigalondo, España, 2011)
El segundo largo de Vigalondo después de su exitosa Los cronocrímenes (2009) es una insólita pero firme historia que le apuesta totalmente a la comedia romántica, pero en una situación de… ¡Ciencia Ficción! Habitualmente los cruces entre géneros producen resultados abominables, pero Vigalondo tiene un talento especial que es todavía más sobresaliente cuando se advierte que ha trabajado con un bajísimo presupuesto y que su anécdota, prácticamente, nunca abandona el departamento que comparten Julio y Julia, los protagonistas de esta deliciosa experiencia que termina por conducir, inteligentemente, un tema propio de lo épico a los territorios de la vida cotidiana. Esta película ha tenido excelentes críticas en el festival de Sitges y es la que cerrará las jornadas de Mórbido, en Tlalpujahua. Como quien dice: "un final con beso". Los dejo con el tráiler.