Uno
Agobiado por la evidente desconsideración que le dedica el mundo entero (“Me he convertido en una basura, en un animal de carga”), el bonachón pero algo histérico Iván Ivanovich Tolkachov (Francisco Sobero, correcto) llega presuroso a cierta estación de trenes y, mientras descarga y acarrea fardos, paquetes y maletas, llama a grandes voces a su amigo Muraschkin, con quien había acordado encontrarse allí.
Los gritos serán inútiles. En la estación nadie lo espera. Nadie, a excepción de un diminuto perro chihuahua (La Doña, exhibiendo una disciplina encomiable) que se encuentra sobre una gran caja ante la única banca del lugar.
Cansado, harto y necesitado de ser escuchado (es decir, de sentirse alguien ante alguien más), nuestro buen Tolkachov se dispondrá a esperar a Muraschkin y, mientras tanto, hará del perrito su oyente perfecto. Y dado que, aparte de cansado y harto, también está hambriento, Tolkachov se permitirá un ligero lonche (“Sólo un piscolabis”) y compartirá con el caniche su austera comida.

Dos
Así comienza Trágico a la fuerza (Traguic ponevole, 1889), una breve pieza chejoviana concebida por el autor ruso como juguete cómico en un acto, y a la cual Raquel Araujo y los integrantes de la compañía yucateca Teatro de la Rendija le han invertido un significativo esfuerzo para adaptarla y convertirla en “algo más”.
Esto es probablemente lo más significativo del trabajo, cuyo proceso y condiciones desconozco. La adaptación pudo haber sido emprendida por placer, como un ejercicio tallerístico, como disciplina dentro de algún proyecto mayor… el hecho es que los resultados de la intervención al texto son halagüeños en lo general. Por ejemplo: hay un genuino desarrollo del personaje, algunas de cuyas líneas le guiñan el ojo a otras situaciones y personajes del universo chejoviano; la pieza en sí es cálida y se ve con agrado, así como la propuesta de que todo en el escenario sea auténtico –perro incluido–, tratamiento que desliza el tono realista original a los terrenos del naturalismo. Sin embargo, tampoco falta algún detalle que podría traicionar el sentido del teatro de Chéjov.
Pero al pasito.

Tres
Ya instalado en la banca y con el chihuahueño como oyente, Tolkachov pondrá su corazón en la mano y se abrirá por completo, confesando sus sueños secretos y sus íntimos fracasos. A sus sesenta y tantos años de edad es un burócrata gris, un esposo sumiso y un hombre ninguneable hasta por sus amigos, con anhelos incumplidos en la ópera.
Hay un llamado a la grandeza que se le ha escapado y ante cuya pérdida sólo cabe el zarpazo irónico (“¡Yo debería estar cantando en la Escala de Milán y no aquí, hablando con un perro! Soy Iván Ivanovich Tolkachov, una joven promesa del bel canto”). Hay una carrera de conservatorio truncada por los habituales prejuicios pequeñoburgueses de una madre dominante (“¿así que ahora quieres ser un saltimbanqui?”). Hay un amor de juventud perdido (María) y una esposa gorda y aburrida que se ha convertido en un motivo de desasosiego adicional. Hay una creatividad frustrada que se ha decantado en una hipersensibilidad que se atormenta con las incomodidades más diminutas (“Bzzz… bzzz… ¡Los mosquitos! Zumban de un modo tan triste, casi como si te estuvieran pidiendo perdón... ¡Pero no! ¡Los muy malditos lo que quieren es picarte!”).
Y como suma de todo lo anterior, está la circunstancia actual más incómoda para nuestro personaje: en plena temporada vacacional y como víctima de una costumbre que era común en la Rusia de los tiempos de Chejov, Tolkachov ha sido convertido en el mandadero de todos sus vecinos, familiares y conocidos, quienes delegan en él la responsabilidad de emprender diferentes entregas y de cumplir diversos asuntos pendientes, lo cual les facilita la vida a ellos, pero convierte la de Tolkachov en un infierno.
No es otra la razón de que Tolkachov haya llegado a la estación del tren, tan sofocado y con tantos bultos. Son los encargos que debe cumplir y ante cuya desmesura se desespera al punto de desear el suicidio (“¡Pronto! ¡Una pistola! ¡La necesito!”)
A pesar de todo, al desahogarse ante la catártica presencia del perro, Tolkachov también deja salir lo mejor de sí: esa vocación por el canto nunca consumada, pero que en el íntimo espacio de la estación a solas, en compañía del animal que nunca podría criticarlo o burlarse de él, aflora con toda su potencia bajo las líneas de una de las arias de ópera más bellas que jamás se hayan escrito: Que nadie duerma (Nessun Dorma), del Turandot de Puccini.
El del canto será un momento de epifanía para nuestro sufrido Tolkachov. La revelación del potencial que aún lleva dentro y cuyo hallazgo lo llenará de felicidad. Una felicidad que no podrá ser rota ni siquiera por el giro de la situación cuando descubra (gracias a un recado que encuentra en la caja sobre la que se encuentra el perro) que Muraschkin, ese amigo fiel al que iba a buscar a la estación en busca de consuelo, ya estuvo allí y ha tenido que irse… pero no sin antes dejarle, a su vez, un encargo más: “por favor, ahí le llevas esta caja, que contiene una máquina de coser, y el chihuahueño, a mi amiga Olga Pavlovna Finberg, mejor conocida como La dama del perrito”.
El golpe será duro para Tolkachov, pero no mortal. Y así, nuestro hombre, que a fuerza de purgar su historia en el crisol de los recuerdos se siente dueño de su presente, opta, elige: manda todos los paquetes al carajo, toma al chihuahueño (al que le ofrece una noche de farra) y hace mutis, triunfal y decidido, por la izquierda.

Cuatro
En la versión original de Trágico a la fuerza, el texto de Chejov transcurre en la ciudad de San Petersburgo, en el departamento de Muraschkin, hasta donde llega Tolkachov a desahogar de sus penas y a buscar consuelo. No hay ninguna referencia a la ópera o a cualquier otra de las artes. Tampoco existe el perro, sino un canario. Tolkachov es un avejentado burócrata que ya no tolera el peso de tantos años sembrados por las incomodidades e injusticias de cada día. Es un personaje que encarna la fragilidad humana y que da cuenta, para sí mismo y para nosotros, de los mil y un diminutos detalles que dan forma a esa cotidiana vulnerabilidad.
La pieza, que es tan jocosa como cruel, concluye precisamente con un desternillante giro en la actitud de Muraschkin quien, tras escuchar con simpatía las quejas de su amigo y antes de que este se despida y se vaya, le pregunta dónde está veraneando, a lo que Tolkachov le dice que en Dojlaia-Rechka.
Entonces, súbitamente alegre, Muraschkin le suplica que también cumpla para él un encargo en esa ciudad: la entrega de la máquina de coser y de un canario a su amiga, Olga Pavlovna.
Es decir, este es un texto en el que Chéjov nos muestra cómo hasta el mejor amigo, detrás de la benevolencia, está muy dispuesto a abusar de Tolkachov.

Cinco
Como se ve, hay distancia entre la pieza original y la adaptación. Es natural, claro. El punto que no me satisface es el final que se le da a este trabajo escénico, con Tolkachov abandonando todo sentido de responsabilidad y fugándose feliz con el perrito que, en cierto sentido, suple y ocupa el lugar de un ideal romántico. Todo este final tiene un sabor de robinsonada quinceañera que no termina de parecerme creíble desde la perspectiva del mundo al que la obra representa. Tengo la fuerte impresión de que Chejov, tan atento a los matices y detalles de la naturaleza humana, no habría permitido semejante desliz.
Me explico y acudo a Gorki (Recuerdos de Tolstói, Chéjov y Andréiev. Máximo Gorki. Ed. Nortesur, 2009), quien dice de la dramaturgia de Chéjov: “como un sol de otoño, ilumina con despiadada claridad los destrozados caminos, las sucias calles donde se ahogan de aburrimiento y pereza unos seres pequeños y desgraciados, llenando sus casas de un insensato y somnoliento bullicio”
En efecto, la dramaturgia chejoviana se ocupa de la imposibilidad del hombre de poner en acto sus deseos; habla de indolencia, de inercia moral y de falta de escrúpulos, pero siempre desde un principio muy específico: el conflicto entre un explotador y sus víctimas (en Trágico a la fuerza es la víctima protagónica y el explotador en papel secundario). Desde el punto de vista del mundo chejoviano, el final feliz del monólogo es una muletilla.
Sin embargo, es común en nuestros días que los teatristas busquen tensar los límites del teatro. Y, en general, se alienta que en sus indagaciones expresivas sobrepasen las marcas reconocidas comúnmente como teatrales y crucen el hecho escénico no sólo con otras artes (como ocurre en el performance y la instalación teatral), sino con técnicas y recursos que a veces provienen directamente de determinada línea psicológica y aún de la antropología. Todo esto es válido como exploración, a condición de que haga posible el advenimiento de nuevas configuraciones de teatralidad.
Desde esta otra perspectiva, lo que parece hacer Teatro de la Rendija es desarticular lo conocido procurando reducir el contenido ficcional, integrando lo teatral en la vida desde la perspectiva del teatro autobiográfico. Francisco Sobero no sólo está encarnando a un personaje, sino que le está aportando mucho material propio (mascota incluida) lo cual, en última instancia, lo conduce a representarse a sí mismo y su circunstancia. Evidentemente, siendo teatro, no es posible suprimir la ficción en el escenario, pero el procedimiento (que viene de algunas de las líneas que el grupo De la Rendija ha explorado en colaboración con Gabriel Weisz) colabora a la verosimilitud que posee el monólogo. Vale como juego.



Fragmentos de Trágico a la fuerza, con actuación de Francisco Sobero. La adaptación es de Raquel Araujo.






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